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Economia

El capitalismo salvaje lleva a la quiebra a países y provoca catástrofes ecológicas

El capitalismo salvaje lleva a la quiebra a países y provoca catástrofes ecológicas

Adán Salgado Andrade (Argenpress)

En la actual etapa de profunda decadencia y de crisis casi permanente del capitalismo salvaje, podemos ver que a pesar de las amargas, duras circunstancias por las que estamos pasando, no deja el reinado de las grandes corporaciones y los especulativos bancos, con la tácita complacencia de los gobiernos, de hacer de las suyas y han sido los primeros en haberse rescatado de la debacle económica de la cual aún no salimos, aunque muchos analistas digan pomposamente que ya estamos fuera.

En Estados Unidos Barack Obama a los primeros que “rescató” con el dinero de los contribuyentes fue a los rapaces banqueros, los principales responsables de la crisis (ver mi artículo “El convenenciero capitalismo salvaje” en Internet), a quienes “prestó” poco más de 700,000 millones de dólares (un 70% del PIB mexicano del año pasado), para que salieran de sus “deudas malas” y “reactivaran” de nuevo la maltrecha actividad económica. Eso, a pesar de que se sabía que las prácticas fraudulentas de muchos de ellos fueron las detonadoras y profundizaron aún más las crisis (Glodman Sachs es de las más recientes corporaciones de la que han salido a relucir sus fraudes, vendiendo obligaciones y valores chatarra a muy altos precios antes de que se colapsaran). Y también en EU Obama rescató a grandes corporaciones, como General Motors, uno de los tres decadentes fabricantes estadounidenses de autos, que por manufacturar autos ineficientes, ostentosos, lujosos y muy caros, había perdido competitividad frente a fabricantes asiáticos y europeos. Pero gracias también al “rescate” está de nuevo funcionando y muchos de los vehículos que continúa ofreciendo, siguen siendo igual de ineficientes y ostentosos que los que antes fabricaba. Como los bancos, tampoco ha aprendido la lección. Y el paternalista gobierno a nada la ha obligado.

Pero no sólo a bancos y corporaciones el capitalismo salvaje, sus intrínsecas prácticas monopolistas y su desmedida ambición por las altas y fáciles ganancias ha hecho quebrar, sino que ahora hasta países completos son desfalcados, de un día para otro se les considera insolventes, casi, casi como si no pudieran seguir existiendo como naciones (eso ha sido ya visto antes, claro, pero hora con el globalizado, salvajismo económico que nos caracteriza, las crisis son más graves y ponen a tambalear a todo el sistema económico mundial, dadas las intricadas redes que se han tejido en todos los niveles). En el año 2008, Islandia, país perteneciente a la eurozona, quebró debido también a su anárquico sistema bancario, que prestó más de lo que podía realmente cobrar. Y ahora toca el turno a Grecia, país también de la eurozona, el que a pesar de esa unión monetaria y económica, no pudo eludir a las inexorables leyes del capitalismo y su autodestructiva tendencia.

Para explicar lo que sucedió con Grecia, se debe de entender que cuando se propuso a los países europeos unirse económicamente, no era más que otra estratagema capitalista para tratar de superar y dejar atrás futuras crisis económicas, tratando de eludir el inexorable fin del capitalismo salvaje. Sin embargo, lo que no se dijo entonces es que ese tipo de tratados comerciales para unir a varias naciones, se alienta por parte de los países más adelantados y desarrollados, aquéllos que cuentan con la producción, digamos, más eficiente, en la cual los costos de fabricación se han optimizado o reducido al máximo y en consecuencia los productos que fabrican son mucho más competitivos que los de países menos desarrollados. Así, esa ventaja industrial y tecnológica era principalmente para Alemania, que al unificar e impulsar la eurozona, se veía de inmediato beneficiada con dicho tratado (porque además la unificación con la antigua Alemania Oriental le salió muy cara, así que debía de reponerse de ese altísimo costo ampliando mucho más los mercados su producción industrial).

Entonces, con fronteras abiertas, se cumple con el primer requisito capitalista, que es el facilitar la circulación de las mercancías, la que se ve obstaculizada cuando hay barreras físicas, como esas fronteras, además de los aranceles que se eliminan con tal medida, los que encarecen el producto. Por otro lado, el imponer una moneda común, es el otro requisito capitalista para que las mercancías circulen y sean vendidas fácilmente. Eso, simplemente terminó con el problema de las equivalencias monetarias, lo que también retrasa la venta de las mercancías, tan necesaria para que el sistema recupere inversión, así como ganancias. Pero precisamente es al imponer esa moneda común (además de otros tecnicismos económicos, tales como que los países debían de tener un porcentaje máximo con respecto a su PIB de su déficit comercial para que demostraran que estaban sanos financieramente y no serían un lastre), que las diferencias de productividad salen a la vista. Ilustraré esta circunstancia con el siguiente ejemplo.

Supongamos que había una fábrica griega, antes de la unión europea, que fabricaba lavadoras. Un cierto tipo de lavadora la fabricaba, digamos, en 3000 dragmas, la antigua unidad monetaria griega. Ahora consideremos que en Alemania, habían fabricantes de lavadoras con mejor tecnología y que lograban fabricar una similar, y hasta mejor que la griega en unos 1500 marcos. Al venir la unificación, se debieron realizar las conversiones de las antiguas monedas con la moneda impuesta, el euro, y entonces salieron las abismales diferencias. La lavadora griega, tasada en euros, vamos a suponer que ya costara 600, en tanto que la alemana, de mejores características, funcionalidad y material, 400. Y con la facilidad de exportación, sin fronteras, ni aranceles, es evidente que hasta los mismos griegos iban a preferir una lavadora alemana, mejor que la de su país, y además, más barata. Y con ese sencillo ejemplo, podemos entender que muy pronto, la preferencia por artículos extranjeros más baratos y de mejor calidad, se comenzó a extender a varios productos, de tal forma que se iba desalentando la fabricación de productos nacionales, y muchas fábricas o cerraron o, de plano, se convirtieron en distribuidoras de artículos, alemanes, por ejemplo. Así que muy pronto las exportaciones griegas disminuyeron y aumentaron las importaciones, o sea, que su déficit comercial se incrementó muy considerablemente, mucho más allá de sus reales posibilidades de pagar cuanto compraba y todo era más bien financiado con crédito, que es una de las maneras más absurdas de consumir, pues se endeuda la economía por muchos años por venir. Lo que quedó de la economía griega fueron un reducido sector industrial, algunos cientos de miles de campesinos y un altísimo sector dedicado exclusivamente a la prestación de servicios. Eso ha sucedido en México, en que la imposición del Tratado de Libre Comercio, TLC, desde hace varios años, con Estados Unidos y Canadá, ha favorecido principalmente al primero, lo que se ha traducido en un brutal proceso de desindustrialización de las pocas “industrias nacionales” que teníamos. Vaya, ni siquiera en producción de alimentos somos ya autosuficientes y estamos obligados a comprar cuanta basura, incluso transgénica, nos venda EU (maíz transgénico de Monsanto, por ejemplo). Así que si EU quiebra, México con él. Y en efecto, la mayor parte de los pocos empleos que son creados anualmente se concentran en la prestación de servicios, tales como restaurantes, tiendas, servicios turísticos, franquicias extranjeras, ventas, despachos de profesionistas… y así por el estilo.

Eso mismo sucede en la eurozona. Pero ahora, con la crisis capitalista, que con los problemas financieros, muchos bancos trataron de cobrar enormes e impagables deudas, salieron a relucir los graves problemas mostrando que, mientras unos países son los mayores productores de lo que se consume en la zona, otros son, sencillamente, los mayores consumidores. Es como si una persona con salario mínimo, de repente un banco le diera crédito abierto para comprar lo que quisiera, ropa, electrodomésticos, un carro nuevo, casa… cuando el banco estuviera en apuros por tanto dinero que prestó y no cobró, le exigiría a esa persona que pagara de inmediato, lo cual sería imposible para el deudor, dado su raquítico salario. Pero entonces el banco le confiscaría todos sus bienes fiados y le obligaría, de todos modos, a que le pagara, quitándole una fuerte suma de dicho salario, lo que de repente llevaría a la pobreza real a esa persona, la que hasta entonces el crédito había estado ocultando. Y en esa lista de espera podemos colocar a España y Portugal, países igualmente menos desarrollados industrialmente que los más influyentes (Alemania, Francia, Italia o Inglaterra, éste último que no pertenece a la eurozona). No hace mucho estuve en España y pude percatarme de los síntomas que preceden a una profunda crisis financiera, pues aunado al altísimo desempleo, crecimiento del sector de servicios (bares, cafés, restaurantes, hoteles…), contracción severa del sector industrial, sobreendeudamiento… se le ha estado apostando a la masiva y extensiva construcción de casas y departamentos, o sea, bienes raíces, como las únicas formas “seguras” de inversión, pero a niveles que han excedido la demanda real por mucho, hay una sobreoferta, lo que ha creado una burbuja inmobiliaria que ya debe de estar estallando (ver mi artículo: “Especulación inmobiliaria, nueva burbuja a punto de estallar”). Esa tendencia precedió a otros países de la eurozona. Y justamente ese fue el detonador de la crisis que tuvo su origen en Estados Unidos, demasiadas casas para vender y muy pocos compradores para adquirirlas.

Quizá por tal motivo sea que la Unión europea haya decretado que formará un fondo de 750,000 millones de euros, casi un billón de dólares (997,000 millones de dólares), para contar con un fondo de rescate en caso de que más países “se vean en aprietos económicos”. Y tan solo Alemania está aportando 124,000 millones de euros (164838 millones de dólares) de ese fondo, claro, pues como dije, es el país que ha resultado más beneficiado, así que debe de repartir algo de la riqueza que ha acumulado para que eso reactive la economía y sus empresas continúen vendiendo como se debe (eso hizo, por ejemplo, Roosvelt, con el New Deal, al aumentar los impuestos a las grandes corporaciones, pues era una manera de redistribuir a la concentrada riqueza y alentar así a la recuperación económica luego de una de las tantas quiebras bursátiles que ha sufrido el capitalismo, la de 1929).

Y ¿cómo se debe de resolver, según el capitalismo salvaje, la quiebra de Grecia? Pues justo como se ha hecho a lo largo de la historia con infinidad de países, sobre todo a los pobres tercermundistas: imponiendo draconianas medidas, a través de pactos financieros con los bancos europeos y con el FMI, que sobre todo inciden en el bienestar de la gente, a la que se le eliminan infinidad de prerrogativas y conquistas laborales, afectando brutalmente su nivel de vida. Se están despidiendo a los ciudadanos griegos de sus empleos, se están reduciendo los sueldos de los afortunados que conserven los suyos, se están incrementando los precios de todo, alimentos, energéticos… se aumentan los impuestos y se crean otros nuevos, ¡hasta las pensiones se están reduciendo en 20%!... si, al fin que la situación lo amerita, es un tratamiento de shock (Ver mi artículo en Internet “La muy oportuna ‘descomposición’ del estado mexicano, pretexto para militarizar y recrudecer la represión gubernamental”). Así, para el capitalismo salvaje, la población de un país no es otra cosa que un factor más en los balances financieros para lograr la “estabilidad económica”, no importa que se le mate de hambre y se le deje sin trabajo, se agudicen los conflictos sociales y se le empobrezca más, no, al fin que no es imprescindible. Esa es la historia de los grandes “rescates” del capitalismo salvaje, a través de su agencia de salvamento, el FMI, en donde se mata de hambre a la gente, se le quita el poco dinero que tiene, se le somete a terribles penurias, se le empobrece más, se hace retroceder el nivel de vida por años… ¡ah, pero véase la contraparte, a las corporaciones y a los bancos quebrados, se les da dinero, y mucho, para rescatarlos, no se les ponen limitaciones ni condiciones y se les anima a seguir adelante con los grandes negocios una vez que se han recuperado y están “saludables” nuevamente! Por estos días que se ha hecho el anuncio, las bolsas de valores del mundo (que son los mercados accionarios que tiene el capitalismo salvaje en cada país, en donde se mide la “salud” de las grandes corporaciones) ¡han repuntado significativamente, subiendo en varios puntos porcentuales las cotizaciones de sus índices, pues eso significa que gracias al “paquetazo”, las deudas que tengan los futuros países que también quiebren, como le sucede a Grecia, serán pagadas a sus acreedores, o sea, los dueños del capital y la riqueza mundiales, así que esos bancos y esas corporaciones de nada deben de preocuparse, a ellos no se les matará de hambre, no se les apretará el cinturón, no se les reducirán sus salarios (sus ganancias, en ese caso), no se les despedirá y se les mandará a la calle como a los ciudadanos de los siguientes países que quiebren (la formación de ese “paquetazo” es una clara señal de que lo peor está aún por venir)… que ni se preocupen, pues ya hay un fondo, hecho con dinero de los contribuyentes de la eurozona, claro, para “rescatarlos” y asegurarles que sus salvajes, inescrupulosos negocios sigan “saludablemente lucrativos”.

Así que ¿cuál es el motivo para alegrarse y afirmar que lo peor de la crisis que seguimos padeciendo ya pasó? (estas funestas señales debién de tomarla en cuenta los mal administradores panistas que nos someten, no gobiernan, a los mexicanos).

Catástrofes ecológicas

El otro terrible aspecto que ocasiona el capitalismo salvaje con su avidez por las grandes, fáciles ganancias es el desastre que ya llega a catástrofe ecológica que está ocasionando el derrame producido por la plataforma petrolera “accidentada” en las costas de Luisiana, en aguas estadounidenses, que no por ser tal, se limitará a dicho territorio, pues sólo hay que tomar en cuenta que más de diez litros por segundo de hirviente petróleo están escapando por la enrome fuga, que son algo así como 5000 barriles por día y que no hay forma de parar, pues dicha fuga está a más de 1600 metros de profundidad, y como aún no se había presentado un “accidente” en aguas tan profundas (que era cosa de tiempo, pues es inminente que sucedan esos accidentes por las condiciones extremadamente riesgosas de la exploración petrolera en aguas profundas. Ver mi artículo “Los pozos petroleros ultraprofundos, otra manera de seguir garantizando la dominación estadounidense sobre México”), simplemente British Petroleum, la empresa británica que operaba la plataforma, no sabe cómo parar la fuga, y estima, resignada, que quizá pasen semanas o meses en que se pueda controlar tan enorme escape de ese petróleo que por millones de años la naturaleza tuvo encerrado bajo más de nueve kilómetros de capas rocosas, para que ahora, depredadores “hombres de negocios”, sin escrúpulos, ávidos de ganancias, lo hayan sacado, como si fuera un ente maligno que por algo estaba ahí, guardado.

Los gravísimos efectos de esta catástrofe sin precedentes ya se están sintiendo y cientos de especies marinas y aves están muriendo o siendo dañadas irremediablemente por la implacable marea negra que no ha podido – ni se podrá – contener. Peces, moluscos, arrecifes de coral, plancton, delfines, tortugas, ballenas, gaviotas, pelícanos… están engrasándose con el, para ellos, veneno viscoso, y lentamente van muriendo.

Evidentemente que también nosotros, humanos depredadores, comenzaremos a sufrir, pues los terribles, destructivos efectos se comunicarán a toda la cadena viviente. No sólo perjuicios económicos ya hay, como se quejan cientos de pescadores o prestadores de servicios turísticos, sino que el petróleo derramado irá a parar al organismo de especies marinas de las que nos alimentamos (ya que el mar nos proporciona más de la mitad de los alimentos que ingerimos), y de algún modo nos afectará esa ingesta. Porque es evidente que tan brutal derrame no quedará ahí, sino gracias a la facilidad con que en el mar se esparcen los contaminantes, se afectará toda la masa oceánica, y al final pequeñas porciones de petróleo, por lo menos, irán a parar a todos lados y en todos los organismos vivientes (ya es habitual que se encuentren paces o moluscos contaminados con hidrocarburos, mercurio, heces fecales humanas con cólera u otras dañinas sustancias).

Pero no parece que se haya aprendido la lección y ya hay una empresa petrolera, también británica, Rockhopper Exploration, que en un desafiante, arrogante acto de neocolonialismo humillador, está explorando y perforando el fondo marino cercano a las islas Malvinas, territorio que alguna vez fue de argentina, pero que Inglaterra le usurpó y robó ilegalmente, haciendo honor a su fama de país de piratas ladrones, negreros y colonialistas. Inglaterra ha dicho que nada, ni nadie le va a impedir que explote el yacimiento que explora, pues se defiende diciendo simplemente que es “su territorio” y que está en su derecho y que le haga como le haga el gobierno argentino, seguirá perforando y extraerá ese petróleo cueste lo que cueste, caiga quien caiga y, agregaría yo, catástrofe ecológica que se origine. Es de esperarse que la así llamada comunidad internacional apoye a los argentinos para evitar esa irrupción neocolonialista, pero, sobre todo, dada la catástrofe ecológica que cada día aumenta en su dañina severidad,
se evite que un nuevo, potencial accidente, provoque un segundo (¿¡y cuántos más!?) cataclismo ecológico.

A fin de cuentas, los yacimientos marinos ultraprofundos son explotaciones petroleras marginales, de corta duración. Del que se está fugando el petróleo, se calcula que tendría unos 16000 mil millones de barriles. Estados Unidos consume casi veinte millones de barriles por día, así que le hubiera alcanzado para poco más de dos años. El daño ecológico ocasionado será permanente en muchos casos. Así que cabe preguntarse entonces: ¿vale la pena seguir arriesgando y destruyendo más a la naturaleza por un puñado de petróleo?

Al parecer Obama ya lo entendió y ha decidido no apoyar más exploraciones marinas en el futuro. Pero los congresistas de su país están perdiendo tiempo para ¡determinar a quién culpar del accidente y a qué se debió! Ociosa manera de deslindar responsabilidades a todas las corporaciones involucradas y quizá echarle la culpa al encrespado océano que por sus marejadas provocó el terrible “accidente”.

Y ojala nuestros mal administradores, irresponsables panistas, comandados por Calderón, quienes tienen pensado permitir a esas transnacionales como British Petroleum, que perforen nuestras aguas profundas en el golfo para sacar petróleo, tomen en cuenta la catástrofe ecológica que, cuando escribo estas líneas, no se sabe cuándo irá a concluir.

Una tragedia contemporánea

Una interpretación marxista de las crisis económicas tal como se dibuja en el libro I de "El Capital"

César Roa Llamazares

La crisis financiera que arreció en septiembre de 2008 nos está deparando muchas sorpresas. La primera, que el partido republicano de Estados Unidos, históricamente comprometido con la defensa del trabajo libre, y hostil a toda interferencia en la libertad de los individuos para establecer contratos entre sí, tuvo que intervenir a fondo para salvar la economía.

Así, el 7 de septiembre de 2008, la administración estadounidense se tuvo que hacer cargo de Fannie Mae y Freddie Mac, las dos inmobiliarias semi-privadas más importantes del país. El 16 de septiembre, después de haberse negado a rescatar a Lehman Brothers, nacionalizó la aseguradora AIG. A finales de septiembre, el secretario del Tesoro diseñó un plan de compra de activos tóxicos por valor de 700.000 millones de dólares. Estas intervenciones no se limitaron de ningún modo a Estados Unidos. El 28 de septiembre el gobierno británico nacionalizó Bradford and Bingley, mientras que sus homólogos del Benelux hacían lo mismo con Fortis. El 8 de octubre, el ejecutivo británico lanzó un plan de recapitalización de la banca que ha inspirado a las autoridades de ambos lados del Atlántico.

Una segunda sorpresa que nos ha dejado la crisis es la percepción de una sensación de desconcierto entre los responsables políticos y los expertos técnicos que no esperaban una tormenta de tal envergadura. El semanario The Economist, que siempre ha ensalzado las virtudes del libre comercio y del desarme arancelario haciendo gala de ingenio e ironía jovial, reproducía en la portada de su edición del 18 de octubre una imagen de un tigre asaeteado con un título que no podía ser más elocuente, “Capitalism at bay” (“El capitalismo acorralado”). El 23 de octubre, Allan Greenspan, gobernador de la Reserva Federal entre 1987 y 2006, reconoció en su declaración ante el Congreso de Estados Unidos que había sobrevalorado la capacidad de autocorrección de los mercados. Unas semanas después, la revista francesa Magazine Literaire lanzó la edición de octubre con otro título no menos ilustrativo: “Marx: las razones de un regreso”. Finalmente, en febrero de 2009, el retrato de Marx acaparaba la portada de la revista Time.

Probablemente de pocos pensadores se ha certificado tan a menudo su muerte (y posterior resurrección) como de Marx. El presente artículo es un intento de exponer una interpretación marxista de las crisis económicas tal como se dibuja en el libro I de El Capital. La fuerza de esta interpretación reside en el análisis que Marx hace del papel del dinero en una economía capitalista.

En otras escuelas más ortodoxas de teoría económica, se parte de los siguientes supuestos i) que los individuos ya tienen sus preferencias, ii) que el dinero no es más que un medio para poner en contacto a los individuos, y iii) que mediante el dinero los individuos pueden valorar cuánto cuestan en términos de recursos sus proyectos individuales y, si realmente están interesados, realizarlos. Marx, por el contrario, esboza que la dinámica rige en la dirección opuesta: que son el dinero y la lógica que impone su atesoramiento y posteriormente su acumulación en forma de capital quienes dan forma a las preferencias de los individuos.

De acuerdo con Marx, aunque no lo quiera, aunque originariamente pueda tener otros gustos, el hecho de vivir y de desenvolverse en una economía monetaria trae consigo que el individuo debe convertirse, primero, en un atesorador de dinero para, acto seguido, empujado por fuerzas que individualmente no puede controlar, acumular dinero con vistas a obtener el máximo rendimiento económico, a acumular, en otras palabras, capital.

Esta visión de agentes que están atrapados por un destino del que no pueden zafarse invita a pensar en una tragedia. Pero es preciso matizar. En la tragedia antigua, la muerte y el fracaso del héroe son el resultado de su arrogancia particular. En la edad contemporánea, como Marx apuntó teóricamente y Bertolt Brecht aplicó en el teatro moderno, simplemente limitándose a cumplir sus tareas cotidianas, modesta e inconscientemente los agentes contribuyen a crear trampas que paulatinamente van a escapar a su control y que al final terminarán por estrangularles. De hecho, las diferencias entre las tragedias contemporáneas y las tragedias antiguas será el primer apartado de este ensayo.

En el siguiente apartado, expondré el estudio que Marx realizó del dinero. Por una parte, el dinero permite abstraer todas las diferencias entre mercancías hasta reducirlas todas a una misma medida. Por otra parte, el dinero presenta una característica que le sitúa aparte del resto de mercancías, la posibilidad de poder ser intercambiado automáticamente por cualquier otra mercancía. En virtud de su máxima liquidez, de esta capacidad de transformarse inmediatamente en mercancía, el dinero adquiere una autonomía que le permite liberarse de las restricciones que afectan a la producción del resto de mercancías. El dinero puede iniciar procesos productivos, si su propietario confía en que éstos rendirán beneficios en el futuro. De igual modo, puede paralizar los mismos si considera que los beneficios esperados son menores que los que ofrecen otro tipo de actividades.

Como intentaré mostrar en los siguientes apartados, las fases de expansión económica están asociadas a etapas de mayor confianza en las posibilidades de los proyectos económicos. Pero, al igual que los protagonistas de la tragedia clásica, esta confianza va acompañada de arrogancia. En este caso de una arrogancia “económica”, de la creencia que las necesidades humanas son de orden meramente económico y que, por tanto, pueden ser satisfechas mediante la producción de más mercancías. Como éste no es el caso, a la expansión le seguirá un descalabro que recordará a los mortales sus límites humanos.

 

  1. La tragedia antigua y la tragedia contemporánea.

 

Los géneros literarios evolucionan a lo largo del tiempo. Cuando las sociedades atraviesan nuevas circunstancias, deben encontrar nuevas formas para narrar los problemas que las desgarran. La guerra de Irak, por ejemplo, no se podría contar como un poema épico en versos endecasílabos. Las guerras tecnológicas del siglo XX y XXI no tienen nada que ver con los torneos medievales y un escritor que se precie debe ser capaz de percibir las diferencias.

De igual modo, saltan a la vista las diferencias entre la tragedia tal como la han concebido Samuel Beckett y Bertolt Brecht y tal como la concebían los antiguos griegos o Shakespeare. No se trata de formular juicios estéticos sobre cuál tiene más calidad, sino de apreciar mejor sus respectivos méritos situando estas obras en su contexto. Éste será, pues, el objetivo del presente apartado.

En el caso de la tragedia griega,1 hay que partir de la idea de que para la sociedad griega era evidente que “el hombre es el animal social por excelencia”. Un hombre fuera de la sociedad sería “o un dios o una bestia”. Por ello, cuando un individuo cree que se basta a sí mismo, que sus semejantes sólo son una cortapisa a su libertad, alimenta una arrogancia temeraria que pondrá en peligro al individuo y, a la postre, a la propia comunidad a la que pertenece.

La tragedia griega nace, pues, con un propósito, por así decirlo, didáctico: mostrar cuán destructiva es la ceguera de creer que los lazos que nos unen con el resto de la sociedad son un incordio del que se puede prescindir con sólo quererlo. En palabras de Esquilo, “a quien los dioses pretenden destruir, primero lo vuelven ciego”.

Sin embargo, que la tragedia sea didáctica no quiere decir que sea edificante a la manera que lo es la literatura piadosa. El héroe de la tragedia griega tiene todas las virtudes (el valor, la inteligencia, el arrojo), salvo una, la modestia. Esta mezcla le humaniza, porque permite al espectador identificarse con él. Sin ser consciente de ello, el héroe trágico labra su propia hecatombe, cuando actúa bajo el convencimiento de que puede moldear sus circunstancias como se le antoje. Es la fase de la mayor arrogancia, de la hubris, que a continuación da paso a la siguiente fase, la de la némesis.

En esta segunda fase, la arrogancia del héroe es brutalmente castigada. Las semillas de destrucción, que el héroe ha sembrado en su fase de ceguera, florecen. Éste tiene que enfrentarse a las catástrofes que ha provocado y asumir que él es el responsable. El espectador no puede regocijarse ante la caída del héroe, porque éste último asume su falta con una nobleza y dignidad enorme. Precisamente, porque se ha identificado con él, el público puede sufrir con la derrota del protagonista, generándose así una catarsis, que purifica al espectador de las pasiones destructivas que anidan en su interior.

Así, por tomar un ejemplo clásico, en Edipo Rey de Sófocles, Edipo es advertido por el oráculo de Delfos de que va a matar a su padre y a casarse con su madre. Edipo parte a recorrer el mundo y en el camino se tropieza con un hombre mayor y con su séquito. El hombre mayor le injuria, estalla una violenta disputa entre ambos, y llegando a las manos, Edipo lo mata. Posteriormente, Edipo, gracias a su coraje e inteligencia, es coronado rey de Tebas y se casa con la reina que ha quedado viuda recientemente.

Poco después, se declara una epidemia en Tebas y los sumos sacerdotes comunican al rey que la epidemia es un castigo por la presencia en el reino de un criminal. Edipo se compromete a apresar y castigar con todo rigor al culpable. A raíz de este compromiso se desencadena la némesis. Edipo descubrirá sobrecogido que ese malvado criminal es él mismo, cuando se da cuenta de que el hombre al que mató en el transcurso de la reyerta era su padre y que la reina que ha desposado es su propia madre. Plenamente consciente de su culpa, se saca los ojos y abandona el reino.

En otras tragedias, se escenifica el conflicto entre dos arrogantes. En Antígona, también de Sófocles, la protagonista del mismo nombre se compromete a cumplir con las leyes de la familia, dando sepultura a su hermano Polinice, que ha sido ejecutado por traidor. Por otra parte, su tío Creonte quiere cumplir y hacer cumplir las leyes de la ciudad y por ello se niega a enterrar humanamente al rebelde ejecutado. El choque se produce entre Antígona y Creonte, personajes comprometidos con causas justas, el respeto a la familia y el respeto a la ley de la ciudad, pero que son incapaces de comprender las razones del otro. Su ceguera termina desembocando en una tragedia.2

Esta trama de personajes llenos de soberbia que no conocen límites humanos y que, por tanto, se precipitan hacia su propia inmolación se repite también en otros ámbitos, por ejemplo, en el teatro isabelino de Shakespeare. En Macbeth, un heroico general considera que su indiscutido y admirado arrojo le da permiso para usurpar el trono. Así, mata al rey Duncan, pero, a continuación, los remordimientos y la culpa le atormentan, dándose cuenta de que no puede haber perdón para semejante crimen.3

El rey Lear es otra historia de soberbia castigada. En ella Lear, soberano poderoso y temido, reparte el reino entre sus tres hijas. Lear quiere oír de éstas cuánto le adoran y cuán noble y generoso es. La sinceridad de la hija pequeña, Cordelia, quien se niega a entrar en un concurso de falsos halagos, le enfurece y, por ello, la deshereda, dejando el reino en manos de las dos ambiciosas hermanas mayores, lo que desembocará en un final trágico, donde Lear perderá todo, incluida la razón, ante el reconocimiento de su estúpida arrogancia.4

En las tragedias mencionadas anteriormente, los protagonistas sienten de algún modo que las restricciones que afectan al resto de los mortales no van con ellos. Al final, descubrirán para su desgracia que no pueden ignorar una serie de límites morales, pues esos límites son precisamente lo que nos hace humanos.

Un rasgo muy característico de la tragedia antigua es que todos sus protagonistas son aristócratas o personas de alto rango. Este rasgo no debería sorprendernos pues ni la Grecia de Sófocles, ni la Inglaterra de Shakespeare eran sociedades igualitarias. De acuerdo con la terminología de Louis Dumont5, las sociedades igualitarias, como aquellas en las que actualmente vivimos, son de origen muy reciente, que se puede ubicar en el siglo XVII con el desarrollo del capitalismo y de la ideología que lo sustenta.

En las sociedades igualitarias, el rango que ocupa un individuo no depende en teoría del accidente de su nacimiento. Es decir, la ideología que anima una sociedad igualitaria sostiene que todos los individuos tienen el mismo derecho a perseguir sus propios proyectos vitales sin que se vean obstaculizados por otras instancias (ya sea el Estado o la tradición). Evidentemente, no se trata de un igualitarismo real. En la vida corriente, el contexto cultural y económico donde haya nacido el individuo juega un papel clave a la hora de comprender la situación final a la que llegará.

De lo que se trata es, más bien, de un igualitarismo formal, de una igualdad ante la ley. Como cada individuo tienen sus propias ambiciones y el igualitarismo formal las declara igualmente legítimas, la ley se limita a impedir que éstas se persigan con medios que dañen a otros. En una sociedad igualitaria formal, la ley ignora los orígenes sociales del sujeto y fija unas pautas lo suficientemente generales que valgan por igual para todo el mundo. En este sentido, que un individuo sea rey o plebeyo, poderoso guerrero o humilde labrador es irrelevante, lo que cuenta es que formalmente todos tienen el mismo valor ante la ley.

Igualmente, otro rasgo común de las tragedias antiguas, que ya no se da en las sociedades contemporáneas, es que el principio dinástico ya no es la fuente de legitimidad de la soberanía. Desde las revoluciones americana y francesa, la soberanía popular se encuentra en el pueblo o en la nación. Prácticamente, todos los Estados del mundo han tenido que plegarse ante la fuerza de esta oleada ideológica. Incluso las dictaduras del siglo XX se han presentado como los garantes legítimos de una soberanía popular que supuestamente se expresaba mejor a través de la voz del dictador que de los parlamentos.

Finalmente, otra característica que se repite en las tragedias antiguas es que el acto (o el crimen) que comete el protagonista, cegado por la soberbia, y que desencadena la tragedia está muy claro, como también lo está su responsabilidad. Edipo mata a un hombre (que luego resulta ser su padre), Antígona desafía a Creonte, Macbeth asesina a Duncan, Lear deshereda a Cordelia. Se puede decir que hay tragedia porque todos los involucrados en la misma son conscientes del significado de estos actos y de la gravedad de sus implicaciones.

Por ello, un somero vistazo a algunos episodios de la actualidad política más reciente incitan a pensar que estamos viviendo tiempos muy crueles y peligrosos, pero no trágicos en el sentido mencionado anteriormente. En la pasada guerra de Irak, uno de sus promotores no se molestó en explicar a sus ciudadanos si se estaba en guerra o no. En febrero de 2002, el presidente Bush declaró que los presos de Al-Quaeda no eran prisioneros de guerra y que se les trataría de acuerdo con el espíritu de la Convención de Ginebra “en la medida que sea apropiado y consistente con la necesidad militar”, dejando en los interrogadores militares la entera responsabilidad de elucidar, sobre el terreno, si la “necesidad militar permite atenerse a principios humanitarios.6 En los días que esto escribo, el gobierno israelí está bombardeando la franja de Gaza y, a tenor de sus declaraciones oficiales, no siente ninguna responsabilidad ni por las víctimas ni por el bloqueo económico que anteriormente había impuesto a toda la población del territorio.

Con protagonistas que no están a la altura de las circunstancias puede haber farsa sangrienta u ópera bufa, nunca tragedia clásica. Pero es que además vivimos una época donde no es fácil localizar cuál es el acto original que ha puesto en marcha la catástrofe. Sin una causa concreta de la que broten las desgracias, tampoco puede hablarse de tragedia en el sentido clásico. Desde agosto de 2007 se está desarrollando una fuerte crisis financiera que parece obra de fuerzas anónimas. Si la epidemia que asolaba Tebas en Edipo Rey era el castigo por la temeridad de Edipo, ¿quién es, pues, el causante de la subida de los precios de los alimentos que ha provocado los motines de hambre en Haití o Egipto? ¿Por qué estamos amenazados por desastres financieros y ecológicos ante los que las autoridades políticas parecen impotentes?

Estas preguntas no tendrían cabida en el mundo de la tragedia clásica, un mundo de reyes arrogantes que se encaminan a su ruina mediante actos que resultan ser una auténtica locura. Pero, si con las formas y tramas de la tragedia clásica no se puede representar los conflictos contemporáneos, eso no quiere decir que no se deban ensayar otras formas. Al fin y al cabo, el objetivo de un género como la tragedia es dar voz a los conflictos, al sufrimiento y a la violencia que acompañan a toda vida humana. Samuel Beckett y Bertolt Brecht, los padres de la tragedia moderna, enfocan la tragedia desde una perspectiva muy distinta a la de Sófocles o Shakespeare, no por capricho, sino porque son autores plenamente comprometidos con su tiempo.

En Días Felices Beckett pinta a una mujer enterrada en la arena hasta la cintura intentando convencerse a sí misma que el día que despunta va a ser maravilloso. Aquí surge una tragedia moderna porque el optimismo infatigable que esconde la protagonista le permite mantener la esperanza, pero al precio de engañarse a sí misma, impidiéndola ver que cada vez se está hundiendo más.

En otro registro diferente, Bertolt Brecht representa en Madre Coraje a una mujer cuyo trabajo consiste en abastecer a los ejércitos. Cuando los negocios van bien, es decir, cuando hay guerra, Madre Coraje puede mantener a su familia, pero al mismo tiempo, sus hijos pueden morir como soldados en el campo de batalla, o por emplear un término odioso, como “daños colaterales”. A la inversa, en tiempo de paz, la supervivencia de la familia se verá amenazada por la pérdida de su fuente de ingresos, la guerra. Madre Coraje está atrapada, pues, en una trampa insalvable. Para algo tan legítimo como poder sacar a flote a la familia, Madre Coraje tiene que aportar su granito de arena a alimentar la maquinaria destructiva de la guerra.

