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Opinion

A treinta y un años del golpe militar en Argentina

A treinta y un años del golpe militar en Argentina
escrito por Rafael Luis Gumucio Rivas   
viernes, 30 de marzo de 2007
Participé en la marcha, en la Plaza de Mayo, en conmemoración del treinta y un aniversario del golpe de estado, dirigido por el pechoño, criminal y reaccionario, Jorge Rafael Videla. Da gusto constatar la claridad del lenguaje que emplea el presidente Néstor Kirchner para atacar a los genocidas militares argentinos; nada más diferente al alambicado vocabulario de nuestros líderes concertacionistas en el trato a los verdugos sempiternos, que marchan incólumes por las calles.

Kirchner llama al pan pan y al vino vino: en el acto de recordación, realizado en el “campo de concentración” La Perla, en Córdoba, el presidente llamó a Luciano Benjamín Menéndez “un asesino que debiera estar en la cárcel” –cómo me hubiera gustado escuchar estas frases respecto al finado Augusto Pinochet y sus secuaces-; después Kirchner la emprendió contra la Cámara de Casación, (Corte de Apelaciones): “¿Cuál es el compromiso de algunos integrantes de la justicia con los derechos humanos? Dónde están parados, durante años, juicios que debieran estar en marcha? Los jueces del Tribunal de Casación se hacen los lesos” y, para rematar, el ministro del Interior, Fernández, termina por la invitación a presentar a su renuncia a los jueces que amparan a los genocidas.
 
A los jueces se les designa con nombre y apellido, son los miembros de la sexta Sala del Tribunal de Casación: Gustavo Hormos, Amelia Berraz y Amelia Cepolupo, quienes tienen a su cargo 193 casos de crímenes de lesa humanidad en trámite, durante dos años; los pocos condenados argentinos pagan su pena en prisión domiciliaria, pretextando su avanzada edad.
 
El presidente de la Corte de Casación, Alfredo Bisordi, se vale del lenguaje democrático para acusar al presidente de querer acumular todos los poderes e inmiscuirse en la judicatura, olvidando la colaboración de los tribunales argentinos con la dictadura; “en todas partes se cuecen habas”. Jorge Julio López, que estaba dispuesto a acusar a los asesinos, ha sido secuestrado por las fuerzas oscuras de la reacción del vecino país.
 
En la mayoría de la transiciones a la democracia los Tribunales que colaboraron con la dictadura han pasado incólumes. En Argentina, si no hubiera sido por las madres y abuelas de la Plaza de Mayo y los abogados de derechos humanos, los asesinos militares continuarían gozando de la más perfecta impunidad. Estoy de acuerdo con un famoso jurista mexicano, que plantea para su país que la justicia debe emanar de la soberanía popular, como ocurre con el resto de los poderes. En el caso de los derechos humanos en Argentina se ha probado, hasta la saciedad, la connivencia entre jueces y represores.
 
La historia del país vecino estuvo plagada de golpes militares. Gobiernos civiles como los de Arturo Frondizi y Arturo Illia fueron derrocados por cruentos golpes militares. Radicales, peronistas y militares, (estos últimos actuaron como partido político), se han repartido el poder. Isabel Martínez de Perón y Fernando de La Rúa tuvieron que huir de la Casa Rosada en helicóptero, después de haber provocado el caos . El radical Raúl Alfonsín no alcanzó a terminar su período, producto de una crisis económica; el justicialista Carlos Menem duró dos períodos, llevando al país a la cesación de pagos e imponiendo las criminales leyes de “punto final y obediencia debida”.
 
La jerarquía eclesiástica argentina, que apoyó los crímenes de la dictadura militar, sólo puede ser comparada con los obispos españoles durante la Guerra Civil (1936-1939). Hasta hoy, algunos jueces argentinos asisten a misa celebrada por obispos castrenses. La dictadura militar católica, conservadora y neoliberal argentina ostenta el triste récord a su haber de 30.000 desaparecido. La guerra de las Malvinas provocó el derrumbe de la dictadura militar, sólo queda el mal recuerdo del borracho Leopoldo  Galtieri.
 
Me alegra que el presidente Kichner haya tenido el valor de derogar las leyes de “obediencia debida y de punto final”, de consagrar la escuela de Mecánica de la Armada a un Museo de la Memoria y, hoy, enfrentar a una justicia con resabios dictatoriales, que deniega el  derecho del pueblo a la verdad, la justicia y al castigo a los culpables.
 
Rafael Luis Gumucio Rivas

América Latina: cuatro bloques de poder

James Petras
La Jornada

En América Latina hay cuatro bloques de naciones que contienden, contrariamente al dualismo simplista con que la Casa Blanca y la mayoría de la izquierda describen el proceso. Cada uno de ellos representa diferentes grados de acomodo u oposición a las políticas e intereses estadunidenses, que dependerán de cómo defina o redefina Estados Unidos sus intereses según las nuevas realidades.

La izquierda radical incluye a las FARC en Colombia, sectores de los sindicatos y los movimientos campesinos y barriales en Venezuela; la confederación obrera Conlutas y sectores del Movimiento sin Tierra en Brasil; sectores de la Confederación Obrera Boliviana, los movimientos campesinos y las organizaciones barriales en El Alto; sectores del movimiento campesino-indígena de la Conaie en Ecuador; los movimientos magisteriales e indígena-campesinos en Oaxaca, Guerrero y Chiapas, México; sectores de la izquierda campesino-nacionalista en Perú; sectores de los sindicatos y desempleados en Argentina. Es un bloque político heterodoxo, disperso, fundamentalmente antimperialista, que rechaza cualquier concesión a las políticas socioeconómicas neoliberales, se opone al pago de la deuda externa y en general respalda un programa socialista o nacionalista radical.

La izquierda pragmática incluye al presidente Hugo Chávez en Venezuela, a Evo Morales en Bolivia y a Fidel Castro en Cuba. A una multiplicidad de grandes partidos electorales y a los principales sindicatos y uniones campesinas en Centro y Sudamérica: los partidos electorales de izquierda, el PRD en México, el FMLN en El Salvador, la izquierda electoral y la confederación obrera en Colombia, el Partido Comunista chileno, la mayoría en el partido parlamentario nacionalista peruano Humala, sectores de los líderes del MST en Brasil, el MAS en Bolivia, la CTA en Argentina y una minoría del Frente Amplio y la confederación obrera en Uruguay. Incluida está la gran mayoría de los intelectuales latinoamericanos de izquierda. Este bloque es "pragmático" porque no hace un llamado a la expropiación del capitalismo ni al rechazo de la deuda ni a ruptura alguna de relaciones con Estados Unidos.

En Venezuela los bancos privados, nacionales y extranjeros, ganaron una tasa de más de 30 por ciento entre 2005 y 2007. Menos de uno por ciento de las más enormes propiedades de tierra fue expropiado para otorgarle títulos a los campesinos desposeídos. Las relaciones del capital con la mano de obra siguen inclinando la balanza en favor de las empresas y los contratistas. Venezuela y el presidente Alvaro Uribe de Colombia han firmado varios acuerdos de cooperación económica y de seguridad de alto nivel. Mientras promueve una mayor integración latinoamericana, Chávez busca una "integración" con Brasil y Argentina, cuya producción y distribución de crudo son controladas por corporaciones multinacionales europeas e inversionistas estadunidenses. Aunque Chávez reprocha el intento estadunidense de subvertir el proceso democrático en Venezuela, el país provee 12 por ciento de las importaciones totales de crudo a Estados Unidos, es dueño de 12 mil gasolineras Citgo en Estados Unidos y de varias refinerías. El sistema político de Venezuela es muy abierto a la influencia de los medios masivos privados, apabullantemente hostiles al presidente electo y al Congreso. Hay organizaciones no gubernamentales financiadas por Estados Unidos, una docena de partidos y una confederación de sindicatos actuando en pro de los planificadores estadunidenses. Casi todos los funcionarios y miembros del Congreso que están en favor de Chávez se montaron en su carroza política más por intereses personales que por lealtad populista. El pragmatismo de Venezuela es un campo muy lucrativo para los inversionistas estadunidenses, suministra energía de modo confiable y crea alianzas con Colombia, principal cliente de Estados Unidos en América Latina.

