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Opinion

La muerte ronda a la muerte

La muerte ronda a la muerte Se ha demorado en venir porque ella trata bien a sus amigos, a sus colaboradores, a sus esbirros; y entre ellos profesa especial devoción al ex dictador

Malkiano
(04/12/06)

YA NADA SORPRENDE mucho a estas alturas de la historia nacional de la infamia. Que el anciano y decrépito dictador esté nuevamente a orillas del Aqueronte esperando al barquero que le lleve a los infiernos no es novedad para muchos. Ya antes eludió la mano de la justicia usando su acostumbrada cobardía y sus tretas de enfermo senil. Y aunque ahora parece que es en serio, tampoco genera mucha expectación.

Al mísero ex general lo han olvidado hasta sus antiguas sanguijuelas que succionaron con su venia la sangre de nuestro país, engordando a la vista del amo cual cerdos para embutidos. Ya no están sus ancianas fans que agitaban las pocas joyas que les quedaron después de entregarlas con inocente fe a las arcas de la dictadura, arcas que no fueron otra cosa que los joyeros picantes de la cónyuge del verdugo uniformado.

Y la prensa le dedica portadas tan sólo porque su historia oscura aún vende ediciones y se agitan algunas mentes pensando en sus funerales, quizás morboseando sobre la hora en que se vea a los supuestos defensores de la democracia rindiendo honores al asesino primario, al sumo mortis, a la sombra fétida de nuestra historia civil.

Yo no puedo dejar de esbozar un rictus en mi boca al pensar en el día aquel. Ver las caras hipócritas de quienes hagan llegar su pésame a la familia criminal. Cuando hay que sacar la basura, tan sólo la embolsamos, la llevamos al basurero y la arrojamos lejos; nadie, creo yo, se despide de sus desechos lamentando la partida.

La muerte está rondando a la muerte. Se ha demorado en venir porque ella trata bien a sus amigos, a sus colaboradores, a sus esbirros. Esta vieja flaca y fea ya le echó el ojo al canallesco esperpento, mientras su familia se desespera en la impotencia de ver perder los millones que se fugan de sus arcas corruptas.

Veo en los noticieros las escasas manos que aplauden y alientan al canalla y sólo me queda pensar en “díme a quien admiras y te diré lo que eres”… También veo a otros que irrumpen con su desenfado apurando a la muerte para que haga la justicia que el hombre no ha sido capaz de hacer. Veo los enfrentamientos y veo el banquete mediático que hace la prensa con estos hechos. Pero hay algo que no veo en la televisión ni en los diarios, y es aquello que está en la intimidad de la tierra, en el fondo de las rocas, en las profundidades del mar, en cuevas aún no encontradas, en el silencio de anónimas tumbas, en los muros húmedos y olvidados de viejas cárceles. Eso que está flotando en un aire ámbar sobre nuestra memoria: es el dolor, los gritos, los llantos, el sonido de la sangre sobre el piso, de la piel desgarrada, quemada, mutilada, de los rostros masacrados, de las costillas quebradas, de las manos atadas, de los cuerpos violados, las uñas arrancadas, los genitales destrozados , los ojos vaciados, el sonido silencioso de la muerte clandestina y macabra que resuena en la memoria larga de este país ingrato. Hay tanto dolor acumulado, que no se puede comprender.

Yo no hablo por nadie más que por mí, y si por mí alguien más se siente hablado, lo siento, siento mucho que también conozcas ese sonido. Y a quien le moleste esta crónica le disculpo su sordera, su ceguera y su estupidez.

La muerte está rondando a la muerte. Caronte, el barquero, espera que su pasajero suba, pero no sabe si llevarlo al infierno o, en un acto de justicia sobrenatural, arrojarlo por la borda en mitad del río para que su castigo sea jamás morir y jamás vivir.





Los movimientos femeninos chilenos desde Belén de Sárraga a Michelet Bachelet

Los movimientos femeninos chilenos desde Belén de Sárraga a Michelet Bachelet
por Rafael Luis Gumucio Rivas (Chile)   
domingo 26 de noviembre de 2006
La historia desde la ventana actual.
Dicen los mal pensados que Federico Nietzsche terminó de volverse loco cuando escribió la frase “Nazareno, te he vencido” y, como no podía vivir sin religión se acercó al budismo y al mito del “eterno retorno” y la historia cíclica. En nuestra Estupidilandia el retorno es permanente: en pocos días hemos vuelto a las luchas entre clericales y laicos, tal como a comienzos del siglo XX. Un alcalde boxeador, medio atontado por los golpes recibidos otrora, dice que el profesor Ricardo Lagos y Michelle Bachelet son la encarnación del demonio; sólo falta que revivan el famoso Puelma – que se hacía llamar a sí mismo “el enemigo personal de Dios”-, o el pope Julio Elizalde, que predicaba en las plazas contra los curas pedófilos.

Sólo en Estupidilandia los millonarios se golpean el pecho frente al miserable pescador de Galilea, sólo en Estupidilandia se puede lograr espantar a los inexistentes humanistas cristianos por el hecho de que Michelle sea agnóstica y separada. No me extraña que el descriteriado del Papa, como le dice mi madre, de 90 años, vividos como una auténtica liberal, ande preocupado de los matrimonios homosexuales o de los orgasmos femeninos, cuando hay tantos temas importes, planteados por el Nazareno, en su época. Tampoco es justo que ande calumniando a la pobre Magdalena, apóstol de Cristo, acusándola de prostituta. ¿Acaso Jesús se dedicó sólo a lanzarles piedras a las mujeres adúlteras?