La edad contemporánea con su enorme desarrollo tecnológico y económico ha sido testigo de grandes catástrofes de una enorme violencia, pero violencia que era al mismo tiempo más abstracta e impersonal. Durante el llamado equilibrio del terror de la guerra fría aprendimos que se habían diseñado mecanismos para el aniquilamiento mutuo de la humanidad con la imparcialidad aséptica de un técnico. Las crisis financieras de la globalización nos han estado enseñando que se puede hundir la economía de los países con sólo pulsar una tecla del ordenador en un escenario de compra y venta instantánea de títulos financieros.

Sin embargo, las dinámicas destructivas no son una maldición bíblica, sino que son la obra de acciones humanas, que han escapado al control de sus diseñadores originales. La importancia que sigue teniendo hoy en día el pensamiento de Marx radica en las claves que aporta para comprender estos mecanismos. De hecho, El Capital es el esbozo de una tragedia contemporánea, de una pesadilla, de cómo en la economía moderna, con división del trabajo, con flujos de capital, con avances tecnológicos inimaginables, los hombres ponen en marcha fuerzas que lejos de liberarles de la desgracia terminan generando otro tipo de desgracias a escala planetaria.

 

  1. El dinero en Marx.

Durante el tiempo que Marx vivió en Inglaterra, el sistema monetario del país estaba basado en el patrón-oro y así fue hasta la primera guerra mundial. Los países que adoptaban el patrón-oro se comprometían a que todo el efectivo circulante en la economía tuviera un equivalente exacto en oro. Es decir, aunque las transacciones se realizasen en papel moneda emitido por el banco central, el público debía tener la confianza de que, si en cualquier momento así lo decidía, los billetes podrían intercambiarse por oro.

Así, Marx comienza su análisis del dinero bajo el supuesto de que “el oro es la mercancía dineraria”, o en otras palabras, que de todas mercancías es el oro la que va a cumplir las funciones del dinero.7 A medida que se expanda la economía monetaria, desarrollando el sistema crediticio, el oro podrá ser reemplazado por papel moneda o incluso por meros signos, como, por ejemplo, los códigos numéricos de las tarjetas de crédito.8 Pero esta sustitución de dinero constante y sonante, de oro, por “representaciones”, por signos que no tienen valor intrínseco, sólo es posible en tanto en cuanto los agentes confíen que detrás de estas “representaciones” hay una base real. En el momento en que esta ilusión se resquebraje, los individuos se apresurarán a cambiar estos signos por dinero, por así decirlo, “real”, en este caso, por oro.9

El oro es una mercancía como las demás, que requiere por tanto un proceso productivo como las otras. Pero, al desempeñar el papel de dinero el oro se singulariza, pasando a ser medida de los valores, de modo que, desde ahora, todas las mercancías expresarán su valor en oro. Así, una mesa vale “x” onzas de oro, un piano “y” onzas de oro, etc. De esta manera el oro abstrae todas las diferencias cualitativas que hay entre mercancías y las reduce a una misma unidad monetaria común. De esta forma, los agentes pueden comparar las distintas mercancías en una lengua común y calcular cuánto les costaría realizar en términos monetarios sus proyectos individuales.

Surge así la cuestión de por qué ha sido el oro la mercancía que se ha singularizado hasta convertirse en dinero y por qué no otras, como el trigo o el ganado, como alguna vez lo hicieron en la Antigüedad. La razón de este desarrollo se debe a que la mercancía que sirve como dinero debe cumplir unas características de solidez y estabilidad tanto en términos físicos como en términos de valor. Una mercancía perecedera, como por ejemplo la mantequilla, no puede desempeñar este papel, porque en cualquier momento su poseedor puede comérsela provocando su desaparición del mercado. Por otra parte, las condiciones de producción de los productos agrarios pueden variar muy rápidamente por las circunstancias climatológicas, de manera que por causas naturales de repente puede resultar más fácil (o más difícil) producirlos, generando una sobreabundancia (o, alternativamente, una escasez) momentánea que subvertiría todos los valores del sistema monetario.

La producción de oro, en cambio, requiere un elaborado proceso de extracción y un gran despliegue de recursos para localizar y explotar los yacimientos de mineral. Y además es previsible que el tiempo y la tecnología requeridos para su explotación sean más constantes relativamente que, por ejemplo, los de los productos agrarios. Por estas razones, el valor del oro tenderá a ser estable en el tiempo, descartándose así súbitos flujos o reflujos del mismo. Si a esta estabilidad se le añade que un lingote puede ser transformado en piezas más pequeñas, entonces el oro presenta la ventaja de ser más transportable y discreto, con lo que se convierte en el candidato ideal para ser el mediador entre todas las mercancías.

En efecto, la segunda función que desempeña el dinero es la de servir de medio de circulación. En toda economía, donde haya división del trabajo, la distinción de una mercancía que sirva de dinero se hace imprescindible. Con división del trabajo, los individuos no producen para su propio consumo, sino que producen para un mercado. Al especializarse en la producción de determinadas mercancías, deben pues dirigirse al resto de productores para conseguir las mercancías que necesitan.

Sólo por casualidad puede darse la feliz coincidencia de que un fabricante de pantalones que necesita una barra de pan encuentre a un panadero que necesite exactamente el pantalón que el fabricante ofrece a cambio de pan. Una economía monetaria permite superar estas incompatibilidades entre productores. En este tipo de economía, los productores tienen que vender para luego comprar. Es decir, tienen que encontrar antes un comprador, con el que cambiar su producto por dinero y, acto seguido, con este dinero, comprar las mercancías que desean.10

El dinero media, pues, entre los distintos productores individuales sin que haga falta una coordinación previa. Asignado un valor a cada mercancía, el dinero permite a los agentes calcular cuánto cuestan las mercancías que necesitan y cuánto pueden obtener por las mercancías que ellos mismos producen. En suma, la especialización de los productores necesita de una mercancía que funcione como dinero.

Igualmente, cuanto más se expande la economía monetaria, cuanto más se produzcan bienes y servicios para el mercado, cuanto más se acepte el dinero como medio para pagar productos, más difícil resultará a los agentes sustraerse a las fuerzas del mercado, más difícil les resultará recluirse en una economía de auto-consumo, por lo que tendrán que especializarse en producir más para el mercado.

Como ilustración de este argumento, imaginemos una comunidad de pescadores que durante generaciones ha vivido sin contactos con el mundo exterior. Un buen día, la civilización, en forma de guarnición militar o de enclave comercial instalado en su costa, entra en sus vidas. Los pescadores descubren que los extranjeros ofrecen bienes más deslumbrantes. Imaginemos, por ejemplo, que los pescadores encuentran que los anzuelos que pueden comprar en el nuevo mercado son más resistentes que los que habitualmente fabrican ellos mismos. Pero, si se deciden a comprarlos, entonces tendrán que conseguir dinero y para ello antes tendrán que vender una mercancía que interese a los comerciantes. De manera que, a partir de ahora, cuando pesquen, no les bastará con una cantidad de pescado para cubrir sus necesidades, sino que tendrán que atrapar un excedente. Desde entonces, las redes del comercio envolverán a la comunidad y la antigua economía de subsistencia tenderá a desaparecer.11

Es aquí, donde el pensamiento de Marx se separa radicalmente de la teoría económica más ortodoxa. De acuerdo con esta última, cada individuo tiene sus propias preferencias y no corresponde al científico emitir juicios de valor sobre la sensatez de las mismas. Como el individuo ya tiene sus preferencias consistentes y racionales, de las que sólo él es responsable, entonces puede ordenar todos los bienes de la economía en función del grado de satisfacción (o de utilidad) que le reportan. Cada individuo realiza, pues sus ordenamientos particulares para, a continuación, valorar qué combinación de bienes y servicios, sometido como está a una restricción presupuestaria, es la que más le gusta.

Éste es el llamado enfoque neo-clásico, base de la micro-economía actual. De acuerdo con la lógica de este tipo de argumentos, el dinero no es más que un medio que permite la comparación entre los distintos tipos de bienes. Si se deja al mercado actuar, si se deja a los agentes comprar y vender libremente, entonces los bienes terminarán en aquellos individuos que más los valoren, precisamente aquellos que se han mostrado dispuestos a pagar más por ellos.

El análisis de Marx, por el contrario, insiste en que hay una asimetría fundamental entre el dinero y el resto de mercancías. El dinero se puede transformar automáticamente en mercancías, pero no toda mercancía se puede transformar automáticamente en dinero, pues antes debe encontrar un comprador. El productor de una mercancía está sometido a una incertidumbre absoluta, puesto que día a día debe adquirir las mercancías que necesita para su propia subsistencia, “mientras que la producción y venta de su propia mercancía insumen tiempo y están sujetas a contingencias”.12

Por ello, todo productor debe constituir un fondo de reserva de dinero en efectivo para hacer frente a los problemas que surjan ante posibles retrasos o contratiempos en la venta de mercancías.13 Aunque no lo quiera, aunque sus preferencias originales no incluyeran para nada este atesoramiento de dinero, por la propia dinámica económica todo agente debe convertirse en atesorador, debe guardar parte del dinero obtenido en forma líquida, en este caso en oro, pues así se puede transformar instantáneamente en cualquier mercancía.14

“Como el dinero no deja traslucir qué es lo que se ha convertido en él, todo, mercancía o no mercancía, se convierte en dinero. Todo se vuelve venal y adquirible. La circulación se transforma en la gran retorta social a la que todo se arroja para que salga convertido en cristal de dinero”15

Y esta preferencia por la liquidez no es algo que permanezca constante a lo largo del tiempo, sino que varía en función del ciclo económico. En períodos de bonanza, cuando los negocios van bien, los agentes pueden contar con una venta rápida de sus mercancías, por lo que la constitución de un fondo de reserva se hace menos apremiante. Pero cuando la situación económica empeora, entonces se agudizarán las dudas sobre la factibilidad de vender las mercancía al precio que se esperaba en un principio, de manera que los agentes comenzarán a atesorar con mayor intensidad.

“El afán de atesoramiento es ilimitado por naturaleza. Cualitativamente, (…) el dinero carece de límites, vale decir, es el representante general de la riqueza social porque se lo puede convertir de manera directa en cualquier mercancía. Pero, a la vez, toda suma real de dinero está limitada cuantitativamente y por consiguiente no es más que un medio de compra de eficacia limitada. Esta contradicción ente los límites cuantitativos y la condición cualitativamente ilimitada del dinero incita una y otra vez al atesorador a reemprender ese trabajo de Sísifo que es la acumulación. Le ocurre como al conquistador del mundo que con cada nuevo país no hace más que conquistar una nueva frontera”.16

Hemos visto cómo en una economía monetaria antes de comprar resulta imprescindible haber vendido o, en su caso, disponer de un fondo de dinero para realizar las compras. Sin embargo, si los dueños de las mercancías sólo aceptaran oro (dinero contante y sonante) para realizar las transacciones, entonces la producción y circulación de las mismas estaría constantemente sacudida por continuos sobresaltos, cuando a los agentes les entrasen ansias de acaparar oro. Hacen falta, pues, medios para superar este tipo de eventualidades y es aquí donde hace su aparición el dinero crediticio.

Como un productor puede embarcarse en proyectos que requieran un plazo de producción más largo, necesita, entonces, convencer a otros dueños de mercancías o de oro de que le presten esos bienes para que en un plazo determinado pueda traer al mercado nuevas mercancías o de mayor calidad. Es decir, va a comprar bienes con el objetivo de producir más tarde otras mercancías y para ello necesita de un crédito. Estos emprendedores podrán adquirir una serie de mercancías, “cuyo equivalente en dinero sólo aparecerá en el futuro”.17

El emprendedor debe persuadir a sus acreedores. Debe firmar un contrato en el que se estipule en qué condiciones se van a producir las mercancías y por tanto cuánto dinero se va a percibir por ellas. Necesita negociar y vencer las resistencias de sus futuros acreedores, por ello por todo el dinero adelantado en el presente, tendrá que comprometerse a entregar ese dinero más una compensación. Sólo que ahora ese dinero y esa compensación, para ser más exactos hay que aplicarles un nombre más técnico, “capital” e “interés”. Cuanto más arduas las negociaciones, cuanto más resistan los dueños del capital a desprenderse de su dinero, mayor el interés exigido.

Tras estas negociaciones, el emprendedor ya dispone de un capital con el que iniciar su proyecto y los acreedores disponen de una promesa, de un compromiso por parte del prestamista de que devolverá la suma prestada más un interés. Ahora bien, los acreedores pueden sentirse satisfechos con esta promesa y, de hecho, convencer al público, de que el dinero se recuperará en el plazo y en las condiciones previstas. Mientras más se extienda la confianza en la palabra del prestamista, mayor será la riqueza de la que se sentirán dueños los acreedores. Por tanto, estos últimos podrán también adquirir otros bienes y servicios con la garantía del crédito concedido, de que el compromiso allí escrito se materializará en dinero real. En estas condiciones, sin necesidad de que de momento entre nuevo oro en circulación, la circulación de mercancías no se interrumpe. Ahora están funcionando como dinero signos que no son oro, pero que representan oro, en concreto, oro que se supone que se materializará en un futuro inmediato. Estos signos toman la forma o bien de asientos contables en el balance de un banco (podríamos definir un banco como un grupo de acreedores institucionalizado) o bien mediante la emisión de pagarés en los que sus emisores cuentan con la promesa de recibir un dinero adicional en el futuro. En ambos cosas, se comprarán mercancías a cambio de compromisos que llevan la esperanza de que se hagan realidad en forma de un mayor flujo monetario en el futuro. Cuanto más arraiga entre los distintos agentes esta esperanza, mayor será la aceptación de este tipo de signos.

En este contexto, si todo ha salido bien, los deudores saldarán sus deudas, demostrando el buen juicio de los acreedores, por lo que se valorará altamente la competencia de estos últimos, así como el arrojo y la visión de los primeros. De este modo, la confianza en las promesas incurridas se reforzará, por lo que será posible emprender nuevos proyectos. A su vez, la circulación de dinero crediticio, de signos, de papeles que sólo contienen la promesa de que en el futuro se recaudarán más beneficios, se expande. Los propietarios de mercancías estarán dispuestos a desprenderse de éstas a cambio de meras promesas. Las mercancías se intercambian, pues, no solamente por oro, sino también por esos signos que funcionan como dinero, dinero crediticio.

“[C]on el desarrollo del sistema crediticio, la producción capitalista tiende constantemente a derogar esta barrera metálica [el oro] vallado a la vez material y fantástico de la riqueza y de su movimiento, pero contra el cual se da de cabeza una y otra vez”.18

Es decir, esta fase optimista, de máxima confianza en las promesas que contiene el dinero crediticio, puede tornarse amarga, si los proyectos fracasan o no cumplen las expectativas originales. Entonces, esta montaña de papeles con la que anteriormente se habían adquirido mercancías aparecerá como un gigante con los pies de barro y el público empezará a exigir directamente oro, impulsando una huida del dinero crediticio hacia el metal precioso.

“Es fundamento de la producción capitalista (…) que el valor de cambio deba adquirir una forma autónoma en el dinero, y esto sólo es posible al convertirse una mercancía determinada en el material con cuyo valor se miden todas las mercancías, el que precisamente en virtud de ello se convierte en la mercancía general, en la mercancía “par excelence”, en contraposición a todas las mercancías restantes. [Con el desarrollo del modo de producción capitalista, se substituye] el dinero, mediante operaciones de crédito por un lado, y por el otro mediante dinero crediticio. En tiempos de estrechez, cuando el dinero se contrae o cesa del todo, el dinero se contrapone súbitamente a las mercancías como único medio de pago y verdadera existencia del valor. De ahí la desvalorización general de las mercancías, la dificultad –más aun la imposibilidad- de convertirlas en dinero, vale decir en su forma puramente fantástica.”19

Como Marx observa incisivamente, sentando la base de su teoría de las crisis,

“El sistema monetarista [un sistema de pago donde sólo se acepta oro como medio de pago] es esencialmente católico, mientras que el sistema crediticio es esencialmente protestante. “The Scotch hate gold”[Los escoceses odian el oro]. En cuanto papel, la existencia dineraria de las mercancías sólo posee una existencia social. Lo que salva es la fe. La fe en el valor del dinero como espíritu inmanente de las mercancías, la fe en el modo de producción y su orden predestinado, la fe en los agentes individuales de la producción como meras personificaciones del capital que se valoriza a sí mismo. Pero así como el protestantismo no se emancipa de los fundamentos del catolicismo, tampoco se emancipa el sistema creditito de su base, el sistema monetarista ”.20


  1. La teoría de las crisis de Marx

El apartado anterior ha estado dedicado al estudio que Marx efectúa del dinero. En un principio, el oro realiza las funciones propias del dinero, reduce todas las mercancías a la misma unidad, sirviendo de mediador entre los poseedores de unas y otras. Sin embargo, como el oro es la mercancía que posee la máxima liquidez, la mercancía que automáticamente se puede convertir en cualquier otra mercancía, siempre estará presente la amenaza de que un almacenamiento furioso de oro por parte de los agentes paralice la circulación y producción de mercancías.

El desarrollo de un sistema crediticio y con él de un dinero crediticio permite superar eventualmente estos estrangulamientos. Mediante dinero crediticio, mediante pagarés, títulos financieros, o, en la actualidad, el código numérico de las tarjetas de crédito, el público puede comprar las mercancías, aunque todavía no tenga el dinero “real” (en tiempos de Marx, el oro) con el que pagarlas. Lo importante no es que en el momento presente no se disponga de efectivo, sino que la sociedad en su conjunto crea que en un futuro relativamente cercano se obtendrán los flujos monetarios que saldarán las deudas en las que actualmente se está incurriendo.

Si concretamos un poco más, podríamos enunciar esta creencia colectiva así: se puede esperar con certeza que todo capital gestionado en condiciones “normales” rendirá un interés determinado. En realidad, las llamadas “condiciones normales” sólo existen en la imaginación de los dueños del capital. Pero, para poder calcular cuánto exigir por las sumas de capital adelantadas, estos deben imaginar un escenario completamente seguro, como si en dicho escenario los proyectos en los que embarcasen el dinero estuviesen en todo momento gestionados por gente por encima de toda sospecha. Como en la fijación de esta rentabilidad “normal” juega un papel fundamental las esperanzas que se hagan los propietarios del capital, entonces, las representaciones de esa rentabilidad (o por emplear un término más moderno, las “expectativas”) cobran una autonomía con respecto a los procesos de producción reales.

Determinada de esta forma la rentabilidad mínima esperada, nadie se mostrará dispuesto a obtener un interés inferior que el esperado en circunstancias normales tal como prometen las instituciones solventes. Este interés cierto y seguro se convierte en una barrera mínima a la rentabilidad con la que todo proyecto productivo debe contar. Si una empresa no llegase a obtener una rentabilidad compatible con este interés esperado, entonces quebraría, pues ningún acreedor estaría dispuesto a prestarle capital.

En efecto, aunque Marx no lo formule explícitamente, el énfasis puesto en la confianza en recuperar un “equivalente [que] sólo aparecerá en el futuro”21 apunta a una teoría de las expectativas. Sin embargo, del mismo modo que el análisis de Marx sobre el dinero se aleja completamente del ofrecido por el enfoque neo-clásico, esta teoría de las expectativas es completamente distinta de la que puede encontrarse en los manuales de macroeconomía. Para Marx, las expectativas nunca pueden ser “racionales”22 y no pueden serlo porque la propia dinámica del capital no lo es.

La expansión del capital (y con él del modo de producción capitalista) impone su ritmo y sus requisitos a toda la sociedad. Mientras que en el enfoque de “expectativas racionales”, que influyó decisivamente en diseñar la política económica de la llamada “revolución conservadora” de los años 80, se asume que los agentes no pueden cometer errores sistemáticos, porque ya conocen las leyes naturales de la actividad económica, para Marx, las expectativas son una promesa, una confianza en que el capital ofrezca una determinada rentabilidad y como toda promesa puede materializarse o no.

Pero, precisamente, la fuerza de esta promesa es que es el motor que hace expandir la producción y contratar fuerza de trabajo con vistas a obtener un plusvalor.23 Porque se cree que la promesa de una mayor rentabilidad se va a cumplir, se investigan adelantos técnicos, se instalan fábricas y se adoptan nuevas técnicas de organización. En suma, se configura un paisaje urbano e industrial completamente nuevo. En la medida en que estas expectativas se auto-realizan, el proceso seguirá su expansión. El problema es que tarde o temprano, este proceso expansivo se tropezará con unos límites ineludibles, porque en la nueva sociedad que ha contribuido a crear aflorarán problemas de índole político que no se pueden resolver mediante mayores expansiones del capital.

A continuación, vamos, pues a desarrollar más detenidamente este modelo de las crisis en Marx.24

El punto de partida de este modelo de ciclo económico hay que situarlo en el momento en que los propietarios o gestores del capital se fijan en una determinada zona, porque creen que allí se puede obtener una mayor rentabilidad para su capital. Este optimismo sobre el potencial económico de la zona puede deberse a varias razones, una buena localización geográfica, la concentración de sus principales suministradores, la calidad de las infraestructuras, los bajos costes laborales, una actitud cooperativa por parte de las autoridades, etc.25

El caso es que, con la promesa de una mayor rentabilidad, los propietarios de capital se muestran dispuestos a emprender proyectos en la zona, ya sea mediante una participación directa en empresas que ya operan en la zona o, mediante la concesión de un crédito a las mismas.

La inyección de nuevos capitales tiene un efecto expansivo sobre la economía. Los negocios ya establecidos pueden tener más pedidos abasteciendo a los nuevos proyectos. Del mismo modo, los habitantes de la zona pueden encontrar trabajo en los proyectos recién emprendidos, que se encuentran ávidos de fuerza de trabajo. Si todo va según lo previsto, es decir, si las promesas de mayores beneficios se van cumpliendo, entonces la zona servirá de imán a más inversiones.

Muy probablemente, la población autóctona no basta para satisfacer toda demanda de mano de obra que requieren los nuevos proyectos, por lo que se tendrán que ofrecer salarios más altos para atraer a trabajadores. Marx acuño el término de “ejército industrial de reserva” para explicar la constante necesidad del capital de disponer siempre de una abundancia de mano de obra para tener cubierta en la medida de lo posible la demanda de fuerza de trabajo.

En una situación de auge económico, como la que estamos describiendo, dada la relativa escasez de la población para trabajar con respecto a las necesidades del capital, con el consiguiente riesgo de paralización del crecimiento, se van a poner en marcha amplios procesos migratorios. Del campo a la ciudad, de regiones o incluso de países lejanos, atraídos por la esperanza de mejores salarios, se desplazarán masas enormes de trabajadores y posteriormente de familias enteras hacia los nuevos centros de expansión.

La expansión del capital ha reconfigurado, pues, de una manera radical la fisonomía de la zona. La población está viviendo tiempos vertiginosos de urbanización e industrialización masivas. Los flujos continuos de dinero parecen dar la razón a los que apostaron por el potencial económico de la zona.

Sin embargo, aunque el capital esté creando una ciudad nueva (o si se quiere una sociedad nueva), eso no significa que sepa ocuparse de los problemas políticos que empiezan a brotar. En efecto, la vida en sociedad es algo más que la aglomeración de un conjunto de individuos sin ningún contacto entre sí. Por el hecho de vivir sobre el mismo territorio, en los mismos edificios, de compartir las mismas calles, de trabajar o de buscar trabajo en las mismas empresas, de estar sometidos a las mismas leyes, los individuos tienen que crear un espacio público, un espacio donde hacer oír su voz y debatir los problemas que afectan a todos de una manera colectiva.

La salud, por ejemplo, no es un asunto individual, que sólo atañe al modo de vida particular del individuo. La salud es un problema que debe debatirse y tratarse de una manera colectiva, pues los riesgos a la misma proceden de ámbitos que están más allá de las decisiones personales que pueda tomar un individuo. La salud tiene que ver con las condiciones medio-ambientales del entorno en que viven los individuos, con la calidad de su alojamiento, con el tipo de maquinaria que se utiliza en el puesto de trabajo.26 Las salud es, pues, un problema colectivo, porque difícilmente un individuo puede permanecer sano si el resto de la sociedad está enfermo.

Igualmente, el nuevo espacio urbano creado por la expansión industrial presenta problemas de otra índole que también son problemas colectivos. Problemas sanitarios, sin duda, pero también problemas de transporte, de equipamiento urbano (parques, hospitales,…), problemas ecológicos, etc. Se presenta también otro problema que está también relacionado con todos los anteriores: la sensación de impotencia que aflige a los individuos del nuevo espacio urbano, la sensación de que sólo son los apéndices de una maquinaria que no pueden controlar. Como en el caso de la salud, un individuo no puede sentirse autónomo, dueño de su propio destino, si las personas más allegadas se sienten piezas prescindibles de un engranaje.

Este cúmulo de problemas sociales trastorna la confianza optimista en la que se ha basado la expansión del capital, porque estas inquietudes no entraban originalmente en sus cálculos. Y no pueden entrar, porque se trata de problemas políticos, de problemas que exigen debates públicos y, por tanto, en primer lugar, una toma de conciencia, luego, la formulación de propuestas y, finalmente, un debate donde se puedan percibir todas las facetas de la realidad.27 A diferencia de los problemas económicos, del tipo de minimizar costes o de racionalizar el uso de un recurso, los problemas políticos no tienen una solución tan simple, porque en ellos de lo que se trata es de convencer de la legitimidad de las propias aspiraciones. El resultado de un debate, si se da entre adultos libres, nunca se puede predecir de antemano.

De modo que el capital, comprometido con ofrecer una rentabilidad dada, se ha tropezado con toda esta serie de problemas. Desde un punto de vista meramente económico, estos problemas políticos pueden desembocar en a) un aumento de los salarios por parte de unos trabajadores más conscientes de sus derechos, b) un aumento de la renta de la tierra, al ser cada vez más difícil encontrar terrenos nuevos donde edificar más fábricas, c) la amenaza de una subida de impuestos sobre las empresas para sufragar gastos sociales y/o policiales, d) un aumento del tipo de interés o una mayor dificultad en renovar los préstamos ante la creciente inquietud de los acreedores que temen el cariz que están tomando los acontecimientos, y e) una combinación de todas las anteriores.

Ante las crecientes amenazas que se ciernen sobre la rentabilidad del capital, sus dueños pueden combinar dos opciones, perfectamente compatibles, o bien, una huida del capital hacia zonas donde la rentabilidad no se perciba amenazada, lo que generaría una desindustrialización en la zona que queda abandonada, o bien una substitución de fuerza de trabajo por maquinaria, pues esta última es ahora relativamente más barata que la primera.28

En ambos casos, se produciría un aumento del paro (o en términos marxistas, un aumento del “ejército industrial de reserva”), siendo probable que esto ejerza una fuerte moderación sobre los salarios y, a la postre, sobre los precios y el tipo de interés. En este nuevo escenario, se recuperaría la confianza en una mayor rentabilidad y, de nuevo se pondría en marcha el ciclo económico.

 

  1. La miseria del “economicismo”. Una reflexión sobre la industrialización estalinista.

El punto clave que conviene retener de este modelo de ciclo económico expuesto en el apartado anterior es que la crisis estalla ante la incompatibilidad de las promesas, o, en términos más modernos, de las expectativas, y los problemas de tipo social y político que genera toda expansión industrial y urbana de envergadura.29 Por un lado, los propietarios del capital exigen una rentabilidad dada, no inferior a la que obtendrían en inversiones supuestamente seguras. De este modo, el trabajo, la tierra y la maquinaria, en suma, todos los recursos productivos tienen que amoldarse al ritmo que presumiblemente satisfaga con mayor holgura las exigencias de rentabilidad. Por otro lado, por muy vitales que sean para garantizar una vida en sociedad, todas aquellas actividades extra-económicas (ya sea el cuidado de los niños y ancianos, el cultivo de las amistades personales, el disfrute del ocio o el fomento de la imaginación y la sensibilidad) que, desde un punto de vista meramente económico, no reportan un beneficio tangible, o son irrelevantes o son una traba para la expansión económica.

Las actividades mencionadas en el párrafo anterior no son reducibles a una lógica económica. En la amistad, por ejemplo, el mero hecho de plantear la pregunta, “¿los beneficios que voy a conseguir por entablar una amistad con este señor superará los costes que acarrea una operación de este tipo?” destruiría ese elemento recíproco y desinteresado que debe existir siempre entre amigos. Algo parecido pasa con los modales de urbanidad: una persona que sólo muestra sus buenas maneras con sus superiores o con sus clientes es una persona sin modales de ningún tipo.

Lo que caracteriza este tipo de actividades es que son actividades que no se pueden realizar de manera individual. La familia o la amistad requieren de la presencia de otros. Cultivar la sensibilidad implica, entre otras cosas, poder expresar y compartir sensaciones con otras personas. Se trata, en suma, de actividades con una dimensión social, pues requieren del concurso de otros, que aporten otras visiones, otras inquietudes, otras visiones del mundo que compartimos. Se puede decir, que, por ello, son actividades “políticas”, pues para su realización las personas deben ser capaces de haberse puesto en contacto entre sí, de haber establecido unos vínculos voluntarios y duraderos entre ellas, que contribuyan a dotar de sentido al mundo en que vivimos y a despertar la curiosidad por el mismo.30

Y evidentemente, si se quiere que estas relaciones florezcan, habrá que habilitar espacios donde puedan tener lugar, espacios como escuelas, guarderías, salas de música, parques, bibliotecas, centros de debate e intercambio de ideas. En contra de algunas utopías libertario-capitalistas, estos espacios no pueden dejarse sólo en manos de iniciativas privadas, porque en ese caso entrarán inevitablemente consideraciones económicas que terminarían imponiendo la lógica del máximo beneficio. De alguna manera, estos espacios deben quedar protegidos de la competencia económica.

Es en este punto donde hay que entender una tensión que ha atravesado permanentemente el pensamiento de Marx. Por un lado, Marx es plenamente consciente de que el hombre es el ser social por naturaleza, que necesita de la presencia y de la compañía de otros para ser verdaderamente humano.31 Marx se mofa de las “robinsonadas” del utilitarismo inglés, que sólo conciben al hombre como un individuo aislado, cuyos gustos se forman independientemente de sus semejantes.

Pero, por otro lado, Marx privilegia el estudio de las relaciones económicas, es decir, de aquellas relaciones cuyo objetivo es la transformación del entorno mediante la utilización más eficiente de los recursos disponibles. Existe un riesgo de creer que las únicas relaciones entre personas dignas de consideración son las económicas.32 En ese caso, se cae en el mismo delirio que el de las “expectativas racionales” que veíamos anteriormente.

En efecto, si se considera que los únicos problemas dignos de interés son problemas de tipo económico, entonces, las autoridades públicas sólo deben plantearse la siguiente cuestión: “¿cuál es el modo de producción más eficiente?”, o, en otros términos, “¿cómo se debe organizar la sociedad para optimizar la producción de bienes y servicios?”. Dentro de estos estrechos parámetros, el criterio para juzgar si las instituciones de las que se ha dotado una sociedad cualquiera son defendibles o no es brutalmente simple: si esas instituciones frenasen las fuerzas productivas, entonces son condenables. Si, por el contrario, permitiesen desarrollarlas al máximo, entonces la sociedad no tiene nada de que quejarse.

Nótese que con estos criterios un debate político democrático no tendría ningún sentido, pues quien tendría los elementos de juicio no sería el trabajador explotado o el ciudadano que vive en condiciones insalubres, sino el experto técnico, cuyos conocimientos le permiten ver el desarrollo de las fuerzas productivas en toda su amplitud sin que “sentimentalismos” de ningún tipo le nublen la vista.

Formulada de una manera tan franca, por muy aberrante que parezca, esta ideología, por así llamarla, “economicista” presenta una serie de ventajas obvias. La primera, que arroja luz sobre problemas reales que afligen a los ciudadanos. La escasez, la falta de medios, la vulnerabilidad ante catástrofes naturales no son elucubraciones intelectuales, sino amenazas a la supervivencia de los individuos. Por ello, es normal que todo pensamiento que aspire a una relevancia práctica debe interesarse por la dinámica del crecimiento económico. Es exigible a toda autoridad pública (y máxime en situaciones de urgencia) que asigne recursos con responsabilidad.

La segunda ventaja es que es simple, e incluso simplista, lo que significa que permite eludir cuestiones más incómodas. Así, enfrentadas a múltiples desafíos que superan su capacidad, el “economicismo” ofrece a una tranquilidad de ánimo a las autoridades. Ante el deterioro del medio ambiente, ante la explosión caótica de las ciudades, ante la insuficiencia de las infraestructuras públicas, ante la inestabilidad política, ante las desigualdades sociales, ante las emergencias sanitarias, plagas que desgraciadamente atenazan a las sociedades más pobres, el “economicismo” es un bálsamo que infunde confianza a quienes lo prueban. Encontrada la llave de un crecimiento económico rápido, se resolverán los problemas más apremiantes y, así, el resto se irán automáticamente superando.

La tercera ventaja innegable es que brinda un enorme protagonismo a los técnicos. Todo estado moderno necesita de sus técnicos y necesita contar con su competencia profesional para asignar racionalmente recursos. El problema surge cuando se aplican criterios técnicos para zanjar cuestiones políticas, cuando se cree que los técnicos, en virtud de su calidad profesional, son capaces de sustraerse a las pasiones ideológicas, que oscurecen el camino correcto para alcanzar al mayor bienestar posible de la sociedad.

Por todas estas razones, podemos encontrar planteamientos “economicistas” en prácticamente todos los gobiernos, ideologías y partidos del mundo contemporáneo. Por supuesto, en el movimiento socialista también, tanto en su versión social-demócrata, como en su versión comunista. Sin embargo, quizá sea el estalinismo donde se haya dado la variante de “economicismo” más caricaturesca. Especialmente delirante fue el fenómeno conocido como “zhdanovismo”, término acuñado en honor de Andrei Zhdanov, quien promulgó la doctrina del “realismo socialista” para el arte y la literatura en el congreso de escritores soviéticos de 1934. 33

El “zhdanovismo” venía a significar el fin de toda experimentación artística y el encuadramiento de toda la producción cultural en aras de la construcción del socialismo, que, en la concepción de Stalin, consistía en el desarrollo prioritario de la industria pesada. Los escritores y artistas pasaban a ser “ingenieros de almas”, cuyas obras debían ser edificantes para los trabajadores, de manera que, imbuidos de buenos ejemplos, aumentasen su dedicación y empeño. El “zhdanovismo” está íntimamente ligado al modo de ejercicio del poder de Stalin y al tipo de industrialización que apadrinó: una industrialización rápida, masiva y voluntarista.