La retórica y el discurso radical de Chávez no corresponden con las realidades políticas. Si no fuera por la intransigente hostilidad de Washington y sus tácticas de continua confrontación y desestabilización, Chávez parecería moderado. Es obvio que sectores de las grandes empresas se quejen del incremento en pagos por regalías, dividendos de ganancias e impuestos. Washington pinta a Chávez cual si fuera un "peligroso radical" porque compara su política con la de los previos regímenes clientelares de Venezuela en los años 90. Pero si tomamos los pronunciamientos de política exterior de Chávez con una pizca de sal, asumimos el cambio en el ambiente internacional acaecido entre 2000 y 2007 y sus limitadas reformas en asistencia social, impuestos y otras, de hecho Estados Unidos está ante un radical pragmático que puede acomodar.

Lo mismo se aplica a la política hacia Cuba y Bolivia. Cuba ha establecido lazos diplomáticos con casi todos los clientes y aliados de Estados Unidos en América Latina. Explícitamente le tendió la mano diplomática a Uribe, rechaza la izquierda revolucionaria de las FARC en Colombia y respalda en público a neoliberales como Lula da Silva de Brasil, Néstor Kirchner de Argentina y Tabaré Vázquez en Uruguay, además de firmar un amplio espectro de acuerdos de adquisición con grandes exportadores estadunidenses de alimentos. Cuba brinda servicios de salud gratis (y entrenamiento a miles de médicos y educadores) en un gran número de regímenes clientes de Estados Unidos, de Honduras a Haití y Pakistán. Abrió la puerta a inversionistas extranjeros de cuatro continentes en todos sus principales sectores de crecimiento. La paradoja es que mientras Cuba profundiza su integración al mercado capitalista mundial en la emergencia de una nueva clase de elites orientadas al mercado, la Casa Blanca incrementa su hostilidad ideológica. Esta postura extremista se emprende también con el régimen de izquierda pragmática de Morales en Bolivia, cuya "nacionalización" no ha expropiado ni expropiará ninguna empresa extranjera. Uno de sus principales propósitos es estimular los acuerdos comerciales entre la elite de las agroempresas de Bolivia con Estados Unidos.

El tercero y más numeroso de los bloques políticos en América Latina lo constituyen los neoliberales pragmáticos: el Brasil de Lula y la Argentina de Kirchner. Muchos son los imitadores de estos regímenes entre las filas de la oposición liberal de izquierda en Ecuador, Nicaragua, Paraguay y otros lados. Kirchner y Lula defienden su paquete completo de privatizaciones legales, semilegales e ilegales. Ambos prepagaron sus obligaciones oficiales de deuda y buscan estrategias de crecimiento mediante la exportación de minerales y productos agrícolas, e incrementaron las ganancias empresariales y financieras restringiendo sueldos y salario.

Hay también diferencias. La estrategia en favor de la industria de Kirchner condujo a una tasa de crecimiento que duplica la lograda por Lula; redujo el desempleo en 50 por ciento, lo cual contrasta con el fracaso de las políticas de empleo de Lula. En Argentina, el ambiente de inversión para empresarios y banqueros es favorable para la consecución de ganancias. Sus principales diferencias con Washington derivan de las negociaciones en torno a un acuerdo de libre comercio. Mayores oportunidades de comercio global y una posición mercantil más fuerte les otorga una posición más fuerte al negociar. Ni Lula ni Kirchner respaldarán el intento militar estadunidense de derrocar o boicotear a Chávez, porque trabajan conjuntamente aumentando lucrativas inversiones y proyectos de petróleo y gas. Reconocen la naturaleza básicamente capitalista del régimen de Chávez aun cuando rechacen la mayor parte de su radical discurso antimperialista. Ambos presidentes diversifican sus socios comerciales y buscan acceder a mercados en China y Asia.

Washington no es hostil con Argentina y tiene una relación amistosa de trabajo con Brasil, pero no logró extender su influencia a ellos por su renuencia a entender estos regímenes de libre comercio "nacionalista". Que Kirchner se empeñe en lograr acuerdos negociados, inversiones reguladas, recolección de impuestos y renegociaciones de la deuda es visto como "nacionalista", "izquierdista" y casi intolerable. Washington se preocupa de que las políticas de libre comercio de Lula exijan que Estados Unidos ponga fin a sus subsidios y cuotas agrícolas, como lo hace Brasil. Pero con tal de defender a sus empresas agrícolas no competitivas, Washington sacrifica en su extremismo la posibilidad de entrar a gran escala y largo plazo al sector industrial y de servicios de Brasil.

El cuarto bloque político son los regímenes, partidos y asociaciones de elite neoliberales doctrinarios, que siguen al pie de la letra los dictados de Washington. Es el régimen de Felipe Calderón en México, que se prepara para privatizar las lucrativas empresas petrolera y eléctrica. Es el régimen de Michelle Bachelet en Chile, perenne exportador de minerales y productos agrícolas, la Centroamérica exportadora de fruta tropical y plena de maquiladoras. Colombia, que recibe 5 mil millones de dólares en ayuda militar estadunidense desde finales de los 90. Perú que por más de 20 años ha privatizado toda su riqueza mineral, gobernado ahora por Alan García, otro cliente de Estados Unidos.

Según Washington y los ideólogos de derecha un "populismo radical" barre la región, simplificando una compleja realidad para servir a sus propios intereses. Lo que hay es un cuadrángulo de fuerzas que compiten y se confrontan en América Latina.

Washington insiste que la influencia subversiva de Venezuela y Cuba debilita su posición en América Latina. Un factor mucho más importante es el aumento generalizado de los precios de bienes de consumo, lo que significa mayores entradas por exportación a la región. Entonces, los países latinoamericanos dependen menos de las "condiciones" del FMI para allegarse préstamos, lo que limita aún más la influencia estadunidense. Mayor liquidez significa poder contar con préstamos comerciales sin recurrir al Banco Mundial. Los expansivos mercados de Asia, en particular el aumento de la inversión asiática en las industrias extractivas latinoamericanas, erosiona aún más el apalancamiento mercantil estadunidense en la región. Ante la caída de su propia economía en 2007, es probable que Estados Unidos reduzca sus inversiones y comercio con América Latina. En otras palabras, tiene menos margen de maniobra sobre izquierdistas y neoliberales pragmáticos que en los 90. Mal etiquetar a lo regímenes y exagerar grado y clase de la oposición conduce a la exacerbar los conflictos. Persistir en la actitud de lograr acuerdos de libre comercio a escala continental mediante concesiones no recíprocas es perder la oportunidad de lograr tratos comerciales.

Esto es efecto de una configuración ultraconservadora por parte de los planificadores estadunidenses y sus principales asesores.

Washington describe burda y malamente la realidad latinoamericana, lee incorrectamente el contexto regional e internacional actual, pero los intelectuales de izquierda exageran el radicalismo o la realidad revolucionaria de Cuba y Venezuela. Pasan por alto la contradictoria realidad y sus acomodos pragmáticos con los regímenes neoliberales. Con muy poca perspicacia histórica, continúan creyendo que neoliberales pragmáticos como Lula, Kirchner y Vázquez son "progresistas", y los agrupan junto con izquierdistas pragmáticos como Chávez, Castro y Morales. En ocasiones caracterizan a los partidos y a los regímenes según sus pasadas identidades políticas izquierdistas y no según sus actuales políticas elitistas de libre comercio y exportación de agrominerales.

La izquierda debe encarar el hecho de que pese a que el poder estadunidense declinó, se recupera y avanza desde que las rebeliones de masas derrocaron a sus clientes en 2000-2002. Quedaron en la nada las esperanzas de la izquierda en que la victoria de antiguos partidos políticos electorales de centroizquierda revirtiera las políticas neoliberales de sus predecesores. Redefinir la conversión de izquierdistas en neoliberales pragmáticos cual si fuera algo progresista o creara un contrapeso al poderío estadunidense, es ingenuo y confunde aún más.