En el “eterno retorno” nos encontramos, de nuevo, en 1913 que, al igual que hoy, los senadores y diputados eran vitalicios. En el pasado se repartían los cargos, en el Club de la Unión, hoy, en la tenebrosa Casa de Piedra. Ayer como hoy, todos jugaban a la bolsa y siempre ganaban: la educación era la misma mierda que hoy, a diferencia de que los profesores eran hombres brillantes y respetados, como Valentín Letelier, Alejandro Venegas, Enrique Molina, Diego Barros Arana, entre otros. El Estado educaba, era el estado docente; los niños beatos estudiaban en colegios privados, entre ellos los de los Padres Franceses y de los Jesuitas; continuaban luego sus estudios en la Universidad Católica y, los más revoltosos, terminaban de diputados conservadores. Los laicos estudiaban en el Instituto Nacional y en la Universidad de Chile y cuando salían profesionales, militaban en los partidos Radical y Liberal.

Aunque parezca anticuado, las clases sociales existen y existirán antes y después del barbudo Marx. No se puede hablar de feminismo sin entender que las mujeres pertenecen a distintas clases sociales: hay un feminismo aristocrático, oligárquico y otro de las capas medias y de las pobres del campo y la ciudad. Las señoras aristocráticas no sacaban la caca de las guaguas, ni daban de mamar, lucían sus brillantes trajes en el Teatro Municipal y en el Club Hípico, hacían el amor sólo para tener hijos y, todas las tardes, con empleadas incluidas, rezaban el rosario. Había algunas rebeldes, como Inés Echeverría de Larraín, que admiraba a los mediócratas Arturo Alessanmdri Palma y al pavo real, Pilo Yánez. No faltaban las mujeres fatales, como Teresa Wills Montt, que le puso el gorro a su marido, Gustavo Balmaceda con su primo, el dandy chileno, el Vicho Balmaceda; después de estar encerrada, en un convento, por pecadora, se escapó a Buenos Aires con el poeta Vicente Huidobro. Ya en París quedó choqueada ante el suicidio de uno de sus amantes; completamente drogada apostó por el suicidio.

Había mujeres de clase alta más serias, como Ernestina Pérez y Eloísa Díaz, que se atrevieron a estudiar medicina, soportando las bromas de los machistas compañeros que, en clase de anatomía, les mostraban el miembro viril de los muertos. Las mujeres proletarias tenían una vida muy distinta: eran, en su mayoría, empleadas domésticas, prostitutas, parejas de mineros, gañanes o cuatreros; otras eran cobradoras de tranvías, en ese tiempo arrastrados por caballos; los jóvenes aristocráticos se solazaban mirándole las piernas.

En el enclave salitrero la mujer acompañaba al minero alimentando gallinas y otros animales domésticos; cada día un obrero caía al ardiente cachucho y la mujer quedaba viuda, con varios hijos guachos y sin ninguna protección. Había también mujeres comerciantes y pequeñas empresarias.

En 1913, Belén de Sárraga, una anarquista española, nacida en Puerto Rico, fue invitada a Chile por el apóstol del proletariado, Luis Emilio Recabarren. Los hombres se volvían locos por su inteligencia y belleza; escritores ácratas como José Santos González Vera y Manuel Rojas dan testimonio de la lucidez y brillantez de sus conferencias. Tanto entusiasmo despertó Belén que los hombres arrastraron el carro, reemplazando a los caballos, como homenaje de admiración, cuestión que sólo se había realizado una sola vez en Chile, en 1890, con la visita de Sara Bernarth. No faltó el exaltado que gritó, en plena charla, “¡viva el comunismo anárquico!”.

Luis Emilio Recabarren llevó a Belén a visitar Iquique y las minas del salitre, de Negreiros; a raíz de esta visita, las mujeres de los trabajadores decidieron fundar los clubes de librepensadoras Belén de Sárraga. ¿Por qué Belén provocaba tanto odio en los conservadores y los curas?. Primero, porque era divorciada, anticlerical, anarquista y liberada. Los pacatos no podían soportar a una mujer inteligente, que propiciara el amor libre. Los católicos, decía Belén, siempre han despreciado a la mujer. “La mujer es el puente del infierno”, decía San Ambrosio; “la mujer desciende del rabo inquieto de una mona”, sostenía el padre Coloma, en su libro “Pequeñeces”.

Para Belén, la mujer es el coto de caza de los curas, es usada por ellos en la confesión para conseguir votos y apoyo para los conservadores; la mujer es la infantería del ejército jesuita; hay mujeres que tienen una fe auténtica y otras que usan la caridad para lucirse delante de los demás. Belén sostenía que la mujer debe liberarse del yugo de la iglesia y del marido.

Como usted ve, querido lector, la historia siempre se repite.
En 1913 explotó, en Santiago, un escándalo en un colegio regentado por los curas Jacintos, que gustaban manosear a los pobres infantes pero, al menos, esta vez el poder judicial tomó cartas en el asunto y expulsó a los pedófilos. Esto es en nada distinto al cura Tato, a los implicados en el Pequeño Cotolengo, de Rancagua, a los degenerados obispos de Boston o a los curitas de Brasil, degenerados que, además de gustarle los niños, tenían una verdadera inclinación por el dios dinero. Así, Belén denuncia que los curas salesianos explotaban a los niños huérfanos en la malhadada Isla Dawson, vendiendo a buen precio el trabajo esclavo de los muchachos. Los jesuitas eran más hábiles: trataban de amoldar el catolicismo al mundo moderno, conocían la encíclica Rerum Novarun (de las Cosas Nuevas), y animaban las organizaciones sociales católicas, como los Josefinos y, en un comienzo, la FOCH (Federación Obrera de Chile), fundada por el conservador Marín.

Belén de Sárraga volvió en 1915 a Chile, pero esta vez su recepción no fue tan apoteósica como la primera vez: Chile estaba gobernado por el especulador de la bolsa y traidor al balmacedismo, macuquero e inmoral, Juan Luis Sanfuentes, y las luchas anticlericales habían pasado de moda. Posteriormente, comienzan a desvanecerse las trazas de nuestra Belén de Sárraga. Gracias a la capacidad investigativa de mi amigo, Jorge Vergara, pudimos difundir un artículo del Diario “El Tarapacá”, que da cuenta de la muerte solitaria de Belén, después de haber vivido exiliada por el asesino cruzado-cristiano, Francisco Franco. Belén había compartido el destino de los ácratas barceloneses. Tengo que reconocer el aporte del historiador Luis Vitales, de María Angélica Illanes y de Gabriel Salazar, en el rescate de la memoria popular, quienes me motivaron a interesarme en esta gran pensadora feminista y libertaria.