La industrialización de tipo estalinista es uno de los casos de “economicismo” más desaforados de la historia.34 Aunque la idea que estaba detrás de este tipo de industrialización hoy en día haya quedado completamente obsoleta, resultaba convincente en el contexto finales de los años 20 del pasado siglo. Esta idea consistía en la creencia de que un país soberano y líder debía disponer cuanto antes de una poderosa industria pesada con la que mejorar el nivel de vida de las generaciones futuras y hacer frente a los enemigos exteriores. Para ello, los responsables políticos fijaban una serie de objetivos cuantitativos (producción de acero, producción de trigo, etc…) que las diferentes unidades productivas debían cumplir a toda costa. Daba igual que los objetivos fueran completamente demenciales y irrealistas. Lo que se esperaba era que con un esfuerzo enorme de la población se liberasen las energías latentes de la sociedad y echaran a andar grandes complejos industriales, que en los países desarrollados se había tardado décadas en construir.

Conviene insistir en que un esfuerzo movilizador de este tipo hubiera requerido una gran coordinación entre las distintas ramas productivas y las agencias gubernamentales. Pero las autoridades soviéticas no “planificaban”, sino que simplemente dictaban unos objetivos, que todos los miembros de la sociedad debían afanarse en alcanzar. Estos objetivos estaban basados en la esperanza de éxitos rápidos y arrolladores que, a su vez, impulsarían éxitos en otros sectores y así sucesivamente.

Así, la colectivización y mecanización de la agricultura soviética estuvieron presididas por el supuesto de que estos procesos generarían una gran abundancia de cereales con los que alimentar al campo y unos centros urbanos en plena expansión. En la práctica, sucedió justo todo lo contrario. De igual modo, las metas fijadas en otros terrenos rara vez se cumplían, desencadenando serios problemas de abastecimiento en ciudades que estaban creciendo a marchas forzadas.

En este contexto, es especialmente relevante recordar que Stalin se hizo con la secretaría del Partido Comunista mediante una serie de maniobras y de intrigas políticas, lo que le indujo a pensar que, si con dichos métodos habían alcanzado al poder, también por medios similares podía ser desalojado. Aunque en realidad, su poder jamás se vio seriamente cuestionado, Stalin sentía una gran desconfianza hacia todos sus colaboradores, porque le asediaba la sospecha de que las fuerzas que le habían apoyado podían fácilmente volverse en su contra. La industrialización de la Unión Soviética se convirtió en un objetivo prioritario no sólo por cuestiones de estrategia, sino también porque Stalin se había comprometido plenamente con ella y cualquier retraso, cualquier vacilación, podía sembrar dudas sobre la capacidad del máximo líder de atender a sus compromisos.

Sin embargo, a medida que se aceleraba la industrialización y urbanización, problemas de todo tipo se acumulaban ante la impotencia e incapacidad de las autoridades. Reconocer que el proceso industrial iba demasiado deprisa y que sería preciso replantearse los objetivos era impensable en el sistema estalinista, pues eso equivaldría a poner en duda su capacidad como gobernante y su legitimidad. La paradoja es que más industrialización no traía más armonía, sino mayores tensiones, a las que las autoridades respondían con más industrialización. Como las metas a las que se aspiraba resultaban inalcanzables y el sistema político no estaba dispuesto a aceptar la menor crítica, entonces, sólo quedaba una explicación para dar cuenta de todos los fracasos y retrasos, la existencia de traidores emboscados que estaban saboteando la carrera de la industrialización.

Dada la incapacidad del sistema político estalinista de recibir críticas, pues con ello se temía que se resquebrajase su confianza y su autoridad, la industrialización soviética de los años 30 estuvo acompañada de lo que Moshe Lewin ha llamado acertadamente “paranoia sistémica”.35 La creencia de que las dificultades y desastres que iban sacudiendo la industrialización eran obra de agentes que se escondían en todas partes, incluso en altas esferas, alimentaba constantemente la búsqueda de culpables. A su vez, el propio caos de la industrialización reforzaba esta paranoia. El sistema soviético necesitaba de manera apremiante de cuadros competentes para llevar a cabo el proceso, quienes, formados muy apresuradamente, se revelaban incapaces de controlar los desbordamientos del sistema, por lo que, a los ojos de Stalin, aparecían como enemigos saboteadores, quedando así marcados como potenciales víctimas de purgas. Pero, recíprocamente, las depuraciones agravaban los problemas y adicionalmente la paranoia.

Tras la muerte de Stalin, en 1953, la sociedad soviética estaba exhausta como consecuencia de un brutal proceso de industrialización, de la “paranoia sistémica” del sistema político, y de la agresión de la Alemania nazi. Las nuevas elites gobernantes eran plenamente conscientes de ello y de que con un estilo de gobierno paranoico jamás conseguirían ni estabilizar al país ni, por añadidura, su propia situación. Por ello, siguieron siendo igual de “economicistas” e igual de impermeables a las demandas populares, pero adoptaron una actitud más pragmática, o, si se quiere, más cínica, en cuanto al logro de los objetivos económicos.

De todos modos, este nuevo pragmatismo se demostraría incapaz de comprender las nuevas aspiraciones de una sociedad urbana, más cualificada que las generaciones precedentes, y poco a poco iría perdiendo totalmente el control de la economía. El sistema post-estalinista no suscitaría la adhesión de sus ciudadanos, pues le resultaba imposible movilizar ideológicamente a estos últimos o garantizar un bienestar material comparable con el de sus inmediatos rivales capitalistas. Paulatinamente, el desencanto y la pérdida de confianza irían corroyendo el sistema desde dentro hasta su implosión final en 1991.36

 

  1. Más allá del “economicismo”.

Sin duda, el estalinista es uno de los ejemplos de “economicismo” más desquiciados de la historia, de una incapacidad absoluta para permitir que los ciudadanos comunes se organicen autónomamente y expresen sus dudas, sus temores y sus críticas sobre las implicaciones del desarrollo económico e industrial, aunque ello implique detener su ritmo. Aunque eso signifique que las autoridades puedan ser recusadas por ciudadanos que no están convencidos del fundamento de sus objetivos.

El modelo de ciclo económico que he presentado en el tercer apartado es de especial relevancia, porque aporta elementos que permiten romper con ese espíritu tecnocrático. La actualidad de este modelo estriba en que subraya una radical incompatibilidad entre las promesas que se hacen los iniciadores del proceso productivo y las nuevas demandas sociales que lo acompañan.

Cuando se inician proyectos económicos que se espera sean más rentables que los precedentes, se van a adoptar nuevas tecnologías o nuevos métodos de organización, cuyas consecuencias sociales y medio-ambientales no son conocibles de antemano, precisamente porque todavía no se conoce la opinión de aquellos que las van a experimentar directamente, los trabajadores y sus familias. Pero, una vez que el emprendedor se ha comprometido a ofrecer una rentabilidad determinada, por muy descabellada que sea esta promesa, debe recurrir entonces a todos los medios necesarios para producir y vender las mercancías.

Surge aquí pues la cuestión de qué medios son lícitos para alcanzar esa rentabilidad. ¿Se puede emplear amianto o sustancias tóxicas? ¿Se pueden aplicar castigos físicos para estimular el rendimiento de los trabajadores? ¿Se puede invadir la vida privada de las personas? ¿Se puede presionar a la autoridad pública para que cambie las leyes o sobornar a los funcionarios para poder esquivarlas?

Al igual que en la tragedia griega, el capital atraviesa una etapa de máxima arrogancia, en la que se ha alejado de todo límite humano y cree por ello que puede moldear la sociedad a su antojo. Por tanto, se emplea a fondo para eliminar todas las trabas que frenan su expansión. Pero, a la arrogancia, sigue el castigo, porque los destrozos se acumulan en forma de daños sobre las personas o el medio ambiente o en forma de inestabilidad política. Aunque la sociedad no llegue a organizarse políticamente para defenderse, de una manera o de otra estos costes terminarán planeando sobre todos los implicados, arrojando una sombra sobre la posibilidad de alcanzar la rentabilidad prometida y la capacidad de que el capital cumpla sus compromisos.

Evidentemente, se puede hacer una lectura “economicista” del modelo. Se puede, por ejemplo, pensar que el ciclo económico puede ser manejado con políticas macroeconómicas. Es decir, si la economía se está expandiendo en exceso, el gobierno puede aumentar los impuestos y subir los tipos de interés para evitar un exceso de confianza que se terminaría pagando. A la inversa, si la economía está en depresión, el sector público puede reducir los tipos de interés y expandir el gasto para permitir la recuperación económica.

Igualmente, desde una perspectiva más ortodoxa, se puede pensar que el ciclo económico es el resultado de un descontrol de las presiones inflacionistas. Desde esta perspectiva, como los agentes maximizan en todo momento su utilidad, por tanto, en una situación de pleno empleo los trabajadores no se verían concernidos por la amenaza de perder su empleo, por lo que pedirían infinitos aumentos salariales, que desembocarían en inflación. De acuerdo con este enfoque, el pleno empleo que acompaña a una vigorosa expansión económica se traduciría en insoportables presiones inflacionistas que precipitan la fase de crisis, por lo que es conveniente prevenir el fortalecimiento de los sindicatos y de los gastos sociales que inhiben los mecanismos competitivos del mercado.

Ante fenómenos de fluctuaciones económicas, que se observan en todas las economías, se pueden realizar dos lecturas economicistas como las que he mencionado. Si reducimos a Marx al papel de un mero precursor de las teorías del ciclo económico, entonces su investigación no sería más que un anticipo de teorías más actuales y por tanto su estudio sólo sería recomendable como curiosidad erudita.

Sin embargo, el interés que despiertan las reflexiones de Marx es otro. Cuando lo que se está negociando no son objetos tangibles, reales, sino, como sucede en los mercados financieros, promesas de un beneficio futuro, siempre existirá el riesgo de que los negociadores pierdan el contacto con la realidad y se dejen seducir por espejismos de flujos de ganancias ilimitados al alcance de la mano con un mínimo esfuerzo. Por muy fantasiosas que sean, estas representaciones juegan un papel clave a la hora de determinar las rentabilidades exigidas.

Un economista ortodoxo respondería que, si los agentes han cometido fallos de percepción, ya se encargarán los mercados de corregirlos. Según él, el fracaso de la experiencia soviética fue el resultado de la supresión del mercado. Sin embargo, el estudio del estalinismo es relevante, porque en la industrialización de los años 30 del siglo pasado también se estaba pensando en promesas, en este caso, no tanto de flujos de dinero, como de una avalancha de bienes y servicios, una vez concluido el proceso. Pero, de igual modo que en la mente de un dictador aislado anidan quimeras, también en mercados financieros que han perdido todo contacto con la realidad se producen monstruos.

Por muy desarrollados que estén los mercados, que una promesa resulte fundada o no es algo que sólo puede saberse a posteriori, después de haber puesto en marcha el proceso productivo. Mientras los gestores crean que esa promesa tiene posibilidades de materializarse, combinarán todos los medios posibles para que el flujo de beneficios esperados se haga realidad.

Ya se ha señalado cómo estos procesos productivos engendran consecuencias que no son sólo económicas, que no sólo afectan a los trabajadores contratados, sino a la sociedad en su conjunto. De igual manera, el fracaso de las promesas que iniciaron estos procesos, también acarreará consecuencias que no sólo incumben a los firmantes del contrato original. Cuando las empresas son incapaces de entregar los intereses prometidos, el balance de los bancos se deteriora y la confianza en el sistema financiero se tambalea.

Cuanto mayor sea la discrepancia entre los beneficios esperados y los beneficios realmente obtenidos, mayor será la intensidad de la decepción y mayor será el daño causado a la reputación del sistema financiero. Con un sistema financiero seriamente tocado, los agentes huyen del dinero crediticio, buscando valores seguros y paralizando completamente el sistema productivo.37

En este escenario, es completamente ilusorio pensar que la autoridad pública va a permanecer discretamente al margen, esperando que el mercado se auto-regule. El problema es que en situaciones de emergencia es imposible saber no sólo cómo van a reaccionar los gobernantes, sino más aún cuán sólidas son las instituciones políticas y sociales del país. En países con instituciones frágiles, el riesgo de una depresión brusca e imprevista es que se destruyan las reglas de juego de las que tan afanosamente se ha dotado la propia sociedad.

Por ello, la lección que puede extraerse del modelo de ciclo económico de Marx es que no se pueden plantear las cuestiones económicas ignorando el contexto social y político. Las fluctuaciones económicas según Marx no es algo que se pueda gestionar mediante políticas macroeconómicas o mediante la desregulación del mercado de trabajo. El ciclo económico se alimenta de las fantasías del capital y la sociedad debe protegerse para que estas fantasías no la enreden, arrastrándola a la ruina cuando se revelen imposibles.

Llegados a este punto, es importante detenerse en el papel que, desde la muerte de Marx, ha jugado el reconocimiento del derecho a la negociación colectiva como mecanismo de defensa de la sociedad frente a las quimeras del capital. El derecho a la negociación colectiva implica reconocer que el mercado de trabajo es un mercado especial, que el contrato que firman el empresario y el trabajador no sólo les incumbe a ellos, sino también al resto de trabajadores, como mínimo, a los de la propia empresa. Por tanto, debe reconocerse la existencia de sujetos colectivos autónomos, como los sindicatos, para negociar las condiciones y remuneraciones del trabajo.38

El derecho a la negociación colectiva garantizaba, pues, que los trabajadores dispondrían de un espacio propio donde formar su opinión y desde el cual hacer oír su voz sobre las condiciones en las que trabajaban y vivían. Cuando los sindicatos estaban animados por una ideología propia, que a veces chocaba frontalmente con las ideas hegemónicas, el derecho a la negociación colectiva implicaba aceptar la legitimidad de esta otra ideología, así como la autonomía de quienes la compartían. Entonces, las victorias conseguidas por un movimiento sindical, cuya legitimidad se basaba en su autonomía, en una visión del mundo propia, eran percibidas por parte de sus representados, no como una graciosa concesión del gobierno o la patronal, sino como logros propios.

Así, los trabajadores sentían que sus sindicatos realmente les representaban y que las instituciones políticas y sociales del país que estaban contribuyendo a formar no eran unas imposiciones externas, o una estrategia para embaucarlos, sino instituciones que también eran suyas. De este modo, la posibilidad de participar activamente en la vida pública y de poder formular propuestas relevantes sin manipulaciones de ningún tipo permitía implicarse plenamente en la deliberación de los asuntos públicos y desarrollar el sentimiento de pertenecer a una sociedad.39 Como muy bien explica Alain Supiot, la negociación colectiva transforma unas relaciones originariamente de conflicto, de fuerza en relaciones civilizatorias de derecho, que crean jurisprudencia, impulsando la legislación social.40

Igualmente, la existencia de organizaciones de clase que disponían de mecanismos para ser autónomos y que estaban orgullosos de serlo ejercía un fuerte contrapeso a la hora de establecer la rentabilidad esperada del capital. Podemos decir que esta dinámica frenaba la arrogancia del capital, al obligarle a ver una faceta de la realidad que de otro modo hubiera ignorado. Así, la presencia de un movimiento sindical independiente marcaba una serie de límites claros a los métodos y técnicas que se podían aplicar dentro del lugar de trabajo, lo que permitía una evaluación más sobria y realista de los procesos productivos y de sus beneficios esperados.

Sin embargo, desde mediados de los años 70 del siglo pasado, el panorama se ha modificado sustancialmente. La mayor movilidad del capital, la revolución de las tecnologías de la información, la decadencia del sector industrial y el auge de los servicios, el hundimiento del “socialismo real”, la ofensiva neo-liberal y una economía que se ha globalizado sin órganos políticos o jurídicos de ningún tipo, todos estos factores han contribuido a debilitar los mecanismos de defensa de la sociedad frente a los sueños desbocados de beneficios futuros infinitos.

Volviendo a las reflexiones sobre la tragedia con las que iniciábamos este artículo, la eliminación de los grilletes que lo ataban a la tierra ha desatado la arrogancia de un personaje trágico, que no es un ser de carne y hueso, sino un sujeto anónimo e impersonal, el capital. Dejado a sí mismo, este protagonista reproducirá ciclos económicos como los estudiados por Marx y los seres humanos estarán encerrados en trampas, que ellos mismos alimentan sin quererlo, como personajes de Bertolt Brecht. Urge, pues, crear mecanismos a escala mundial que impidan a las fantasías del capital prolongar un estadio de delirio.

Notas

1 La reflexión más importante sobre el significado de la tragedia se encuentra en la Poética de Aristóteles. No obstante, este artículo está sobre todo influido por el magistral análisis de Augusto Boal, quien también extiende su estudio al teatro de Bertolt Brecht. Véase Augusto Boal, Théâtre de l´oppimé, (1975), edición francesa en La Découverte, París, 1996.

2 Una interpretación excelente de Antígona se encuentra en el ensayo de Cornelius Castoriadis “Anthropogonie chez Eschile et l´autocréation de l´homme chez Sophocle”, publicado en Figures du pensable, Éditions du Seuil, 1999.

3 “Will all great Neptune´ s ocean wash this blood clean from my hand? No, this my hand will rather the multitudinous seas incarnadine making the green one red.”

4 Terry Eagleton en The Idea of Culture (Blacwell, Oxford, 2000) ofrece un análisis muy brillante de la filosofía que está detrás de El rey Lear. Véanse pp. 97-111.

5 Véase Louis Dumont, Homo Aequalis , 1977, Galimard, 1985 .

6 David Simpson, “Are We There Yet?”, London Review of Books , 17 de febrero de 2005.

7 El análisis marxista del dinero se encuentra en el capítulo III del libro I de El Capital , (1867), edición española de Siglo XXI, 1984. Marx retomará, de todos modos, el estudio del dinero en el Libro III (1894), siendo de especial relevancia los capítulos XXXII, XXXIII, y XXXV.

8 Marx lo enuncia así “[La] existencia funcional dinero absorbe su existencia material”. El Capital ,   Libro I (1867), pp. 157-8.

9 “El crédito (…) desplaza al dinero y usurpa su lugar. Es la confianza en el carácter social de la producción la que hace aparecer la forma dineraria de los productos como algo solamente evanescente e ideal, como una mera representación. Pero no bien se conmueve el crédito (…), entonces toda la riqueza real debe transformarse súbita y efectivamente en dinero, en oro y plata.”. El Capital, Libro III, (1894), pp. 739.

10 El Capital, Libro I, pp. 139-140.

11 En su novela Viaje al fin de la noche , Louis-Ferdinand Céline describe a dos corruptos militares de una guarnición colonial. El teniente Grappa se dedica a extraer el tributo de los indígenas mediante la violencia, mientras que el sargento Alcides vende a la tropa nativa tabaco a crédito, de manera que estos últimos tienen que producir mercancías para saldar las deudas que han contraído con el sargento. Como observa sarcásticamente el narrador, “(…) había espacio para dos sistemas de civilización, el del teniente Grappa, más bien a la romana, que azotaba al sometido para sacarle el tributo, del que retenía, según Alcides, una parte vergonzante y personal, y luego el sistema Alcides propiamente dicho, más complicado, en el cual se discernían ya los signos del segundo estadio civilizador, el nacimiento en cada fusilero de un cliente, combinación militar-comercial, en suma, bastante más moderna, más hipócrita, la nuestra”. Louis-Ferdinad Céline, Voyage au bout de la nuit , (1932) edición de Gallimard, 1996, p. 156.

12 El Capital, Libro I, p. 161.

13 Véanse pp. 159-164.

14 En términos microeconómicos, Marx parte de que, en mayor o menor grado, todos los agentes están sometidos a restricciones de crédito. Las restricciones de crédito no son un caso particular que afecta a algunos hogares, sino que, al revés, no poder acceder ilimitadamente al crédito para financiar el consumo presente es el estado normal de la mayoría de los hogares, tanto más cuanto más modesta sea su posición económica. Como curiosidad, para un modelo que formaliza de forma muy penetrante estos argumentos, véase Angus Deaton, The Analysis of Household Surveys, The World Bank, Johns Hopkins University Press, 1997, en particular el capítulo 6, “Saving and Consumption Smoothing”, pp. 363-372.

15 El Capital, Libro I, p. 161.

16 Id., p.162.

17 I d., p.170

18 El Capital, Libro III, p.740.

19 El Capital, Libro III, pp. 665-6

20 El Capital, Libro III, p.762-3.

21 El Capital , Libro I, p.170.

22 Sobre “expectativas racionales”, véase Robert E. Lucas, “Some International Evidence on Output- Inflation Tradeoffs”, American Economic Review, vol. 63, junio 1973; Thomas J. Sargent y Neil Wallace, “´Rational´ Expectations, the Optimal Monetary Instrument, and the Optimal Money Supply Rule”, Journal of Political Economy , vol. 83. abril 1975; Robert E. Lucas, “Principles of Fiscal and Monetary Policy”, Journal of Monetary Economics, vol. 17, enero 1986

23 “La fuerza de trabajo no se compra aquí para satisfacer, mediante sus servicios o su producto, las necesidades personales del comprador. El objetivo perseguido por éste es la valorización de su capital, la producción de mercancías que contengan más trabajo que el pagado por él, o sea que contengan una parte de valor que nada le cuesta al comprador y que sin embargo se realiza mediante la venta de las mercancías. La producción de plusvalor, el fabricar un excedente, es la ley absoluta de este modo de producción”. El Capital, Libro I. p.767.  

24 Este modelo de las crisis se encuentra explicado en el Lbro I, sobre todo en los cuatro primeros epígrafes del capítulo XXIII, “La ley general de la acumulación capitalista”. También se pueden leer apuntes muy interesantes en la sección tercera del Libro III, “Ley de la baja tendencial de la tasa de ganancia (véase en especial el capítulo XIV, “Causas contrarrestantes”, para un esbozo de la teoría del ciclo económico). Como curiosidad, es preciso destacar que este modelo de ciclo económico ha sido formalizado mediante ecuaciones dinámicas por Goodwin, véase Meghnad Desai, “Growth Cycles and Inflation in a Model of Class Struggle”, Journal of Economic Literatur , 1973, pp. 527-45, reimpreso en Desai, Macroeconomics and Monetary Theory. Edward Elgar, Cheltenham, 1995.

25 Para una reflexión sobre las implicaciones geográficas del modelo de ciclo económico de Marx, véase David Harvey, The Limits to Capital, Verso, Londres, 1999.

26 Friedrich Engels, La condición de la clase trabajadora en Inglaterra , (1845), edición inglesa Oxford University Press, 1999. E.P. Thompson, The Making of the English Working Class , 1963,edición de 1991 en Penguin Books. Angus Deaton (2005) “The Great Escape : A Review Essay on Fogel´s The Escape From Hunger and Premature Death ”, NBER Working Paper No. W11308, disponible en internet http://papers.ssrn.com/sol3/papers.cfm?abstract_id=714079. François Ewald, L´État Providence , 1986, Grasset, París, edición de 1994.

27 Hanna Arendt, Qu´est-ce que la politique? Seuil, París 1995.

28 El Capital, Libro I, pp.794-5.

29 Véase El Capital, Libro III, pp. 320-1, para una formulación de estos argumentos, aunque expresados con cierta ambigüedad.

 

30 Para unas reflexiones de este estilo, Hanna Arendt, op. cit.

31 Como Marx apunta en las Tesis contra Feuerbach, “La esencia humana no es una abstracción inherente al individuo singular. En su realidad efectiva, ésta es el conjunto de relaciones humanas”.

32 Véase a este respecto el famoso prefacio de Contribución a la Crítica de la Economía Política. Louis Dumont, op. cit., ha advertido de este riesgo de una manera muy convincente y sutil

33 Terry Eagleton, Marxism and Literary Criticism , (1976), edición de Routledge, Londres, 1989.

34 Para un libro excelente sobre la Unión Soviética y su industrialización en los años 30, Moshe Lewin, Le siècle soviétique, (2003), edición francesa Fayard/ Le Monde Diplomatique.

35 Moshe Lewin, op. cit. pp. 109-14.

36 Marc Ferro, Naissance et effondrement du régimen communiste en Russie, Librarie Générale Française, 1997.

37 “[E] l propio dinero crediticio sólo es dinero en la medida en que representa absolutamente al dinero real en el importe de su valor nominal. Con el drenaje del oro, su convertibilidad en dinero –es decir, su identidad con el oro verdadero- se torna problemática. De ahí, las medidas coercitivas, el aumento del tipo de interés, etc., para asegurar las condiciones de esa convertibilidad (…) Una desvalorización del dinero crediticio (…) trastornaría todas las condiciones imperantes. Por ello se sacrifica el valor de las mercancías para asegurar la existencia fantástica y autónoma de este valor en el dinero. En general, como valor dinerario sólo se halla garantizado mientras lo esté el propio dinero. Por ello, es menester sacrificar muchos millones en mercancías a cambio de unos pocos millones en dinero. Esto es inevitable en la producción capitalista y constituye una de sus bellezas (…) Mientras el carácter social del trabajo se presente como la existencia dineraria de la mercancías y por consiguiente como una cosa situada fuera de la producción real, resultarán inevitables las crisis dinerarias, independientes de las crisis reales o como agudización de las mismas”. El Capital, Libro III, pp. 665-6, énfasis en el original.  

38 Alain Supiot, Le Droit du Travail , Presses Universitaires du France, París, 2004.

39 Esta idea acerca de la importancia de los conflictos entre clases dominantes y clases subalternas para formar instituciones libres y, en consecuencia, ciudadanos celosos de su libertad fue formulada por Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Alianza Editorial, Madrid, 2003, en particular en los capítulos III y VI del Libro I. Para una discusión muy sugerente de esta cuestión aplicada al caso de los partidos y sindicatos comunistas en Europa Occidental, véase Étienne Balibar. L´Europe, l´Amérique, la guerre, La Découverte, París, 2003, edición de 2005, pp. 125-34.

40 Alain Supiot, op. cit., pp 85-6.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 

Las tres dimensiones de la crisis (Introducción y Parte I,II.III.IV,V)

Las tres dimensiones de la crisis (Introducción y Parte I,II.III.IV,V)

Claudio Katz  (Argenpress)

Desde el estallido bancario del 2008 han aparecido muchos signos de una crisis sistémica del capitalismo. Esta convulsión no expresa solo el agotamiento de un régimen de acumulación o el estallido de la financiarización. Ha salido a flote una crisis múltiple de gran alcance social, geopolítico y ambiental. ¿Pero cuáles son los vínculos entre estos diversos impactos? ¿Cómo se relacionan los variados desequilibrios en curso?.

En los cinco artículos que presentamos a continuación se busca clarificar estas conexiones, partiendo de una distinción entre niveles coyunturales, estructurales e históricos de la conmoción. Esta diferenciación apunta a resaltar la existencia de varios tipos de crisis que han emergido en forma mixturada.

En el primer texto se analizan las causas inmediatas del temblor, indagando como han influido la hipertrofia financiera, la sobreproducción de mercancías y los desbalances comerciales en las tensiones de corto plazo.

El segundo artículo complementa esta caracterización estudiando los efectos geopolíticos de la crisis. Se evalúan las distintas reacciones de las grandes potencias, el nuevo papel de las economías intermedias y los padecimientos de los países periféricos. En este apartado se analiza, además, el alcance y las perspectivas de las resistencias sociales contra el ajuste.

El tercer texto aborda las causas estructurales de la crisis, en función de las transformaciones registradas durante la etapa neoliberal de los últimos veinte años. Se considera que los cambios operados bajo el capitalismo durante este período han dado lugar a desequilibrios singulares, en la esfera de la demanda y en el comportamiento de la tasa de ganancia.

El cuarto artículo analiza varias hipótesis de desemboque de la crisis. Describe las condiciones para un desenlace o una prórroga de las contradicciones estructurales, puntualizando las diferencias entre un marco deflacionario y otro inflacionario. Aquí se polemiza, además, con las interpretaciones neoliberales y keynesianas de la convulsión.

El último texto investiga el alcance histórico de la crisis, subrayando las dramáticas consecuencias de la degradación ambiental. Se explica por qué razón el calentamiento global plantea una amenaza civilizatoria, comparable a otras tendencias destructivas del capitalismo. También se describe la forma en que este fenómeno se desenvuelve en trayectorias temporales autónomas del ciclo corto y de las fluctuaciones largas. El estudio concluye analizando las perspectivas de un nuevo proyecto popular anticapitalista.

Las tres dimensiones de la crisis I. Coyuntura Económica

La crisis actual irrumpió en la órbita financiera estadounidense a mitad del 2007, cuando se verificaron grandes dificultades de pago de los créditos subprime. Los préstamos otorgados a los deudores poco solventes engrosaron primero la lista de operaciones de alto riesgo y desataron posteriormente una bola de nieve de alta morosidad. Los agujeros que aparecieron en los pequeños bancos norteamericanos pasaron a las grandes entidades y finalmente hicieron temblar a todo el sistema internacional.

A fines del 2008 el quebranto de Lehman Brothers desató un colapso de envergadura, que generalizó una sensación de inminente desmoronamiento. Esta impresión se atenuó durante el año pasado, por el monumental socorro que los estados otorgaron a las entidades quebradas. Como ese alivio ha continuado en el 2010 y la distensión perdura, algunos economistas ya proclaman el fin del terremoto.

Pero muchos datos indican la continuidad de un temblor, que en el plano coyuntural obedece a las tensiones generadas por los capitales sobre-acumulados, las mercancías sobre-producidas y los intercambios desproporcionados.

Resurge el festival financiero

El rescate de los bancos socializó las pérdidas, transfiriendo la bancarrota del sector privado a las finanzas estatales. Este respiro ha creado un enorme déficit en las tesorerías de los países avanzados.

El grueso de los recursos públicos ha sido destinado a recomponer la rentabilidad de los grandes bancos. El Citigroup o el Bank of America que hace pocos meses se encontraban fundidos, ahora exhiben altos lucros en sus balances. Parecería que Wall Street comienza a salir del marasmo con el sostén del estado.

Pero ese auxilio ha resucitado un festival de especulación en las Bolsas y en los mercados de títulos sofisticados. Mientras la recuperación de los depósitos es lenta y no regenera el crédito productivo hay numerosas burbujas en gestación. No solo comienzan a rebotar los precios de las materias primas y los bienes raíces. También las monedas y los títulos de las economías intermedias están en la mira de los grandes financistas. La deuda pública de varios países se ha convertido en una presa muy apetecida por los intermediarios financieros.

Este reinicio de la especulación ha sido también incentivado por los nuevos pagos de multimillonarias bonificaciones a los directivos de los bancos. Los cuestionamientos a esos premios que afloraron durante el cenit del colapso han pasado a segundo plano.

Los banqueros aprovechan el clima de alivio para imponer un congelamiento de las iniciativas de control financiero. Los paraísos fiscales han sido maquillados y la penalización de los movimientos cambiarios quedó pospuesta. Tampoco la supresión del secreto bancario se mantiene en la agenda de los debates. Los micro-países que encubren transacciones sospechosas (como Gibraltar, Andorra o Mónaco), solo deberán en el futuro transparentar informaciones de escasa relevancia.

Las distintas iniciativas de supervisión de las transacciones financieras internacionales se mantienen en suspenso. Todos esperan los cambios que introducirá Estados Unidos en su normativa bancaria interna, para extender estas modificaciones al plano global. Con su típica impronta neoliberal, el FMI ha recuperado el manejo de los grandes temas.

Pero los problemas que detonaron el estallido financiero persisten sin variantes, creando la posibilidad de otro temblor. El gigantismo de las entidades ha sido potenciando con nuevas oleadas de fusiones. Los bancos rescatados del naufragio porque “eran muy grandes para caer”, ahora protagonizan unas nueva secuencia de concentración financiera y centralización de las decisiones en un puñado de ejecutivos. (1)

Reaparece el descontrol del riesgo

Luego de la pausa impuesta por la crisis están resurgiendo las operaciones financieras desbocadas. El principal indicador de este florecimiento son los contratos de protección a transacciones con títulos frágiles o amenazados por la cesación de pagos de los emisores (CDS). En los últimos meses se dispararon los precios y los volúmenes de estas negociaciones. (2)

La desaprensión por el riesgo vuelve a escena, a pesar de la creciente difusión de los malabarismos contables que realizan los bancos para ocultar sus quebrantos. Ya se sabe que Lehman Brothers disfrazó en sus balances 50.000 millones de dólares de activos con problemas, durante los meses que precedieron a su colapso. Este disfraz ha sido también un hábito de muchos gobiernos, para vulnerar las restricciones del endeudamiento mediante contabilidades duplicadas.

Grecia eludió por ejemplo los controles de la Unión Europea, utilizando desde el 2001creditos con derivados provistos por Goldman Sachs y Portugal recurrió entre 1998 y 2003 a las mismas trampas contables, para tomar préstamos del Deutsche Bank. Otro canal frecuentado para eludir los registros ha sido un indescifrable endeudamiento con distintas monedas y variados seguros de riesgo cambiario.

Los fraudes que salen a la superficie ya no involucran solo préstamos abusivos o distorsiones en el manejo de los créditos. Ahora se sabe que los bancos de inversión pusieron en práctica estafas premeditadas, lanzando bonos que deformaban los datos para embaucar a los tenedores. Mediante el ocultamiento de esa información indujeron a una desvalorización de esos títulos, para engrosar sus ganancias de intermediación.

Pero la crisis ha demostrado cuán virulento es el estallido que corona estas prácticas especulativas. Los mercados realmente existentes son ajenos a las fantasías de equilibrio, racionalidad y mesura, que proclaman los manuales de economía convencional. Cuando estalla un crack, los financistas se alistan en la primera fila de los prófugos que abandonan los papeles y las monedas en riesgo, para buscar alguna protección salvadora del estado.

Estas pesadillas han sobrevolado nuevamente los mercados en los primeros meses del 2010. La cesación de pagos de una gran empresa de puertos e inmuebles localizada en Medio Oriente (Dubai World) pareció reiniciar la tormenta. En ese pequeño Mónaco del mundo árabe se concentran los despilfarros de jeques multimillonarios, que participan en todas las apuestas del momento.

El monumental default que se avecinaba pudo ser contenido, pero encendió una luz de alarma sobre situaciones semejantes en grandes firmas. Las principales preocupaciones de los expertos están actualmente concentradas en el estado contable de varias compañías de primer nivel, que afrontarían dificultades para saldar fuertes vencimientos. (3)

Un bazar de títulos

La vertiginosa reaparición de las operaciones especulativas ilustra el desarrollo que alcanzó la titularización de la mayoría de las transacciones. En últimos años los grandes bancos se desprendieron de acreencias dudosas, creando un gran mercado de certificados empaquetados con riesgos diversificados (CDO). Esta masiva distribución de papeles ha potenciado el desconocimiento de los montos en circulación y de sus consiguientes posibilidades de cobro.

La enorme variedad de bonos que inundan los mercados tiene incorporados seguros para hacer frente a esa ceguera. Como los financistas apalancaron sus transacciones -utilizando poco capital propio en comparación a la magnitud de los riesgos asumidos- se ha creado un incontrolable bazar de títulos. Las emisiones se han multiplicado a un ritmo sin precedentes y la ignorancia sobre los débitos y los créditos en juego es mayúscula.

Los grandes bancos continúan lucrando con este incentivo a ignorar el riesgo, que generó la flexibilización de las normas bancarias. Esa desregulación permitió repartir los préstamos en una cadena infinitas de tenedores de títulos, socavando la preocupación por la cobranza. Esta desaprensión fue acentuada por la complicidad de las agencias verificadoras, que hicieron su propio negocio otorgando altas calificaciones a las entidades insolventes. Por esta vía se avaló la circulación de bonos sin respaldo y se precipitó un caos que salió a la superficie en el 2008.