El declive de la influencia estadunidense en América Latina no es lineal: una abrupta caída fue seguida de un repunte parcial. Ningún ascenso sostenido de la izquierda radical sale al paso de este descenso en influencia. Los ganadores reales son los izquierdistas y neoliberales pragmáticos, que llegaron el poder ante la retirada de los neoliberales doctrinarios y la favorable coyuntura expansiva de las condiciones del mercado mundial.

Traducción: Ramón Vera Herrera

Los números rojos en la bolsa política

escrito por Rafael Luis Gumucio Rivas   
miércoles, 07 de marzo de 2007
Isaiah Berlin, en su  libro Contra la corriente, ensayo sobre la historia de las ideas, hace un paralelo entre las concepciones y biografías de Benjamin Disraeli y Carlos Marx. Estos dos gigantes judíos optaron por clases completamente opuestas: el primero, se acercó a la aristocracia británica de la época victoriana y, el segundo, se convirtió en el profeta del proletariado. Disraeli despreciaba el sufragio universal y, sarcásticamente, le propuso a su cochero que ambos se abstuvieran de votar, pues su sufragio valía lo mismo.

Según el primer ministro de la reina Victoria, hay tres tipos de mentiras que se pueden distribuir en las simples, las malditas y las estadísticas. No me culpen, estimados lectores, por comparar la política con las finanzas, porque vivimos en un país de bolicheros cartagineses: en la antropología neoliberal la persona humana es solamente un sujeto del mercado y como ésta se ha convertido en la utopía de políticos, tanto de la Alianza, como de la Concertación, me es imposible no referirme al determinismo economicista.
 
Como no hay elecciones en este año las encuestas reemplazan, en el pequeño mundo político, a la voluntad de la soberanía popular. Tiene razón Disraeli cuando dice que no hay nada más mentiroso que las estadísticas. El diario reaccionario La Tercera se dedica, de tiempo en tiempo, a publicar encuestas telefónicas, que son comentadas por sus columnistas. Si equiparáramos estas encuestas con el mercado financiero tendríamos que decir que, al menos en el período del 28 de febrero al 5 de marzo, todas las bolsas políticas y financieras muestran números rojos y una alta volatilidad, es decir riesgo.
 
El primer mercado que se analiza lo llamaremos “la feria de vanidades”: nada peor para un político que no aparecer en la plantilla, aunque sea con el premio limón. Hubo unos cuantos personajes que son desconocidos por los encuestados; siempre encabezan la lista los presidenciables: en el sondeo Publicado el 4 de marzo del presente año José Miguel Insulza desplazó al ex presidente Ricardo Lagos; este hecho es perfectamente explicable, pues Insulza está en la OEA, lejos de los avatares de la política chilena, aunque a veces viene de vacaciones y hace hablar mucho de él. Ricardo Lagos, durante los meses que se realizó la encuesta recibió las intencionales andanadas de la derecha, que pretenden convertirlo en un chivo expiatorio, a causa de Chiledeportes, Transantiago y las carreteras concesionadas. El ex presidente baja doce puntos con relación a la anterior encuesta de este mismo Diario, Insulza seis y Soledad Alvear tres puntos; parece que el destino de la presidenta del partido demócrata cristiano es ser segunda, a pesar de los esfuerzos de Pepe Auth y de Ricardo Núñez, que quieren levantarla como candidata presidencial. Como ocurre en Zorba el Griego, todos se quieren repartir los bienes de Bubulina.
 
Pablo Longueira, en todas las encuestas de este medio, gana el premio limón, aquel que tiene más rechazo entre los encuestados. Ahora se le acercó Guido Girardi, que es explicable por la presunta implicancia en el lío de facturas para justificar gastos electorales. A la derecha le peor que a la Concertación: Sebastián Piñera, el mejor ubicado, ocupa el magro séptimo lugar y perdió nueve puntos con respecto a la encuesta anterior (eso le pasa por mezclar la política con los negocios y, presuntamente, haber utilizado información privilegiada para comprar acciones de su propia empresa, Lan). Si volvemos al tema de las Bolsas, todos aquellos que han perdido más de nueve puntos podrían ser considerados mercados financieros volátiles, es decir, que conllevan mucho riesgo pero, como dicen los analistas económicos, aún los indicadores fundamentales no han variado, es decir, equivaldría a una corrección del mercado. Esta apreciación me parece perfectamente válida para Ricardo Lagos.
 
En el tema del apoyo de los partidos de la Concertación a la presidenta Michelle Bachelet, los números rojos son aún mayores: el 17% considera que su colaboración ha sido nula y el 70% estima que han colaborado muy poco. Si sumamos “muy poco con nada”, el 87% piensa que han abandonado a la Presidenta. Esto de las palabras es algo equivalente a la última corrección de Alan Greenspan, que en vez de emplear el concepto “posible”, lo cambió por “probable”, respecto a la recesión en Estados Unidos.
 
Afortunadamente, en Chile tenemos la derecha más antidiluviana del mundo: jamás se sacarán el peso de la herencia de Daniel López Pinochet, hoy en las cenizas del olvido. El 39% responde que la oposición lo ha hecho mal y muy mal y el 36%, ni bien ni mal, lo que equivale a mal,. Sobretodo considerando las circunstancias favorables del actual momento, (Chiledeportes, Transantiago ...), sólo el 23% piensa que lo ha lecho bien y muy bien.
 
Dejemos de lado las engañadoras cifras y preguntémonos dónde están, qué piensan, qué hacen los soberanos (los ciudadanos). Al parecer, pasan viajando en buses Transantiago la mayor parte del día y perorando contra Iván Zamorano, Ricardo Lagos o cualquier autoridad o periodista que le ponga al frente. La política-mercado no les interesa para nada y el diario La Tercera lo usan para empaquetar mercancías.
 
Confieso que escribir este artículo no me produce ningún placer, pues no es bueno que la política esté llegando a este nivel de desprestigio. No concibo la democracia sin partidos, menos que estos no apoyen al gobierno. Me desagrada que los asuntos de la polis se reduzcan a la libertad de vender y comprar, emplear y explotar y firmar Tratados por doquier, sólo para comerciar y no para proteger los intereses de los trabajadores.
 
He leído en los Diarios que, producto de las engañadoras encuestas, tanto la Concertación, como la Alianza harán “termales-cónclaves”. La palabra clave será la autocrítica, seguramente Camilo Escalona regañará a sus huestes por dejar sola a Michelle Bachelet; el colorín Zandívar y Soledad Alvear se culparán mutuamente y, en la Alianza, el negro Romero y el guatón Moreira condenarán a algunos de sus camaradas por haber abandonado el legado del “tata” Pinochet.
 
Rafael Luis Gumucio Rivas

Mujeres: La larga marcha hacia la igualdad

Mujeres: La larga marcha hacia la igualdad
escrito por Tito Drago   
miércoles, 07 de marzo de 2007
Madrid.- Los grandes avances hacia la igualdad de género registrados en España en los últimos años se reflejan en las demandas por el respeto a los derechos femeninos en todo el mundo que se expresarán con motivo de la celebración del Día Internacional de la Mujer.

Uno de los actos más destacados en esa línea es el Segundo Encuentro de Mujeres Africanas y Españolas, que será inaugurado por la reina de España, Sofía de Grecia, este miércoles y clausurado al día siguiente por el jefe del gobierno, el socialista José Luis Rodríguez Zapatero.

En el encuentro, que se realizará bajo el lema "Mujeres por un mundo mejor", participarán 250 delegadas de 43 países africanos y 150 españolas, así como la primera ministra de Mozambique, Luisa Días Diogo, la vicepresidenta primera del gobierno español, María Teresa Fernández de la Vega y la presidenta de Liberia, Ellen Johnson-Sirleaf, quienes presidirán las mesas de debate.