El feminismo de clase alta y media es, lamentablemente, más conocido que el de las pobres del campo y la ciudad, obviamente, las primeras tienen la ventaja de poseer el monopolio de la educación y del mundo editorial. Inés Echeverría Larraín fue famosa por escribir libros, luego censurados por la iglesia. Doña Inés era una feminista un tanto fanática: un día mi abuelo, Rafael Luis Gumucio, acompañado por mi padre, Rafael Agustín, entonces todavía un niño, discutía acaloradamente con Iris – seudónimo de doña Inés. De pronto, sin que mediara ninguna provocación, Inés Echeverría le dio un bastonazo al niño diciéndole: “para que aprenda a respetar a las mujeres”. En los años 30, su hija Rebeca fue asesinada por su marido, el señor Roberto Barceló , quien pertenecía a las fascistas milicias republicanas; gracias a la acuciosidad del juez Rivas, Barceló fue el primer aristócrata que enfrentó el pelotón de fusilamiento por un delito común, no político.

La iglesia disponía de muchos recursos para mantener su dominio sobre las mujeres: por ejemplo, editaba un Diario católico, “El chileno”, algo similar a “La Cuarta”, que contenía novelas en series, en las cuales se enamoraba la enfermera del doctor, estilo Corín Tellado; esta publicación era llamada, vulgarmente, el Diario de las cocineras; sin embargo, fue uno de los Diarios que en 1907, se atrevió a denunciar la matanza de Santa María de Iquique.

Las damas aristocráticas fundaron también clubes de señoras y clubes de lectoras, donde leían por primera vez a Víctor Hugo, Emilio Sola y Pierre Loti. No faltó la dama, un poco más audaz, que leía a Gustavo Flaubert, que narra los adulterios de la famosa madame de Bovary, incluida en el “Índice” de los libros prohibidos por la iglesia.

Posteriormente, el movimiento feminista se organiza en el MENCH, dirigido por Elena Caffarena, que se centra en su lucha por el sufragio femenino, logrando el derecho a voto para las mujeres, en las elecciones municipales de 1936, y para las de presidente, diputados y senadores, en 1948, cuando el presidente sambero, Gabriel González Videla, perseguía a los comunistas. En la primera elección presidencial las mujeres se inclinaron por el ex padre castigador, el general Carlos Ibáñez quien, a los 80 años, estaba tan gagá como el asesino y ladrón, Daniel López Pinochet. La senadora María de la Cruz era la líder femenina del ibañismo y quería ser la versión mapochina de Evita Perón, pero los padres conscriptos que la odiaban, descubrieron que estaba involucrada en un contrabando de relojes y consiguieron su desafuero, haciendo mutis a la política.

Cada partido político tenía un departamento femenino, pero no se sabía mucho para qué servía: ¿para hacer cócteles? ¿Para visitar a las mujeres pobladoras? ¿Ser una especie de asistentes sociales? ¿Cuidar a los hijos de los líderes? Por ejemplo, en la Falange, la líder femenina era Graciela Lacoste; en el Partido Comunista eran mujeres proletarias; en el Partido Socialista, dos de las líderes eran María Elena Carrera y Carmen Lazo. En todos los casos, las líderes eran minoritarias y dominadas por el mundo masculino.

Después, la mayoría de las mujeres siguió votando por la derecha: primero por un papá avaro y rico empresario, el derechista Jorge Alessandri, después por un papá narigón y de misa diaria, Eduardo Frei Montalva y remataron con el padre cruel y castigador, Daniel López Pinochet. En la democracia recuperada, las mujeres siguieron votando por la Democracia Cristiana: el papá sonriente, un tanto falsete, Patricio Aylwin y el monosilábico Lázaro Frei. Posteriormente, vino el normativo profesor Lagos.

De repente, aburridos los chilenos de tanto papá, empezaron a buscar a la mamá: Michelle Bachelet era la perfecta mamá chilena, una especie como de Virgen del Carmen, sonriente, carismática, cercana, auténtica, abierta, comprensiva, médica pediatra, cualidades que embobaban no sólo a las mujeres, sino también a los machos tristes chilenos. Ese era el secreto del 60% del apoyo en las encuestas, pero el aflautado macho político chileno no puede soportar mucho tiempo la hegemonía de sus hembras y como las conoce, y sabe muy bien que entre ellas se odian tiernamente, movió los hilos hasta que las brujas Lily Pérez, Evelyn Mattei y la Jacqui salieron, como dardos, con palabras insultantes: “es una gorda, de pocas ideas, no da el ancho para presidente de la república, es simpática, pero tontuela...” La pobre Michelle comenzó a perder confianza en sí misma y sus asesores comunicacionales se aprovecharon para esconderla, en Tunquén; los teóricos de la no comunicación se negaron a que Michelle participara en debates y, finalmente, los diputados y senadores de la Concertación sacaron más votos que la candidata presidencial.

El feminismo de las seguidoras de Michelle no tiene nada que ver con el espíritu libertario de Belén de Sárraga. Por desgracia, sólo quedan sus recuerdos y cenizas.
Actualizado ( domingo 26 de noviembre de 2006 )

La hora de los pueblos está sonando

Los vientos de cambio no se detienen, aunque a veces los poderosos imponen su fuerza y logran provisoriamente torcer la voluntad popular.