El creciente desconocimiento del riesgo crediticio es un resultado directo de las transacciones con títulos derivados. Con esos instrumentos se buscó orientar la inversión, mediante estimaciones comparadas de las probabilidades de cobro de los distintos bonos. Se supuso que esta evaluación mejoraría la gestión del riesgo, olvidando que esos cálculos se realizan en un frenesí de compras, ventas y apuestas, crecientemente combinadas y diversificadas.

La propia especulación con los nuevos títulos socavó la consistencia de todas las evaluaciones. En lugar de ordenar y proteger los mercados, la introducción de esas sofisticadas operaciones multiplicó las jugadas y deterioró la administración del riesgo. Nuevamente se ha confirmado que la competencia entre los banqueros neutraliza cualquier perfeccionamiento del cálculo financiero. La tentación por obtener mayores beneficios potencia el manejo desaprensivo de los créditos.

La crisis ha corroborado, por lo tanto, la presencia de otra hipertrofia financiera, resultante de la emisión de bonos sobre bonos, en un sistema de préstamos desbordado por la expansión autónoma de las finanzas. Este tipo de coyunturas configura una situación de sobre-acumulación de capital, que repite lo ocurrido en las últimas décadas. Ya hubo mega-préstamos a los gobiernos del Tercer Mundo (1975-82), comercialización especulativa con títulos variados (desde 1980) y un boom de transacciones bursátiles asentadas en exigencias de rentabilidad de corto plazo (desde 1994).

Cada uno de estos ciclos desembocó en alguna crisis de envergadura. El aumento de las tasas de interés (1978) concluyó con el generalizado crack de las acciones (1987) y la etapa de enriquecimiento bursátil de los 90 fue cerrada con el colapso de las punto.com (2001). La conmoción en curso es un resultado de la euforia con derivados y transacciones inmobiliarias de los últimos años. (4)

Pero el actual estallido es más grave que las conmociones precedentes por su carácter global y por su preeminente localización en las economías avanzadas. A diferencia de lo ocurrido en México (1982 y 1994), el Sudeste Asiático (1997), Rusia (1998) o Argentina (2001), el epicentro del reciente temblor se ubicó en Estados Unidos. Además, el alcance de la convulsión en ese país superó los efectos de las últimas cuatro crisis (1974-75, 1980-84, 1987-92 y 2001-03). Como esta misma gravedad se observa en Europa y Japón, hay muchos indicios de continuidad de la tensión financiera. (5)

Del socorro al ajuste

Las consecuencias del rescate bancario sobre las finanzas públicas de las economías avanzadas son enormes. En Estados Unidos la deuda pública saltaría de 62% del PBI (2007) a108% (en 2014) por la multimillonaria inyección de dólares, emitidos para salvar a más de 700 bancos, compañías de seguros y empresas. Por esta razón el déficit fiscal ya se ubica en 11% del PBI y todas las proyecciones confirman que se mantendrá en altos niveles, durante la próxima década.

El mismo panorama se verifica en la Eurozona, dónde los desbalances fiscales pasaron del 2% (2008) al 6,4% (2009) y luego al 7% (2010). La situación más crítica se verifica en Grecia (12,7%), España (11%) y Portugal (9,3%), no tanto por el porcentaje del agujero fiscal sino por las dificultades para financiarlo. Italia debe lidiar con magnitudes igualmente desbordantes, pero mayoritariamente concentradas en bancos locales y el déficit de Gran Bretaña (12,8%) sería inmanejable si el país no fuera un centro financiero mundial. Tampoco el desequilibrio de Francia (12%) es tranquilizador. Una mirada general indica que la mitad de los países de la Eurozona están actualmente amenazados por algún fantasma de default de sus pasivos estatales. (6)

Una situación semejante se vislumbra en otras partes del planeta. La deuda pública de Japón se ubica al tope del rojo en el ranking de los países industrializados, con porcentajes que oscilan entre el 170% y el 200% del PBI. Al cabo de muchos años de recesión, el nivel de actividad económica ha sido sostenido con una canilla de gastos que ha vaciado la tesorería nipona.

Este despegue del gasto público en todos los países avanzados está alcanzando un techo que los acreedores cuestionan duramente. Los mismos bancos que provocaron el reciente colapso ahora reclaman un ajuste, que asegure la cobranza de los títulos emitidos por el estado. La influencia de estos sectores se expresa en la creciente gravitación de los republicanos estadounidenses y los conservadores europeos.

Pero existe un gran debate en el establishment sobre el efecto que tendría un brusco recorte del sostén estatal a la economía, cuando la recesión no ha concluido y la recuperación apenas despunta. Nadie duda que en algún momento sobre-vendrá el ajuste. Pero si el apriete es aplicado a destiempo, su impacto sobre la producción, el consumo y la inversión sería fatal.

Hasta el momento predomina la política de mantener el socorro, ya que todas las economías se mueven al compás de los recursos aportados por el tesoro. En las cumbres del Grupo de los 7 prevalece una corriente favorable a continuar el auxilio y posponer cualquier ajuste inmediato que pudiera precipitar un freno severo del PBI.

La mayoría de los economistas propone evitar la contención anticipada del nivel de actividad, que se produjo en Estados Unidos en la entre-guerra (1937) o en Japón durante la década pasada (1993). Pero otros consideran que la demora en iniciar el ajuste tornará inviable su manejo posterior y convocan a comenzar cuanto antes el viraje hacia la austeridad. (7)

Un ensayo de la restricción será experimentado en los próximos meses en la periferia de Europa. El apretón que exigen los banqueros ya comenzó en Irlanda, Islandia y Letonia y se prepara en Grecia, Portugal y España. Allí se aplicará una reducción sin anestesia del déficit, con brutales medidas de despidos, reducción de los salarios, recortes del gasto social y contracción de la inversión pública. Los gobernantes y los acaudalados del planeta seguirán con atención el resultado de esta prueba, para definir los pasos siguientes.

El impacto productivo

Solo una fuerte reactivación inmediata (en V) -apenas mediada por alguna recaída (en W)- evitaría una aplicación del ajuste. Pero los principales datos de la coyuntura indican la preeminencia de un período de bajo crecimiento (en L). Hasta ahora la socialización de pérdidas no ha inducido una recuperación sólida del consumo o la inversión privada, en ninguna economía desarrollada. (8)

La crisis actual desató la recesión global más importante de las últimas décadas, con enormes frenos en la producción de Estados Unidos, Europa y Japón. Esta regresión encontró un piso a mitad del año pasado, pero el rebote hacia la recuperación no se ha consumado plenamente.

El deslizamiento hacia la depresión que se verificaba en las principales potencias ha sido reemplazado por una situación inestable de la actividad productiva. El crédito no resurge, el consumo se mantiene contraído y persiste la ausencia de inversiones. Esta coyuntura se refleja en un comentario muy popular: “Wall Street salió a flote, pero la gente común continúa en el pozo”. (9)

Durante el 2009 se registró en Estados Unidos la mayor caída del PBI de los últimos sesenta años (2,4%). Este desplome ya encontró un piso y hay síntomas de reposición de inventarios y cierta reanimación del gasto privado. Pero el mercado inmobiliario continúa afectado y la inmovilidad del crédito obstaculiza la recuperación efectiva del consumo, que representa el 70% del PBI. Los alivios en la esfera financiera no se trasladan a la vida actividad económica y las expectativas en mayores exportaciones -como canal de salida de la crisis- no se han verificado en los hechos.

La economía japonesa sigue estancada y los indicios de recuperación observados a fin del año pasado (repunte del 1,1% del PBI), no remontan el gran bajón que se arrastra desde los 90. Los signos deflacionarios ilustran la gravedad de esta paralización, mientras China continúa capturando mercados nipones y se dispone a desplazar a su rival del segundo lugar en la economía mundial.

Pero es indudable que el área más crítica del mundo desarrollado se ubica en Europa, dónde la moderada recuperación del motor alemán, no se extiende al resto la región. El Viejo Continente ha soportado en el 2009 la mayor retracción desde la segunda guerra (4% del PBI) y padeció un desmoronamiento aterrador de su producción industrialEl leve repunte que actualmente se observa en Estados Unidos y Japón no se prolonga a Europa, que mantiene cifras de aguda crisis en todos los indicadores de empleo, venta y consumo.

La marcha general de la economía mundial continúa determinada por la evolución de las tres regiones centrales que concentran dos tercios del PBI global. Los números de los países periféricos más pobres y dependientes de África, Asia o América Latina tienen escasa incidencia sobre el nivel general de la actividad productiva. Estas naciones han sido nuevamente sacudidas por una eclosión proveniente del exterior y con dramáticos impactos internos.

Esas zonas padecen el recorte de las exportaciones, la reducción de las remesas y la disminución de la ayuda internacional. Pero lo más impactante es la magnitud de ciertas tragedias sociales, como la expansión del hambre que produjo el encarecimiento de los alimentos.

La principal novedad de la crisis es la irrupción de un tercer bloque de países, que comienzan a oscilar entre los dos polos tradicionales del centro y la periferia. Por la magnitud de los recursos demográficos, naturales y militares que controlan o por su experiencia de dominación geopolítica han quedado situados en ese terreno intermedio.

Los datos del 2008-10 confirman este ascenso de las economías semiperiféricas, encabezadas por el grupo de los BRICs. El menor impacto del estallido financiero sobre estos países ha renovado el debate sobre los acoples, desacoples o re-acoples de estas regiones a la oleada descendente. En las denominadas economías emergentes se concentran los principales indicadores de una eventual recuperación. Han logrado sustraerse del vendaval, pero no podrían sustituir a las economías avanzadas como motordel PBI global.

La atención general está centrada en el futuro de China. La nueva potencia asiática se mantuvo a flote durante la crisis, aunque con tasas de crecimiento inferiores a su media de los últimos tiempos. Preserva un nivel actividad que le permite continuar duplicando su producto cada ocho años. Pero habrá que ver si logra consumar el presagiado giro hacia un mayor consumo interno, en desmedro de las exportaciones. Muchos autores anticipan este ese éxito. (10)

Sin embargo el proceso de restauración capitalista ha creado en China desequilibrios agrícolas, sociales y demográficos de enorme envergadura. Particularmente chocante es la sustitución de la vieja pobreza absoluta del agro por una nueva polarización social en las ciudades, que ya alcanza porcentajes latinoamericanos.

Al compás de las privatizaciones y desregulaciones, el ranking de la desigualdad trepó en el gigante oriental, hasta situarse en el segundo lugar de los 22 países de Sudeste Asiático. Hay una nueva clase de multimillonarios que gana poder, junto a la consolidación de formas de explotación asentadas en el desempleo, la pérdida de derechos sindicales y la degradación de las condiciones de trabajo (especialmente entre los emigrantes internos). (11)

En el comienzo del 2010 la crisis global ha desembocado en una situación productiva muy desigual e inestable. Se frenó un desmoronamiento, sin dar lugar a la recuperación generalizada de los países centrales, aumentan las desventuras del Tercer Mundo y las economías intermedias se mantienen en carrera, sin sustituir la función motriz de la Triada (Estados Unidos, Europa y Japón).

Desempleo y sobreproducción

La gravedad de la crisis se verifica en la desocupación. La destrucción de puestos de trabajo persiste a un ritmo feroz en todas las economías avanzadas y la OIT estima que solo en un escenario de gran crecimiento global, el nivel de empleo comenzaría a recuperarse en el 2013.

Por primera vez en 26 años la tasa de desocupación alcanzó en Estados Unidos dos dígitos y en algunos países europeos como España ya bordea el 20%. Estos niveles de paro limitan la reactivación, erosionan el poder de compra y aplastan la “confianza del consumidor”, en economías sostenidas por el crédito.

Repitiendo lo ocurrido en las últimas recesiones, la reciente caída del PBI tiende a aniquilar más empleos que los generados en la recuperación subsiguiente. La furibunda multiplicación de los despidos preanuncia que el nivel de parados será muy superior al total de contratados, en la eventual reactivación.

La tasa de crecimiento en Estados Unidos durante el año en curso debería alcanzar un inesperado 5% del PBI para bajar apenas un punto el índice de desempleo. Para volver al promedio precedente de parados se necesitaría un ritmo de actividad que nadie avizora. Luego de la última recaída (2001-03) transcurrieron cuatro años hasta alcanzar la media anterior.

Un problema subyacente es el impacto de la flexibilización laboral y la segmentación del mercado de trabajo. Estas regresivas transformaciones han generalizado una despiadada competencia por empleos de mala calidad. Esta degradación constituye el aspecto más nefasto de una crisis, que amplifica la pobreza de los sectores sumergidos de la sociedad norteamericana.

La misma falta de empleos ya alcanzó en Europa un dramático promedio de 10% de parados. La falta de trabajo ha irrumpido, además, como la gran novedad en Japón, que mantuvo durante décadas un nivel de ocupación superior a la media de la OCDE.

El desempleo es un efecto directo de la superproducción imperante en la actual fase contractiva del ciclo capitalista. La masa de productos lanzados al mercado supera ampliamente su nivel de adquisición. Este tipo de sobrantes irrumpe en todas las crisis periódicas de un sistema asentado en la competencia por el beneficio. Los desempleados son las primeras víctimas de este desequilibrio, puesto que la carencia de puestos de trabajo se expande junto al volumen de productos sin vender.

Esa masa de excedentes determina un alto nivel de ociosidad de la estructura fabril, que a su vez recrea el paro. La tasa de utilización de la industria estadounidense se ubicó durante el año pasado en 68%, es decir el nivel más bajo desde 1948. Los sobrantes afectan especialmente al sector de la vivienda, a varias ramas de la industria (máquinas, edificios, fibra óptica) y a sus equivalentes de todos los servicios (hoteles, turismo). (12)

Lo ocurrido en la industria automotriz es muy representativo del alcance global de la sobreproducción. Los stocks invendibles se han multiplicado significativamente, en una rama que registró significativos incrementos de su capacidad productiva en las últimas décadas. La incorporación de nuevas compañías asiáticas a la competencia que libran las firmas estadounidenses y europeas ha potenciado esta explosión de sobrantes. (13)

El volumen actual de excedentes supera el registrado durante el estallido del Sudeste Asiático de 1997. En esa oportunidad la sobreproducción de computadoras, chips y fibra óptica condujo a virulentas devaluaciones. Pero la desvalorización monetaria -como recurso de atenuación de los sobrantes- ha quedado limitada por el carácter global de la crisis.

La plétora de mercancías que se observa en los mercados es un efecto de la competencia global por fabricar masas crecientes de productos con bajos salarios y menores costos. En la alocada carrera por introducir nuevos bienes, la oferta se ha desgajado de la demanda provocando fuertes desajustes. Hay una frenética búsqueda de consumidores que choca con infranqueables barreras de absorción.

Los drásticos procesos de privatización, desregulación y apertura de las últimas tres décadas han potenciado este atosigamiento de mercancías invendibles. El incremento del comercio mundial por encima de la producción refuerza la competencia global y el aumento de la productividad por arriba de cualquier compensación salarial dificulta la colocación de los bienes.

Solo una vigorosa recuperación de los ingresos y del consumo permitiría la digestión pausada de estos excedentes. Pero este escenario no está a la vista. La actual reanimación frágil, lenta y desigual no desagotará sin traumas esos sobrantes.

Los desbalances mundiales I

La crisis actual incluye un novedoso desequilibrio en la relación entre Estados Unidos y China. El sobre-consumo, el sub-ahorro y la sub-inversión del primer país coexisten con el bajo consumo, el sobre-ahorro y la sobre-inversión de la segunda economía. Un polo importa y digiere gran parte de los bienes que su contraparte fabrica y exporta.

Al cabo de un vertiginoso proceso de reestructuración productiva, expansión de las empresas transnacionales y liberalización comercial, Estados Unidos se ha convertido en un gran mercado de productos elaborados en Asia. Los efectos de este desbalance se verifican en tres hemorragias de la principal economía del planeta: déficit comercial, expulsión de empleos hacia el exterior y predilección de los capitales nativos por la inversión foránea. (14)

La contrapartida china de estos desequilibrios es un bajo nivel de consumo interior, en comparación a la magnitud de la inversión. El país ha podido preservar una elevada tasa de crecimiento en medio del vendaval global. Controla sus finanzas públicas, evita la convertibilidad de su moneda, acota el apalancamiento de los bancos y limita el endeudamiento familiar. Pero estos escudos en el plano financiero no se extienden al área comercial, donde predomina una alta dependencia de la demanda foránea.

Por esta razón la sobreproducción se traduce en una elevada sobrecapacidad de la industria china, que ha sido estructurada en las últimas décadas en torno a las exportaciones. Mientras que el promedio salarial se mantiene estancado, la altísima tasa de inversión -que bordea el 40% del PBI- ha sido modelada en función de las ventas externas. (15)

Toda la dinámica que asumió la economía mundial en los últimos años acentuó las asimetrías creadas por el déficit comercial norteamericano (y sus baches crediticios), frente a los excedentes exportables de China (con sus consiguientes capitales sobrantes). Las familias estadounidenses se han endeudado para consumir productos fabricados (y financiados) por el socio chino, en un circuito alimentado por las empresas transnacionales. Estas compañías han cumplido un papel de mediación estratégica entre ambos mercados y ahora afrontan las consecuencias de un modelo dañado. Los desequilibrios macroeconómicos globales que generaron los desbalances entre las dos potencias han sido determinantes de la crisis.

Estos desniveles comenzaron a proyectarse también al interior del bloque asiático, desde que China se transformó en el principal contratista de la región. Opera de hecho como un taller de ensamble de partes fabricadas en los países vecinos, en muchos rubros de la actividad fabril (electrónica, maquinaria, telecomunicaciones). Por esta razón el superávit comercial de la potencia asiática con sus socios de Occidente coexiste con cierto déficit, en los intercambios con sus abastecedores de la zona.

China ha incrementado estas ventajas con la reciente suscripción de un tratado de libre comercio con sus socios de Asia Oriental. Está reproduciendo una división desigual del trabajo en la compra de insumos básicos y en la venta de manufacturas, mientras absorbe el grueso de la inversión extranjera externa y favorece (con subsidios y regulaciones) a sus propios capitalistas, en desmedro de los competidores foráneos. Por esta vía se refuerza la dependencia de todas las economías menores de la región, que ya perdieron significativos márgenes de autonomía monetaria y cambiaria durante la crisis del 1997. (16)

Pero este tipo de desbalances se verifica también en otras partes del mundo. Al interior de la Unión Europea son muy visibles desequilibrios semejantes. El proceso de unificación del viejo continente estuvo caracterizado por una preeminencia exportadora de Alemania, cuyos efectos emergen a la superficie.

La crisis actual permite notar como la conformación del euro sirvió para procesar la gran reconversión de la vieja industria alemana, que renovó su perfil hasta convertirse en una arrolladora máquina de generar excedentes (las ventas externas pasaron del 20% del PBI en 1990 al 47% en el 2009)

Mientras que un anillo de economías vecinas quedó asociado a este nuevo status (Francia, Bélgica, Holanda), el grueso del continente padece los efectos de la dependencia comercial. Los más afectados por esta reestructuración (España, Grecia, Portugal) han quedado incluso sometidos a las brutales exigencias de ajuste de su socio. Mientras comienza a orientarse hacia negocios extra-continentales, Alemania exige la inmediata cobranza de sus acreencias.

La crisis ha puesto de relieve la polarización existente entre países europeos comercialmente excedentarios y deficitarios. Esta fractura estuvo inicialmente amortiguada por el ingreso al euro con devaluaciones anticipadas. Por esa vía ciertas economías pudieron contar con ciertas reservas de competitividad durante varios años. Pero un desnivel que ilustra la gran heterogeneidad de la Unión Europea ya no puede enmascarase. (17)

Los desbalances mundiales II

Los grandes desequilibrios en el comercio y las finanzas ya incidieron en la crisis mexicana (1994), brasileña (1999), rusa (1998), argentina (2001) y precipitaron la gran escalada de devaluaciones y ajustes comerciales que siguió a la convulsión del Sudeste Asiático (1997). La desconfianza de los acreedores hacia las economías que financian sus compras externas con alto endeudamiento público o privado precipita periódicas corridas contra los títulos y las monedas de los países deficitarios.

Pero la gran novedad actual es la extensión de estas tensiones a Estados Unidos y a los países europeos, que acumularon grandes desbalances en los últimos años. Todos afrontan ahora el dilema de encontrar caminos para zanjar esas tensiones.

La economía capitalista siempre opera con desequilibrios sectoriales, regionales y mundiales. Hay trastornos de abastecimientos, precios o volúmenes de fabricación, entre las distintas ramas de la producción y en múltiples esferas del consumo a escala nacional. Estas tensiones se tornan más significativas en las compras y ventas entre países que comercian con niveles de productividad muy diferenciados. Bajo el imperio de la competencia estas divergencias imponen periódicos ajustes, que son solventados por las clases oprimidas.

En la crisis actual los principales desbalances afectan a las grandes potencias y exigirán sacrificios de los pueblos de estas regiones. Pero la gravedad de los desequilibrios acumulados y el entrelazamiento mundial de capitales distinto origen, tornan muy complicada la atenuación de esos desniveles.

Los economistas del establishment discuten varias alternativas, pero enfrentan un dilema semejante al recorte del socorro estatal a la economía. El problema no radica sólo en dónde ajustar, sino también cuándo hacerlo. Hasta ahora predominan genéricas convocatorias a reducir las desproporciones comerciales y financieras entre países, mediante el “rebalanceo” de las cuentas mundiales.

El punto de partida de esta solución sería un aumento simultáneo del ahorro estadounidense y del consumo chino, para frenar la adición norteamericana al consumo desmesurado e incentivar el retraído gasto asiático. El debilitamiento de dólar y el fortalecimiento del yuan permitirían acelerar esta corrección. (18)

Pero no es sencillo resolver este desequilibrio en los hechos. Las ganancias que aportó a las empresas transnacionales el desenvolvimiento de la mundialización neoliberal se han basado en estos intercambios desproporcionados. Mientras que el alto consumo interior facilitó la recuperación hegemónica de Estados Unidos, la pujanza exportadora sostuvo el reingreso de China al capitalismo. Un giro norteamericano hacia el ahorro y un viraje asiático hacia el gasto interno pondrían en serios aprietos a este esquema.

La superación de los desbalances globales va mucho más allá de un ajuste de políticas comerciales o financieras. Involucra cambios político-estratégicos, que son resistidos por los principales actores de la economía mundial. Aunque el modelo de consumo norteamericano financiado por vendedores chinos ha quedado seriamente afectado por la crisis, no hay alternativas claras a este esquema.

En el escenario actual Estados Unidos no puede retrotraerse hacia el ahorro interno, sin afectar su liderazgo y China no puede sustituir a la primera potencia, como motor del consumo global. El gigante norteamericano ya no está en condiciones de dictarle a su principal socio los términos de un rebalanceo, pero tampoco su contraparte tiene fuerza suficiente para imponer su agenda.

Esta contradicción determina la sucesión de conflictos que los economistas convencionales reducen a desavenencias de aranceles, tipos de cambio o tasas de interés. No relacionan estos desbalances económicos con las desigualdades sociales que benefician a los capitalistas de ambos polos.

Un análisis de los desbalances comerciales en función de las tasas de explotación vigentes en China y de los bajos salarios predominantes en Estados Unidos exige incluir la órbita política en el análisis de la crisis. En esta caracterización hay que prestar atención a dos indicadores centrales de la convulsión actual: la cohesión por arriba y la resistencia por abajo.

Notas:
1) Esa paradoja es analizada por Fitoussi Jean Paul, “El sistema financiera vive un círculo vicioso”, Clarín, 22-12-09.
2) Hace siete años se comercializaban 3 billones de dólares en contratos CDS y en actualidad este mercado supera los 25 billones, Wall Street Journal-La Nación, 5-2-10.
3) Un panorama de esta coyuntura han descripto los analistas del Wall Street Journal, La Nación, 2-12-09.
4) La dinámica de estos ciclos es descripta por Chesnais Francois, “La recesión mundial: el momento, las interpretaciones y lo que se juega en la crisis”, Herramienta n 40, marzo 2009, Buenos Aires. También Fernández Steinko Armando, “Neoliberalismo: auge y miseria de una lámpara maravillosa”, El Viejo Topo n 253, Madrid, 2009.
5) La mayor envergadura de la crisis actual en comparación a sus precedentes dentro de Estados Unidos es analizada por O´Hara Phillip, “The global securitized subprime market crisis”, Review of Radical Political Economics, vol 41, n 3, summer 2009.
6) Las distintas magnitudes de estos desequilibrios son retratadas por el Wall Street Journal- La Nación, 29-12-09.
7) Krugman Paul sostiene la opinión mayoritaria y Roubini Nouriel tiende a ubicarse en el segundo campo. Ver La Nación 21-3-10 y The Economist- La Nación, 13-2-10.
8) Josuha presenta los datos de esta fragilidad. Joshua Isaac, “Crisis económica: se acerca la hora de la verdad”, Viento Sur, 2-2010, Madrid.
9) Es la descripción que desarrolla Robert Reich, Clarín 21-1-10.
10) Por ejemplo: Llach Juan, “Preocupaciones globales”, La Nación 17-3-10.
11) El 52% de la industria ya ha sido privatizada y el porcentaje de mercancías reguladas por precios de mercado saltó de 3% (1978) a 98% (2003). El número de billonarios pasó de 0 (2003) a 260 (2009). Ver: Hart-Landsberg Martín, “China, capitalist accumulation and the world crisis”, XII International Conference of Economist on Globalization, La Havana, march 2010.
12) Una descripción de esta situación presenta: Mc Nally David, “From financial crisis to world slump”, Historical Materialism Conference, London, november 2008.
13) Ver Vessillier Jean Claude, “Automobile. La fin d´un cycle”, Inprecor 545-546 janvier-fevrier 2009, Paris.
14) Son los puntos críticos que subraya: Palley Thomas, “The limits of Minsky´s financial instability hypothesis as an explanation of the crisis”, New American Foundation, Washington, 19 November 2009.
15) Los efectos de este desequilibrio son expuestos por: Yu Au Loong, “Fin d´un modele ou naissance d´un nouveau modele”, Inprecor 555, november 2009, Paris.
16) Ver: Jetin Bruno, “The crisis in Asia: An over-dependence on international trade or reflection of “labour repression-led” growth regime?”, International Seminar: Marxist analyses of the global crisis, 2-4 October 2009, IIRE, Amsterdam. También: Bello Waldem, “O neocolonialismo chines, IPS, 10-3-2010. Seongin Jeong, Página 12-Cash, 19-10-08.
17) Un análisis general de los desbalances intra-europeos presenta: Önaran, Ozlem, “Specificity of the crisis in Europe: Will national stimulus plans be enough in the absence of an EU coordinated response?”, International Seminar: Marxist analyses of the global crisis, 2-4 October 2009, IIRE, Amsterdam. También Husson Michel, “Refundación o caos”, Viento Sur, marzo 2010 y Castro Jorge, “Alemania cada vez más inclinada hacia la demanda extra-europea” Clarín 14-3-10.
18) Es la propuesta que exponen: Ferguson Niall, “El matrimonio entre China y EEUU no podía durar”, Clarín, 28-12-09 y Krugman Paul, “El peligroso juego que practican los chinos”, Clarín, 17-11-09.

Parte II

La reacción de las distintas potencias frente al estallido financiero ha sido muy desigual. Esta intervención puso de relieve tanto la posición económica de cada país en el orden mundial, como su lugar político-militar en esa estructura. A medida que la crisis avanza se profundiza un reordenamiento de las relaciones de poder, entre los protagonistas de ese dispositivo.

Parte III
La crisis actual asume otra escala si su estudio es abordado considerando todo el período neoliberal. En este caso los desajustes coyunturales que provocan los capitales sobre-acumulados, las mercancías sobre-producidas y los bienes intercambiados en forma desproporcional, quedan inscriptos en desequilibrios estructurales más significativos.

Estas contradicciones determinan las causas subyacentes de la crisis, que han sido generadas por las tensiones acumuladas durante dos décadas. Estos desequilibrios se procesan en la esfera de la demanda y en el comportamiento de la tasa de ganancia, en una nueva etapa del capitalismo.

Otro período, otras crisis

Desde la mitad de los años 80 la mundialización neoliberal introdujo cambios significativos en el funcionamiento del sistema, basados en la ofensiva que perpetraron los poderosos contra las conquistas sociales. Este ataque condujo al deterioro de las condiciones de trabajo en los países avanzados y al empobrecimiento de la periferia, en un marco de expansión del capital hacia nuevos sectores (privatizaciones, educación, salud, pensiones) y nuevos territorios (ex países socialistas).

El capitalismo comenzó a operar en un contexto de creciente mundialización comercial, financiera y productiva. Esta mutación fue favorecida por el desenvolvimiento de una revolución informática, que generalizó el uso de las computadoras en la actividad económica, modificando los patrones de fabricación, venta y consumo de los bienes. La misma innovación brindó a los bancos un nuevo soporte para gestionar las finanzas.

Es importante subrayar que estas transformaciones fueron implementadas en un contexto político de repliegue de los sindicatos y reflujo de las ideas anticapitalistas. La ideología neoliberal -propagada por los medios de comunicación que maneja el establishment- alcanzó una inédita difusión. (1)

Otras caracterizaciones del mismo proceso resaltan la centralidad de la ofensiva patronal y distinguen la influencia económica de la globalización del impacto político e ideológico del neoliberalismo. Describen como las grandes corporaciones aprovecharon la existencia de fuertes diferencias internacionales de empleos y salarios, para acrecentar sus lucros. Estas desigualdades fueron utilizadas para introducir nuevas formas de control patronal en el proceso de trabajo, que los empresarios imponen amenazando desplazar sus firmas a otros países. (2)

Este diagnóstico es objetado, a veces, señalando que el nuevo modelo no ha logrado suscitar aumentos significativos de la productividad y es muy vulnerable a las burbujas financieras. Se afirma que la gravitación lograda por las empresas transnacionales está socavada por su desmesurada concentración y por la inestabilidad que genera su absorción de recursos del resto de la economía. Otro cuestionamiento plantea que el neoliberalismo no consiguió impulsar un crecimiento sostenido, por la erosión que introdujo en los mecanismos de regulación estatal. (3)

Pero ninguno de estos planteos desmiente la existencia de un nuevo período. Se debate su grado de consistencia, pero no la vigencia de una etapa diferenciada. Quiénes consideran que el modelo actual es más inestable que su antecesor, no cuestionan la preeminencia que ha logrado.

Estas coincidencias son mucho más importantes que las controversias sobre el grado de coherencia o el tipo de contradicciones que presenta el esquema actual. Cualesquiera sean las evaluaciones sobre su futuro, es evidente que el neoliberalismo ha consumado un cambio sustancial en la dinámica del capitalismo. La aceptación de estas mutaciones permite analizar su correlato en el terreno de la crisis.

Los nuevos desequilibrios presentan una fisonomía diferente a sus equivalentes del siglo XX. Estas convulsiones incluían hipertrofia financiera, pero no los mecanismos de titularización, derivados o apalancamientos creados durante dos décadas de internacionalización de las finanzas, desregulación bancaria y gestión bursátil de las grandes firmas.

Lo mismo ocurre con la sobreproducción de mercancías. A diferencia de la norma anterior, los excedentes actuales presentan un carácter global, resultante de la competencia por abaratar costos localizando plantas en países con bajos salarios y alta explotación de la fuerza de trabajo.

También las desproporcionalidades entre China y Estados Unidos constituyen peculiaridades de un período muy distinto a la etapa clásica de posguerra (1945-73) y a la ruptura de este esquema (1973-82), que anticipó el período en curso (1982- ).¿Cómo se deberían analizar las contradicciones de la nueva etapa?

Enfatizar lo cualitativo

Muchos analistas han tratado de esclarecer los desequilibrios actuales dirimiendo si se ha consumado o no, una nueva onda larga de crecimiento económico. Algunos estiman que este movimiento ascendente se verifica desde los años 90. Presentan como indicios de este curso, las elevadas tasas de crecimiento en las actividades lideradas por las empresas transnacionales, en distintos sectores productivos y zonas geográficas. (4)

La tesis opuesta rechaza este diagnóstico presentando datos de bajo crecimiento en el promedio mundial, junto a evaluaciones políticas de desorden global y falta de liderazgo hegemónico. De esa caracterización deducen la continuidad de una onda descendente, que ya arrastraría más de cuarenta años. (5)

Pero en estos términos el debate se empantana, ya que resulta tan difícil demostrar la reaparición del floreciente período de posguerra, como corroborar la simple continuidad de una etapa declinante. Los signos de la onda ascendente contrastan con la intensidad y reiteración de las crisis coyunturales en las últimas décadas. Pero la tesis opuesta de persistente declive, eterniza esa caída y desconoce el impacto del neoliberalismo en la reestructuración del capital.

La discusión es más conceptual que empírica, ya que no existe un dato universalmente indicativo del perfil que asume un período. Un promedio de crecimiento elevado no tiene la misma validez para fines del siglo XX, que para la mitad de la centuria siguiente o el debut del siglo en curso. Lo mismo rige para las distintas zonas. El incremento del 5% anual del PBI, que se considera elevado para Estados Unidos es muy bajo para China.

Una distinción que hemos introducido entre los conceptos de etapa y fase podría contribuir a esclarecer el problema. Identificamos la primera noción con el funcionamiento diferenciado del sistema y la segunda con el predominio de una tónica de crecimiento o estancamiento económico en el mediano plazo. (6)

En lugar de asociar estrictamente ambos fenómenos con ondas largas, destacamos que la existencia de una nueva etapa no tiene un correlato directo en el crecimiento productivo. Con este criterio puede afirmarse que la era de posguerra ha sido totalmente sustituida, sin dar lugar a otro período general de pujanza económica. Lo importante es la existencia de una dinámica cualitativamente diferenciada y no el predominio de elevados niveles de actividad.

La vigencia de una etapa neoliberal es parcialmente independiente del ritmo de la producción. En las últimas dos décadas la dinámica de la acumulación se alteró en forma sustancial, sin configurar un patrón nítido de evolución del PBI. Se ha creado un contexto muy heterogéneo, con fuertes desigualdades regionales y sectoriales, que mixturan prosperidad y estancamiento. Las formas que adoptan las crisis están esencialmente determinadas por este inédito marco.

Los desequilibrios del período neoliberal difieren de las tensiones que afloraron en los años 60 y 70 con el agotamiento del estado de bienestar. Son contradicciones resultantes de los nuevos problemas y no arrastres de las tensiones precedentes. Quiénes interpretan al estallido del 2008-10, como otro peldaño de una larga turbulencia de cuatro décadas, observan continuidades dónde hubo rupturas. No registran que la crisis del modelo keynesiano fue cerrada con el ascenso neoliberal, que inauguró otro esquema con otros desajustes.

Es importante notar estas singularidades para evitar la simplificadora identificación del neoliberalismo con el estancamiento. El modelo en curso ha generado nuevas turbulencias porque también cobijó el resurgimiento parcial de la acumulación. Si el sistema hubiera languidecido los desajustes presentarían otro tenor.

Las nuevas contradicciones estructurales se procesan en dos esferas: la realización del valor de las mercancías y la valorización del capital. Este impacto implica una afectación simultánea de la demanda y la rentabilidad, a una escala que supera los periódicos sacudones de la coyuntura.