El programa incluye conferencias de la mozambiqueña Graça Machel, creadora y presidenta de la Fundación por el desarrollo de la infancia y titular de la Comisión de Estudio de la Organización de las Naciones Unidas sobre el Impacto de los Conflictos Armados en la Infancia, y de la activista keniata Wangari Maathai, galardonada en 2004 con el premio Nobel de la Paz.

El primer encuentro de este tipo se celebró en Maputo, la capital de Mozambique, en marzo de 2006 y allí los gobiernos de ese país y de España se comprometieron a impulsar una iniciativa para aunar esfuerzos con el fin de impulsar en África subsahariana el empoderamiento de las mujeres, el desarrollo económico, la lucha contra la pobreza, por la salud y la educación.

Pero esta reunión es el centro de una gran variedad de actividades, todas girando en torno al Día Internacional de la Mujer, cuyo origen no tiene una fecha clara. Se comienza por recordar el 8 de marzo de 1550, cuando murió San Juan Dios, fundador de la orden católica que lleva su nombre y que en su época liberó a mujeres pobres e indigentes dándole formación y trabajo digno.

Otro 8 de marzo a rememorar es el de 1857, cuando cientos de mujeres de una fábrica de Nueva York se manifestaron en contra de los bajos salarios y sus pésimas condiciones de trabajo y fueron dispersadas por la policía. También en esa ciudad estadounidense, pero en 1908, un grupo de trabajadoras se declararon en huelga pidiendo el mismo salario y trato que el prodigado a los hombres.

Además, algo innovador en aquella época, pidieron el derecho a la lactancia y la reducción de la jornada laboral a diez horas, pero el patrón rechazó todo eso, clausuró las puertas de la fábrica y la incendió ocasionando la muerte de 129 mujeres.

Un año después, siempre el 8 de marzo, otra vez en Nueva York, 15.000 mujeres se movilizaron bajo el lema "Pan y Rosas", reclamando además de mejoras laborales el derecho al voto y el fin de la esclavitud infantil.

Pero también hay antecedentes en Europa, como lo ocurrido el 8 de marzo de 1910 en la segunda Conferencia Internacional de las Mujeres Socialistas en Copenhague, donde la alemana Clara Zetkin planteó instituir el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, lo cual fue aceptado por unanimidad. Finalmente, en 1977 la ONU oficializó esa proclamación.

Esta semana en Madrid, en torno al Encuentro se montaron varias exposiciones, entre ellas una de fotografía del Encuentro de Mozambique, otra organizada por el oficial Instituto de la Mujer y titulada "Mujeres en la Aldea Global", "FotogÁfrica", de Médicos del Mundo, y otra sobre el ciclo cultural "Ellas crean", con producciones de artistas africanas.

Por otro lado, dos centenares de estudiantes participan en actividades educativas paralelas al foro y se realizan unos talleres titulados "Una puerta a África", orientados a difundir el conocimiento de la cultura de ese continente y en especial de la mujer en la sociedad y la tradición del mismo.

Asimismo, la música tiene un papel relevante bajo el título genérico de "Ellas Crean", con actuaciones de las malinesas Oumou Sangare y Mamani Keita, la camerunesa Sally Nyolo y la mozambiqueña Mariza.

La Filmoteca Nacional es la sede donde desde el jueves de la semana pasada se comenzaron a proyectar películas y documentales, que seguirán durante todo este mes centrándose en dos temas: la contribución de las mujeres al desarrollo del espacio urbano contemporáneo y el papel de las mismas en África, su presente y su futuro.

Las mujeres en la ciencia también protagonizan actos organizados por el Ministerio de Educación y Ciencia y el también oficial Instituto de la Mujer tiene preparada una campaña publicitaria para este jueves, en la que se destaca el avance concreto hacia la igualdad para las mujeres en España y en África.

La organización no gubernamental Amnistía Internacional presenta este miércoles el informe "¡Ni abuso de poder, ni impunidad!", en el que se exige combatir la violencia sexual contra mujeres a manos de agentes del Estado.

En ese informe se denuncian los obstáculos que encuentran las mujeres para denunciar esos delitos, tanto en tiempos de paz como de guerra en Nigeria, Estados Unidos, México, Sudán, Colombia, Chechenia y la República Democrática del Congo, entre otros.

Otra organización civil, Manos Unidas, presentó el martes un documento en el que denuncia que 70 por ciento de los 1.200 millones de personas que viven en el mundo en situación de extrema pobreza son mujeres.

Además, basándose en datos del Banco Mundial, se señala que "en 2006 la brecha de salario entre hombres y mujeres en algunos países llegó a estar entre 30 y 40 por ciento" y que las mujeres son más de la mitad de los trabajadores agrícolas del mundo.

La segunda oleada neoliberal

por Raúl Zibechi (Uruguay)   
jueves 22 de febrero de 2007
A caballo de la crisis de la deuda externa se fue imponiendo en América Latina el modelo neoliberal que, en los 90, tuvo en las privatizaciones que desmontaron los estados nacionales uno de sus ejes más elocuentes. Esa política, impulsada por los organismos financieros internacionales e implementada sumisamente por las elites locales, fue resistida por los movimientos sociales con mayor o menor éxito. Buena parte de los paquetes de ajustes neoliberales consiguieron sus objetivos, pero el costo político y social de esas políticas no fue menor.

A medida que se fueron imponiendo, las políticas neoliberales dejaron estelas de levantamientos populares de los cuales el precursor fue el Caracazo de febrero de 1989. Casi dos décadas después, la potente movilización social de los 90 consiguió deslegitimar a los defensores locales del modelo depredador y en su lugar tenemos un conjunto de gobierno de izquierda y progresistas, algunos con claros tintes continuistas y otros que buscan en serio salidas de larga duración. En suma, el mapa político de la región ha cambiado y los movimientos han jugado un papel relevante en ello.

Sin embargo, luego de la crisis mundial de los años 1998-2002, una nueva oleada neoliberal está avanzando en el continente. Ya no se trata de privatizaciones ni del desmontaje de los estados, sino de algo más complejo. Ciertamente, la deuda externa ya no está en el centro del debate sino el papel del continente en las estrategias de acumulación de capital. A grandes rasgos, observamos por un lado fuertes inversiones en minería, la expansión de los cultivos de soja y, más recientemente, vemos cómo algunos países líderes como Brasil pugnan por ofrecerse como grandes exportadores de biocombustibles. Se trata de una reprimarización de las exportaciones luego de una crisis que dejó maltrecho el vulnerable aparato industrial regional.

La región en su conjunto tiende a convertirse en provedora de commodities al mundo en desarrollo, tanto a Estados Unidos y Europa como hacia los países asiáticos emergentes. Algunos analistas estiman incluso que el Mercosur, donde décadas atrás florecía una prometedora industria, tiende a convertirse en una “república sojera" transfronteriza que se acerca a una producción de 100 millones de toneladas que representa casi el 70% de las exportaciones mundiales de soja. Los impactos sociales y ambientales son evidentes. En Brasil la soja es la principal causa de la deforestación de la Amazonia y en Argentina y Paraguay povoca la expulsión en masa de pequeños y medianos productores.

Según Jorge Rulli, del Grupo de Reflexión Rural de Argentina, conviven en su país y en el continente tres grandes modelos: la minería a cielo abierto en las regiones de la cordillera andina, la soja y el maíz transgénico, y la pasta de celulosa. Los tres tienen graves repercusiones sobre las comunidades pero ninguno está destinado al mercado interno sino a abastecer las necesidades de la producción industrial y el forraje que demandan las zonas y países donde es más intenso el crecimiento económico, o sea la acumulación de capital.

Este triple modelo tiene ahora nuevos objetivos vinculados a los biocombustibles, o sea a las necesidades de las grandes potencias, en particular los Estados Unidos, de diversificar su matriz energética para disminuir la dependencia del petróleo. La expansión de los cultivos transgénicos, la instalación de nuevas y más grandes plantas de celulosa y el exponencial crecimiento de los cultivos de caña de azúcar en Brasil, líder mundial en la producción de biocombustibles, son una de las principales apuestas de los gobiernos de Néstor Kirchner, Tabaré Vázquez y Luiz Inacio Lula da Silva, entre otros.