El pasado domingo, Rafael Correa obtuvo la presidencia de Ecuador con un discurso populista. Este domingo, según la sensación en la calle y todos los sondeos de opinión, Hugo Chávez será reelecto como presidente de Venezuela para el período 2007-13 con una mayoría aplastante. Anteriormente, Daniel Ortega ganó la presidencia de Nicaragua, y Lula da Silva logró la reelección en Brasil.

En contraposición, este viernes asumió la presidencia de México, rodeado por las fuerzas de seguridad, Felipe Calderón, después que el Tribunal Electoral deshechara las denuncias de fraude. Este aparente revés se está convirtiendo en una reactivación de los movimientos sociales y en la unidad de las organizaciones de izquierda que siguen considerando que el ganador de las elecciones del mes de julio, fue Manuel López Obrador.

Más allá de las tibias políticas de algunos dirigentes de izquierda cuando llegan al gobierno, o la debilidad para concretar los cambios estructurales, el hecho de sus victorias representa un cambio en el dominio que mantenían los políticos tradicionales aliados al imperialismo, y más que nada, reflejan la voluntad política de los votantes, de la mayoría del pueblo, de comenzar a transitar por caminos de cambios.

En muchos países latinoamericanos, la voluntad de cambio se manifiesta a través de los movimientos sociales que en conjunción con partidos políticos, logran ganar elecciones. Sin embargo, el sustento de estos gobiernos, está más en los movimientos sociales que en los partidos, muchos de los cuales han perdido credibilidad entre la gente.

Algunos candidatos llegan a la presidencia sostenidos por estos movimientos, como son los casos de Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador, y hasta el propio Evo Morales en Bolivia, y otros basados en amplias alianzas de partidos y movimientos. Chávez y Morales debieron construir partidos políticos, y Chávez está ahora en un proceso de unificar a todas las fuerzas que lo apoyan en un partido único de la revolución.

Hasta en países donde los movimientos sociales tienen limitada su capacidad de movilización -como Colombia- las organizaciones sociales se constituyen muchas veces en el interlocutor válido para el gobierno, por ejemplo, en la discusión de proyectos de ley. La ley de aborto fue discutida en primera instancia con organizaciones sociales antes que con los partidos.

En estos mismos países, la lucha de los movimientos sociales provocaron la destitución de presidente ineptos o corruptos. Por lo menos siete presidentes sudamericanos abandonaron anticipadamente sus cargos en los últimos 10 años ante la protesta popular. Esta capacidad de movilización, y de ejercicio de una democracia directa desacostumbrada, comienza a poner límites positivos al margen de maniobra de los presidente electos, aunque todavía se insista en que se debe “respetar la legalidad” y cumplir los plazos constitucionales de los mandatos. La movilización popular ejerce una presión mayor, y por supuesto mejor, que las leyes escritas que los gobernantes aprenden a eludir o ignorar.

América Latina parece estar buscando un nuevo modelo de democracia, de alguna manera más directa y donde la representatividad pueda ser cuestionada a cada momento y sustituida. No se trata de las asambleas en una plaza de ciudadanos griegos de la antigüedad, sino de pueblo movilizado en las calles reclamando sus derechos.

Junto con ello se fortalecen viejas formas organizativas o aparecen nuevas, donde el pueblo directamente comienza a ejercer control y algo de poder. En distintos países se ensayan estructuras de participación ciudadana, consejos vecinales, juntas locales, etc, que otorguen institucionalidad al ejercicio de la democracia directa. En este camino de fortalecimiento de la democracia directa, o mejor dicho de ejercicio de una verdadera democracia, conviene observar y aprender de la experiencia venezolana.

En los últimos meses, Venezuela ha iniciado la construcción de un poder popular basado en los consejos comunales y las diferentes misiones. No se trata sólo de estructuras consultivas, sino que incluidas en la estructura del Estado, tienen funciones ejecutivas, administran dineros públicos y resuelven sobre su uso. Todavía está en discusión como se integran con el parlamento, y/o si en el futuro, lo sustituirán.

Para fin de este año, se estima que ya estarán funcionando unos 40 mil consejos comunales que, según su ubicación, se integran de entre 20 y 200 núcleos familiares.

Con la reelección de Chávez el próximo 3 de diciembre, todo este proceso de transferir poder al pueblo, de profundizar la revolución tomará impulso. Junto al viejo Estado, y entrelazado con él, comienza a surgir una estructura de poder popular que de a poco sustituye a las instituciones gubernamentales ya conocidas.

Así, junto a los cambios políticos que conllevan un rechazo a las políticas neoliberales aplicadas en las últimas dos décadas, aparecen formas organizativas populares que reclaman una nueva institucionalidad. La hora de los pueblos está sonando.

Para entender el caso chileno.Estructura del Estado y prácticas corruptas

escribe Jorge Gómez Arismendi

Actualmente el sistema estatal -en la mayoría de los países, también en Chile- gira en torno a nuevas formas de relación a nivel de las elites, entendidas éstas, como aquellos grupos al mando de las jerarquías y organizaciones más importantes de la sociedad moderna, las grandes empresas, controlan el Estado y ocupan los puestos de mando de la estructura social.

Estas nuevas formas de relación -generadas entre agentes de orden corporativo, altos directivos de empresas, y el buró estatal, mediante el constante flujo de individuos desde un campo al otro- ha ido creando un sistema de trueque de funcionarios públicos y privados, que va generando crecientes relaciones clientelares, que derivan en diversas irregularidades, tendencias de orden oligarca y de corrupción cada vez más frecuentes en el aparato estatal.

Lo anterior, no sólo cambia las formas de distribución del poder, sino que amenaza con ir disminuyendo la eficacia del Estado -con respecto a lo que debe realmente resolver- y debilitando las bases estructurales y de legitimidad primaria de éste y de la democracia misma.

Porqué ¿Si nuestros políticos no respetan el Estado de Derecho, por qué tendrían que hacerlo los ciudadanos comunes, sumidos en la pobreza y el desempleo?