Crisis de realización

Los desequilibrios en la esfera del consumo son claramente perceptibles. Al recortar los salarios, expandir el desempleo y multiplicar la pobreza, el neoliberalismo provocó un deterioro de los ingresos populares, que afectó el poder de compra de los trabajadores. Por esta vía se generaron obstrucciones a la materialización del valor de las mercancías y reaparecieron las dificultades para realizar en los circuitos de venta, la plusvalía que los capitalistas extraen a los asalariados.

Numerosos autores ilustran como se expandido esta contradicción durante el neoliberalismo. Estiman que un modelo de permanente atropello al nivel de vida de las masas, necesariamente desemboca en asfixias de la demanda. Los beneficios que los capitalistas consumaron reduciendo costos han deteriorado del poder de compra. (7)

Otros analistas detallan en qué aspectos este desequilibrio distingue al capitalismo actual de su precedente. Mientras que el modelo fordista incluía significativas compensaciones salariales al incremento de la productividad, el esquema neoliberal se basa en priorizar la competencia por reducir los costos salariales, creando una fuerte brecha entre el incremento de la producción y la capacidad de consumo. (8)

En las últimas dos décadas esta fractura se ha verificado en forma dramática en la miseria del Tercer Mundo y en el flagelo del hambre. En las regiones más expoliadas del planeta, la degradación de los ingresos populares tuvo efectos devastadores. Esta regresión golpea a los subalimentados de África, Asia o América Latina.

El hambre aumentó sin pausa en las últimas dos décadas y en la actualidad afecta a 1.200 millones de personas. El capitalismo neoliberal amputa la fuente básica de subsistencia de una sexta parte de la población mundial. Según estimaciones del FMI solo por efecto de la crisis financiera actual otras 53 millones de personas caerán en la pobreza extrema, provocando la muerte de 1,2 millones de niños. (9)

Pero esta limitación del consumo no ha sido el dato dominante en el resto del mundo, ni la característica central del modelo vigente. Este esquema contrarrestó mediante diversos mecanismos la compresión de la demanda.

En primer lugar incentivó el consumo de las capas altas y medias de los países desarrollados. Los protagonistas de estas adquisiciones no solo fueron sectores enriquecidos con el sufrimiento popular. También hubo importante participación de segmentos adicionales, que desplegaron sofisticadas corrientes de compra de bienes prescindibles.

Este consumismo difiere del consumo de masas que amplió la canasta de los bienes necesarios durante el boom de la posguerra. El nuevo paquete de compras reemplazó las viejas adquisiciones indispensables por un gasto más voluble y adaptado al acortamiento del ciclo de vida de los productos.

La competencia neoliberal reforzó la producción de bienes sujetos a la obsolescencia acelerada de los procesos de fabricación. Con enormes dispendios publicitarios, los consumidores son inducidos a desechar los productos adquiridos antes de su utilización plena. Esta compulsión torna más vulnerable la demanda, que pierde los rasgos de mayor estabilidad que tuvo el consumo fordista.

El nuevo esquema de compras se ha expandido junto al extraordinario incremento de la polarización social (especialmente en Estados Unidos). En lugar asociar el incremento de la demanda con mejoras del ingreso popular, el nivel de compras ahora se encadena al volumen del endeudamiento.

Este nuevo patrón de consumo frecuentemente presenta también un sustento patrimonial. En este caso las compras son inducidas por la riqueza acumulada por las familias bajo la forma de inversiones en bonos o acciones. Los precios de estos papeles son más determinantes del consumo que la evolución del ingreso salarial.

Por esta razón los factores que inciden en la “confianza del consumidor” han quedado tan enlazados al vaivén de los distintos mercados financieros. Las adquisiciones de bienes se expanden junto a los ciclos de apreciación bursátil e inmobiliaria y se retraen en los períodos de pérdidas o pánico financiero. Esta relación explica el gran impacto que ha tenido el reciente estallido financiero sobre la conducta del consumidor norteamericano. (10)

La crisis de realización que generó el neoliberalismo fue contenida con endeudamiento familiar. Este contrapeso permitió mantener el poder adquisitivo, a pesar del estancamiento de los salarios, el aumento del trabajo precario y la extensión del desempleo. Los trabajadores recurrieron al auxilio crediticio y con este flujo de préstamos se frenó la caída potencial del consumo.

Pero como este incremento de los pasivos alcanzó cifras astronómicas, los asalariados han quedado transformados en clientes acosados por deudas. El agobio que generan los vencimientos financieros coexiste con los padecimientos que impone la explotación laboral. Mediante estos mecanismos compensatorios se mantuvo activa la demanda, en un cuadro de contracción de los ingresos populares.

Este esquema de consumo se asienta, además, en una estructura distributiva altamente polarizada a nivel global. El 5% más rico de la población mundial acapara actualmente un volumen de ingresos 114 veces superior al 5% más pobre. Son muy representativos de este mapa los gastos de publicidad, que en un 75% se concentran en 8 países de Norteamérica y Europa (2003). La exigua participación del 80% de los habitantes del planeta en el 14% del consumo privado total, ilustra también esa fractura de la demanda. (11)

Esa brecha es un rasgo central del esquema imperante en las últimas décadas. Mientras que la mundialización generalizó la producción excedentaria de bienes y la sobre-abundancia de capitales, el neoliberalismo ha reforzado las disparidades geográfico-sociales. Esta polarización global profundizó la segmentación del consumo, acentuando la intensidad potencial de los desequilibrios de realización.

Pero estas fracturas fueron también compensadas por distintos caminos. En las últimas décadas se registró una expansión de la demanda, junto a la penetración del capital en los ex “países socialistas” y en las economías intermedias. Por esa vía importantes segmentos de la población saltaron un peldaño en la escalera del consumo, superando su vieja condición de adquirientes de productos básicos. En ciertos países muy poblados (como China e India) se forjó incluso una nueva clase media, que comienza a absorber mercancías de cierta sofisticación.

De la misma forma que la producción de bienes de capital neutralizaba los ciclos de sub-consumo durante el siglo XIX, las nuevas formas de compra han morigerado la fragilidad potencial de la demanda que introdujo el neoliberalismo. Los mecanismos de endeudamiento, financiarización y consumismo cumplen un rol compensatorio, semejante al jugado por los mercados de equipamiento durante el capitalismo naciente. Estos contrapesos han impedido hasta ahora el estallido de los desequilibrios de realización.

Crisis de valorización

El comportamiento de la tasa beneficio constituye otra contradicción estructural del esquema actual. La evolución de esta variable ha sido potencialmente socavada en las últimas décadas por la generalización de nuevas tecnologías, que disminuyen la gravitación porcentual del trabajo vivo, en que se sustenta la generación de la plusvalía apropiada por los capitalistas.

Este proceso reproduce una tendencia intrínseca de la acumulación a deteriorar la tasa de beneficio, a medida que la inversión reduce la proporción del trabajo inmediato incorporado a las mercancías, en comparación al trabajo muerto ya objetivado en fábricas, maquinarias o materias primas. Este curso de la acumulación determina un aumento de la composición orgánica del capital, que a su vez contrae tendencialmente la tasa de ganancia, asentada en la plusvalía confiscada a los asalariados. Varios autores han subrayado este origen de la crisis en desequilibrios de valorización, que el neoliberalismo ha recreado. (12)

Hay tres indicios de este incremento de la composición orgánica del capital durante las últimas décadas. En primer lugar la inversión aumentó en forma muy significativa en las economías asiáticas, que se transformaron en el nuevo taller global de la industria contemporánea. Las altas tasas de explotación alimentadas por los bajos salarios (especialmente de los trabajadores emigrantes de las zonas rurales) situaron el nivel de inversión promedio de China en elevadísimos porcentuales. Este grado de capitalización explica por qué razón afloran con tanta fuerza las situaciones de sobre-capacidad industrial en ese país, cuándo se contrae el comercio mundial. (13)

El mismo incremento de la proporción de maquinarias en relación a la mano de obra se ha verificado, en segundo lugar, en todas las regiones y sectores asociados con la actividad de empresas transnacionales. Estas compañías han liderado el aumento de la productividad, especialmente a través de una intensa informatización del proceso productivo.

Esta revolución tecnológica introdujo crecientes turbulencias y precipitó severas crisis (como el descalabro bursátil de las punto.com a principios de la década). El impacto de la informática sobre la tasa media de productividad de las principales economías ha suscitado fuertes discusiones entre los economistas. Pero cualquiera sea el alcance de esa transformación es indudable que induce una reducción de la plusvalía directamente generada por el trabajo vivo.

El tercer indicio de este proceso es la destrucción de empleos que genera la creciente incorporación de tecnologías capital-intensivas. El virulento incremento de la desocupación es la manifestación visible de este cambio. A medida que se expande la automatización, la pérdida de empleos supera en cada recesión la creación posterior de puestos de trabajo. Con las nuevas tecnologías, la contratación de trabajadores por unidad de capital invertido es invariablemente menor.

En todos los análisis de la desocupación norteamericana se destaca este componente estructural, que determina exigencias crecientes de incrementos del PBI para preservar el ritmo de creación de empleos. Algunas estimaciones destacan que no solo la recesión ha causado el desmoronamiento laboral. También la automatización hizo desaparecer 5,6 millones de puestos de trabajo desde el año 2000 y el crecimiento de la productividad ha bloqueado el ingreso de nuevos asalariados a la actividad corriente de las fábricas. (14)

Los tres procesos en curso de alta inversión externa de empresas transnacionales, revolución informática y desempleo estructural han aumentado la composición orgánica del capital y el consiguiente deterioro porcentual de la tasa de ganancia. Sin embargo, numerosas investigaciones coinciden en subrayar que este nivel de rentabilidad se ha mantenido elevado desde mitad de los años 80. (15)

Otros estudios ilustran cómo esta recomposición ha sido más significativa en las empresas que operan a escala transnacional, en comparación a las firmas que actúan solo a nivel nacional. La tasa de ganancia se elevó y se bifurcó, con márgenes diferenciados en ambos tipos de corporaciones. (16)

Estas evaluaciones indican que la recuperación de la tasa de beneficio que acompaña al neoliberalismo se ha mantenido, a pesar de todos los procesos internos de la acumulación que empujan hacia la caída de esa variable. Tal como ha ocurrido con los desequilibrios de realización, las fuerzas que contrarrestan el deterioro de la valorización del capital han frenado esa declinación. Otra contradicción central de modelo actual continúa gestándose sin llegar a la superficie.

Este contrapeso fue logrado, ante todo, mediante el incremento de la tasa de explotación. Hubo un contundente estancamiento de los salarios impuesto por la flexibilización laboral, la presión del desempleo y la pobreza de amplios segmentos de la población. La esencia del neoliberalismo radica en este atropello y las evidencias de esta agresión son abrumadoras.

El abaratamiento de materias primas ha sido otro factor compensatorio de la caída de la tasa de ganancia, que tuvo una evolución más contradictoria. Durante la mayor parte de la etapa neoliberal esta depreciación fue significativa, pero tendió a revertirse en el último quinquenio.

También ha registrado un comportamiento disímil la desvalorización de capitales obsoletos, que constituye el principal factor de contrapeso a la disminución tendencial de la tasa de beneficio. Bajo el neoliberalismo operó un proceso contrapuesto de socorro estatal a los empresarios en quiebra y reorganización de las firmas menos competitivas. En general, se verificó una importante limpieza de capitales, que dio lugar a depreciaciones de capital constante y a depuraciones de empresas obsoletas.

La secuencia de bancarrotas y fusiones son ilustrativos de esta cirugía. A diferencia del capitalismo clásico, en la época actual el estado interviene directamente en el proceso de depuración de las empresas. Muchas firmas son estatizadas y reorganizadas, antes de ser nuevamente privatizadas. La secuencia de valorización-revalorización del capital se consuma a través de esta mediación estatal. Es muy discutible cuál ha sido la magnitud de este proceso, pero todo indica que ha sido suficiente para preservar la recuperación el lucro empresario durante las últimas dos décadas. (17)

Este ascenso también confirma, que todas las burbujas financieras registradas durante esta etapa se nutrieron de mejoras reales del beneficio patronal. La crisis del 2008-09 ha provocado un desplome de esas ganancias y las pérdidas sufridas por los bancos y las Bolsas anticipan rojos en los balances de las empresas.

Pero este tipo de caídas de corto plazo acompañó hasta ahora a todos los ciclos del período neoliberal, sin afectar la recuperación estructural de rentabilidad. La gran incógnita de la crisis actual es si pondrá fin a esos contrapesos. La respuesta a este interrogante requiere evaluar distintos escenarios.
Notas:
1) Hemos expuesto este enfoque en: Katz Claudio, “Capitalismo contemporáneo: etapa, fase y crisis”. Ensayos de Economía, Facultad de Ciencias Humanas y Económicas, vol 13, n 22, septiembre 2003, Medellín.
2) Mc Donough Terence, “Social structures of accumulation theory: the state of art”, Review of Radical Political Economics, vol 40, n 2, spring 2008. Mc Donough Terrence, “What does long wave theory have to contribute to the debate on globalization”?, Review of Radical Political Economics, vol 35, n 3, summer 2003.
3) La primera objection es de O´ Hara y la segunda de Kotz. O´Hara Phillip, “A new financial social structure of accumulation in the US for long wave upswing?”, Review of radical political economy, vol 34, n 3, summer 2002. O´Hara Phillip, “A new transnational corporate social structure of accumulation for long wave upswing in the world economy?”, Review of Radical Political Economics, vol 36, n 3, summer 2004. Kotz David, “Neoliberalism and the Social Structure of Accumulation”, Review of Radical Political Economics, vol 35, n 3, summer 2003.
4) Martins Carlos Eduardo, “Los impasses de la hegemonía de Estados Unidos”, Crisis de hegemonía de Estados Unidos, CLACSO Siglo XXI 2007. Dos Santos Theotonio. “El renacimiento del desarrollo”. OIKOS, n 1, año 9, 1er semestre 2005.
5) Wallerstein Immanuel Capitalismo histórico y movimientos anti-sistémicos: un análisis de sistemas -mundo, 2004, Akal, Madrid, (cap 28).
6) Katz, “Capitalismo contemporáneo” (obra citada).
7) Esta tesis postulan: Wolfson Martin, “Neoliberalism and the social structure of Accumulation”, Review of Radical Political Economics, vol 35, n 3, summer 2003. Kotz David, “Contradictions of economic growth in the neoliberal era”, Review of Radical Political Economics, vol 40, n 2, spring 2008.
8) Navarro Vicenc, “Las causas de la crisis mundial actual”, Sistema Digital, 3-1-2010 www.redescristianas.net
9) La Nación, 24-4-10.
10) Esta relación es analizada por: Johsua Isaac, “Capitalism: fin d´epoque?”, Contretemps, n 1, 1 er trimestre 2009, Paris.
11) Migone Andrea, “Hedonistic consumerism”, Review of Radical Political Economics, vol 39, n 2, spring 2007.
12) Explicaciones con este fundamento en: Carchedi Guglielmo, “The return from the grave, or Marx and the present crisis”, 7-7-09, www.isj.org.uk. Harman Chris, “The slump of the 1930, and the crisis today”, International Socialism n 121, London, January 2009.
13) Hart-Landsberg Martín, “China, capitalist accumulation and the world crisis”, XII International Conference of Economist on Globalization, La Havana, march 2010.
14) Aversa Jeanine, “Por qué es tan difícil reducir el desempleo”, Clarín, 2-2-10. Goodman Peter, “La pesadilla americana de vivir sin trabajo por años”, New York Times-Clarín, 22-2-10.
15) Estimaciones contundentes de esa recuperación presentan por ejemplo, Moseley Fred, “The U.S. economic crisis, causes and solutions”, International Socialist Review, March-April 2009. Valle Baeza, “Una explicación de la gravedad de la actual crisis estadounidense, XI Encuentro Internacional sobre Globalización y problemas del Desarrollo, La Habana, 2-6 marzo 2009. Husson Michel, “Le dogmatisme n’est pas un marxisme”, www NPA 2009.org
16) Los datos de este proceso son presentados por Caputo Orlando, “La crisis actual de la economía mundial: una nueva interpretación teórica e histórica”, XI Encuentro Internacional sobre Globalización y problemas del Desarrollo, La Habana, 2-6 marzo 2009.
17) Ver: Post Charlie, “Crisis theory”, Solidarity, New York, October 19, 2008.

Parte IV
Resulta muy difícil predecir cuánto tiempo podrá el neoliberalismo posponer el estallido de sus contradicciones estructurales. Pero la prorroga de estos desenlaces seguramente conducirá a conmociones más severas. Existen varias posibilidades para el desemboque de la crisis.

Otro reciclaje

Al comienzo del 2010 el ajuste comienza a reemplazar al socorro, en la gestión de la crisis. La socialización de pérdidas a cuenta del estado tiende a ser sustituida por ataques más directos a las condiciones de vida de los trabajadores. Con distinta intensidad y temporalidad, en varios países se ha puesto en marcha este giro hacia el atropello. El recorte capitalista exige depurar bancos, eliminar firmas poco competitivas, achicar el financiamiento público e introducir reestructuraciones globales, para compensar las desbalances comerciales y monetarios.

Este proceso de desvalorización de capitales obsoletos siempre se ha instrumentado con sufrimiento popular. Lo que se dirimirá en próximo período es la magnitud de una cirugía que multiplicará el desempleo, la pobreza y la caída del salario. Una hipótesis es la consumación de esta agresión repitiendo lo ocurrido en las últimas dos décadas. En este período los ajustes provocaron enormes conmociones en distintas economías, sin desembocar en una eclosión generalizada y sin modificar la tónica de la etapa.

Al cabo de serios padecimientos populares, estas sacudidas financieras concluyeron con una descompresión del temblor en los países de origen y con irrupciones en nuevas zonas. Esta trayectoria siguieron los estallidos que conmovieron a Estados Unidos (1987, 1991, 2001), Europa (1987), Rusia (1998), Japón (1993), el Sudeste Asiático (1997) y América Latina (México 1994, Brasil 1999, Argentina 2001).

Si la convulsión actual reitera esta secuencia, la reorganización de los bancos más comprometidos y de las empresas más endeudadas se consumará con transferencias de ingresos, limpiezas de pasivos y licuaciones de las deudas, solventadas en la degradación del nivel de vida popular. De esta reorganización surgiría un interregno preparatorio de nuevos desplomes. El ritmo de estos colapsos se ha intensificado desde mediados de los años 80, potenciando las turbulencias que entre 1970 y el 2007 derivaron en 124 crisis bancarias, 208 crisis cambiarias y 63 crisis de deuda soberana. (1

Pero un escenario de este tipo exigiría también dilatar las crisis de realización y valorización del capital, mediante los mismos mecanismos que permitieron sobrellevar estos desequilibrios durante veinte años. Requeriría la permanencia de ajustes competitivos en los momentos de alivio y socorros estatales en las situaciones críticas.

La regeneración del modelo actual exigiría posponer los desequilibrios de la demanda, con otra sobrevida del consumo financiarizado fuera de Estados Unidos, ya que la convulsión actual ha golpeado como nunca a los consumidores de la primera potencia (y de otros países que abusaron del modelo crediticio, como España y Gran Bretaña). Se necesitaría incorporar al consumo financiarizado a nuevos segmentos de la clase media de la semiperiferia, recurriendo a políticas económicas neo-desarrollistas. (2

Esta expansión de la demanda en China, India, Brasil o Rusia podría compensar, pero no sustituir al volumen consumo del Primer Mundo. Aunque en los últimos meses se avizoran cierto cambios de roles en la economía mundial, con mayores exportaciones de los países centrales y crecientes importaciones de las economías semiperiféricas, los grandes mercados internos están localizados en el primer segmento y las posibilidades de fabricar con bajos costos se ubican en el segundo grupo.

La supervivencia de la etapa neoliberal necesitaría cimentarse también en un continuado repunte de la tasa de ganancia. Una vez superada la erosión de beneficios que generará el desplome recesivo del 2008-10, los mecanismos para sostener esa rentabilidad no diferirían de los utilizados en las últimas décadas. Pero exigirían profundizar ciertos cursos.

Un aumento de la tasa de explotación sería el principal instrumento para preservar la valorización del capital. Ya sobran indicios de esta tendencia con la arremetida reaccionaria en Grecia, España y Portugal. En estos países se procesa el gran test de un atropello, que las clases dominantes han tomado como hoja de ruta.

Otro instrumento de esta batalla serán los recortes de los convenios laborales que prepararan las grandes corporaciones, siguiendo el modelo establecido por General Motors. Una empresa quebrada es actualmente monitoreada por los delegados de un gobierno, que invirtió 50.000 millones de dólares en el rescate y ha tomado a su cargo el 60% de las acciones de la compañía. Este manejo orienta la recuperación de la rentabilidad a costa de los trabajadores. Los despidos, el deterioro de las condiciones laborales y la pérdida de las conquistas sociales se financian con fondos públicos.

La posibilidad de sostener la tasa de ganancia con mayor abaratamiento de las materias primas presenta, en cambio, mayores dificultades. Estos insumos se han encarecido en el último quinquenio como reacción cíclica a la desvalorización precedente, Como existe, además, un contexto de escasez de los productos básicos demandados por las economías intermedias es improbable un retorno a las bajas cotizaciones de los años 90.

Tampoco es nítido el nivel que alcanzaría la depuración de empresas. Los procesos de fusión y concentración de firmas coexisten con socorros estatales, que a veces reciclan el dinamismo inversor y en otros casos deterioran los patrones de competitividad que instauró el neoliberalismo.

Contexto de desenlace

Otro escenario de la crisis es un agravamiento sin respiro de todos los desequilibrios, con pocas compensaciones y virulentas definiciones. En este caso, tendería a producirse una confluencia de los desarreglos coyunturales del 2008-10, con las crisis de realización y valorización de las últimas décadas. Este empalme sería factible por la magnitud de una conmoción que afectó en forma simultánea a las economías desarrolladas, introdujo un contagio global y desató recesiones más acentuadas.

En este escenario la crisis asumiría una intensidad mayúscula, que podría emular lo ocurrido durante la depresión del 30 o asemejarse a la stanflation de los años 70. La deflación constituiría el rasgo típico del primer sendero. Supondría una virulenta caída del poder adquisitivo, junto a la masificación del desempleo en las economías centrales. Esta declinación de los precios introduciría un mecanismo de ajuste para desvalorizar la fuerza de trabajo y depurar los capitales. Un desemboque inflacionario conduciría por otro camino, a esa misma adaptación de los precios a los nuevos valores de las mercancías. (3

Las tendencias más recientes de Europa y Asia parecen indicar cierta preeminencia del recorrido inflacionario, que en todo caso será anticipado por las políticas económicas de los gobiernos. En Estados Unidos ha comenzado una discusión sobre la forma de reducir la deuda pública y muchos economistas se inclinan por repetir su licuación, mediante el mismo aumento de los precios que se registró en la posguerra. Pero ese procedimiento requeriría, además, una elevada tasa de crecimiento que resulta muy improbable. (4)

También podría irrumpir una combinación de ambas variantes, adaptada a la actual etapa de capitalismo mundializado. Pero cualquiera de estas alternativas conduciría a colapsos mayúsculos. Lo ocurrido en los años 30 y 70 demuestra, además, que este tipo de crisis puede desembocar en giros cualitativos de la dinámica del sistema, que en la actualidad tendrían connotaciones planetarias. (5)

Resulta imposible anticipar cuál será el desenlace final de la eclosión del 2008-10. En los primeros meses de la crisis parecía inminente un desplome mayor, pero el alivio del 2009 moderó esta impresión. Entre los marxistas existen distintos presagios sobre la envergadura de esta eclosión. (6)

Ortodoxos y heterodoxos

Los debates sobre la crisis han concentrado la atención de todos los economistas. Los neoliberales ya dejaron atrás su desconcierto inicial y recitan nuevamente la mitología del capitalismo eterno. Consideran que este sistema retomará su marcha floreciente, luego de corregir las imperfecciones que desencadenaron el transitorio desplome financiero del 2008-10. (7)

Pero este tipo de fábulas han perdido credibilidad. Es evidente que la magia del mercado no remonta espontáneamente las crecientes recaídas de la economía. Además, ya no es tan fácil encubrir los terribles padecimientos sociales que rodean a esas convulsiones. A medida que los ajustes se tornan más virulentos, el mensaje neoliberal pierde argumentos, encuentra menor auditorio y se torna más pragmático.

También los heterodoxos exoneran al capitalismo, con sus propuestas de regulación financiera y supervisión de los bancos. Atribuyen exclusivamente la crisis al descontrol de las finanzas y proponen enmendar esta inoperancia con reglamentos y puniciones a los movimientos especulativos. Estiman que estas normas permitirán encarrilar la economía, si se reinstalan segmentaciones operativas en la actividad financiera con cierta primacía de la banca pública. Otras propuestas añaden el desmantelamiento de los grandes bancos y una restricción de operaciones que reduzca la gravitación de los inversores institucionales, en los mecanismos del capitalismo patrimonial. (8)

En los momentos más álgidos de la crisis, estas medidas fueron discutidas en las cumbres presidenciales. Allí se consideró reformar el FMI para reafirmar su rol supervisor del capital financiero internacional. También se ha evaluado la introducción de una tasa Tobin, para acotar los trastornos que genera la vertiginosa movilidad de los fondos circulantes. (9)

Pero con el alivio que siguió al socorro estatal, estas propuestas han perdido predicamento en las cúpulas del poder. Las convocatorias a la regulación siguen en carpeta, pero nadie obstruye la continuada preeminencia del liberalismo financiero. La prohibición de los paraísos bancarios ha pasado a segundo plano, junto a la prometida supresión de las bonificaciones a los directivos. La reforma de entidades que promueve Obama es una versión tan light de la iniciativa original, como la tasa Tobin que propone Brown en Inglaterra.

Sin embargo la sola intención de introducir ciertas restricciones a la actividad de los bancos ha desatado una fuerte presión de Wall Street, que mantiene bloqueado un proyecto para limitar el tamaño de las entidades y transparentar los riesgos involucrados en las operaciones con títulos complejos. También se propone introducir alguna protección a los pequeños tenedores de bonos y otorgar poder a los accionistas para limitar los premios de los ejecutivos.

Pero hasta ahora existe poca predisposición del establishment norteamericano para implementar estos cambios. Algunos teóricos heterodoxos cuestionan la impotencia gubernamental frente a estas presiones. Despotrican contra la insensibilidad de Wall Street y la corrupción de Washington, pero no indagan las razones que condujeron a reemplazar el añorado modelo de posguerra por la desreglamentación liberal.

Especialmente ignoran el papel que asumió la propia competencia entre los bancos, en la primacía de este curso. Esa rivalidad es una característica del capitalismo, que invariablemente socava las regulaciones estatales. La propia expansión de los negocios incentiva este deterioro, a medida que aumenta la búsqueda de nuevas fuentes de provisión crediticia.

Los determinantes capitalistas de la hipertrofia bancaria son desconocidos por todos los analistas que fetichizan las regulaciones y desconocen el basamento social de estas normas. Como suponen que el estado es una institución neutra al servicio de la sociedad (y no de las clases dominantes), vislumbran a los reglamentos como un equitativo paraguas que cubre a la comunidad (sin favorecer a los poderosos).

En los genéricos elogios a futuras regulaciones financieras nunca se aclara quién será beneficiado y afectado por estas reglas. Se omite explicar, que si favorecen a los banqueros no implicarán cambios significativos y si apuntalan a otros sectores (como los industriales), abrirán una pugna competitiva para la recomposición ulterior del poder financiero.

Los keynesianos más afamados y amoldados al poder se han resignado al funcionamiento regresivo del capitalismo. No solo convalidan la gravitación de los banqueros, sino que aceptan la tormentosa expansión del desempleo. Esta actitud los sitúa muy lejos de la “eutanasia del rentista” y muy cerca de las posturas conservadoras. Su apoyo al socorro estatal de los bancos es un ejemplo de esa adaptación.

Esta orientación actualiza el patrón de estrategias macro-económicas, que en la postguerra adoptaron en común los keynesianos y los neoclásicos. Esas convergencias se repitieron posteriormente, mediante regulaciones adaptadas a los principios del libre-mercado y políticas anti-cíclicas amoldadas a los criterios neoliberales.
¿Capitalismo humano?

Otras vertientes heterodoxas discrepan con esa confluencia y proponen una remodelación progresiva del capitalismo, mediante la reducción de la desigualdad. Convocan a revertir el modelo anglosajón a favor de un esquema socialdemócrata para sustituir el neoliberalismo financiero por algún relanzamiento productivo.

Ciertas versiones de este enfoque sugieren introducir de inmediato medidas de protección de los grupos más afectados por la crisis (frenar desalojos, aumentar el seguro de desempleo, introducir un ingreso mínimo universal), junto a reformas sociales (especialmente en salud y educación) que permitan restablecer el destruido estado de bienestar. Otros postulan recrear el espíritu del laborismo y la estrategia de la economía mixta. (10)

Estas visiones no ocultan su nostalgia por el esquema que naufragó en los años 70. Pero convocan a resucitarlo sin explicar las causas de su hundimiento. Cuestionan en forma simultánea al liberalismo y a la gestión colectivista, destacando el carácter fallido de ambos experimentos. Pero olvidan agregar que la estrategia socialdemócrata fue ensayada en mayor escala durante gran parte del siglo XX. No se entiende por qué razón exceptúan a ese esquema de las grandes frustraciones de la centuria pasada.

Muchas de estas vertientes comparten la expectativa de humanizar al capitalismo. Consideran que este sistema perderá su impronta brutal, a medida que las reformas sensibilicen a las elites que comandan el sistema. (11)

Pero este tipo de llamados nunca encuentra eco entre los altos funcionarios de los estados. Estos directivos suelen amoldar el sistema a las cambiantes necesidades de las clases dominantes. Propician acotadas mejoras sociales en los momentos de gran descontento popular y anulan estas reformas en los períodos de reflujo de la resistencia. Lo mismo ocurre con las regulaciones financieras. El capitalismo incorpora ciertos controles que abandona cuando se diluyen las tensiones.

Lo que torna imposible la gestación de un “capitalismo humano” es la continuada rivalidad por el beneficio. La búsqueda de este inalcanzable objetivo conduce a la dilapidar las energías transformadoras de la población. Un sistema asentado en la explotación del hombre por el hombre no puede ser humanizado, ya que vulnera el principio básico de la convivencia entre individuos. Mientras que la competencia por la ganancia impide generar relaciones de cooperación, la ambición por el lucro impone una despiadada cultura de arribismo, egoísmo y darwinismo social

Estos pilares del sistema explican también la periódica recreación de esquemas regulados y liberales. Cuando el principio de la rentabilidad es afectado por el primer curso se abre una traumática sustitución hacia el segundo y en condiciones inversas opera la tendencia complementaria.

La compulsión de los dominadores a agredir a los trabajadores constituye un rasgo intrínseco del capitalismo y no un defecto exclusivo del modelo anglosajón. La conducta conservadora que adoptan los socialdemócratas cuando asumen el gobierno es una prueba contundente de esta dinámica. Lo único que puede limitar los atropellos de los dominadores es la resistencia social de los oprimidos y la gestación de estrategias políticas anticapitalistas.

Un nuevo tipo de socialismo

La visión heterodoxa convencional es impugnada por muchos analistas radicales, que cuestionan los remiendos superficiales a la misma estructura de dominación. Resaltan la profundidad de la crisis actual, destacando la multiplicidad de sus impactos y objetando la simple apelación a las regulaciones. Consideran que el estallido del 2008-10 ha puesto contra las cuerdas a todo el régimen de acumulación instaurado por el neoliberalismo. (12)

Este enfoque evalúa acertadamente la magnitud del temblor, pero no explicita las conexiones existentes entre este esquema y sus pilares capitalistas. La convulsión actual presenta un doble alcance: afecta las estructuras del neoliberalismo, pero socava al mismo tiempo sus cimientos capitalistas.

Es un error divorciar ambas facetas, aludiendo de forma genérica al carácter sistémico de la crisis, sin precisar su naturaleza capitalista. Hay que subrayar cuál es el modo de producción corroído por esa eclosión. Si se recurre a múltiples términos y calificaciones sin mencionar a este sistema, resulta imposible comprender el sentido de la crisis.

La principal implicancia de esta caracterización es su corolario. Cuándo se resalta el carácter capitalista de la crisis se pone también sobre la mesa la necesidad de una opción socialista. El capitalismo no es una variante de las relaciones entre la sociedad civil y el estado, que podría mejorarse perfeccionando una u otra entidad. Es un régimen asentado en la propiedad privada de los medios de producción y en la explotación del trabajo asalariado, que solo puede erradicarse con iniciativas de construcción socialista.

El significado de esta meta ha generado muchos interrogantes desde el colapso del denominado “socialismo real”. Este desplome introdujo gran desconfianza en la posibilidad de gestar una sociedad que supere las desgracias del capitalismo. Pero la reaparición de la crisis vuelve a poner en debate esta opción.

Hasta los fanáticos defensores del orden vigente, reconocen en la actualidad, que el capitalismo ha perdido la atracción que reconquistó luego de la implosión de la URSS. En otros textos hemos explicado por qué razón ese derrumbe coronó el fracaso de una experiencia incompatible con un genuino proyecto socialista. También señalamos en qué medida resulta indispensable reconstituir esta meta sobre nuevos pilares democráticos y revolucionarios. (13)

Un horizonte de este tipo presupone propuestas anticapitalistas, también ajenas al “socialismo de mercado”, que planteó inicialmente la irrupción de China en el escenario global. Las referencias a ese proyecto han declinado en los últimos años, con la consolidación de una clase dominante que afianza la conversión de ese país en una típica potencia capitalista. Este acelerado viraje torna particularmente ilusorias las expectativas de forjar un “consenso de Pekín” progresista y favorable, en contraposición al regresivo “consenso de Washington”. (14)

Ningún dato de la política internacional de China avala esta creencia. Al contrario, todas las iniciativas que adopta el gigante oriental en Asia, África o América Latina están guiadas por cálculos de rentabilidad y ambiciones de dominación. En los tratados comerciales, en los convenios de inversión y en las definiciones geopolíticas, no existen diferencias significativas entre China y Estados Unidos, Europa o Japón.

El socialismo es un proyecto a recrear desde abajo, con experiencias que abran horizontes anticapitalistas. En estas acciones comenzarían a vislumbrarse los contornos de un futuro de igualdad, democracia y libertad. Se han propuesto muchos términos para definir ese porvenir, pero el socialismo continúa aportando la denominación más certera. El desafío es adaptar esa meta a un nuevo tipo de cataclismo, que amenaza a la sociedad contemporánea.

Parte V Final
Durante el año pasado proliferaron las cumbres presidenciales para lidiar con la crisis. Hubo encuentros para coordinar el socorro de los bancos (Londres), reuniones para compatibilizar las acciones militares (Estrasburgo) y convites para tratar el cambio climático (Copenhague). Por primera vez la temática ambiental quedó equiparada en la agenda mundial con otros problemas prioritarios.

Esta relevancia confirma la gravitación que tiene el trastorno ecológico. Numerosas reflexiones vinculan la crisis económica global con el desarreglo climático, pero pocos análisis resaltan el origen capitalista de ambas convulsiones y el alcance histórico que presenta la destrucción de la naturaleza.