Con los nuevos gobiernos progresistas, y pese a esfuerzos como el desarrollado por Brasil para impulsar el comercio Sur-Sur, la pauta exportadora no sólo no se ha modificado sino que se encuentra en regresión. Las exportaciones de productos primarios siguen creciendo y los Estados Unidos se consolidan como el principal mercado en buena parte de los casos. En paralelo, los esfuerzos para acelerar y profundizar la integración regional que se realizan luego del fracaso del ALCA en la cumbre de Mar del Plata (Argentina) en noviembre de 2005, no parecen suficientes ante el impetuoso avance de esta segunda oleada neoliberal.

El próximo viaje de George W. Bush a Brasil y Uruguay parece estar vinculado estrechamente a la cuestión de los biocombustibles. En el caso probable de que Estados Unidos decida levantar la prohibición a la importación de biocombustibles brasileños, ese país va a experimentar una notable expansión de los cultivos de caña de azúcar y de la inversión privada extranjera en las 77 usinas previstas hasta 2012. Brasil produce la mitad d elos biocombustibles del mundo. El ingeniero químico brasileño Expedito Parente, propietario de la primer patente registrada para producir biosiesel, acaba de declarar: "Tenemos 80 millones de hectáreas en la Amazonia qe van a trasnsformarse en la Arabia Saudí del biodiesel". La celulosa, otra de las fuentes de biocumbustibles, de la que Uruguay puede llegar a ser un gran productor, será casi con seguridad uno de los temas que Bush conversará con Vázquez.

A diferencia de la primera oleada neoliberal privatizadora de los 90, monitoreada por gobiernos conservadores, la actual está siendo impulsada por los nuevos gobiernos progresistas. Si la primera fue resistida con empeño y coraje por los movimientos, la relación de fuerzas actual hace mucho más compleja la oposición al nuevo giro que está dando el modelo. Será necesario mucho debate, mucho estudio e investigación y una buena dosis de decisión y valentía políticas, para hacer frente a las fuerzas complejas que están promoviendo una profundización del modelo que para muchos resulta aún invisible y escasamente comprensible.
Actualizado ( jueves 22 de febrero de 2007 )

DEBATE ECONÓMICO. El modelo no funciona.... salvo para algunos

Una familia del tercer quintil que no tiene derecho a subsidios se arruina si tiene la “suerte” de que un hijo logra ingresar a la universidad. Peor aún si cuenta con otro hijo que curse en un establecimiento privado aunque fuese secundario.



Rafael Urriola U.

LOS MINISTERIOS DE Hacienda y de Planificación con frecuencia aluden al impacto distributivo del gasto social en favor de los grupos de menores ingresos. Los subsidios monetarios (programas asistenciales, al consumo de agua potable y cesantía) junto con los de la salud y la educación -en tanto estos servicios se otorgan gratuitamente en los establecimientos públicos- hacen posible que 40% de los hogares más pobres del país vean subir sus ingresos reales al doble de sus entradas monetarias iniciales.

Sin embargo, dichas transferencias sólo permiten que estos ingresos, elevados por el subsidio, alcancen a 200 mil y 280 mil pesos mensuales en los quintiles uno y dos, respectivamente. Por lo demás, según la encuesta Casen de Mideplan, si se hacen los cálculos ajustados, las transferencias a este 40% de la población de menores ingresos alcanzaría a 2 mil 216 millones de dólares, mientras que el quinto quintil (el más rico) recibió sólo 50 millones de dólares de subsidio en el 2003.

Hasta aquí todo parece correcto. No obstante, el Estado otorga diversos subsidios en otras áreas diferentes a la social, como las franquicias o el gasto tributario, según se le denomina en la jerga económica. En la página web del Servicio de Impuestos Internos (SII) se encuentra un estudio correspondiente a 2003 (el mismo que para los gastos sociales examinados más arriba) que indica que el gasto tributario es aquella recaudación que se deja de percibir producto de la aplicación de franquicias o regímenes impositivos especiales para promover un determinado sector, actividad, región o agente de la economía.

El estudio del SII indica que el gasto tributario en 2003 alcanzó a 2 mil 783 millones de dólares. Aunque no es difícil suponer que estas exenciones no favorecen a los más pobres (en realidad, éstos no tienen impuestos que pagar ni eludir porque carecen de propiedades o de ingresos suficientes) se presentan a continuación algunos elementos que permiten concluir que el subsidio a los más ricos es superior al subsidio a los más pobres.

Por ejemplo, las empresas (cuyos propietarios no cabe duda que se encontrarán en el quintil de más ingresos) deducen 869 millones de dólares.

Entre estas deducciones están donaciones a universidades que es sabido que hoy representan un gran negocio; depreciación acelerada, usada por las grandes compañías mineras internacionales que operan en Chile, entre otras. Las personas naturales deducen otros mil 355 millones de dólares.

En este caso, tampoco se trata de gente sin recursos. Por ejemplo, quienes arriendan inmuebles, tienen fondos mutuos o recibieron dividendos por cuentas de ahorro (en Chile ni los más pobres ni la clase media tienen ahorros. Por el contrario, son deudores netos del sistema financiero, de tiendas y usureros). Así también en la lista de franquicias están las rentas empresariales retenidas y los fondos depositados en cuentas de ahorro voluntario en las AFP. Además, existen las exenciones para el Impuesto al Valor Agregado (IVA) que arrojan un gasto tributario de 559 millones de dólares. En este rubro destaca la reducción que gozan las empresas inmobiliarias.

En definitiva, sería recomendable que el estudio del Servicio de Impuestos Internos precisara en qué quintil exactamente se ubican los beneficiarios de estas exenciones. Pese a ello y sin temor a equivocarnos, podemos asegurar que, al menos, 75% de las exenciones favorecen a empresas y contribuyentes que pertenecen a un grupo muy reducido de la población.

El Estado distribuye sumas similares por subsidios al 40% más pobre que a los más ricos del quintil de más altos ingresos.

Vinculado con esto, ha surgido, desde varias miradas, un reclamo al modelo vigente. Los trabajadores, cuyos ingresos promedio del hogar oscilan entre 320 mil pesos y 500 mil pesos (tercer y cuarto quintil, respectivamente) parecen estar siendo perjudicados de modo ostensible porque siendo 40% de la población reciben 29% del gasto social y, con alta probabilidad, no se benefician del gasto tributario. Además, son los que pagan la proporción más alta de impuestos en relación con los ingresos, porque en calidad de trabajador dependiente es más difícil eludir este pago.

No obstante, estos individuos se hallan marginados de otras garantías, en especial de las relacionadas con el acceso a una educación adecuada que, como se ha dicho, es decisiva para asegurar el crecimiento del país y reducir las desigualdades entre las personas.

En salud, siempre se ha mencionado que una enfermedad catastrófica (de alto costo) tenía como consecuencia arruinar a las familias, moral y económicamente. Por ello, el Plan AUGE incorporó entre las garantías financieras un tope de pago que no puede superar 20% de los ingresos del asegurado.

Hoy, la paradoja es que el evento catastrófico más importante es la educación. Por ejemplo, una familia del tercer quintil que no tiene derecho a subsidios se arruina si tiene la “suerte” de que un hijo logra el puntaje para ingresar a la universidad. Peor aún si cuenta con otro hijo que curse en un establecimiento privado aunque fuese secundario. Ambos costos de las matrículas alcanzan fácilmente a 100% de los ingresos familiares de este estrato.

Todos estos ejemplos hacen pensar que el modelo debe ser motivo de reflexión porque, a fin de cuentas, 40% de la población más pobre apenas sobrevive; 40% siguiente vive agobiado por deudas y trabas a su progreso; 10% logra una situación cómoda y el resto son los que verdaderamente aprovechan el modelo.