Para entender porqué se está haciendo cada vez más frecuente el “destape” de casos de corrupción, debemos tener claro que a medida que una elite determinada -sea del sector que sea- comienza a consolidar su presencia en el aparato burocrático del Estado, controlando los puestos más influyentes y estableciendo redes de relación más estrechas con otros actores del poder -ya sean empresarios, religiosos o militares- también comienzan a surgir atisbos de la propensión oligárquica a la que deriva cualquier organización que carece de una estructura democrática sólida, que se ve marcada posteriormente por la corrupción y el abuso de poder.

Esto, porque la elite dirigente que controla el Estado, paulatinamente y a medida que pasan los años, tiende a sentirse desligada del resto de la sociedad y de los compromisos adquiridos con ésta, pues considera que ya no debe responder al soberano, es decir al pueblo que la eligió, ya que estima que su posición es legítima y absolutamente merecida en cuanto dominio del resto, debido a sus propias competencias y logros. Así surgen actitudes de orden aristocrático, oligárquico, y muchas veces de falta de probidad y corrupción en el Estado y en sus organismos.

Los puestos públicos, los bienes y beneficios que estos conllevan, parecen volverse consuetudinarios entre los miembros de las clases dirigentes a medida que un sector, grupo, coalición o partido se sedimenta en el poder, afectando profundamente la distribución y probidad del poder dentro del aparato estatal y también la imagen que los ciudadanos tienen con respecto a la “democracia”.

Según el informe del Programa de Naciones Unidas para el desarrollo (PNUD), sólo un 3 % de los miembros de la elite chilena proviene de clases populares y un 65% siempre han pertenecido a ella. Por lo tanto, la corrupción no sería generada por miembros de clases populares que acceden a puestos en la elite, como generalmente se alude, sino que es desarrollada y practicada por gente que literalmente nunca le ha faltado nada.

Vemos que la ambición genera más ambición.

Es por esto, que esta asimetría en el ejercicio y acceso al poder, puede rápidamente convertirse en caldo de cultivo para la corrupción, entendida como la desviación en cuanto al cumplimiento formal de los deberes de un rol público, a causa de la existencia de intereses privados -personales, familiares, de facciones partidarias o corporativas- de carácter económico o relativos al mejoramiento de status social.

Lo esencial para evitar que la corrupción se naturalice, es generar una mayor transparencia no sólo en el uso de los recursos, sino también en la forma en que se accede a los puestos del Estado. La mejor forma, es ampliar la democracia, abrir los espacios a otros ciudadanos, y evitar el anquilosamiento de las elites.

Jorge Gómez Arismendi. Periodista

La otra corrupción: la privatización de los políticos

escrito por Rafael Luis Gumucio Rivas   
martes, 28 de noviembre de 2006
Como en Chile hace tiempo que no se habla castellano, sino la jeringonza al estilo de la pequeña Kristel, a esta relación éticamente discutible entre los negocios y la política se le aplica el apelativo de “lobby”, que traducido literalmente del inglés significa una pieza donde se traspasan todo tipo de influencias. Nuestra Patria, si bien no ha producido ningún genio, ni filósofo, ni científico famoso, es generosa en el difícil y cuestionable arte del “lobby”.

Oscar Guillermo Garretón, con la agilidad de un atleta de alto rendimiento, pasa fácilmente de la gerencia de los Teléfonos a la del azúcar; Enrique Correa usa su genial destreza para lograr rebajar el royalty de las empresas privadas del cobre; Eugenio Tironi siempre tiene la última teoría para explicar la marginación de los ex Mapu del gobierno; José Antonio, vaticanista connotado, va, seguramente, a demostrar su habilidad para convencer a los nuevos cardenales de Michelle Bachelet de las bondades de la AFP Provida.
 
El ideal del neoliberalismo, su utopía concreta, sería que todos los políticos se convirtieran en empresarios y transmitieran por el mundo las maravillas del mercado y las perfidias del Estado. Por lo demás, da la impresión de que, en gran parte, ya lo han logrado en este agradable y millonario país: si en cada partido político, en sus órganos directivos, se elige a un buen accionista, es seguro que estos conglomerados marcharán a la perfección; algo similar a lo que está pasando con los equipos de fútbol, devenidos en sociedades anónimas. Tatán Piñera fue un precursor de esta nueva tendencia política: compró la mayoría de las acciones de Colo Colo creyendo que este plantel podría triunfar; lamentablemente se equivocó, y en la misma RN le está ganando el accionista de la Católica, el Opus Dei Carlos Larraín. En la Democracia Cristiana, sus empresarios políticos prefieren la renta fija, es decir, los bonos de Codelco, que Villarzú distribuye sin arrugarse; serían prestamistas, al estilo El mercader de Venecia. Los PPD más temerosos y precavidos, prefieren las consultorías: Fernando Flores posee una Fundación, cuyo eje central es la ontología para provocar buenas relaciones entre empresarios y empleados.
 
Este dominio de la economía sobre la política, que antes era un matrimonio a escondidas, sin libreta, hoy es más franco y los tortolitos se muestran a la luz del día, pretextando que no hay nada de ilegal en esta relación de amor, pero pienso que hay muy poco de ética y de estética y aleja a los ciudadanos de una actividad tan noble como el gobierno de la polis.
 