La degradación ambiental

El desastre climático desborda los desequilibrios corrientes del capitalismo. El dramático impacto del calentamiento global ya es incluso reconocido por los escépticos, que durante años relativizaron la gravedad del problema. La contaminación ha obligado a presidentes, ministros y ejecutivos a discutir cómo se reduce la emisión de gases y de qué forma se reemplaza a los combustibles fósiles. (1)

El tema es abordado por las clases dominantes ante el agravamiento de las sequías, los tsunamis, las inundaciones, los ciclones y el aumento del caudal de los ríos. La propia noción de cambio climático -que evoca una transformación gradual del medio ambiente- no expresa la vertiginosa destrucción de la biodiversidad.

En los últimos años el deshielo de los glaciares del Ártico y el incremento del nivel agua en las costas del Sudeste Asia provocaron una brusca aceleración del deterioro ambiental. Existe gran coincidencia en pronosticar que traspasado cierto punto, estas trasformaciones tendrían un efecto irreversible. (2)

La emisión de dióxido de carbono se consuma a un ritmo que supera en un 44%, el volumen de gases que el planeta puede reabsorber. Esta desproporción va forjando una huella ecológica de creciente dimensión. La cantidad de recursos que se necesita para reproducir la vida reabsorbiendo los desechos se incrementó al doble entre 1961 y 2005. En la actualidad equivale a 1,2 planetas y en el 2030 supondría dos planetas. Otros cálculos de esta biocapacidad para reproducir las condiciones de la vida presentan resultados más alarmantes. (3)

Es completamente falso atribuir este deterioro a la “irresponsabilidad de los hombres”, “al olvido de la naturaleza” o a las “manipulaciones de la ciencia”. La crisis ambiental es consecuencia de un sistema social asentado en el apetito por el lucro. Durante más de 200 años la competencia por la ganancia provocó la aniquilación de los recursos naturales, sin alterar la continuidad de la acumulación. Esta reproducción ha quedado amenazada en la actualidad.

El desarrollo capitalista se basa en una matriz energética de combustión de los recursos no renovables (primero carbón, luego el petróleo), que junto a la deforestación y la emisión de gases han desencadenado el recalentamiento global. La utilización del medio ambiente natural como un simple insumo de la acumulación ha conducido a la demolición progresiva de ese entorno.

El patrón de rentabilidad indujo también a descartar un desarrollo de la energía solar, que hubiera protegido a la naturaleza. Cuándo el carbón y el petróleo empezaron a escasear se desenvolvió el sustituto nuclear con efectos potencialmente más catastróficos.

En las últimas décadas el neoliberalismo acentúo estos descalabros, al propiciar una sobreproducción de mercancías basada en la utilización creciente de materias primas. La liberalización de los intercambios, la mundialización del transporte, la producción just in time y el incremento de la urbanización han acentuado el sobreuso de los recursos naturales. Particularmente nocivos son los agro-fertilizantes y los agro-carburantes.

El neoliberalismo oxigenó al capitalismo socavando los pilares materiales del sistema. Este deterioro se consumó en la carrera por aumentar la productividad reduciendo costos, incrementando la velocidad de circulación del capital y acortando el ciclo de vida de los productos. (4)

La propia dinámica de la valorización conduce a vulnerar los límites de la naturaleza. El capitalismo se desenvuelve como una fuerza devoradora. Promueve un crecimiento ilimitado que desconoce las restricciones energéticas y materiales. Esta depredación ha sido muy visible en la utilización del petróleo. En tan solo un siglo (1930-2030) se ha dilapidado el grueso de las reservas de ese combustible.

El capitalismo trata a la naturaleza como una externalidad cuyo costo debe ser reducido sin reparar las consecuencias del drenaje. Absorbe crecientes cantidades de todos recursos omitiendo su escasez potencial. Pero como no puede desenvolverse sin sustentos materiales esa destrucción afecta su propia continuidad. (5)

Compromisos bloqueados

Los principales gobiernos discuten desde hace años alguna salida al deterioro ecológico. Pero todas las posibilidades de acuerdos han sido bloqueadas por la invariable negativa de las potencias a cargar con el costo de atenuar el desastre. No logran conciliar la meta de reducir el calentamiento (evitar un aumento de la temperatura de 0,7 a 2 grados centígrados por encima de 1850). Al ritmo actual de emisiones podrían incluso irrumpir escenarios más dramáticos (4 o 6 grados), si no se suscribe algún compromiso para disminuir la generación de los gases corrosivos.

El impacto recesivo de la crisis global es visto por muchos economistas como una oportunidad para comenzar esa reducción, aprovechando la caída del nivel de actividad. Pero nadie encuentra la forma de concertar un acuerdo entre los países avanzados, que provocan el 70% de la contaminación y cargan con la responsabilidad histórica de la degradación ambiental.

Para rescatar a los bancos las principales potencias acordaron rápidos auxilios, pero para salvar al planeta no exhiben la misma urgencia. La dimensión de las contradicciones en juego determina estas diferencias. Existe una vasta experiencia de intervencionismo estatal para lidiar con las crisis financieras, pero nadie sabe qué hacer frente a la convulsión climática. En este terreno solo predominan los interrogantes.

La reunión de Copenhague fue un retrato de este impasse. Concluyó peor de lo esperado, con total ausencia de objetivos o cronogramas para reducir las emisiones. Tampoco se definió como se distribuiría, financiaría o controlaría un eventual acuerdo. Solo se consensuaron mecanismos de intercambio de información. El gran problema de esta parálisis radica en que la permanencia por debajo de los 2 grados del calentamiento, no se improvisa. Se requieren iniciativas que ningún gobierno está dispuesto a instrumentar. (6)

Estados Unidos sigue apostando a trasladar el descalabro a la periferia, potenciando la injusticia climática. El mayor impacto del desastre ambiental recae desde hace años sobre los pueblos con menor responsabilidad en el problema. Las grandes sequías y contaminaciones azotan a los países que tienen escasa incidencia en la combustión global.

Pero como se demostró durante la catástrofe del Katrina el desastre también golpea en las puertas de los países desarrollados, afectando especialmente a la población más humilde. La política imperial de trasladar a la periferia un problema planetario tiene poca viabilidad.

Estados Unidos bloquea cualquier tratado global por una simple razón: con el 5% de la población mundial utiliza el 25% de los recursos petroleros. No acepta cargar con el ajuste que le correspondería. Frustró las conferencias de la ONU (1992) y se negó a ratificar el primer convenio de restricción de las emisiones (Kyoto 1997). Los voceros de la primera potencia suelen enunciar vagas promesas de futuras auto-limitaciones, mientras impulsan los agro-carburantes, las plantas nucleares y las manipulaciones genéticas.

El gigante del Norte tiende a establecer a veces alianzas con Europa y Japón contra las economías intermedias y en otras ocasiones tantea acuerdos inversos. Obama parece empeñado en recuperar el terreno que perdió Bush frente a sus rivales de la tríada, en la carrera por desenvolver tecnologías verdes. Como tarde o temprano habrá que poner en práctica alguna iniciativa, Estados Unidos se prepara para ejercer el arbitraje global.

La forma en que Obama encara las tratativas ilustra el grado de continuidad que mantiene con su predecesor. Abandonó el coqueteo con varias iniciativas ecológicas y volvió a darle oxigeno al lobby de los 25 estados norteamericanos que producen carbón. A diferencia de la Unión Europea, ni siquiera restringe el incremento de las emisiones.

Pero no será gratuito seguir pateando para adelante alguna solución. El problema se agrava día a día, especialmente desde que las negociaciones desbordaron a la Tríada. China se ha convertido en un emisor del mismo porte que Estados Unidos (cada uno es responsable del 22 % del total de gases) y se resiste a limitar su crecimiento o a considerar controles externos sobre sus emisiones. También Rusia e India son partícipes importantes de la contaminación (5% cada uno) y Brasil pesa como gran absorbente potencial del calentamiento.

La incorporación del problema ambiental al ajedrez geopolítico internacional fue muy visible en Copenhague, cuándo Estados Unidos relegó a Europa, buscó una negociación directa con China y rompió el bloque de los países subdesarrollados.

Pero todo indica que el tema permanecerá en total irresolución, hasta que alguna devastación mayor impacte sobre los centros imperiales. El Katrina ya situó a una localidad estadounidense, en el nivel de tragedia que se vive desde años en el Océano Pacífico, Birmania o Bangla Desh. Sin embargo esta advertencia ha sido insuficiente.

Para fijar un techo al incremento anual de las emisiones se requieren drásticas medidas de limitación de la competencia capitalista y de moderación del derroche consumista. Solo un desmoronamiento ambiental más virulento induciría a la adopción de esas iniciativas.

Capitalismo verde

La calamidad ambiental ha sido tradicionalmente ignorada por los economistas ortodoxos, que están incapacitados para comprender estos trastornos. A diferencia de los científicos que han seguido detalladamente la evolución del problema, oscilan entre la negación y el escepticismo. No pueden percibir el deterioro del medio ambiente desde el momento que excluyen a la naturaleza de su abordaje de la economía.

Los teóricos neoclásicos consideran que ese cimiento opera como sustento de una ilimitada circulación de flujos mercantiles. Por eso desconocen la existencia de un conflicto entre la valorización del capital y su soporte material. En lugar de reconocer las contradicciones que oponen a estas dos dimensiones, imaginan una compatibilidad espontánea que permitiría el crecimiento irrestricto.

Los ortodoxos suponen que el mercado puede resolver cualquier anomalía de la ecología y como razonan en horizontes de corto plazo se despreocupan por las perturbaciones del futuro. También ignoran los temas ambientales por simple insensibilidad ética frente a las tragedias humanas de la periferia. (7)

Los neoliberales afrontan la degradación ambiental con el optimismo vulgar que han mostrado frente a la crisis financiera. Suponen que ambos procesos son pasajeros y serán espontáneamente superados por algún equilibrio de la oferta con la demanda. Pero si el entrecruzamiento de estas dos variables no alcanza para remontar las recaídas de la economía, no se entiende como podrían aportar algún remedio al descalabro ambiental.

El grueso de los economistas heterodoxos espera soluciones de algún logro tecnológico. Las principales expectativas están puestas en los nuevos usos de la energía nuclear y en los alimentos genéticamente modificados. Con argumentos malthussianos, atribuyen la degradación ecológica al incremento de la población o a erróneos modelos de industrialización. (8)

Una versión muy popular de este enfoque apuesta a la disipación de la contaminación, mediante la reconversión automotriz eléctrica, olvidando el agravamiento del problema que genera la propia fabricación de esos vehículos. (9)

La carrera que ha comenzado por la búsqueda de tecnologías verdes opera como un factor de contaminación. Esta competencia incentiva, además, la multiplicación de aprendices de brujo que experimentan con innovaciones riesgosas. Esta improvisación introduce amenazas suplementarias, al terrible costo de mantener el sistema social que origina el colapso ambiental.

Los keynesianos coinciden con sus adversarios neoliberales en el intentar de salir del laberinto ecológico con proyectos de capitalismo verde. El principal mecanismo que avizoran es un mercado de emisiones, que penalizaría a los contaminadores y premiaría a los protectores del medio ambiente. Las versiones más ingenuas de esta propuesta estiman que su implementación será gratuita. Suponen que no exigirá inversiones desmedidas, ni reducirá el crecimiento. Los más cautelosos condicionan en cambio este éxito, a la superación de los desacuerdos entre potencias que impiden la instrumentación de los bonos eclógicos. (10)

La aparición de estas iniciativas confirma que la degradación ambiental no será superada con leves impuestos al uso del petróleo o el carbón, ni con proyectos aventureros de captura e inyección del carbono en sitios de almacenamiento. También corrobora que las salidas individuales son inefectivas. Es obvio que no tiene sentido promover el uso bicicletas, mientras se acelera la construcción de autopistas. A medida que los efectos de la contaminación se acentúan, decrece el margen para instrumentar paliativos (como limitar la deforestación) y aumenta la necesidad de reducir drásticamente la emisión de gases.

Los proyectos de capitalismo verde rehúyen estas exigencias con ilusiones mercantiles. Los ejemplos más corrientes de esta ensoñación son las campañas conservacionistas (estilo Gore), que impulsa el ambientalismo capitalista. Intentan demostrar que la polución será superada, transformando a la ecología en un gran negocio para el “desarrollo sustentable”. Especialmente las grandes empresas transnacionales están empeñadas en publicitar ahorros de energía, comidas orgánicas y experimentos con fuentes solares. Con estos mensajes buscan mercantilizar cualquier abordaje del descalabro climático. (11)

Pero solo con fanática idolatría por el régimen vigente se puede suponer que el capitalismo verde resolverá los desequilibrios ambientales, mediante energía limpia, vehículos ecológicos o bonos de contaminación.

Es evidente que un mercado de créditos de ese tipo incrementaría la polarización mundial. Si cada país intercambia compromisos de preservación ambiental en proporción a sus espaldas financieras, las economías desarrolladas tenderán a desentenderse del problema, descargándolo sobre la periferia. Este propósito de los capitalistas de la Tríada coexiste con su intención de frenar la industrialización de ciertos países dependientes, para convertirlos en un campo de deshechos de las fábricas metropolitanas.

La concreción efectiva de cualquier proyecto de capitalismo ambiental enfrenta otros obstáculos mayúsculos. Se requeriría cierta organización global de la inversión, para penalizar las ramas consumidoras de energía en favor de los sectores ahorradores y se necesitaría reorientar las finanzas hacia el crédito en tecnologías verdes. También habría que introducir una política impositiva internacional de eco-tasas, para favorecer la transición hacia alguna norma de consumo que reemplace los hábitos actuales por alguna selectividad verde.

Las barreras que bloquean la implementación de estas estrategias son incontables. El impedimento más obvio es la ausencia de un poder global, capaz de imponer estas políticas de concertación a las empresas rivales de las principales potencias. Tampoco es sencillo generar las condiciones de rentabilidad requeridas para el shock inversor de semejante reconversión. El capitalismo ha registrado varias mutaciones de gran alcance en el pasado, pero no se avizoran por el momento las condiciones para un viraje de este tipo. (12)

Crisis de civilización

El colapso ambiental presenta una dimensión superior a los temblores coyunturales (típicos de la acumulación) y a las crisis estructurales (específicas de cada etapa del capitalismo). Por esta razón no se equipara con la eclosión financiera del 2008-10, ni con los desequilibrios que generó el neoliberalismo en las últimas dos décadas.

El alcance histórico del desastre ambiental se mide por su impacto sobre el futuro de la sociedad humana. Si el calentamiento global continúa profundizando la huella ecológica, podría desatar un descalabro que dejaría atrás todas las convulsiones conocidas. La devastación de la naturaleza no genera simplemente otro deterioro social. Introduce una forma de corrosión que puede demoler los pilares de la vida colectiva.

Todo proceso de valorización es intrínsecamente depredador del medio ambiente y afecta los basamentos materiales de la reproducción económica. La compulsión competitiva vulnera siempre los límites del entorno, pero nunca amenazó tanto al patrón crecimiento vigente desde hace dos centurias. Los cimientos de este esquema han quedado severamente cuestionados.

El desastre ambiental tiende a quebrar los equilibrios ancestrales, que permitieron construir sociedades basadas en el intercambio del hombre con la naturaleza. Acompaña la irrupción de otros fenómenos que rompen estructuras inmemoriales de convivencia humana. La urbanización contemporánea es un ejemplo de estos cataclismos. Por primera vez en la historia, más del 50% de la población mundial ha quedado aglomerada en atosigados e ingobernables centros ciudadanos.

La envergadura de la conmoción ambiental ha tornado muy corriente su identificación con una crisis de época o de civilización. Ambos términos aluden a dos rasgos del problema: su magnitud y multiplicidad. Cuándo se realza las potenciales consecuencias del desastre, predomina el primer sentido y cuándo se destaca la convergencia del trastorno climático con el temblor financiero (o la tragedia alimentaria), prevalece el segundo significado.

Las distintas caracterizaciones de la crisis civilizatoria suelen enfatizar uno u otro plano. Pero todas resaltan la amenaza que afecta a la propia supervivencia de la especie humana. En este sentido la debacle ambiental presenta semejanzas con el escenario de demolición humana, que irrumpió con la aparición de las armas nucleares.

El desastre ecológico es civilizatorio, desde el momento que involucra contradicciones seculares. Expresa, además, tendencias destructivas que escapan al control de los beneficiarios del régimen actual. Los propios capitalistas no pueden manejar los efectos que genera la primacía de la ganancia sobre cualquier otro parámetro social. Este comportamiento “zombie” ilustra como las monstruosidades del sistema agobian a sus propios creadores. La continuidad del capitalismo puede desembocar en un desastre sin retorno. (13)

Las crisis históricas siempre han implicado enormes destrucciones de recursos. El capitalismo nació demoliendo a las civilizaciones circundantes y nunca pudo sustraerse a los grandes cataclismos. Se gestó durante los siglos XVII y XVIII con el pillaje de la acumulación primitiva y la expropiación de los campesinos. Introdujo un terrible nivel de devastación entre las poblaciones originarias, que sufrieron la apetencia de músculos, sangre y oro de los conquistadores. En esa época se registró la mayor masacre demográfica de la historia.

Durante la era colonial el sistema se expandió con el crimen de la esclavitud, que impuso la involución del continente africano y bloqueó el desarrollo endógeno de todas las regiones subordinadas a las metrópolis. Finalmente el capitalismo maduró en la centuria pasada con la tragedia de dos guerras mundiales, que ocasionaron la muerte de millones de individuos, en la mayor carnicería organizada que ha sufrido el género humano.

La debacle ambiental puede inscribirse en esta secuencia de colapsos mayúsculos, que han rodearon a cada período del capitalismo. Nadie sabe cuál es la escala del peligro actual, como tampoco eran previsibles las distintas tragedias del pasado. Pero tomando en cuenta esos precedentes, no son exageradas las advertencias de una posible hecatombe ambiental. (14)

Temporalidades discordantes

La crisis histórico-ecológica está enlazada con el estallido financiero coyuntural y con las tensiones estructurales del neoliberalismo, pero sigue una trayectoria temporal autónoma. Procesa desequilibrios que no están sujetos a la periodicidad del ciclo corto o a las fluctuaciones largas. Únicamente en su maduración, las tensiones ecológicas podrían conectarse en forma directa con los desajustes inmediatos de la acumulación o con las tensiones de la etapa.

Pero ciertos vínculos ya cobran forma a través de dos efectos de la mundialización neoliberal: la sobreproducción de mercancías y la sub-producción de los insumos, requeridos para sostener la nueva escala de productividad global. La penuria de abastecimientos comienza a verificarse en numerosas ramas y refleja la depredación acumulativa que ha sufrido el medio ambiente. La escala de este ahogo es por el momento desconocida, pero el agotamiento de los recursos naturales generado por la producción sobrante, ya es indicativo de la gravedad del desarreglo actual.

Esta combinación de producción excedente y recursos faltantes introduce una fractura de consecuencias imprevisibles sobre la dinámica de la acumulación. Los desequilibrios clásicos de realización y valorización, comienzan a operar sobre una plataforma natural seriamente dañada.

Pero estos cruces entre la crisis coyuntural, estructural e histórica no diluyen la dinámica diferenciada de estos desequilibrios y su procesamiento en ritmos discordantes. La convulsión del capitalismo es múltiple y sus diversas aristas no se han amalgamado. Es cierto que la eclosión financiera expresa una quiebra del capital, entrelazada con signos de debacle ambiental. Sin embargo este proceso se desenvuelve como una tendencia, que no se tradujo hasta ahora en convergencia temporal de las tres conmociones. ¿El temblor financiero del 2008-2010 marcará el inicio de esta confluencia?

Por el momento ese empalme constituye solo una hipótesis. La catástrofe ambiental continúa asediando al capitalismo como una amenaza en ciernes. Mantiene una discordancia paralela a los trastornos coyunturales de las finanzas, la producción y el comercio, que no han hecho eclosionar los desequilibrios estructurales del neoliberalismo. El capitalismo contemporáneo está afectado por una sucesión variada de conmociones, que se desenvuelven sin fusionarse en una crisis convergente. (15)

La tendencia a este empalme es un ingrediente explosivo de todas las conmociones de las últimas décadas. Pero como esa imbricación no se ha consumado, el capitalismo encuentra formas de recreación periódica, al cabo de grandes trastornos.

Una fusión de estos puntos críticos se concretaría, por ejemplo, si la actual recesión se prolonga, no solo bloqueando las distintas salidas al desmoronamiento financiero, sino desembocando también en una sepultura del neoliberalismo. Otra convergencia de mayor alcance se consumaría, si un gran desastre ambiental –como el descongelamiento del casquete polar del Ártico- impacta de lleno sobre el ritmo de la actividad económica.

Eco-socialismo

La resolución del problema ambiental con distintas variantes de capitalismo verde es el único horizonte avizorado por los neoliberales, los keynesianos y muchas corrientes del ecologismo militante.

Estas últimas vertientes aspiran a sensibilizar a los capitalistas, para inducirlos a proteger el medio ambiente en su propia conveniencia. Suponen que los grandes empresarios y banqueros terminarán comprendiendo que el respeto a la naturaleza es indispensable para la continuidad de sus empresas. Con esa expectativa, muchas ONGs ambientalistas endulzan el negocio verde, sin cuestionar la incompatibilidad existente entre la protección ambiental y el reinado de la ganancia.

Esta postura impide encarar una lucha consecuente por la defensa de la naturaleza, ya que la súplica al capital conduce al auto-engaño. Los dueños del mundo no necesitan consejos de sus víctimas para gestionar su dominación. Es inútil solicitarle que sean más razonables y tomen conciencia de sus intereses de largo plazo. La depredación de la naturaleza no proviene de esa ignorancia. Simplemente obedece a la destrucción objetiva que impone un sistema guiado por la competencia de beneficios surgidos de la explotación.

En lugar de atender las peticiones del reformismo ecologista, las clases dominantes encaran el problema con los mismos criterios que afrontan cualquier inconveniente surgido de la acumulación. Buscan transferir la cuenta a los trabajadores y exigen sacrificios al resto de la sociedad, como si no tuvieran ninguna responsabilidad en el desastre.

El principal mensaje de los economistas ortodoxos frente al descalabro ambiental es un llamado general al ajuste, para costear con más desempleo (y quizás menor producción) una reconversión a las tecnologías verdes. Exigen buena letra para que los patrones introduzcan las inversiones requeridas para ese cambio. Pero estas medidas presuponen que los beneficios no se tocan y que las soluciones surgirán de utilizar las mismas recetas que provocaron la contaminación.

Otros defensores del orden vigente proponen inducir el decrecimiento económico y la contracción absoluta del consumo, para frenar la devastación de la naturaleza. Pero omiten la existencia de alternativas progresistas. Es perfectamente factible desenvolver modelos de crecimiento selectivo, que jerarquicen la generación bienes sociales en desmedro de las mercancías prescindibles. Este proceso permitiría, además, sustituir paulatinamente los combustibles no renovables por la energía solar.

Este viraje podría incluso comenzar reduciendo la fabricación de los productos que agreden al medio ambiente y retrayendo el consumismo privado. El ejemplo más evidente de este giro sería un progresivo reemplazo del automóvil individual por formas de transporte colectivo.

Las propuestas más interesantes son impulsadas por los teóricos del eco-socialismo. Han demostrado que no existe ninguna necesidad de reducir el nivel de vida de población si se redefine el significado de los bienes, diferenciando los productos necesarios de los prescindibles y creando sistemas de información que reemplacen a la publicidad. Estas iniciativas se enmarcan en la perspectiva de creciente control social de los recursos y selección popular de alternativas de producción y consumo, junto al establecimiento de formas de planificación democrática a escala global. Son ideas que contemplan un horizonte socialista de respuestas al desastre ambiental. (16)

Este enfoque se opone también a los planteos neo-desarrollistas, que en las economías intermedias relativizan la gravedad del tema ecológico, presentándolo como un problema de los países centrales. Sus voceros rechazan cualquier limitación de la minería extractiva, la siembra con agro-tóxicos o la industrialización contaminante. Intentan hacer la vista gorda frente a calamidades que provocan estas actividades en los segmentos más humildes de la población.

Varios autores críticos han comenzado a difundir la necesidad de un cambio radical de las concepciones imperantes, para sustituir el utilitarismo antropocéntrico por una visión biocéntrica, que reconozca los derechos de la naturaleza. Fundamentan su visión en el concepto del “buen vivir”, que desarrollaron los pueblos originarios del continente. (17)

Pero es importante situar estos planteos en el contexto de la crisis histórica del capitalismo, ya que cualquier disociación de este pilar impide comprender el origen de los peligros actuales y sus eventuales soluciones. Por esta razón es decisiva la conciencia anticapitalista que comienza a ganar influencia en las movilizaciones del ambientalismo.

En la cumbre de Copenhague más de 100.000 personas se movilizaron demandando la adopción de medidas de defensa de la naturaleza. Las marchas contaron con gran participación de jóvenes de todos los países e incluyeron cuestionamientos frontales al socorro de los financistas. “Si el clima fuera un banco, ya lo hubieran rescatado”, gritaron los concurrentes a esas manifestaciones. (18)

Este tono anticapitalista es el dato más prometedor de la batalla actual. Planteos de este tipo han presidido la reciente cumbre de Cochabamba (Bolivia), que reunió un importante número de militantes de 42 países. Se resolvió exigir una drástica reducción de las emisiones (50% entre 2013 y 2020), crear un Tribunal Internacional de Justicia Climática, implementar un referéndum mundial en defensa de la naturaleza y demandar transferencias de los países desarrollados hacia la periferia para saldar la deuda climática. La perspectiva eco-socialista comienza a corporizarse en movimientos populares y propuestas políticas.

Claudio Katz es economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).

Supremacía imperial

En el momento más álgido del desplome bancario prevaleció la coordinación y el socorro mutuo entre Estados Unidos, Japón y Europa. Se multiplicaron las cumbres presidenciales y predominó la decisión compartida de salvar a los bancos con gasto público e intervención del Estado. Nadie actuó por las suyas violando esta agenda conjunta. Frente a una crisis de proporciones mayúsculas, la reacción de los poderosos fue intentar una respuesta internacional común. En las circunstancias más peligrosas de la convulsión se apeló al auxilio ilimitado y en los respiros se implementaron políticas anti-cíclicas relativamente consensuadas.

Esta conducta reflejó el mayor entrelazamiento del capital a escala mundial y la creciente gravitación de las empresas transnacionales. Pero reacciones de este tipo solo irrumpen en los momentos de crack. Posteriormente reaparecen los intereses contrapuestos que enfrentan a las principales potencias.

Lo más llamativo de los sucesos del 2007-2010 ha sido el papel predominante que ha jugado Estados Unidos. Afrontó con mayor capacidad de respuesta una crisis originada en su territorio. Esta reacción expresa, en primer lugar, la gravitación que mantiene su economía. A pesar de las posiciones perdidas en las últimas décadas, el gigante del Norte continúa manejando las mayores empresas transnacionales y el principal centro financiero del planeta. (1)

Esta incidencia explica parcialmente la predilección por el dólar y los Bonos del Tesoro como refugios frente al desmoronamiento de los bancos. También esclarece el papel de Reserva Federal que actuó de hecho como un Banco Central global, orientando todas las variables monetarias de los mercados. Esta función contrastó con el comportamiento de las entidades japonesas que volvieron a exhibir sometimiento al padrino estadounidense y del Banco Central Europeo, que fue incapaz de adoptar alguna medida significativa.

Pero la reacción norteamericana también se explica por la magnitud del aparato estatal y de la estructura político-militar que detenta la primera potencia. Este liderazgo en el dispositivo imperialista se puso de manifiesto nuevamente en la reciente cumbre de 47 países, que discutió en Washington la agenda nuclear que estableció el anfitrión.

Como Estados Unidos ya no afronta una perspectiva de guerra con la URSS, sino el peligroso descontrol del comercio de armas atómicas, exige la supervisión ese intercambio. El Pentágono se atribuye la última palabra para definir quién accede al mortífero club, mediante una doctrina que cataloga a Irán y a Corea del Norte como amenazas, a Israel como custodio de la paz y a India o Pakistán como participes maduros del juego de la disuasión.

En Washington se definió blanquear los arsenales atómicos para impedir transferencias indeseadas e instaurar un control del stock de plutonio y uranio enriquecido, bajo el riguroso escrutinio estadounidense. Esta supervisión es exigida, además, por el Departamento de Estado ante la reactivación general del desarrollo nuclear, como fuente de energía alternativa al petróleo.

Sin gran demora en el cónclave se dispuso colocar una importante porción de todo el material dudoso bajo la supervisión norteamericana en solo cuatro años. Los más obedientes ya se anticiparon a entregar esos recursos (Chile, Canadá, Ucrania, México). En la medida que asegure su control del ajedrez nuclear, Estados Unidos podrá desarrollar los nuevos armamentos convencionales, que constituyen su apuesta estratégica para el próximo período. (2)

La otra definición que impuso el Pentágono fue un nuevo ultimátum a Irán. Repitiendo el chantaje de Bush a Irak, las Naciones Unidas exigirán el desarme del enemigo del momento, mientras se mantiene abierta la carta de un bombardeo israelí contra las instalaciones persas, que ya espiaron los agentes del Departamento Estado. El objetivo es garantizar la supremacía nuclear de ejército sionista en esa región.

Europa y Japón continúan aceptado la primacía militar norteamericana en su propio interés. El Pentágono actúa como garante de un orden capitalista global, que los protege frente a los dislocamientos geopolíticos y los brotes de insurgencia popular.

Este aval fue muy visible en la Cumbre de la OTAN de Estrasburgo (2009), que convalidó todos los operativos de terrorismo de estado que implementa la CIA. La Unión Europea brinda su espacio aéreo para las operaciones encubiertas de los militares yanquis. Las principales potencias del Viejo Continente aportan tropas a las invasiones de Medio Oriente y apuntalan el intervencionismo que desarrolla la OTAN desde la guerra de Yugoslavia (1999).

El pantano militarista
En plena conmoción financiera, Estados Unidos aprovechó el sostén de sus aliados para reforzar su ocupación de Irak, acentuar el despliegue de tropas en Afganistán y redoblar la presión sobre Irán. Obama se ha embarcado en una guerra infinita contra el mundo islámico, extendiendo el despliegue de efectivos, saltando de un país a otro, con operaciones crecientemente costosas y prolongadas.

En Afganistán aumentó la presencia de soldados y agencias de seguridad que desenvuelven sus propias batallas y negocios. El nivel de corrupción generado por el tráfico privado de armas y heroína bate todos los récords. En Irak la tranquilidad de los cementerios es periódicamente quebrada por nuevas masacres contra la población civil, mientras la ocupación se eterniza con incursiones hacia el Yemen y Pakistán. Reproduciendo la ampliación de la guerra de Vietnam a Laos y Camboya, toda una región ha quedado involucrada en las acciones sin fronteras, que desenvuelven los marines. (3)

La hegemonía de la primera potencia no está amenazada en el corto plazo por ningún candidato a tomar el comando imperial. Pero esta primacía tiende a ser socavada por la resistencia popular que desatan los brutales operativos del imperialismo.

El odio popular que se acumula frente a las masacres y ocupaciones de los marines crece día a día. El Pentágono se ha metido en un pozo de invasiones, que cuando dan respiro en Irak se agravan en Afganistán y cuándo se alivian en Palestina, irrumpen en Pakistán. Los ocupantes tapan un bache y abren otro agujero. Logran transitorios controles de los centros urbanos, perdiendo el manejo de las zonas alejadas y se recuestan en gobiernos aislados.

Pero lo más grave son las heridas creadas por las matanzas de civiles y por las catástrofes humanitarias que padecen los refugiados. La degradación moral de los invasores y sus mercenarios se acrecienta sin pausa. Los medios de comunicación encubren estas aberraciones, que toman estado público con los relatos de los retornados del frente.

Obama abandono todas sus promesas de acotar este salvajismo. Mantiene una rigurosa censura de imágenes de las brutalidades cometidas por sus tropas, avala la continuidad de las torturas, preserva los asesinatos selectivos en el exterior y mantiene la indefinición judicial de los secuestrados en Guantánamo. Además, recurre a los mismos fantasmas de Bin Laden que desplegó Bush, para crear miedo y justificar el curso belicista.

Solo la profesionalización de la guerra ha permitido a Estados Unidos silenciar la creciente oposición interna a esta acción imperial. El uso de contratistas y sofisticados pertrechos ha mantenido hasta ahora el número de bajas muy lejos del promedio de Vietnam. Pero este reemplazo de conscriptos por equipamiento y contratistas torna muy costosas las guerras de una potencia, que acapara el 48% del gasto militar mundial. Estos desembolsos consumen el 54% del presupuesto estadounidense contra el 6,2% de educación y 5,3% de salud. (4)

Estos compromisos belicistas bloquean la implementación de reformas sociales significativas dentro de Estados Unidos. El plan de salud finalmente aprobado, no es ni la sombra de lo que se había prometido. Millones de personas continúan sin seguro de enfermedad y deben adquirir costosas pólizas individuales que aseguran los negocios del lobby farmacéutico. Los republicanos esperan lucrar con los efectos políticos de estas frustraciones en el plano interno. (5)

Sometimientos y tensiones

Es importante notar que el aval de la Triada al liderazgo imperial norteamericano se ha mantenido sin cambios durante la conmoción financiera. Ciertamente el gigante del Norte ya no actúa con la soberbia unipolar de los años de Bush. Han aparecido muchas grietas en esa dominación. Pero esas tensiones no son novedosas. Ahora Turquía se distancia de Israel y Alemania o Japón objetan los abusos de las tropas norteamericanas en sus territorios. Pero en el pasado Francia se negaba a participar de la OTAN y muchos subordinados al Pentágono ejercitaban una diplomacia pendular. (6)

Con las espaldas cubiertas por el apoyo de sus socios, Estados Unidos encara la negociación más compleja con sus dos grandes adversarios en el terreno geopolítico: Rusia y China. Con el competidor eslavo suscribió un nuevo tratado de racionalización del armamento nuclear obsoleto, que no introduce ningún ingrediente de pacificación mundial. Simplemente se han retomado los acuerdos para aliviar el arsenal mutuo ya inutilizable, mientras se perfecciona una nueva generación de armas atómicas. (7)

Para alcanzar este convenio Estados Unidos debió posponer el escudo anti-misiles, que estaba desplegando en sus nuevos satélites de Europa del Este. La prioridad del momento es comprometer a Rusia en el cerco de Irán y en el control de las trasferencias atómicas a terceros países. Con este objetivo el Departamento de Estado encubre en forma descarada, todas las masacres que perpetran las tropas rusas en las republicas autónomas del Cáucaso. Estas matanzas ya alcanzan niveles terroríficos en caso de los chechenos. El reciente estallido de Kirguistán es otro indicio de la explosiva situación que se ha creado en en los corredores de Asia Central.