¡Viva Chile, mierda!. por Carlos Fuentes (México)

Mi relación con la República de Chile es intensa, entrañable e inevitable. Crecí y estudié en Santiago entre mis once y mis quince años. En el Boletín del Instituto Nacional de Chile publiqué mis primeros escritos. Formé con otros jóvenes de mi generación amistades perdurables. Educado, durante mi niñez, en escuelas de Washington y la ciudad de México, a horcajadas entre el inglés y el castellano, mi pleno ingreso a la lengua española tuvo lugar en Chile y asoció para siempre en mi ánimo la palabra y la política. Chile, en 1940, era el país del Frente Popular, gobernado por radicales, socialistas y comunistas y presidido por un jefe de Estado de inmensa probidad y decisión reformista, comparables a las de Franklin Roosevelt en los EEUU y Lázaro Cárdenas en México: Pedro Aguirre Cerda.

Pero era, asimismo, el país de los más grandes poetas latinoamericanos, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Vicente Huidobro, para sólo mencionar a tres estrellas de una pléyade impresionante.

Mis amigos, mis estudios, mi pasión inseparable por la vida pública y la vida literaria se confirmaron para siempre en Chile. Desde entonces, he seguido con pasión, jubilosa a veces, otras dolorosa, los acontecimientos de esa segunda patria mía, raíz de mi palabra y de mi conciencia.

Conocedor de la larga historia de las instituciones políticas chilenas, ni me sorprendió ni me alarmó el triunfo de la Unidad Popular y de su candidato, el doctor Salvador Allende, en 1970. Desde el siglo XIX, mientras el resto de la América española se debatía, en palabras de Germán Arciniegas, "entre la libertad y el miedo", entre la anarquía y la dictadura, Chile construía instituciones de Estado únicas en Latinoamérica. Mientras México era humillado por Santa Anna y la Argentina ensangrentada por Rosas, un viajero inglés, Basil Hall, podía decir de Chile: "Aunque la situación del campesino no ha cambiado, la élite chilena ha obtenido la independencia política, la libertad y la seguridad de su persona y su propiedad, la participación en el gobierno, la libertad del mercado y la posesión de la libertad civil".
Chile fue la primera república latinoamericana que creó lo que podría llamarse una "democracia para la aristocracia" durante el siglo XIX. El ascenso y el derrumbe de esa clase han sido admirablemente descritos por José Donoso y por Isabel Allende. Las clases dominantes organizaron la sociedad y se otorgaron libertades a sí mismas, pero también convirtieron a Chile en "el asilo contra la opresión", según reza su himno nacional. Sarmiento, Bello, la gran inteligencia latinoamericana del momento, encontró refugio y trabajo en Chile, el país del elitismo democrático.

En nuestro siglo, a la libertad de la élite se sumó la libertad popular ganada en las grandes huelgas obreras y la formación de los partidos políticos modernos a partir de las crisis económicas ligadas a la producción del nitrato y del cobre. El Frente Popular y su presidente democráticamente electo, Aguirre Cerda, implementaron las reformas -seguridad social, escuela, maternidad, salario, empleo- que le dieron a Chile su base democrática continuada, a pesar de la abyección macartista de González Videla, por los presidentes Jorge Alessandri y Eduardo Frei Montalva.

Pensar que Allende y la UP, con reducida mayoría parlamentaria y en un entorno multipartidista, podían establecer una "dictadura comunista" o perpetuarse en el poder, es una hipótesis insostenible. Dentro del marco constitucional chileno, Allende y la UP podían ser derrotados en la siguiente elección y se hubiesen sometido a la voluntad popular adversa, como se sometió el derechista autoritario Carlos Ibáñez del Campo en 1964. La Unidad Popular no contaba -los hechos lo demostraron- con el apoyo armado necesario para establecer la inverosímil dictadura que, en efecto, las fuerzas castrenses de Chile sí establecieron con el pretexto de impedir la dictadura marxista -imposible- en Chile.

La elección de Allende tuvo la desgracia de ocurrir en pleno apogeo de la guerra fría. Las palabras "marxista", "socialista", "comunista" provocaban, como al perro de Pavlov, reflejos condicionados en la CIA, la Casa Blanca y el Departamento de Estado.

La fatal -para los culpables- publicidad de los archivos de gobierno norteamericanos pasado cierto tiempo, demuestra hasta qué grado el Gobierno de Richard Nixon fue responsable, primero, de una conspiración para impedir que Allende ganase en las elecciones y, una vez instalado en la presidencia, para desestabilizar a su Gobierno. El consejero de seguridad nacional de Nixon, Henry Kissinger, lo anunció con todas sus letras: "No veo por qué hemos de paralizarnos viendo a un país derivar hacia el comunismo debido a la irresponsabilidad de su propio pueblo". Democracia, R.I.P.

La guerra fría era el pretexto y el espectro que los EEUU habían esgrimido ya contra Guatemala y Cuba antes y que usarían contra Nicaragua después. La intervención contra gobiernos de origen revolucionario -Cuba y Nicaragua- era parte esencial de la guerra fría norteamericana. Esta intervención, inadmisible en todos los casos (México la sufrió repetidamente entre 1911 y 1933) adquiría perfiles de escándalo cuando su propósito era derrocar a gobiernos democráticamente electos: Arbenz en Guatemala, Allende en Chile. En contra de México, Cuba o Nicaragua, los EEUU hacían caso omiso de su propio origen revolucionario en 1776. Pero en contra de Guatemala y Chile ponían en tela de juicio los valores democráticos que decían defender mundialmente. Guatemala y Chile despojaron de toda legitimidad la política de los EEUU en Latinoamérica: en nombre de la democracia, se derrocaba a la democracia para instalar, en su lugar, a dictaduras represivas y totalitarias... para defender a la democracia.

Podríamos, en el mejor de los casos y con exceso de buena voluntad, entender las razones estratégicas de los EEUU en la guerra fría. Pero las razones de los traidores internos -Castillo Armas en Guatemala, Pinochet en Chile- pertenecen al orden de la deslealtad al juramento prestado, en aras de una ambición injustificable. Victoriano Huerta y Carlos Castillo Armas son los traidores prototípicos de esta especie de golpistas militares latinoamericanos. Augusto Pinochet fue más lejos. Su estirpe es la de los macabros personajes shakesperianos, Macbeth o Ricardo III, bañados en sangre, hedonistas de la crueldad, inviolables en la sagrada satisfacción de sus crímenes.

Hay en Pinochet, además, un elemento de repugnante humor negro que ni Hitler ni Stalin se hubiesen permitido. "Cuidado con mi marido, tiene la mano muy dura", dijo la señora Pinochet a raíz del golpe de septiembre de 1973. La mano dura y el cinismo flojo. ¿Por qué mandó enterrar Pinochet a sus víctimas de a dos por cajón de muerto? Para ahorrarle dinero al Estado, contestó el Macbeth chileno. Y son dignas de RicardoIII las palabras grabadas para la posteridad en que Pinochet ordena a uno de sus secuaces mandar al exilio a Allende en un avión sólo para hacerlo volar en pleno vuelo.

Ninguno de los pretextos invocados para justificar la atroz dictadura del general Pinochet se sostienen.

Pinochet no impidió una dictadura marxista en Chile porque el pueblo chileno, democráticamente, le hubiese negado su apoyo a Salvador Allende en las siguientes elecciones si las tradiciones de libertad y pluralismo chilenas hubiesen sido violadas por su Gobierno. Quien violó esas libertades fue Pinochet, nunca Allende.