Rafael  Luis Gumucio Rivas

“El Garza”

“El Garza”

El mejor junior de una empresa constructora es “El Garza”, amigo de barrio de San Bernardo. Hábil, rápido y sagaz. Puede pagar diez cuentas de teléfono y hacer treinta depósitos bancarios en media hora, en pleno día lunes y final de mes. Recibe 137 mil pesos de salario y le ofrecen veinte mil de aumento, para evitar que se vaya a la financiera de enfrente, donde se enteraron de sus virtudes. El Garza reflexiona, al tiempo que se rasca la barbilla. Finalmente murmura decidido: “Me voy a la financiera, aunque trabaje más y por la misma plata… me da otro roce, otro nivel”.
¿Alucinación o pelotudez? ¿Mareo o sobresaturación farandulera? ¿Envenenamiento sanguíneo o apunamiento de altura? ¿Desquiciamiento lunático o boludez televisiva? La explotación será la misma; las plantas de los zapatos arderán contra el pavimento, pronto aparecerán las várices y los meniscos torturarán la rodilla; la jefa administrativa (flaca histérica) gritoneará al igual que en la constructora… Pero “con otro roce… otro nivel”.
¿Tanto ha cambiado mi país que nadie aguanta su propia sombra en la pared? ¿Tanto pudo la dictadura y el modelo, que el éxito se mide por el color de la oficina, el nombre de la empresa o la cilindrada del automóvil?
La estadística dice que vivimos como con el salario de 2008, que la deuda de arrastre en artículos suntuarios y créditos de consumo de cada chileno del sector medio (clase elástica porque todos entran en ella) alcanza un 40 por ciento del sueldo mensual. Apariencias reproduciendo apariencias, como la manta de cacique que usaba sobre el traje aquel oscuro empleado público con el fin de ganar el respeto de los mapuche, relatado irónicamente por el escritor Marcos Huaiquilaf Gómez en La pasión de Benedicto Mateluna.
Una parte de la sociedad chilena ha llegado a creer que la manta hace al cacique, la corona al rey y la corbata al ingeniero. Pareciera que todos creyeron la fábula de la nación cenicienta de quince millones de habitantes que rengueaba por su zapatilla perdida (y que al fin la encontró en el excedente del cobre) y que entra al palacio del primer mundo. Nadie duda del despegue, ahogando la enmohecida identidad.
En medio del zafarrancho de Babel, de las cifras macroeconómicas y de las sonrisas del empresariado que saca cuentas alegres, un tal González, coludido con un tal Pérez y apoyados por Cayuqueo, son desenmascarados como miembros del renovado nazismo criollo. Centran su doctrina en el desprecio de los “impuros”, o si se quiere, en el repudio de quienes llevan a la zozobra la pulcritud de la “raza chilena”.
Cayuqueo, Pérez y González se solazan persiguiendo peruanos, bolivianos y travestis, considerados inferiores por este “representativo” segmento de la emblemática genética nacional. Nadie se ha tomado el tiempo de explicarle a estos nacionalsocialistas de barrio que los marginales e inmigrantes son tan pobres y marginales como quien hace las barridas nocturnas. Pobres persiguiendo pobres. Parias desangrando parias.
González, Pérez y Cayuqueo creen a pies juntos que son los arios latinoamericanos, ungidos por el imperio como jaguares, tigres o dragones. Pero con el pelo tan chuzo como el cabello de los que persiguen, tan morochos y charchetudos como tres cuartos de la población total del país.
El gordo Pérez, de cara redonda, barba de chivo e innumerables tatuajes, se proclama vocero del selecto y purificado grupo. Golpea la mesa y, obviamente, afirma ser admirador pinochetista. Los medios de comunicación corren a entrevistarlo y en el bostezo abúlico del día sábado, tiene toda la tribuna farandulera a sus pies; aparece su rostro en portadas de periódico proclamando su identidad hitleriana: “Soy nazi y qué”, afirma.
Hasta ahí, la historia pareciera una locura provocada por fiebre alta, o un desvarío por la resaca de vino litreado de cuarto enjuague. Pero no. A los pocos días, la muerte de otro nazi criollo, de la comuna de Independencia, sorprende. Desangrado en medio de la calle uno de los seguidores del Tercer Reich muere apuñalado. Entonces, se desata la fábula pomposa, la borrachera colectiva, la sátira que alimenta durante cuatro días de la semana a diarios y noticiarios de TV.
El funeral del nazi criollo es acompañado de svásticas como estandarte y la cruz gamada luce cocida a las chaquetas negras. El grupo está compuesto por milicianos raquíticos que apurado se empinan en el metro sesenta. Una regordeta de moño desfila con paso marcial, jalando del collar a un quiltro (con tantas razas desde el hocico a la punta de la cola que no se logra identificar si es salchicha o doberman). La muchacha mantiene el brazo levantado y hasta pareciera que le encomendaran la misión honorífica de la primera guardia. ¿Qué hacer con el quiltro maltés, doberman o ratonil? Rápidamente se lo entrega a un flaco enjuto, de ojos saltones, con una barba dispersa, como partido de fútbol (once pelos por lado).
A Cayuqueo, destituido de la policía, definitivamente no le contaron parte de su historia. Nadie le dijo que la tierra era de ellos; de los Curilén, de los Canihuante y de los Tranco. Cayuqueo no escuchó que tenía las balas perdidas y el verbo contrariado, disparando a quien no se debe. A Pérez y a González pareciera que tampoco les avisaron que su pasado en este suelo viene de siglos. Antes que Chile llegara a ser república, sus abuelos, albañiles y campesinos, dejaron los músculos del lomo en la siembra, en el pastoreo y en la usina; hasta que llegaron los Edwards, los Larraín, los Dittborn y los Errázuriz, mareándolos con la verborrea fácil y la quimera del “orden” y se apoderaron de la tierra, de los brazos, de las mujeres y del cobre.
La gente está sorda, embriagada por la leyenda de jaguares, tigres y leones. Esto es la esquizofrenia colectiva, el presente estático y permanente que afirma el filósofo Lacan, quien explica con pulcritud teórica el comportamiento humano posmoderno de las sociedades contemporáneas.
A mi juicio, aquí se instauró el Alzheimer masivo. El olvido del origen es una buena dosis de adoctrinamiento y una gran tajada de domesticación. “No pienses en tus raíces”, dice el modelito, “piensa en tu potencial y el desarrollo individual te llevará al éxito”. Cada uno, entonces, juega con la caca que quiere, cada uno vuelve al sueño de la niñez y en las noches de lluvia, cuando la imaginación es prolífera, se transforma en un corajudo pirata o un magnífico John Wayne disparando a los navajos.
La alucinación es pujante, bárbara, convincente. Tanto que convierte a un estafeta pobre en un junior poderoso “de otro roce, otro nivel”. El espejismo del modelo modifica la fisonomía; el pelo duro se riza y los ojos achinados cambian a un azul profundo o un verde turquesa. ¿Problema mediático o confabulación sistémica? Sospecho lo segundo.
El noticiario central televisivo tiene una cobertura de hechos relacionados con delincuencia y violencia superior al 40 por ciento. Cualquiera que vea media hora de noticias terminará aterrado, metido en un bunker y armado como un tanque. ¿Acaso la dictadura no ocupó una política de incomunicación similar? ¿Acaso en los ochenta, en plenas protestas y caceroleos, poblaciones completas esperaban en vela ser atacados por turbas de miserables que vendrían a saquearlos, quitándoles sus miserables pertenencias? Medios de distorsión de la realidad, para que la masa piense lo que es correcto y permitido y no elucubre respecto al escuálido salario, la desigualdad abismante, la explotación masiva.
En el año 1976 ó 1977 los Ovnis eran página obligada en los reportajes de los domingo. El viejo obrero comunista Ramón Salazar Tobar (mi padre), me observaba en mi atónita lectura sobre extraterrestres: “No te preocupes de eso… va a subir el precio del azúcar”, sentenciaba. Me costó entender la relación. Creí que el viejo era un seudo pitoniso, porque cada vez que aparecían los platillos dorados dando vueltas en el cielo santiaguino, el precio del azúcar se disparaba.
Hace años que no han vuelto los alienígenas, pero ¿para qué necesitamos a los marcianos si la televisión exhibe a diario la historia de timadores, carteristas angustiados, prostitutas, chamanes, microtraficantes? Todo un purgatorio de miserias humanas a punto de devorar a la sociedad completa y “decentita”.
Una mujer madura riega el jardín de su casa en el exclusivo barrio de La Reina; lleva pistola al cinto y un cargador de repuesto en el bolsillo derecho, para abatir delincuentes. Según ella, encera la casa, limpia el water y hasta cocina lasaña con el arma dispuesta. ¿Se sacará el arma cuando hace el amor o será parte de su fantasía erótica privada? Al otro lado de la ciudad, en una plazoleta pobre de Pudahuel, unos jóvenes, casi niños, planean la barrida de la noche. Quieren dar de patadas a un peruano que trabaja en la amasandería de la esquina y si falla eso, “rayarle el paño al Claudio”, un travesti cuarentón que “patina” cerca del Metro Neptuno.
¿Superioridad de raza, superioridad de clase o superioridad étnica? ¡Patrañas! Con el mismo espurio argumento, asistimos hasta hace unas semanas a la matanza de un millar de libaneses a manos del ejército israelí. Más de la mitad de los muertos eran mocositos que no llegaban a los diez años. ¿Qué dirían los muertos en Auschwitz ante este macabro espectáculo genocida?
Hace treinta y tres años, con la misma y vomitiva explicación, miles de chilenos fueron enviados a los campos de concentración, a Chacabuco o Pisagua. Fueron torturados, muertos, desaparecidos. También se buscó en estas fascistas latitudes depurar los genes, eliminando a quienes osaron entregar el poder al pueblo.
Definitivamente las razas no existen y quien diga lo contrario, no entiende la historia ni la antropología, ni las ciencias. No hay hombres puros a no ser por su honestidad y espíritu de justicia. No hay hombres superiores a otros, a no ser por la grandeza de su entrega negándose a sí mismos. No hay hombres incorruptibles, a no ser por la consecuencia de sus actos, donde verbo y acción caminan juntos. No hay hombres valientes, a no ser por el coraje de su muerte, por la lucha que diariamente emprenden para lograr la igualdad sobre la Tierra