La misma política de convivencia geopolítica ensayada con Rusia se extiende a China. La estrategia norteamericana apunta a contener negociando a su gran rival de Oriente. Esta política persiste a pesar de las tensiones registradas últimamente (venta de armas a Taiwán, recepción al Dalai Lama, críticas a la censura informativa de Google). (8)

La primacía militar del imperialismo norteamericano se nutre, a su vez, del comportamiento conciliador que exhiben las economías intermedias. Esta actitud se puso de relieve durante la crisis financiera, mediante la cooptación de estos países a la gestión global (extensión de las viejas cumbres del G 7 al nuevo G 20). Esta articulación ha sido indispensable para sostener el socorro a los bancos, asegurar el rol ordenador de la FED y apuntalar el resurgimiento del FMI ante la potencial flaqueza del dólar durante el diluvio.

En ciertos planos la performance que asumen los BRICs parece desentonar con esta política que privilegia la asociación. La cumbre nuclear de Washington fue por ejemplo seguida de una reunión autónoma en Brasilia. El encuentro ratificó por un lado la existencia del grupo, pero también evidenció cuán lejos se encuentra de conformar un bloque.

En el cónclave no hubo acuerdo en el tema central de Irán, ya que Rusia y China tienen sus propios intereses sub-imperiales en la zona y no quieren lidiar con la presencia de un ejército persa dotado de armas nucleares. Por estas razones, no avanza demasiado el intento de Brasil de crearse un lugar diplomático internacional, como intermediario de grandes conflictos.

En lugar de plantear algún desafío a la estrategia belicista norteamericana, los BRICs acordaron ensayar el mismo rol que jugaron Francia y Alemania frente al Irak en el 2001-2003. Complementarán un ablande de Teherán por medios diplomáticos, mientras el imperialismo multiplica sus amenazas.

Habrá que ver si el nuevo alineamiento de las economías intermedias logra consensos estratégicos o por el contrario sufre una abrupta erosión. Todos los miembros de ese núcleo sufren tentadoras ofertas de alianza bilateral por parte de Estados Unidos. Es muy significativo que durante los momentos más problemáticos de la crisis financiera, China no dudara en priorizar su relación comercial-financiera con el gigante norteamericano.

Aluviones en la Eurozona

Al comienzo del 2010 el epicentro de la crisis se ha trasladado a Europa. Si Japón fue la potencia más afectada por el contexto económico de los 90, el viejo continente se perfila como la principal víctima de la convulsión en curso. Esta desventura no obedece a episodios coyunturales, desbalances fiscales o desaciertos financieros. Europa ha perdido posiciones en la reestructuración global frente a sus competidores. Este retroceso se verifica en numerosos indicadores de largo plazo.

El crecimiento de su productividad se ubica dos tercios por debajo de Estados Unidos y la inversión en investigación y desarrollo se ha situado por detrás de la primera potencia (y de Japón). Mientras que la participación europea en el comercio internacional se reduce año tras año, el envejecimiento de la población se acelera a un ritmo preocupante. En el año 2020 los mayores de 60 años duplicarán el porcentual vigente en la actualidad. (9)

Estos datos explican en parte la manifiesta impotencia que ha exhibido la Unión Europea frente a la crisis global. En esta convulsión se verificó la precariedad política y la profunda heterogeneidad de la asociación. En los momentos más críticos cada estado salió a defender a sus propios grupos capitalistas, expresando la ausencia de un capital genuinamente continental y la inconsistencia de los funcionarios que promueven esa articulación. La propia conformación de la Unión estuvo siempre afectada por la estrategia de grandes empresas, que internacionalizaron su actividad a una escala más global que regional.

La impotencia del Viejo Continente para lidiar con la crisis ha reforzado el discurso habitual de los neoliberales contra la “euro-esclerosis”, que atribuyen a la subsistencia del estado de bienestar. Con este mensaje oscurecen la involución en curso hacia la desregulación laboral que se está registrando en la zona, al compás del desempleo y el aumento de la pobreza. La instrumentación de estas agresiones quita actualidad a la vieja queja ortodoxa contra el “exceso de protección social”.

La principal preocupación de la construcción neoliberal europea ha sido justamente eliminar esas conquistas mediante la flexibilización del mercado laboral, la reforma del sistema de pensiones y el pago de salarios atados a la competencia con trabajadores extranjeros.

Los socialdemócratas y keynesianos han hecho la vista gorda frente a esta involución, en su mítica defensa del modelo europeo frente al esquema liberal anglosajón. Han quedado desconcertados por la virulencia que presenta la crisis en el propio corazón de la sociedad que idolatran. Ante la imposibilidad de explicar este impacto, concentran todas sus explicaciones en las dificultades coyunturales de la unificación.

Afirman que la moneda común fue adoptada en forma prematura, es decir antes de alcanzar equilibrios productivos entre los países miembros. También objetan que el euro fuera introducido sin contar con una estructura de sostenimiento del nuevo signo. Señalan que la suscripción del tratado de integración se realizó a destiempo, con asociaciones monetarias adelantadas a la convergencia de políticas fiscales y estructuras laborales. (10)

Otras caracterizaciones semejantes ponen el acento en la “política dogmática del Banco Central Europeo”, que forzó una alta cotización del euro. Destacan los múltiples inconvenientes creados por la vigencia de elevadas tasas de interés, que impidieron contrarrestar el desplome productivo inducido por la crisis. Explican estos desaciertos por la preeminencia de una elite de banqueros, reacia a tolerar el aumento de la demanda con mayor gasto público. (11)

Pero al explicar la fragilidad de la respuesta europea por equívocos de política económica, errores de coordinación fiscal o excesos de ajuste financiero, se omite caracterizar las causas subyacentes de estos desequilibrios. Europa apenas intenta construir lo que Estados Unidos ya detenta desde hace varios siglos: una clase dominante homogénea y consolidada al frente de un estado común. Solo esta configuración permite a los poderosos actuar ante grandes crisis y desenvolver operativos imperialistas en el exterior. En un período de aguda competencia global, el Viejo Continente solo construye la estructura que su competidor ya tiene aceitada.

En este marco la crisis ha servido para refutar la imagen benevolente del capitalismo europeo, como un sistema solidario con los humildes y contemplativo con los sufrimientos populares. La reacción de los líderes de la Unión frente a los países más golpeados por la convulsión, no se diferencia en nada de las brutalidades que ha exhibido siempre el neoliberalismo anglosajón. Especialmente Alemania ha planteado exigencias de ajuste, en los mismos términos que utiliza el Fondo Monetario para lidiar con el Tercer Mundo.

La agresión germana se concentra actualmente en las economías del sur europeo. Todas las miradas de los dominadores se concentran en un atropello, que marcará el tono de las próximas andanadas contra otros miembros de la Unión. Con un ajuste ejemplar se intenta evitar la contaminación de la crisis, forzando drásticos recortes de los gastos y una gran limpieza de capital. Pero la implementación de esta cirugía genera múltiples interrogantes.

Dilemas frente a próximos colapsos

El atropello que se vislumbra en Grecia ilustra el alcance del recorte en marcha. Repitiendo la receta aplicada tantas veces en América Latina se prepara una inmediata reducción de los salarios (20%), aumentos de la edad de jubilación, introducción de un sistema privado de pensiones e incrementos de los impuestos indirectos (electricidad, combustible). Con esta confiscación se busca asegurar el pago de intereses de una deuda descomunal, en un país que ya arrastra una tasa promedio de desempleo de 11% (25% entre jóvenes o mujeres) y una tasa de pobreza del 21% (que subiría durante el año al 29%).

Para justificar esta agresión al nivel de vida popular se recurre a los argumentos de siempre. Los acaudalados culpabilizan a los empleados públicos, a la corrupción y al gasto público de todos los males que sufre el país. Pero olvidan aclarar que suprimiendo las exenciones impositivas, reduciendo la evasión y estableciendo gravámenes a las principales fuentes de recaudación (flete marítimo, comercio y turismo), el quebranto fiscal se reduciría abruptamente. (12)

También España figura entre los principales candidatos al próximo ajuste. El FMI ya realizó un explicito llamado a recortar los salarios y debilitar los sindicatos. El país afronta una enorme deuda pública, sujeta al chantaje de pagos puntuales que imponen las calificadoras. Además, arrastra una burbuja inmobiliaria de mayor dimensión relativa que su equivalente norteamericana. Una economía que apenas araña la decima parte de Estados Unidos, carga con la misma cantidad de viviendas sin vender.

Desde el nacimiento de Euro, España fue un imán para los inversores inmobiliarios atraídos por la baratura de la tierra y las oportunidades de la construcción. Esta oleada condujo a un sobrante de viviendas que no encuentra desahogo. Para colmo, los bancos están muy apalancados y el endeudamiento de los consumidores no guarda proporción con la escasa solidez productiva del país. El gobierno ya comenzó el ajuste retirando el socorro crediticio que había puesto en circulación al comienzo de la crisis. Pero esta medida es apenas un prolegómeno de los próximos recortes. (13)

También Portugal ha sido ubicado en la cola de las víctimas por las calificadoras, que redujeron abruptamente el status de su deuda. El gobierno aceptó esta presión y prometió duras medidas de achicamiento del déficit fiscal, que caería de 9,3% a 2,8% en solo tres años.

Pero las clases dominantes del Viejo Continente carecen de un soporte continental confiable para implementar estos atropellos. La Unión Europea no cuenta con respaldo político, ni legalidad o autoridad suficiente para sostener las medidas que adopta cada gobierno. Ni siquiera tiene fuerza para exigir dureza a cambio de financiación. Por esta razón el Banco Central Europeo vacila en lanzar el plan que instrumentó hace dos décadas Estados Unidos, ante desplome latinoamericano (Plan Brady). Tampoco se atreve a repetir el auxilio que otorgó la FED a los bancos afectados por la cesación de pago de México en los años 80 y 90.

La Unión Europea está corroída, además, por los intereses financieros divergentes de sus miembros. En los momentos críticos cada potencia prioriza el salvataje de sus propios deudores. Los bancos franceses y suizos con alta exposición en Grecia chocan con los británicos afectados por los pasivos de Irlanda y con los alemanes golpeados por la deuda de España. (14)

Pero todos afrontan el dilema de salvar al deudor o ser arrastrados por su quebranto. Si optan por el socorro aumentarían su propia exposición, pero si los dejan caer podrían quedar sumergidos en un naufragio general. Solo el paso del tiempo brindará respuestas a estas disyuntivas.

La Unión Europea debe lidiar con decisiones que involucran también a su futuro geopolítico. Según opte por abandonar a los ahorcados o por rescatarlos con fondos comunitarios y compartidos con el FMI, la asociación quedará fortalecida, debilitada o dislocada. El comportamiento del euro seguramente anticipará cuál de estas alternativas predominará.

En lo inmediato las distintas opciones se juegan en la reacción frente al colapso griego. Mientras que un grupo de bancos y países (encabezados por Francia) pugna por refinanciar la deuda con créditos emitidos por la propia Unión (en la perspectiva de un fondo de estabilización europeo), Alemania (con el sostén de Italia, Holanda y Finlandia) tiende a imponer una asociación con el FMI.

El objetivo germano es aligerar el monto de la carga financiera y utilizar toda la experiencia auditora que tiene el gran ajustador mundial de los países colapsados. Esta preferencia por el FMI es muy ilustrativa de la predilección alemana por una asociación con Estados Unidos, en desmedro del proyecto más autónomo que propone Francia. (15)

El euro seguirá a los tumbos mientras se procesen las distintas alternativas y predomine una furiosa especulación contra los títulos públicos próximos al default. Las economías que no resistan el torbellino de los próximos meses podrían ser empujadas a devaluar y a quedar fuera de la Eurozona.

Pero como lo demuestra el caso de Letonia, un ajuste en los bordes de esa asociación es tan atroz como dentro de esa estructura. La pequeña economía del Báltico -que no había ingresado a la moneda común- recurrió a una devaluación monitoreada por el FMI. El resultado fue un derrumbe del 25% del PBI y un desmoronamiento nunca visto de los salarios.

Un desastre parecido se ha vivido en Hungría tras un desplome del PBI (6,3% el año pasado), que indujo a solicitar auxilios al FMI a cambio de durísimos recortes del gasto público. Otros países que aún no definieron si se sumarán al euro (Polonia, República Checa, Bulgaria y Rumania), observan de cerca cual de los dos ajustes sería más traumático. (16)

Resistencia popular

La tormenta global se ha situado en un continente con gran acervo histórico de luchas sociales. Ese legado se pondrá en juego en la batalla contra los proyectos capitalistas. Las clases dominantes apuestan a imponer sus atropellos, para relanzar otra fase de neoliberalismo.

Durante el año pasado la reacción popular fue limitada por la sorpresa que generó la crisis, entre asalariados acostumbrados a la gestión negociada de las turbulencias económicas. La expectativa de frenar la ofensiva capitalista con tratativas de los sindicatos arbitradas por los estados contuvo el inicio de la protesta, en el agobiante contexto creado por el desempleo.

Pero también influyen en las vacilaciones populares varias décadas de preeminencia ideológica conservadora. Como esta gravitación generalizó la simplificada identificación de la crisis con desgracias exclusivas del Tercer Mundo, el estallido financiero fue recibido en las economías avanzadas con estupor. Este desconcierto se reforzó posteriormente con el trato despectivo que los grandes medios de comunicación propinaron a los países más endeudados. La denominación burlona de PIGS ya no está destinada a naciones de África o Latinoamérica, sino a España, Grecia, Irlanda y Portugal.

También el clima de respiro financiero que acompañó al socorro de los bancos permitió contener la respuesta popular. Pero el ajuste que inicialmente se pospuso finalmente ha llegado y comienza a desatar el furor en las calles de Grecia.

En un país con gran tradición de izquierda, poderosos sindicatos y movimientos radicales se han realizado desde febrero tres huelgas generales y enormes manifestaciones de repudio al atropello capitalista. También en España comienzan a extenderse las protestas y los trabajadores de Francia impulsan la resistencia con paros y movilizaciones.

Estas respuestas no se ubican todavía a la altura de la agresión patronal. Marcan un primer paso, cuyo desarrollo también dependerá del cuadro político vigente en la región. La derecha en el gobierno de Alemania o Italia no disimula su decisión de atropellar a los trabajadores, pero en otras zonas ha recibido fuertes palizas electorales (Francia). La socialdemocracia que administra los países más golpeados por la crisis, repite su viejo rol sustituto de los conservadores. Grecia es el ejemplo más nítido de ese reemplazo. Por tercera vez en la historia del país, un miembro de la dinastía Papandreu es protagonista de un viraje regresivo. (17)

También en España un gobierno socialdemócrata acepta el ultimátum de los banqueros y negocia un pacto social para aumentar la edad jubilatoria, flexibilizar más el empleo e imponer la austeridad contra los trabajadores. En Portugal sus colegas ya han lanzado un programa de recorte del gasto público afín a las demandas de los financistas. Este tipo de medidas conduce a la confrontación de clases.

Lo ocurrido en Islandia podría anticipar el rumbo de la reacción popular. En un plebiscito masivo se rechazó el pago de la deuda con indemnizaciones a los acreedores británicos y holandeses. Se cuestionó compensar a los clientes extranjeros de tres entidades quebradas por un monto equivalente a un tercio del producto anual de la isla.

Ese convenio ha sido impuesto por el FMI, mientras Gran Bretaña amenaza con duras represalias si persiste la negativa popular a asumir esos pasivos. Pero la resistencia a esta infame imposición ha puesto en jaque todo el sistema de bancos desregulados, que convirtió a Islandia en un refugio de la inversión extraterritorial.

La gravitación de la periferia europea aumentará a medida que se aproxime el desenlace de la crisis. Frente a situaciones de próximo default, algunos bancos exigen mayores ajustes y resguardan sus negocios liquidando los títulos públicos de los países más acosados.

En esta dramática coyuntura los neoliberales presentan el recorte deflacionario, como la única opción para administrar la crisis. Señalan que el otro camino -devaluación y abandono del euro- provocará disloques mayores. Este libreto es repetido por todos los gobiernos, que refinancian los pasivos estatales mendigando créditos a los banqueros.

Pero un vistazo a lo ocurrido en América Latina en situaciones semejantes durante la década pasada, permite reconocer la existencia de alternativas a esa extorsión. Se puede recurrir a una ruptura de negociaciones con el FMI (y sus acólitos de la UE), a moratorias de la deuda, a la suspensión de los pagos, a la introducción de impuestos progresivos y a la nacionalización de los bancos.

Este tipo de iniciativas están inscriptas en todos los programas de los movimientos sociales de Argentina, Venezuela, Bolivia o Ecuador. Luego de padecer los brutales efectos de la crisis, los pueblos de estos países lideraron la confrontación con los financistas.

En distintos análisis de la crisis financiera europea se comienza a considerar estas opciones radicales. Estas medidas son indispensables para canalizar en forma progresiva la desesperación de la población. En ausencia de esta alternativa podría exacerbarse el predicamento de la xenofobia ultraderechista, que culpabiliza a los inmigrantes del desastre social.

Varios programas de izquierda proponen refundar la construcción europea con distintas iniciativas para bloquear la especulación financiera, prohibir las operaciones con títulos sofisticados y sustituir el endeudamiento en los mercados financieros por créditos directos de los Bancos Centrales. También se propone la creación de un fondo continental para realizar la convergencia hacia arriba de los derechos sociales, instaurando impuestos unificados al capital y creando empleos en forma directa, mediante la reducción de jornada de trabajo. (18)

La experiencia latinoamericana podría resultar muy provechosa para los movimientos que encabezan la protesta en Europa. En el Nuevo Mundo los pueblos ya atravesaron por la dramática situación que hoy enfrentan los trabajadores del Viejo Continente. Hay un legado de formas de acción y proyectos alternativos que contribuirían a desenvolver la resistencia. Pero esta movilización también dependerá de las tendencias más estructurales que han aflorado con la crisis.


Notas:
1) Hemos expuesto ciertos datos de esta influencia en Katz Claudio, “Crisis global II: Las tendencias de la etapa”, lahaine.org, 24-11-2009
2) Un análisis de este giro estratégico en: Weltz Richard, “Obama entre el desarme y la supremacía atómica, Clarín, 11-4-10
3) Una completa cobertura de este proceso presentan los artículos de Gelman Juan, Página 12, 13-5-09, 26-11-09, 6-12-09, 11-4-10, 7-1-10.
4) Página 12, 2-4-09.
5) Los partidarios del presidente ya están muy alarmados por estas consecuencias. Ver Stiglitz Joseph, “Obama ignora cómo ayudar a su clase media”, Clarín, 11-3-10.
6) Esta subordinación al liderazgo imperial norteamericano no es percibida por los análisis que solo enfatizan las tensiones entre potencias. Un ejemplo en: Zibechi Raúl, “Grietas en el bloque occidental”, ALAI, 20-3-10.
7) Se reducen las ojivas obsoletas desplegadas sin disminuir sus equivalentes almacenados, mientras avanza el proyecto de nuevo vectores X51 que alcanzarán a cualquier país en menos de una hora. También se está construyendo un nuevo submarino que transportará 6 bombas nucleares de gran impacto. Almeyra Guillermo, “El desarme nuclear de Obama”, La Jornada, 18-4-10.
8) En oposición a los partidarios de estrategias más belicosas, Kissigner continúa promoviendo una asociación privilegiada con China. Kissinger Henry, “China y EEUU deben aprender a caminar juntos y al mismo ritmo”, Clarín, 1-2-10.
9) Clarín, 14-2-10.
10) Krugman Paul, Sin Permiso, 8-2-10, Krugman Paul, Clarín, 16-2-10, Cohen Daniel, La Nación, 17-2-10.
11) Baker Dean, “Para dejar de llamar a esto crisis financiera”, Sin Permiso, 14-3-2010.
12) Los argumentos neoliberales y su refutación pueden verse en Arriazu Ricardo, “Perjuicios de gastar por encima de las posibilidades”, Clarín, 21-2-10 y Kontogiannis Sortis, En Lucha, 10-3-2010.
13) Un diagnóstico de la gravedad de esta crisis presenta: Suarez Jorge, Clarín, 20-12-09.
14) Un informe de estas divergencias en: Wall Street Journal-La Nación, 8-2-10.
15) Soros George argumenta a favor del camino francés y Roubini Nouriel defiende el alemán, Clarín 23-2-10, La Nación, 27-2-10.
16) Ver evaluación de Wilder Rebecca, “Final de partida en la Unión Europea”, Sin Permiso, 14-3-10.
17) En 1944 George Papandreu se asoció con los británicos para desarmar a los partisanos antifascistas, en 1981 Andreas Papandreu dio la espalda al mandato popular manteniendo las bases de la OTAN y restaurando los negocios capitalistas. Actualmente George Papandreu Junior se hace cargo del ajuste. Ver: Petras James: “Greece: The curse of three generations of Papandreu´s“, Lahaine 21-3-2010
18) Ver Husson Michel, “Refundación o caos”, Viento Sur 2010. También: Lapavitsas Costas, “Eurozone crisis”, RMF occasional report, march 2010

Esto es un atraco

Esto es un atraco Miguel Giribets (Argenpress)

Grecia y la zona euro

Grecia es miembro de la zona euro desde 2001. Para conseguirlo, los gobiernos helenos han falseado descaradamente los datos económicos del país en estos 9 años. Goldman Sachs, uno de los mayores bancos de los EEUU, ayudó a “maquillar” 15.000 millones de euros de deuda externa como divisas y no como préstamo en 2001, para que el país cumpliese con los topes de la UE en materia de endeudamiento público. Goldman Sachs recibió 300 millones de euros como comisión de la operación y unos 735.000 millones de euros en la colocación de estos bonos a partir de 2002. En los últimos años, los gobiernos griegos venían manteniendo que el déficit público, reconocido en la actualidad en torno al 12,7% y creciendo, era tan sólo del 3,7%.

La entrada en la zona euro ha supuesto ventajas: tipos de interés bajos, infraestructuras .. Pero también inconvenientes: al liberalizar el comercio, Grecia ha sido invadida por productos de sus socios del centro y norte de Europa; de esta manera, ha financiado a estos países y, ante una política fiscal casi inexistente y la multibillonaria “ayuda” a los bancos a causa de la burbuja inmobiliaria, ha ido incrementando su deuda pública.


La financiación de las importaciones no venía, pues, de su política fiscal, sino de la banca extranjera, especialmente alemana. “El gobierno conservador anterior prefirió más conseguir dinero de los bancos extranjeros que aumentar los impuestos de la gente más pudiente y así corregir el fraude fiscal. El 95% del dinero que consiguió, vendiendo bonos, fue a bancos europeos. En otras palabras, el 95% de la deuda del estado griego la tienen los bancos europeos (y muy en especial los alemanes).” (Rebelión, Esp, Vicenç Navarro, Grecia no es la causa principal de la crisis del euro, 270410)


La fuga de capitales no cesa. En enero pasado han salido del país de 8 a 10.000 millones de euros, una cifra superior a la última emisión de bonos del Estado. Aparte de la fuga de capitales, un 30% de la economía del país sigue siendo sumergida y, como decimos, la evasión fiscal está a la orden del día (el 90% de los contribuyentes declara a Hacienda unos ingresos anuales de menos de 30.000 euros). "Grecia cuenta con mucha gente rica que no paga impuestos correctamente porque existe una excesiva evasión fiscal" (El Insurgente, Esp., 100210), tal y como reconocía recientemente Papaconstantinou. "El número de personas que declaran unos ingresos superiores a los 100.000 euros al año es 15.000, aproximadamente. No creo que haya nadie en este país que se crea que tan sólo hay 15.000 griegos que ganan más de 100.000 euros al año" (El Insurgente, Esp., 100210), indicó.


Otro problema fiscal de envergadura es que la iglesia, uno de los mayores propietarios del país, no paga impuestos. Aunque los socialdemócratas han manifestado que la iglesia debe pagar como todo el mundo, no se ve medida alguna en esta dirección.


A ello hay que añadir que los gobiernos griegos usan el sector público no como motor de la economía, sino como elemento clientelar. “PASOK y ND utilizan al Estado como núcleo de su sistema clientelar. Y para que esto se entienda bien, un ejemplo concluyente: Grecia debe ser uno de los pocos países del mundo donde un Gobierno de derecha, de orientación teóricamente neoliberal –como el gestionado por ND, entre 2004 y 2009- es capaz de aumentar, sin pestañear -¡ni sentirlo como contradictorio!- el tamaño del sector público y por ende, del gasto. En Grecia, PASOK y ND, no solo utilizan el Estado con fines clientelares sino que, a partir de este último, han alumbrado un sector privado parasitario de la Administración Pública, cuyos puntos de interconexión tienden a ser opacos.” (Rebelión, Esp., ¿Qué está pasando en Grecia?, Dimitris Pantoulas 06410)


EL déficit público forma parte del sistema. De hecho, nació con el capitalismo. Desde el siglo XVII, el capital financiero se apoya en gran medida el déficit público. “Un año sí y otro también, todos los estados contraen nueva deuda, a fin de poder devolver viejos préstamos, que llegan a su vencimiento”. (Granma, Cu., M.R.Krätke, 280310)


Lo que sucede ahora es que la deuda pública griega es el punto de atención de los capitales especulativos, que, con la ayuda de las “agencias calificadoras”, la UE y el gobierno griego, han disparado al alza el precio de los bonos del Estado. Las “agencias calificadoras”, que hacían la vista gorda en la crisis subprime de los EEUU, ahora emplean un desmedido (y sospechoso) rigor en lo que se refiere a las finanzas europeas. “Hace unos días, el Senado estadounidense acusó a las agencias calificadoras de haber fallado y actuado de forma indebida antes de la última gran crisis financiera. El informe de los senadores acusó a S&P y Moody's de haber ayudado a los bancos a esconder los riesgos de las inversiones que promocionaban mientras las dos agencias cobraban comisiones de esos mismo bancos.”(Rebelión, Esp 050510 Gerardo Lissardy- BBC Mundo, calificadoras de riesgo, ¿un poder sin límites?)


Estamos de nuevo ante una operación especulativa de muy altos vuelos. Y las próximas víctimas en esta confabulación parece que serán Portugal y España, mientras que Irlanda e Italia parece que entrarán en consideración en una fase posterior. En total, están en juego muchos miles de millones de euros que, a unos intereses lo más alto posibles, darán buenos beneficios a los especuladores.


Grecia renegociará en 2010 un total de 53.000 millones de euros en intereses y créditos vencidos por deuda pública. Como comparación, Alemania, una economía 10 veces superior a la griega, “sólo” ha de renovar 100.000 millones de euros.


En los momentos actuales, el carecer de moneda propia es un serio inconveniente, porque Grecia no puede recurrir a la devaluación de su moneda para incrementar sus exportaciones y reactivar su economía. Lo que se evidencia con esta crisis es que no se puede tener una moneda como el euro sin “una política económica coordinada y un sistema de compensación financiera” (Granma, Cu., M.R.Krätke, 280310)


Frente a la crisis que estalló hace un par de años, nos han hecho creer que la intervención estatal en favor de las entidades financieras era suficiente. Ahora nos están haciendo creer que todos los problemas son de deuda pública. Y sólo se apuntan como alternativas las subidas de impuestos, las rebajas salariales y las privatizaciones.


El profesor Costas Lapavitsas, del Research on Money and Finance (RMF) dice que "la unión monetaria ha eliminado o limitado la libertad de establecer la política fiscal o monetaria forzando que la presión del ajuste se haya realizado sobre el mercado de trabajo" (El País, Esp., 040410) y que estos países "han comenzado una carrera cuesta abajo fomentando la flexibilidad laboral, la contención salarial y el empleo a tiempo parcial". (El País, Esp., 040410). “Lapavitsas considera "arbitrario exigir el 3% de déficit y el 60% de deuda por igual a todos los países, porque se trata de situaciones muy distintas". En su opinión, "la situación de Grecia dentro del euro es imposible y el recorte tan acelerado del déficit sólo provocará más recesión".” (El País, Esp., 200310)


Alemania y la zona euro


Y es que es el euro es una buena moneda... para que Alemania tenga un mercado donde colocar sus productos. “Más del 50% de la riqueza de la Europa unida se genera en Alemania, Francia, el Reino Unido y las regiones industrializadas de Italia.” (Argenpress Vlad Grinkevich 070310). El resto somos, sobretodo, consumidores endeudados.


De esta forma, Alemania compensa la caída del consumo interno, consecuencia de las medidas impopulares tomadas por sus gobiernos en los últimos años, con un fuerte superávit comercial, a costa de sus socios de la zona euro. Alemania ha congelado sus salarios reales en los últimos 15 años, lo mismo que en España.


El superávit comercial alemán es el segundo del mundo, después de China en términos absolutos, pero el primero del mundo por habitante. De 1999 a 2007 el 70% de su PIB se debió a las exportaciones.


“La austeridad de gasto público (iniciada ya con las reformas Schroeder) en Alemania, junto con la falta de crecimiento de los salarios en aquel país, hace que la escasa demanda interna esté imposibilitando el estímulo económico necesario para salir de la crisis. De ahí que los círculos liberales y conservadores que gobiernan en Alemania intenten basar la recuperación económica en el crecimiento de las exportaciones.” (Rebelión, Esp, Vicenç Navarro, Grecia no es la causa principal de la crisis del euro, 270410).


"Al aplicar las políticas de la UE, los países de la zona euro han iniciado una carrera de apuesta a la baja fomentando la flexibilidad laboral, la contención salarial y el trabajo a tiempo parcial". Según el estudio, la carrera la ha ganado Alemania, pero no a base de mejorar la tecnología e intensificar el capital, sino "a base de exprimir a sus trabajadores" y "mantener su superávit por cuenta corriente financiado con los déficits de las economías periféricas". (El País, Esp., 200310). Un informe colectivo de varios economistas británicos, “coordinado por el profesor Costas Lapavitsas, señala que la Unión Monetaria ha eliminado o limitado las políticas fiscales, provocando que el ajuste haya recaído sobre el mercado de trabajo.” (El País, Esp., 200310). Así, como casos más extremos, Islandia tuvo que reducir un 30% sus prestaciones sociales; Letonia ha subido el IVA, bajado un 20% el salarios de los funcionarios y cerrado un centenar de escuelas; en Lituania, Estonia y Hungría también se ha bajado el suelo de los funcionarios y se han encarecido los gastos de las familias en educación y sanidad; Irlanda ha gastado el 30% de su PIB en el rescate de su sector financiero.


Grecia no es un caso “especial”


El capitalismo sufre una crisis generalizada, de la que creemos no tiene salida. Se nos quiere hacer creer que Grecia es un caso “especial”, cuando son todas las economías (en especial la norteamericana) las que van a la deriva.


La deuda pública griega, que tanto se demoniza, está prácticamente en la media de los países de la OCDE. La deuda pública japonesa es del 200% del PIB, la cifra más alta en los países capitalistas desarrollados y muy superior a la griega. En España el pago de la deuda pública es la tercera partida de los Presupuestos del Estado, detrás de las pensiones y las prestaciones por desempleo.


EEUU tiene un déficit público cercano al 12% del PIB. El déficit de Gran Bretaña es del 11,5% y el de España del 11,2%, algo inferiores al griego.


La deuda pública griega tan sólo está en un 30% en manos griegas, y el 59% está repartido por varios países europeos, sobretodo bancos franceses y alemanes. “Según datos del Banco de Pagos Internacionales (BIS, por sus siglas en inglés), a finales de septiembre del año pasado la exposición de los bancos alemanes en la región rondaba los 330.800 millones de dólares, 306.800 millones en el caso de Francia y 156.300 en el de Reino Unido. En total, la exposición de los bancos europeos en la zona supera los dos billones.” (El País, Esp., 120210). El español BBVA es la sexta entidad del mundo que más deuda griega posee, unos 587 millones de euros.


A finales de 2010, se estima que el total de la deuda será de 290.000 millones de euros (125% del PIB)


Lo realmente “especial” de Grecia son sus movimientos de masas. Especialmente desde el asesinato por la policía del joven de 15 años Alexis Grigoropulos en diciembre de 2008, Grecia se distingue del resto de Europa por sus grandes movilizaciones y el grado de radicalidad de las mismas. El plan de ajuste a Grecia busca, sin duda alguna, “ajustar las cuentas” a los trabajadores más combativos de Europa.


Portugal y España


Cuando los especuladores consideren que ya no pueden exprimir más a la economía griega, pondrán su atención en Portugal y España. El hecho es que la deuda pública se negocia a través de bancos privados y a los precios que ellos fijan; entidades como Alpha Bank, Bank of America-Merrill Lynch, Banco Comercial, ING y Société Genérale tienen mucho que ver en este entramado especulativo.


El disparo de partida lo ha dado el FMI que, en un informe del 22 de abril 2010 señala que la economía portuguesa va de mal en peor: Portugal crecerá menos de lo previsto y tampoco conseguirá rebajar el déficit en las cifras presupuestadas; el déficit público será del 7,5% del PIB, frente al 6,6% previsto; el desempleo se mantendrá entre el 10 y el 11%.


Como consecuencia, los bonos portugueses a 10 años han pasado al 4,77% y Portugal ahora forma parte, junto con Grecia e Islandia, de los países con seguros al incumplimiento de la deuda pública. Y ello a pesar de que la deuda pública portuguesa es el de 86% del PIB., muy lejos de las cifras griegas.


Los especuladores también apuntan hacia España. El 4 abril 2010 rumores sobre la debilidad de la economía de España, curiosamente publicados a la vez en varios medios de difusión, provocan una de las mayores caídas de la bolsa que se recuerdan.


La tragedia griega


Acto primero. Victoria electoral de los socialistas, octubre 2009


A comienzos de octubre de 2009 tienen lugar las elecciones generales que dan la victoria a los socialistas de Papandreu. Es el fin de 5 años y medio de gobierno conservador. La mala gestión económica es el tema central de la campaña electoral. Grecia tiene una deuda pública que supera a su PIB, aunque reciba más ayudas comunitarias que ningún otro país europeo.


Los socialistas prometen puestos de trabajo y aumentos salariales y en las pensiones. Se incrementará la presión fiscal sobre los más ricos y la Iglesia, se controlará la evasión fiscal y se luchará contra la corrupción.


Pero nada de ello se cumple. Una vez el poder, los socialistas se limitan a aplicar simplemente el recetario neoliberal, con un guión que les dictan los especuladores, la UE y el FMI. Los socialistas han ganado las elecciones porque la nueva tragedia griega necesita nuevos actores; los anteriores ya no sirven.


Acto segundo. Preparando el terreno, octubre 2009-abril 2010


En octubre de 2009, al tiempo que los socialistas ganan las elecciones generales, se pone en marcha el mecanismo de atraco a la economía y al pueblo griego: las agencias calificadoras Fitch y Moody’s rebajan la calificación de solvencia de las finanzas griegas. A continuación, le llega el turno en esta tragedia griega al socialdemócrata Joaquín Almunia, comisario europeo de economía, quien declara que "Grecia es una amenaza para toda la zona euro" (El País, Esp., 091209). Unos días más tarde, cuando el gobierno griego apunta las primeras medidas antisociales, Almunia dice que son “un paso en la buena dirección” (El País, Esp., 161209), pero insiste en que se han de precisar más (o sea, que son insuficientes) cara a una reunión que tendrá lugar en enero próximo entre la UE y Grecia. En marzo pasado el señor Almunia muestra la peor cara de las políticas neoliberales advirtiendo que el crecimiento de la deuda pública en la zona euro en los últimos tres años tardará al menos 10 años en ser absorbida y que este incremento es de alrededor del 20% del PIB. «Durante al menos 10 años» habrá que seguir controlando el déficit para reducir el nivel de deuda pública” (El Periódico, Esp., 230310).