Pinochet restauró la economía chilena devastada por Allende. Pero Allende no arruinó a Chile: debió sufrir el ataque frontal, la discriminación abierta y la conspiración solapada del Gobierno de Richard Nixon y de sus aliados políticos y económicos en Chile. En todo caso, le tomó quince años a Pinochet volver a alcanzar los niveles de producción del régimen socialista y el eventual éxito de los neoliberales chicos de Chicago tiene que ser medido con dos varas. Una es la creciente desigualdad entre pobres y ricos. En 1982, la economía chilena sufrió un declive del 15%, "el más pronunciado en América Latina durante un año de recesión generalizada en Latinoamérica", nos recuerda Arturo Valenzuela en un libro esencial sobre la dictadura pinochetista, Nación de enemigos, contratado pero inexplicablemente inédito por parte del Fondo de Cultura Económica. La restauración económica de Chile, nos demuestra Valenzuela, no se debió a la pureza del mercado, sino a un acrecentado intervencionismo de Estado: el 70% de los bancos, la deuda externa de veinte mil millones de dólares y la aplicación de las leyes de expropiación empleadas por el propio Allende. Es decir, como en los EEUU de Reagan, la economía capitalista fue salvada por la intervención del Estado. Las razones de Keynes, muchas veces, siguen superando a las de Friedman.

En todo caso, ¿justifica la salud económica de Chile -relativa y en un país pequeño- cuatro mil asesinatos, secuestros, encarcelamientos y torturas de seres inocentes, chilenos y extranjeros? ¿Justifica la macroeconomía la violación masiva de los derechos humanos en Chile? A Mussolini se le elogió porque hizo que los trenes italianos partieran y arribaran puntualmente. A Hitler, porque restauró la economía inflacionaria de Weimar con industrias cuyos tanques y aviones, al cabo, armaron la Segunda Guerra Mundial y cuyos productos químicos produjeron el gas Ciclón B, empleado en las cámaras de gases del universo concentracionario.

Concedámosle al general Pinochet la astucia de su oportunismo final. Se dio cuenta a tiempo de que con el fin de la guerra fría su anticomunismo de ocasión ya no redituaría y los EEUU, como es su costumbre, dejarían caer al tirano incómodo como una papa caliente. ¿Se imaginan ustedes la coexistencia de Bill Clinton y Augusto Pinochet?

Por otra parte, ni siquiera la brutalidad y el terror pinochetistas podían matar la tradición democrática chilena. La huelga del 11 de mayo de 1983 -estudiantes, obreros, amas de casa- lo puso de manifiesto. Pinochet diseñó en ese momento una transición a su medida, asegurándose el control de la legislatura mediante una mayoría pinochetista inamovible en el Senado y, finalmente, un estatus de impunidad personal como senador Pinochet ex oficio.

Hoy, ese diseño maquiavélico y la impunidad que Pinochet erigió para su protección, y que por ello mismo lo delata, ha sido puesta a prueba por el juez español Baltasar Garzón. Todos conocen, día con día, las peripecias de la solicitud de extradición girada por Garzón contra el senador Pinochet, hospitalizado en Londres después de tomar el té con su amiga la señora Thatcher.

Los crímenes de Pinochet suman una lista cruel e innegable. Hoy, como el fantasma de Banquo regresó a los fastos de Macbeth en el castillo de Dunsimane, los fantasmas de Jara, Letelier, Prats, Leighton, Schneider, Violeta Parra y cuatro mil chilenos más regresan a espantar al tirano, pero esta vez con una vanguardia de víctimas españolas, francesas, suizas y norteamericanas que justifican la solicitud de extradición a fin de que Pinochet responda por crímenes concretos contra ciudadanos extranjeros, ya que él mismo se ha eximido de culpabilidad por sus crímenes contra los chilenos. Distingamos y admitamos: buena suerte y admiración para el magistrado chileno Juan Guzmán Tapia, que ha dado entrada a once querellas criminales contra Pinochet en Chile mismo.

Pero la jurisdicción interna de Chile no abarca ni agota las otras jurisdicciones nacionales en defensa de las víctimas extranjeras de Pinochet, ni el concepto mismo de la universalización de la defensa de los derechos humanos.

Los argumentos que defienden a Pinochet carecen de base. La norma del common law inglés que perdona los crímenes cometidos por un jefe de Estado en funciones se remonta a los asesinatos de los principitos por RicardoIII en la Torre de Londres y a la decapitación sumaria de esposas indeseables por EnriqueVIII. La Cámara de los Lores dará su parecer sobre tan extravagante razonamiento. Una eminente miembro de la Cámara, la baronesa Callahan (Margaret Jay), seguramente condenará a Pinochet. Pero quizás lady Thatcher vote en favor de la inmunidad del dictador, olvidándose que felicitó al presidente George Bush cuando el general Manuel Noriega fue secuestrado y encarcelado por crímenes menores a los de Pinochet. Ambos eran gobernantes de facto.

De aceptarse tan excéntrico criterio, Hitler, él sí, electo democráticamente por abrumadora mayoría como canciller del Reich 1933, sería inocente del genocidio perpetrado contra judíos, católicos, comunistas, gitanos, homosexuales y eslavos y hubiese podido pasar sus últimos años, tranquilamente en Paraguay, o, por qué no, tomando el té con lady Thatcher en Londres.

Los secuaces de Hitler, que no eran jefes de Estado (con la flagrante excepción del almirante Karl Doenitz, sucesor de Hitler como canciller), fueron condenados en Nüremberg de acuerdo con criterios novedosos, por no decir heréticos, que ponían en tela de juicio el principio central del orden penal desde los tiempos de Roma: nullum crimen, nulla poena sine previa lege penale. Los jueces de Nüremberg inauguraron una nueva era del derecho penal internacional invocando criterios universales del derecho de gentes que, de ser violados, merecerían un castigo cuya ausencia sería, en sí mismo, un delito.

A partir de Nüremberg, los instrumentos de defensa de los derechos humanos y castigo para quienes los violan, han ido adquiriendo dos dimensiones imprevistas en el derecho penal clásico.

El primero es la universalidad. El segundo es la imprescriptibilidad.

El techo del poder o el amparo del territorio nacional pueden proteger a un criminal político contra la justicia. Pero a lo más que puede aspirar el delincuente es a ser un prisionero en su patria o un prófugo internacional. Muchos militares chilenos y argentinos se acogen a la primera solución. Un Eichmann, un Barbie, acaban por pagar sus culpas, en Israel o en Francia.

En todo caso, hoy está sentado que los crímenes contra la humanidad no prescriben. No dependen de la excepción territorial o de la invocación a la soberanía. No dependen de la creación de tribunales ad-hoc como los diseñados para Ruanda o la antigua Yugoslavia. En ausencia de un tribunal internacional permanente para juzgar delitos contra los derechos humanos, el carácter universal e imprescriptible de los mismos otorga a las instancias judiciales pertinentes de cualquier país el derecho a actuar para juzgar y en su caso, castigar a quienes -jefes de Estado o subordinados- violen la vida y la seguridad de los ciudadanos nacionales que jueces como Baltasar Garzón están obligados a proteger. Nítidamente, el nuevo jefe del Gobierno italiano, el político e intelectual de excepción que es Massimo d'Alema, lo acaba de declarar: corresponde a las magistraturas, no a los gobiernos, juzgar los delitos contra los derechos humanos.

¿Polariza el caso Pinochet a la sociedad chilena? Jorge Edwards nos informa que sólo a los extremos minoritarios de la derecha y la izquierda tradicionales. ¿Pone en jaque la transición democrática que se ha venido realizando en Chile? Si esto es cierto, yo me pregunto cuántos chilenos, como Ariel Dorfman, no prefieren, al fin y al cabo, una polarización democrática, una toma de posiciones pluralista y renovada, sin la carga de culpas tan graves como lo son los crímenes del régimen pinochetista, sin la simulación que impone el perdón de lo imperdonable, y sin las trampas que deforman a la propia transición con el único objeto de proteger al general Pinochet y a los torturadores, asesinos, y secuestradores que formaron su séquito, su guardia de hierro.