LEONARDO SALAZAR MOYA
(Publicado en “Punto Final” Nº 623, 8 de septiembre, 2006)

Pinochet no le hizo caso

“Países de tamaño relativamente pequeños como éste, debieran subcontratar en el exterior a profesionales del orden y para la defensa...”.



Enrique Canelo

Periodista

Cuando Milton Friedman vino a Santiago, a mediados de 1975, un año antes de ser galardonado con el Premio Nobel de Economía, sucedió uno de los episodios más contradictorios sino grotescos en la recién instalada dictadura de Augusto Pinochet.

Entonces, junto con la dura represión contra las fuerzas de la izquierda encarnadas en la Unidad Popular y sectores afines revolucionarios, se gestaba otra revolución, la económica, la que nunca habría podido ejecutarse sin la custodia de las bayonetas.

El mentor de la “buena nueva” había sido precisamente Milton Friedman. Uno de los best seller mundiales de su teoría era “La libertad de elegir” (“Free to choose”), libertad que desgraciadamente no tuvieron los chilenos, y hubo de pasar una o dos generaciones hasta que emergiera una nueva clase empresarial.

Con todo, los fundamentos de la teoría friedmaniana fueron de tal peso que hasta hoy, a la entrada del siglo XXI, más de tres lustros y cuatro gobiernos de la Concertación, permanecen las bases del modelo generado por él.

Retornando a 1975, el salón de plenarios del edificio Diego Portales (ex Gabriela Mistral) se encontraba colmado de generales y coroneles acompañados de la nueva casta de civiles que dirigieron la gesta económica, sordos a los lamentos de los perseguidos y ajenos a los torturados, muertos y desaparecidos, para escuchar en recogido respeto y silencio la palabra del nuevo apóstol.