Sean cuales sean los traumas a los que el juicio contra Pinochet sujete a Chile, la nación del sur, mi segunda patria, saldrá ganando si se limpia de verdad, no de mentiras, de las atrocidades del pasado y los chilenos vuelven a exclamar, como les gusta hacerlo en momentos de victoria colectiva, ¡Viva Chile, mierda!
Carlos Fuentes es escritor mexicano.
Artículo publicado por el sitio http://www.uv.es/~jalcazar/pinochet.htm

Como si fuera hoy: bígamos por la gracia de Dios

Como si fuera hoy: bígamos por la gracia de Dios
por Rafael Luis Gumucio Rivas (Chile)   
sábado 20 de enero de 2007
Como si fuera hoy
Lo anteriormente descrito nos sirve para recorrer un largo período de la historia de Chile: desde la Colonia, la iglesia tenía el privilegio exclusivo de presidir todos los actos de la vida humana – el bautismo, el matrimonio y la unción de los enfermos, entre otros - que se inscribían  en los registros parroquiales; quienes eran protestantes, o simplemente agnósticos, debían contar con la aquiescencia del párroco; en la República, el presidente de la nación heredó, del rey de España, la protección de la iglesia – se llamaba el regalismo o el patronato- . Portales, que  creía más en los curas que en Dios, logró tener a la iglesia, en su mayoría monárquica, dominada ante el miedo a los “pipiolos”.

Chile siempre ha imitado a los países extranjeros al creerse, alternativamente, los ingleses de América del Sur, los germanos, los franceses y hoy, los norteamericanos. Bastaron las barricadas de la revolución burguesa, de 1848, para que aparecieran las primeras críticas liberales al dominio absoluto de la iglesia, cuyos precursores fueron Santiago Arcos, Francisco Bilbao y la Sociedad de la Igualdad.

A fines del gobierno autoritario de Manuel Montt surgió un conflicto anecdótico llamado “la cuestión del sacristán”: un sacristán de apellido Santelices fue exonerado de su cargo por el deán de la Catedral; el arzobispo de entonces, Rafael Valentín Valdivieso,  protegió al funcionario, pero el deán recurrió “de fuerza” a los tribunales de justicia, quienes  dieron la razón al decano de la catedral; indignado Monseñor Valdivieso, solicitó a don Manuel Montt que interviniera en su favor y,  como siempre ocurre con los presidentes, Montt se escudó en la famosa separación de poderes –me parece estar escuchando al profesor Ricardo Lagos – para abstenerse de intervenir. Esta pilatunesca actitud le costó cara al partido pelucón, en el gobierno pues, a partir de ese incidente, en apariencia banal, nació el partido conservador clerical, cuya principal misión fue defender los intereses de la iglesia, amenazados por los partidos laicos.

En el siglo XIX, los diputados tenían que jurar su cargo hincados y con la mano derecha sobre la Biblia; el diputado Juan Agustín Palazuelo se negó a hacerlo lo que le valió la condenación de la iglesia. Posteriormente, en el siglo XX, Luis Emilio Recabarren imitó la actitud de Palazuelo, costándole su sillón, recibido del sufragio popular. Los curas se negaron a realizar exequias religiosas al ex presidente Aníbal Pinto, por considerarlo ateo; el coronel Campino se quiso casar por la iglesia, sacramento negado por el párroco. Muchos hijos de radicales quedaban como ilegítimos al no ser inscritos en los registros parroquiales.

Federico Errázuriz Zañartu consiguió, apoyado por la iglesia, que los conservadores integraran su gobierno. La Moneda bien valía una misa. Abdón Cifuentes, el líder de los conservadores, exigió de Errázuriz la aprobación de la libertad de exámenes para los colegios particulares, que en esos tiempos eran tan mercantilistas como hoy. El historiador Diego Barros Arana era un voltairiano y, según las señoras pechoñas de la época, había hecho un pacto con el diablo: el pobre don Diego olía a azufre, a pesar de conocer de memoria las historias de los santos; don Diego, un verdadero memorión, era el candidato más adecuado por su cultura e ilustración, para ser nombrado rector de la Universidad de Chile, pero Federico Errázuriz entregó la rectoría al segundo de la quina, por presión de los conservadores. El matrimonio entre Errázuriz y los pechoños terminó abruptamente con la expulsión de los conservadores, dando lugar a la alianza liberal radical.

La crisis económica y la guerra del Pacífico, (1879), permitió una corta tregua en esta guerra religiosa que, por lo demás, era bastante superficial, pues conservadores y liberales pertenecían a la misma casta social. Domingo Santamaría aplicó la más violenta intervención electoral, para dejar fuera del Congreso nacional a los conservadores. Con base en el regalismo, a la muerte de monseñor Valentín Valdivieso, el presidente Santamaría quiso nombrar a un sacerdote liberal y tolerante, Francisco de Paula Taforó, que tenía la “traba” de ser hijo “ilegítimo”; el Vaticano, influido por los conservadores, se negó a aceptar la proposición del presidente y envió a Chile un delegado, llamado Celestino Del Frate; esta intervención insolente del Papa indignó al presidente Santamaría, quien confiscó los pasaportes de Del Frate, expulsándolo del país, con destino a Santa Rosa de los Andes, camino a la frontera con Argentina. Se dice que las señoras beatas colocaban sus cuerpos al paso del carruaje de monseñor expulsado. La venganza, por parte del presidente, no tardó en llegar: resucitó las llamadas leyes laicas, es decir, la inhumación de cadáveres, el matrimonio y el registro civil. A su vez, la iglesia prohibió las ceremonias religiosas en los cementerios laicos.

La guerra entre estos dos bandos fue terrible: los “pacos” vigilaban, cual aves de rapiña, las casas de los moribundos católicos  para evitar que fueran enterrados, secretamente, en las iglesias. Las calles de Santiago olían a cadáveres descompuestos y la peste asolaba a la ciudad. Santamaría era el califa y Balmaceda era el emir; como en las Cruzadas, la guerra era entre moros y cristianos. La ley de matrimonio civil fue resistida por los párrocos hasta comienzos del siglo XX; no faltaron los bígamos o trígamos que, para  conseguir los favores de virginales señoritas, se casaban en distintas iglesias, de diferentes localidades. Estos vivos aparecían casados en Valdivia, en Tacna y en Constitución, a la vez, seguros de que los sacerdotes no comunicarían al Estado laico de estas anomalías. Entonces, como puede comprobar el lector, la argucia de Pamela y de Manolo Neira no es muy nueva.

Quien pagó los platos rotos fue el presidente mártir, José Manuel Balmaceda quien, a pesar de su buena voluntad para poner término al conflicto al nombrar al moderado monseñor Mariano Casanova, arzobispo de Santiago, siempre contó con la antipatía de los curas y de las beatas mujeres. En la contrarrevolución de 1891 se aliaron San Miguel y el demonio: los conservadores con los radicales y, como siempre, predominaron los intereses de casta por sobre los credos religiosos.

Ya sólo queda el recuerdo de estas peleas entre el cura don Camilo y el alcalde Pepone – de las famosas series de Fernandel -, ya no existe el combate entre el fanático cura Rafael Azócar y el ateo pope Julio Elizalde; la burlas contra los curas por parte de Juan Serapio Lois indignaban a las beatas señoras. Ya no gritan los estudiantes “mueran los beatos “cagaleche”, ya nadie canta  “qué bueno que murió Garibaldi pum”, ni menos se recuerda “a Dios queremos en nuestras leyes, en las escuelas y en el hogar”, sin embargo, la iglesia nunca se ha acostumbrado a perder el poder: jamás aceptará separarse del Estado y, como decía un arzobispo Crescente Errázuriz, en 1925, “es el Estado el que se separó de la iglesia y no la iglesia del Estado, que siempre le permanecerá fiel”.

En consecuencia, siempre la iglesia se opondrá, públicamente, al divorcio, al aborto terapéutico, a la píldora del día después, en fin, a toda medida que signifique adaptación a los nuevos tiempos. Claro, sería ya demasiado que se opusieran al matrimonio civil, sin embargo, algunos de sus miembros se prestan para beatificar al más criminal de los tiranos de nuestra historia. No en vano la tiranía de Pinochet, al igual  que la de Franco, fue un fascismo católico. No sé hasta cuándo Chilito siga oliendo a casta, a guano, a corrupción y reacción. ¿Cuándo seremos capaces de superar esta democracia tullida, ciega y sorda, para lograr una democracia de verdad participativa y abierta a los cambios?.