Pero la incomodidad se apoderó de los generales y coroneles que -inquietos- se revolvieron en sus asientos haciendo crujir sus bruñidas botas cuando la atragantada voz del intérprete tuvo que repetir uno de los conceptos de Milton Friedman que, para los que se recuerdan, se basaba en la necesidad de que empresas y empresarios fueran eficientes y eficaces, y produjeran en el país lo que era económicamente factible y el resto importarlo, como sucedió con la crujidera de quiebras que hubo, especialmente, en los sectores automotor y textil, por mencionar los más visibles.

El punto es que el infeliz intérprete no podía enmendar lo que decía el “gurú” mundial de la economía, y tuvo que repetir no más aquello (traducción absolutamente libre de lo que conserva la memoria) de que “incluso, países de tamaño relativamente pequeños como éste (¡nuestro Chile, señores!), debieran subcontratar en el exterior a profesionales del orden y para la defensa...”.

Afortunadamente, para el nuevo régimen el bochorno quedó ahí porque la prensa estaba silenciada e intervenidas las agencias internacionales de noticias. Con todo, 31 años después, la noticia del deceso del profeta de la libertad de elegir gatilló los recuerdos de un reportero que estuvo presente en esa jornada en el edificio Diego Portales.

¿Movilizaciones sociales o ... fiscales?

Rodrigo Guerra, estudiante - San Fernando
(10/11/06)

EN EL ULTIMO tiempo hemos sido testigos de lo que los medios de comunicación y los políticos han definido o denominado “movilizaciones sociales,” lo que ha dado incluso para que se hable de un renacer de la conciencia social y política del chileno medio. Pero la pregunta que necesariamente surge ante este panorama es quiénes, en verdad, se están movilizando? Al tratar de contestarla en forma rigurosa nos damos cuenta de que existe un común denominador para todas estas movilizaciones: el Estado.

Las tan mentadas movilizaciones sociales no son otra cosa que protestas de empleados fiscales, de alumnos de colegios fiscales, de profesores de colegios municipalizados, de los gremios de la educación, la salud y la administración burocrática estatal…. ¿Cabe denominarlas movilizaciones sociales?

En Chile no hay movilizaciones sociales, hay conflictos entre el Estado y sus empleados y dependientes, o sea, son problemas del Estado consigo mismo… Y, claro, los políticos de todos los colores y tendencias se llenan la boca con palabras de apoyo… “que los trabajadores de la salud merecen mejores sueldos y condiciones laborales”, “que los profesores deben ser mejor remunerados”, “que los estudiantes necesitan un sistema educativo que les brinde mejores oportunidades”.

Claro, es fácil ser generoso con el erario público, y da risa ver a personeros de la UDI o RN abogar por las “justas reivindicaciones de los trabajadores (léase funcionarios públicos). Vemos también a personeros concertacionistas vanagloriarse de que hoy en Chile todos tienen derecho a manifestarse, a expresar su sentir y a luchar por mejores condiciones laborales. Da risa y pena que en el país del doble estándar nos conformemos con observar por la tele cómo los funcionarios públicos luchan por sus derechos (aunque básicamente luchen por mejores remuneraciones). Obviamente, con eso no solucionaremos ni siquiera en mínima parte la situación laboral y social de la gran mayoría de trabajadores y profesionales que no son dependientes de la teta estatal, esa ubre llena de leche que despierta los apetitos de aquellos que utilizan el servicio público para servirse, para engañar, defraudar y corromper. (...)

La verdad, yo propondría que se hiciera una homologación entre las condiciones laborales de los trabajadores de empresas privadas y de los empleados públicos. Si con los impuestos de todos estamos dispuestos a financiar reajustes salariales para tipos que se dedican, siempre de mala gana, a timbrar papeles detrás un mesón y a otros profesionales que rinden menos que una bolsa de té para 4, con mayor razón debiéramos promover mejoras en los sueldos y condiciones laborales de tantos trabajadores del sector privado que son víctima de malos tratos y explotación laboral.

El día que vea a obreros de fábricas y compañías privadas, a empleados de empresas de servicios o instituciones bancarias reclamar en la calle por los atropellos de que son victimas, y que la TV, los medios en general y usted, en particular, se interese, apoye y participe de dichas protestas, entonces sí estaremos en condiciones de decir que en Chile hay movilizaciones sociales.

Ahí me gustaría ver a los diputados y senadores UDI´s y RN´s, abogar por mejores sueldos para los trabajadores del sector privado, mejores condiciones laborales, más estabilidad en el empleo, reconocer y propiciar que la sociedad civil se organice, promoviendo y legislando en pos de fortalecer las organizaciones sindicales, los entes fiscalizadores como la Inspección del Trabajo y los tribunales laborales para que la defensa de los derechos de los trabajadores no sea el via crucis que es hoy.

Me pregunto si empleados públicos estarán enterados que sus condiciones laborales son, pese a todo, envidiables respecto de las que deben soportar un elevado porcentaje de los trabajadores de supermercados, de las empresas de telecomunicaciones, de los bancos y financieras, y de todos los etc. Allí, nosotros, los “privados” tratamos de sobrevivir, manteniendo a una casta política cada vez más enriquecida, a una casta empresarial empatronada del país y de sus instituciones, y siendo parte de una población. Ni siquiera somos pueblo (dados los bajos índices de inscripción en los registros electorales), así que somos una masa totalmente enajenada en el consumismo y el individualismo, alejados de sus pares, incomunicados, desorganizados, y por ende propensos a ser objetos de abusos, explotación y poco o nulo respeto a sus derechos…

Este Chile alienado, consumista, individualista y neoliberal no es la tierra de las movilizaciones sociales, salvo, claro está, las honrosísimas excepciones que confirman la regla, como por ejemplo los mapuches, las minorías sexuales, los ambientalistas, y todos quienes formamos parte del Chile progresista, que según lo reflejan los procesos eleccionarios representan algo así como el 8% del total de ciudadanos inscritos en los registros electorales. El resto no son más que ovejas que van al sacrificio para mayor esplendor y gracia de ese 10% que se apodera del 80% del ingreso nacional… ¡Despierten, nos están robando!