Como exige el guión, el primer ministro, el también socialdemócrata Papandreu, pinta un panorama apocalíptico para su país: el déficit público de 2009 será el triple de lo que había anunciado el anterior gobierno conservador y llegará al 12,7% del PIB, mientras que la deuda pública será más del 120% del PIB en 2010 y del 135% en 2011. Sólo en 2009 la deuda pública había aumentado en 80.000 millones de euros o un 30% del PIB y la deuda externa sube ya al 125% del PIB o 297.000 millones de euros.


A comienzos de diciembre, es Standard & Poor's la que rebaja a calificación de la deuda griega a largo plazo. La Fitch sitúa a esta deuda a un paso de los bonos basura.


Con todo este esfuerzo mediático, la tragedia griega llega al punto a que sus autores querían: la Bolsas de Atenas cae un 6,04% en 8 de diciembre y los bonos del Estado a 10 años se disparan hasta el 5,34% (como referencia, la deuda pública alemana a 10 años está en el 3,13%): los mercados de renta fija y renta variable griegos se han desplomado como un castillo de naipes. Destacan las caídas del Banco Nacional de Grecia con un 9,95%; el Banco de Pireo, con un 8%, y EFG Eurobank, con un 6,5%.


Además, el entorno internacional no es muy favorable, pues los EEUU amanecen con datos empresariales negativos que arrastran a todas las bolsas. Moddy’s echa más leña al fuego avisando del deterioro de las finanzas públicas de EEUU y Gran Bretaña. Como respuesta a la crisis griega, las deudas públicas de Portugal, España, Italia, Irlanda y Polonia se distancian más de la alemana, que está haciendo de refugio de los inversores que huyen de las deudas públicas de estos países.


Para acabarlo de arreglar, Papandreu declara que «por primera vez desde 1974 (cuando se instauró la democracia), la situación de las finanzas públicas amenaza nuestra soberanía nacional». (El Periódico, Esp., 101209).


La labor de las “agencia “calificadoras” ha sido incesante rebajando continuamente la calificación de los bonos del Estado griegos para forzar que suban de precio. El 18 de diciembre, la agencia de calificación Standard & Poor’s pone bajo vigilancia negativa a 4 bancos griegos, y sitúa su deuda a largo plazo a un paso de los bonos basura, después de que rebajara aún más la calificación de la deuda del país. Los bancos sonn EFG, Alpha, Banco Nacional de Grecia y Piraeus. Con estas medidas, Standard & Poor’s daba a entender que las medidas del gobierno griego eran insuficientes: "Esperamos una recesión económica más prolongada y más profunda de lo que en un principio habíamos anticipado" (El País, Esp., 191209).


El 09 abril 2010 la agencia Fitch Ratings califica la deuda pública griega a un paso del bono basura. El 22 de abril 2010 la agencia Moody’s rebaja aún más la calificación de la deuda griega. Los bonos a 10 años ya están en el 8,74% y los bonos a 2 años están en más del 10%, una cifra nunca alcanza por ningún país de la zona euro. Standard & Poor's rebaja de nuevo la calificación de la deuda griega al nivel de los bonos basura y el bono griego a 10 años llega al 10% el 27 de abril.


Por su parte, el 22 de abril 2010 el euro alcanza los niveles más bajos del año, a 1,326 dólares. Desde diciembre pasado, el euro se ha depreciado un 11% respecto al dólar, lo cual viene muy bien (¡oh casualidad!) a las exportaciones alemanas.


Aunque Papandreu no haya hecho nada (más bien lo contrario) por evitar la que se le viene encima al pueblo griego, la cosa es tan evidente que no tiene más remedio que reconocer que "la amenaza de la especulación y los mal regulados mercados financieros no son una amenaza para Grecia sino para toda la economía mundial". "Las mimas instituciones financieras que fueron rescatadas con el dinero de los contribuyentes están haciendo ahora su fortuna con la desgracia de Grecia, mientras aquellos mismos contribuyentes están pagando el precio de profundas reducciones salariales y servicios sociales" (El País, Esp., 150310)


Acto tercero. Esto es un atraco, mayo 2010


A comienzos de este mes se daba a conocer el plan que la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el FMI han establecido para Grecia. “El plan es sencillo: Grecia obtendrá 110.000 millones de euros de la UE y el FMI en forma de créditos blandos -una cifra "sin precedentes a nivel mundial", según ha dicho Papandreu a sus ministros-. A cambio, Atenas ha de acometer un drástico plan de ajuste de sus cuentas, a través de subidas de impuestos y recorte de gastos. El plan de austeridad pretende recortar el déficit público en 30.000 millones de euros en tres años, según ha anunciado el ministro de Finanzas griego, Yorgos Papaconstantinou. Así, en 2014, Grecia espera que el déficit se sitúe por debajo del 3% del PIB. Éstas son las principales medidas:


- Incremento de IVA hasta el 23%. Este impuesto ya había sufrido recientemente, en marzo, un incremento del 19% hasta el 21%.


- Un 10% de aumento de los impuestos de los carburantes y del alcohol.


- Recorte del 16% de los salarios públicos, mediante la eliminación de dos pagas extraordinarias


- Bajada de las pensiones” (Kaos en la Red, Esp., 030510)


Y aún cabe añadir que se privatizarán empresas públicas, y se señalan ya las de energía y transporte.


¿Qué son los capitales especulativos?


Uno de los rasgos más característicos del “neoliberalismo” (fase del capitalismo que va desde la crisis de los años 70 del siglo pasado a la crisis de 2007) es la aparición de capitales especulativos.


Los capitales especulativos del neoliberalismo son una forma de capital ficticio (es decir, valores que no tienen respaldo en proceso productivo alguno, formados al calor de la actividad económica) pero que añaden un rasgo nuevo: debido a la disminución de la tasa de ganancia, grandes masas de capital salen del proceso productivo y se dedican simplemente a la especulación, para favorecer, en definitiva, el trasvase de renta desde los trabajadores a los capitalistas, aumentando con ello, pues, el grado de explotación de los primeros.


Los beneficios del capital especulativo se hacen a costa del proceso productivo y forman parte de la plusvalía general que se extrae a la masa de trabajadores. Nestor Kohan, hablando del interés, aporta un razonamiento que podemos extrapolar al tema que estamos tratando. “El capital bajo la forma de dinero que devenga interés está vivo, es completamente autónomo frente al trabajo. La explicación que da Marx -dicho muy rápidamente- es que en realidad ese ‘plus’ es simplemente una alícuota, una fracción, una parte del plusvalor que el capital industrial extrae de la explotación de sus obreros, de su fuerza de trabajo. (…) Por eso la fuente de ese ‘plus’ que aparentemente crece solo en el banco, en realidad proviene de la producción, proviene de la explotación de los obreros, proviene del plusvalor que circula entre los diferentes capitalistas.” (El Capital -Historia y método, Néstor Kohan, ed. Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo, 2001)


Marx ya indica en El Capital la génesis de los capitales especulativos, cuando señala que la caída de la tasa de ganancia provoca la huída de capitales del proceso productivo hacia la simple especulación. “Al disminuir la cuota de ganancia, aumenta el mínimo de capital que cada capitalista necesita manejar para poder dar un empleo a su trabajo; es decir, tanto para su explotación en general como para que el tiempo de trabajo empleado sea precisamente el tiempo de trabajo necesario para la producción de las mercancías, para que no exceda de la media del tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción. Y, al mismo tiempo, un capital grande con una cuota de ganancia pequeña acumula más rápidamente que un capital pequeño con una cuota de ganancia grande. Y esta creciente concentración provoca, a su vez, al llegar a un cierto nivel, un nuevo descenso de la cuota de ganancia. La masa de los pequeños capitales desperdigados se ve empujada de este modo a los caminos de la aventura: especulación, combinaciones turbias a base de crédito, manejos especulativos con acciones, crisis. La llamada plétora de capital se refiere siempre, esencialmente, a la plétora del capital en el que la baja de la cuota de ganancia no se ve compensada por su masa –y éstos son siempre los exponentes del capital recientes, de nueva creación– o a la plétora que estos capitales incapaces de desarrollar una acción propia ponen, en forma de crédito, a disposición de los dirigentes de las grandes ramas comerciales. Esta plétora de capital responde a las mismas causas que provocan una superpoblación relativa y constituye, por tanto, un fenómeno complementario de ésta, aunque se mueven en polos contrarios: uno, el del capital ocioso y otro el de la población obrera desocupada.” (Karl Marx, El Capital vol.3)


Asimismo, el capital especulativo lleva a límites más extremos la contradicción entre valor y valor de uso. “Su lógica es la apropiación desenfrenada de plusvalía o, mejor, de ganancia (la ganancia especulativa); realiza así, o por lo menos intenta hacerlo, los deseos derivados de la propia naturaleza íntima del capital: el no compromiso con el valor de uso y, a pesar de ello, la autovalorización. Conduce o pretende conducir la contradicción valor / valor de uso al extremo de su desarrollo, es decir, teóricamente, a la destrucción del valor de uso”. (Capital especulativo parasitario versus capital financiero, R.A.Carcanholo y otro, Internet)


Veamos algunos datos de los años 1980-1996. El Producto Mundial Bruto (PMB) creció a 2,5% de promedio anual; el comercio, a un 5% (dos veces más que el PMB); los préstamos, a un 10% (dos veces más que el comercio); el intercambio de monedas, a 23,75% (más de cuatro veces que el comercio); y, el de acciones, a 25% (cinco veces más que el comercio o diez veces más que el PMB). Desde entonces, la tendencia no ha hecho más que acentuarse y hemos asistido a un desplazamiento, desde la explosión burbuja bursátil de la "nueva economía", hasta la reciente explosión de la burbuja inmobiliaria y todo el entramado financiero que ella conllevaba.


A nivel mundial, “la relación entre activos financieros y la producción la dan los siguientes datos:


año %
1980 109%
2005 316%
2006 405%


Es decir, en la actualidad el 75% de los valores financieros no tienen relación con proceso productivo alguno, son pura especulación.


En la zona euro el porcentaje entre los activos financieros y la producción en 2006 fue del 303%.

Grecia: “La última etapa de la crisis”

Grecia: “La última etapa de la crisis” Jorge Altamira (Argenpress)


Paradoja cruel. Bastó que se conociera el tan reclamado rescate de Grecia para que, en poco más de 24 horas, quedara en evidencia que el default (cesación de pagos) de Grecia es imparable. La duplicación de la suma adjudicada al salvataje - de 60 mil a 120 mil millones de euros - causó el efecto inverso al esperado, pues la magnitud de la operación puso de relieve la insolvencia del estado griego.

La repercusión internacional del hundimiento helénico fue impresionante: la caída de las Bolsas de Madrid o Milán fue catastrófica, pero además no dejó indemnes a las de Nueva York o Shangai, ni a la de San Pablo. La caída de Grecia traza una línea divisoria en el recorrido de la bancarrota capitalista mundial: la primera etapa va desde la crisis del banco de inversión norteamericano, Bear and Stern, en julio de 2007, hasta el derrumbe de Lehman Brothers, en septiembre de 2008; la segunda, desde esta fecha hasta el default inminente de Grecia que se desarrolla en estos días. Vuelve a la escena lo que los analistas anglosajones llaman el “counterparty risk”, o sea la amenaza de bancarrotas financieras, que se estimaban superadas a partir de las emisiones macizas de dinero por parte de los bancos centrales - en especial de Estados Unidos y China.


'Ajuste' criminal


La causa fundamental del hundimiento del plan de rescate, incluso antes de que se pusiera en efecto, es el monstruoso ajuste que exige al pueblo griego. La poda gigantesca del poder adquisitivo de la población - bajo la forma de reducciones salariales y jubilatorias; aumentos siderales de impuestos al consumo; serrucho enorme al gasto social - augura una agudización de la recesión económica que no puede sino agravar la incapacidad del fisco para honrar la deuda pública. Precisamente por esto, se estima que ésta debería aumentar en el período del ajuste, no solamente en proporción al PBI sino también en términos absolutos (esto como consecuencia de la necesidad de tener que pagar tasas de interés muy superiores a la media del mercado internacional). O sea que la miseria social iría acompañada de una acentuación de la vulnerabilidad fiscal y de la financiera. Ocurre que la mayor parte de la deuda pública de Grecia se encuentra en manos de bancos locales, aunque dominados por la banca de Francia y de Alemania. Esta circunstancia ya ha suscitado una corrida de depósitos y una fuga de capitales (al paraíso fiscal de Chipre). En Argentina, en 2001, cuando fungía de ministro de Economía, López Murphy intentó una operación deflacionaria similar, aunque de proporciones infinitamente menores. Su fracaso, debido a la resistencia popular, selló el final de “la penúltima etapa de la crisis” y el ingreso a “la última” - de Cavallo. El plan de rescate para Grecia venía a cumplir la misma función del “blindaje” organizado por Cavallo con los bancos internacionales - utilizar dinero público para financiar la fuga de capitales que ponga a los bancos a reparo del 'default' inevitable de Argentina. Está absolutamente fuera de cualquier duda que el golpe decisivo al rescate-ajuste de Grecia ha sido propinado por la colosal movilización de las masas de Grecia, que todos los círculos financieros daban por descontada y que se manifestó en la huelga general del 5 de mayo. En la supermilitarizada Grecia, el país que gasta más en armamentos, en términos relativos, de toda la Unión Europea, la crisis ha impulsado a las calles al personal de la policía y del ejército.


Bancarrota de Europa


Sin embargo, del mismo modo que puso de manifiesto la inevitabilidad del 'default' griego, el rescate dejó al desnudo que el epicentro de la bancarrota no se encuentra en Grecia sino en Alemania y Francia. La evidencia de que la crisis griega amenazaba la sustentabilidad de los bancos públicos germanos (Landesbank), fue lo que precipitó a la primera ministra Merkel a decidirse por el plan de rescate que había rechazado hasta ese momento en forma consistente. No es solamente que esos bancos están fuertemente expuestos en Grecia: Alemania, además, sufre una de las tasas de desocupación y jornadas reducidas de trabajo más altas del mundo - y su deuda pública llega ya al tope establecido por los acuerdos de la UE. Alemania necesita el dinero, en primer lugar, para si misma. Otro indicio de la desesperación que determinó el anuncio del rescate fue la decisión del Banco Central Europeo de aceptar títulos 'basura' de la deuda griega (en poder de los bancos locales) como garantía para otorgar préstamos en forma directa. Es claramente una operación de fuga de la deuda griega para beneficio de los bancos locales y de los extranjeros que son acreedores de ellos. El plan de rescate no es tampoco una operación conjunta de Europa sino una colección de préstamos de diferentes naciones a Grecia, al extremo de que España, ella misma en 'default' (tanto público como, especialmente, privado) aparece en la lista de los rescatistas de Grecia. Es claro que una operación de este tipo no tiene condiciones de repetirse en el caso de que fuera necesario para otros países; por eso dejó en evidencia que se trataba de la única bala que tiene el cargador. Esto provocó una corrida contra las deudas públicas de varios países. La UE fue incapaz de financiar el rescate con la colocación de una deuda propia en los mercados - como hace, por ejemplo, los Estados Unidos. O sea que carece de los instrumentos de un rescate - una falencia que desnuda la impotencia política de la UE. Los alemanes recurrirán a los bancos públicos (en la picota) para cubrir su parte del préstamo a Grecia, los cuales buscarán financiarse con el Deutsche Bank y el Commerzbank, aunque en términos precarios. Como se ve, llegado a este punto, la bancarrota de Grecia desnudó la envergadura de la crisis capitalista en el conjunto de Europa.


Chau, Keynes


Bien entendido, sin embargo, la crisis, en este estadio, ya presenta un alcance mucho más amplio. Europa ha quedado dividida en dos tandas de países con perspectivas que los antagonizan entre sí cada vez más. Los países que coquetean con el 'default' tendrán, de aquí en más, un costo de financiamiento creciente que los alejará de los estados más sólidos en las fases ulteriores del desarrollo capitalista. La UE ingresa en una etapa centrífuga. La otra cuestión no deja de ser menos impresionante: se impone un programa deflacionario, como ocurrió en la crisis del 30, arruinando las ilusiones de esa suerte de kirchnerismo mundial que aseguraba que el capitalismo ingresaba en una etapa de intervencionismo estatal y de keynesianismo. Aunque cualquier juicio al respecto podría ser prematuro, el descenso de la cotización de la onza de oro en los últimos días solamente podría explicarse en función de una perspectiva deflacionaria.


Para algunos de los más calificados observadores, estaríamos asistiendo a un plan de desmantelamiento parcial de la Unión Europea bajo la batuta de Alemania, que habría ganado a Francia para la causa. Bajo la presión de los intereses exportadores de la industria germana, el gobierno alemán promueve, en primer lugar, vía la dilación del rescate a los países del sur de Europa, una devaluación del euro - que la pondría en mejor posición competitiva frente a Estados Unidos y China. En segundo lugar, estaría organizando una salida ordenada de las naciones sudeuropeas, pero que podría incluir a Irlanda y a Bélgica. Después de la disolución de la Unión Soviética, un desmantelamiento de la UE se convertiría en testimonio de la debacle capitalista. La lucha por el mercado mundial cobra cada vez más peso en la crisis, como lo demuestra la disputa sino-americana por la cotización del yuan de China. A pesar de las medidas para duplicar las exportaciones norteamericanas, por parte de Obama, éstas no logran aumentar y el déficit comercial de Estados Unidos (y, por lo tanto, su deuda externa) no cesa de crecer. En realidad, para numerosos observadores, Grecia no es más que una metáfora de Estados Unidos, cuyo déficit fiscal, endeudamiento público y deuda nacional es, en términos relativos y absolutos, el más alto del mundo. De acuerdo a un informe no publicado del FMI, Estados Unidos necesitaría aplicar, para no ir a un 'default', un recorte de gastos equivalente al 9% del PBI - o sea 1.3 billones de dólares.
En ausencia de este recorte, Estados Unidos no podría normalizar su situación financiera, o sea aumentar las tasas de interés (que están en cero) sin llevar a la quiebra al sector público. Aquí está la explicación de la caída de Wall Street durante tres días al hilo, bajo la presión del 'default' de Grecia. Para empiojar más la situación, los analistas están de acuerdo en que las ganancias anunciadas por los bancos norteamericanos en el primer trimestre de 2010, atestiguan una situación similar a la que llevó a la bancarrota, a partir de 2007, pues obedecen a operaciones especulativas apalancadas en una proporción enorme por deudas. El aumento de la deuda norteamericana y del déficit fiscal, por un lado, y el que ha habido en la emisión monetaria, por el otro, han agotado en gran parte los recursos e instrumentos para hacer frente al rebrote de la tendencia deflacionaria que asoma con la bancarrota europea. Una breve observación: ya ha comenzado la especulación a la baja contra la deuda inglesa.


Barbas en remojo, de nuevo


A la caída del oro la acompañaron todas las materias primas, lo que pone un signo de interrogación sobre la 'recuperación' del sur de América Latina. Asimismo, ha ocurrido un fuerte retiro de capitales, como lo testimonia el derrumbe de las bolsas de Buenos Aires y de San Pablo. Es que, incluso antes que estallara Grecia, en China y Asia está en curso una tendencia financiera negativa, como consecuencia del freno que el gobierno chino intenta imponer a los préstamos bancarios y a la especulación inmobiliaria y bursátil. Es que los préstamos incobrables de los bancos, que fueron otorgados para contrapesar la recesión (que se manifestó brutalmente a principios de 2009), superan el 25% de los activos - la proporción más alta en el mundo. Los virajes y contragolpes de la crisis capitalista son la prueba de un derrumbe de las relaciones sociales existentes.


¿Y ahora qué? Como lo señala un cartel colocado en la Acrópolis, curiosamente por el partido menos pensado, el stalinista griego: Pueblos de Europa, sublévense.


Fuente foto: CSMONITOR

Alza de impuestos: Gran-circo-gran

Alza de impuestos: Gran-circo-gran Paul Walder
Punto Final




El anuncio del financiamiento del plan de reconstrucción que hizo el presidente Sebastián Piñera el 16 de abril no dejó indiferente a ningún observador interesado en el devenir político y económico. Aunque desde los primeros días el ministro de Hacienda había venido deslizando la posibilidad de un aumento de los impuestos a las empresas -propuesta que se hizo pública tras una reunión de Felipe Larraín y representantes de la elite empresarial-, las palabras de Piñera en Coronel no dejaron de sorprender a los observadores más o menos atentos de las políticas económicas de los últimos veinte años. No es que Piñera haya asentado las bases para una nueva política tributaria, sino ha empleado recursos similares a sus predecesores para financiar los gastos fiscales. Si nos atenemos a los cambios tributarios de estos últimos veinte años, veremos que la nueva carga que Piñera impone a la gran empresa está en línea con ejercicios muy similares realizados por la Concertación. Pero hay una diferencia: Piñera, al elevarlos desde 17 a 20 por ciento, pone una nueva cota histórica.
El primer gobierno de la Concertación subió el impuesto de primera categoría de una base mínima legada por la dictadura, 10 por ciento, a un 15 por ciento, tasa que rigió hasta 2001. A partir de entonces, durante el gobierno de Ricardo Lagos, una nueva reforma tributaria los llevó gradualmente desde el 15 al 17 por ciento actual.

El alza de tres puntos propuesta por Piñera, que le posibilitará recaudar el 38 por ciento -unos 3.231 millones de dólares- del plan de reconstrucción, ha generado una panoplia de reacciones. Su variedad depende del sector que las ha emitido. Han ido desde el rechazo abierto y total, que procede no necesariamente de los directores, altos ejecutivos y representantes gremiales de la gran empresa, sino de los centinelas del modelo neoliberal -como el Instituto Libertad y Desarrollo a través de su director, Luis Larraín, y de Hernán Büchi- y de políticos de la UDI, hasta el completo apoyo, como ha quedado demostrado tras las elogiosos comentarios -“coraje”, “audacia”- que han formulado parlamentarios de la Concertación, no obstante lamentar que el alza tenga fecha de caducidad el año 2012.

El alza a los impuestos de la gran empresa ha tenido una primera y gran secuela en el discurso fundamentalista neoliberal. Aun así, pese a las destempladas advertencias que Libertad y Desarrollo y la UDI han realizado a través de El Mercurio, sus malos augurios para la economía ya no asustan a nadie. No a la ciudadanía ni a los trabajadores, por cierto; tampoco a los empresarios.

Porque frente a la campaña del derrumbe de la inversión, como efecto directo de mayores impuestos, de menor crecimiento económico y desempleo, no hay mejor desmentido que el comportamiento de la economía durante los años siguientes a las alzas tributarias. Tras el alza de cinco puntos legislada durante el primer año del gobierno de Patricio Aylwin, la economía chilena inscribió uno de los períodos de mayor crecimiento económico de su historia reciente (con tasas superiores al siete por ciento), que también se tradujo en altos niveles de inversión extranjera y bajas tasas de desempleo. Más de diez años después, Ricardo Lagos, pese a haber subido los tributos a la gran empresa en medio de los efectos de la crisis asiática, obtuvo en varias ocasiones francos elogios de banqueros y empresarios. Durante su gobierno, aun cuando las empresas pagaron una mayor tasa impositiva, obtuvieron ganancias históricas.

Impuestos y neoliberalismo

El senador UDI Jovino Novoa ha demostrado durante este debate tributario ser uno de los más diligentes oficiantes del neoliberalismo. Tras la propuesta impositiva le ha hecho una particular sugerencia a Piñera: su gobierno debe mantener diferencias respecto a los precedentes. En otras palabras, Piñera estaría gobernando con políticas similares a las de la Concertación, declaraciones que el gurú neoliberal y ex ministro de Hacienda de Pinochet, Hernán Büchi, complementó al comparar con ironía las políticas de Piñera con el programa económico del ex diputado Marco Enríquez-Ominami.

Pero una política económica no sólo la definen los impuestos. Aylwin subió en cinco puntos la tasa del impuesto de Primera Categoría y Lagos otros dos puntos, desde 2001. Pero de forma paralela y pese a los impuestos, consolidaron un programa económico que múltiples analistas han calificado como abiertamente neoliberal. Puntos más o puntos menos, la fuerza del libre mercado impulsada por la dictadura se mantuvo intacta. Durante aquellos veinte años, aun cuando incorporaron alzas tributarias a la gran empresa, finalmente el gasto fiscal lo han terminado pagando tanto los ricos como los pobres, a través de las alzas del IVA, que subió durante aquellos años desde 16 a 19 por ciento. La propuesta de Sebastián Piñera de elevar otros tres puntos los tributos de Primera Categoría para la gran empresa, pese a las advertencias de mentes como la de Novoa y Büchi, difícilmente podrá alterar un modelo económico de libre mercado instalado por Pinochet y afianzado durante veinte años por la Concertación. Hay múltiples señales en otras áreas de la economía como para considerar los temores de la UDI y Libertad y Desarrollo como sobrerreacciones derivadas de concepciones ultra ortodoxas de la economía.

Algunos empresarios y custodios del libre mercado, que han aceptado el alza a regañadientes, han calificado la propuesta tributaria de Piñera como una “señal política”, expresión que se ha repetido y circulado a través de diferentes medios de comunicación: un debate al interior del gobierno -comentan- habría enfrentado a los sectores “políticos” con los “técnicos”. Una interpretación del alza tributaria que buscaría réditos políticos al matizar la fuerte impronta empresarial de su gobierno. Pero se trataría de un análisis sobre la retórica política más que sobre los verdaderos alcances de las decisiones políticas. Así lo evaluó Luis Larraín, director del Instituto Libertad y Desarrollo, que calificó la medida como “más política que técnica”. “Desde el punto de vista económico -dijo- es un error utilizar como fuente de financiamiento de la reconstrucción impuestos que afectan la capacidad productiva”.

Tras veinte años de políticas económicas neoliberales, las que han registrado alzas a los impuestos, es posible observar que esta separación entre “políticos” y “técnicos” es una discusión poco clara y falsamente intrincada. Porque ha quedado más que demostrado que aquellos “técnicos” que han elaborado y administrado las doctrinas del más puro libre mercado lo que han hecho es aplicar una evidente política económica. La gran política de la transición se ha aplicado sobre una base neoliberal de la economía. En el modelo chileno no hay nada más político que su economía.

El histórico consenso

“El fin de la transición”, escribió en estas mismas páginas el sociólogo Marcos Roitman. Un fin que es la consolidación de toda la institucionalidad heredada de la dictadura, Constitución, sistema binominal y, por cierto, institucionalidad económica neoliberal. Un modelo cristalizado, profundizado, enraizado de forma tal que permite las pequeñas alteraciones actuales. Nada le pasará al sólido modelo neoliberal chileno, nada le sucederá a su cada vez más poderoso sector privado, con un alza temporal de tres puntos en los impuestos que pagan, porque “los ejes maestros de la política económica seguirán vigentes. Más aún cuando sus ideólogos y los padres de la Constitución se hallan en el poder y sus detractores de los años 80 se han transformado en sus máximos defensores”.

Y agregaba: “No existen diferencias insalvables entre la derecha natural y los partidos que integran la Concertación. Sobre todo cuando se trata de las políticas sanitarias, educativas, de género, cultural o étnica. Ni siquiera en un aspecto tan relevante como la política de derechos humanos hay grandes diferencias entre unos y otros, más allá de los discursos”.

La privatización de Edelnor junto al alza en los impuestos propuesta por el actual gobierno no caen en un cauce muy diferente a las políticas que observamos durante los veinte años precedentes. El fin de la transición es la consolidación de la institucionalidad democrática iniciada en 1990, la que resiste y ha resistido diversas mudanzas y crisis. El terremoto y la reconstrucción se inscribe como una circunstancia especial dentro de un marco bien consolidado.

Para Roitman, “la elección de Sebastián Piñera cierra un ciclo político, aquel que se inició con el referéndum del No, continuó con los cuatro gobiernos de la Concertación para culminar con el triunfo, veinte años más tarde, de la derecha natural. Por esta causa, los partidos de la Concertación si bien se mostraron compungidos por su derrota, inmediatamente cambiaron el semblante para recordarnos que Chile es un país de orden, con estabilidad y desde 2010 con alternancia en el poder”.

La gran simulación

Tras el anuncio presidencial, múltiples evaluaciones e interpretaciones han circulado respecto a la condición real del alza tributaria. Pocas horas después del discurso de Piñera, el presidente de la Sofofa, Andrés Concha, hizo una invitación que parece adquirir materialidad: “Proponemos -dijo- que esta alza de impuestos a las compañías, que es transitoria, se convierta en un crédito fiscal. Que las empresas faciliten recursos al Estado, pero que después se devuelvan”. Un deseo para la gran empresa que para algunos analistas ya es una realidad.

Este es el mecanismo tributario orientado a la gran minería, por el que el gobierno espera, mediante una alteración al royalty, obtener 700 millones de dólares. Según explicó el ministro de Minería, Laurence Golborne, el gobierno propondrá a las mineras afectas a un contrato de invariabilidad tributaria firmado en 2005, por el que pagan entre un 3 y un 9,5 por ciento de una relación entre el precio del cobre y sus ganancias, aumentar voluntariamente la tasa por un par de años a un 8 por ciento. Las empresas que se acojan a esta propuesta obtendrían beneficios tributarios futuros, por lo que a fin de cuentas terminarían, en el largo plazo, pagando menos impuestos.

Las dudas generadas por este mecanismo se han trasladado al impuesto de Primera Categoría. Según el economista Héctor Vega “en virtud de un pago provisional mensual (PPM) durante el año tributario respectivo, dicho impuesto ingresa por algunos meses a las arcas fiscales y luego se descuenta en el momento que los socios de la empresa o accionistas pagan el Impuesto Global Complementario, o impuesto a las personas con la tasa marginal del 40% (desde 0 a 40%). En síntesis, desde el año 1974 las empresas no pagan impuesto, quienes pagan son las personas. ¡En consecuencia si no se aumenta el Impuesto Global Complementario, no hay incremento de impuestos!”.

En esta misma línea el economista Julián Alcayaga ha argumentado sobre el alza del 17 al 20 por ciento. Se trata, dice, de un impuesto “que es a la vez un crédito del impuesto personal del o los empresarios dueños de la empresa, y en los hechos no se produce un aumento de la recaudación tributaria, porque lo que el Fisco recibe de las empresas, lo tiene que devolver a los dueños de las empresas. Esto significa que una empresa que tiene utilidades por $ 1.000, paga actualmente $ 170 de Impuesto de Primera Categoría (17%), y con la reforma de Piñera ese impuesto aumenta a $ 200 (20%); pero al mismo tiempo, para el o los dueños de esta empresa, al hacer las declaraciones personales de impuestos (Global Complementario o Adicional), su devolución de impuesto también aumenta de $ 170 a $ 200, por lo cual la recaudación tributaria del Fisco no aumenta en nada”. Y agrega: “En el largo plazo, obligatoria y matemáticamente, el impuesto de Primera Categoría es anulado por el impuesto personal de los dueños de esas empresas. En Chile sólo las personas pagan impuestos, las empresas sólo pagan un impuesto virtual. Somos el único país en el mundo donde se devuelve la totalidad del impuesto que pagan las empresas”.

Pese a la contundencia de estos análisis, ellos no han logrado instalarse en la discusión tributaria. De ser efectivos, estaríamos presenciando un gran circo de retórica política sobre la base de un modelo económico consensuado por la derecha y la Concertación, el que permanece inalterado.


(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 708, 30 de abril, 2010)

UGT y CCOO: "España llegaría perfectamente a los cinco millones de parados"

UGT y CCOO: "España llegaría perfectamente a los cinco millones de parados"

TRIBUNA LATINA


Cándido Méndez e Ignacio Fernández Toxo, secretarios generales de UGT y CC.OO, los dos sindicatos más representativos de España, aseguraron hoy que este país puede llegar "perfectamente" a los cinco millones de desempleados, "si el Gobierno no toma medidas".

Antes de participar en la tradicional manifestación en Madrid este sábado por el Día Internacional de los Trabajadores, los dirigentes sindicalistas pusieron el dedo en la yaga y desmintieron al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. "Yo no creo que hayamos tocado techo como dice el presidente del Ejecutivo en relación al desempleo", alertó el líder de CC.OO.. "Si seguimos como estamos, se puede llegar perfectamente a los cinco millones, un dato que sería muy dramático".


En la misma línea, Méndez señaló que "aunque no se trata de hacer vaticinios", se puede alcanzar esta cifra de parados, que, según los últimos datos de la Encuesta de Población Activa (EPA), conocidos este viernes de manera oficial, actualmente hay 4,6 millones de personas sin empleo.


Si bien alabó las medidas tomadas hasta ahora por el Gobierno para garantizar la protección por desempleo, que espera que "se mantengan en un futuro", y, en concreto, en los Presupuestos Generales del Estado para 2011, el líder ugetista también criticó la pérdida de convicción del Ejecutivo para dirigirse a la opinión pública española, sobretodo, "a raíz del episodio de las pensiones", que, a su juicio, "supuso una quiebra en el discurso del Gobierno".


Sobre la reforma laboral, ambos dirigentes coincidieron en manifestar su deseo de que se llegue a un acuerdo en menos de un mes, pero criticaron la actitud del ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, por "autoemplazarse a sí mismo en los medios de comunicación y no tomar la iniciativa en la mesa de negociación".


Asimismo, señalaron que el documento presentado por el Ejecutivo a la patronal y los sindicatos sobre la reforma laboral, es "muy inconcreto e inconveniente en algunas cosas". "Sinceramente, creo que, a diferencia de otros, los sindicatos hemos demostrado mucha más capacidad propositiva", concluyó Toxo.

Rodríguez Saa en Atenas

Rodríguez Saa en Atenas Jorge Altamira (Argenpress)

La odisea del rescate de Grecia cumple ya cuatro meses – desde que se dejó trascender que sus números fiscales se habían trucado con el ‘auxilio’ de un experto en conspiraciones financieras, el banco de inversión norteamericano Goldman Sachs. El déficit del Tesoro, que se estimaba en un 8% del PBI, subió, primero al 11.5%, luego al 13.1% y, recientemente, superó el 14%, en lo que de todos modos se estima no será la última suba. La tasa de interés que debe pagar Grecia por su deuda se empinó, mientras tanto, del 5 al 10%, unos setecientos puntos por encima de la tasa de la deuda alemana (‘riesgo-país’); para los bonos a dos años ha llegado al 12%. Resulta claro que, debido a la carga que representan estos mayores intereses, el déficit fiscal de Grecia deberá seguir hacia arriba.

Default


Desde que a mediados de diciembre último comenzara una activa apuesta para provocar el cese de pagos por parte de los especuladores internacionales, Grecia se encamina inexorablemente al default. Ocurre que más allá del señalado ‘riesgo-país’, que supera en más de un 200% a la tasa alemana, la deuda pública de Grecia ha alcanzado una cotización inferior a los setenta centavos de euro y no cesa de subir el seguro de riesgo contra la posibilidad de un impago de su deuda (para asegurar 10 millones de euro hay que pagar 600 mil euros, tres veces más que el seguro, por ejemplo, de la deuda de España, un país que se encuentra también en bancarrota). No hace falta decir que entre los compradores más activos de contratos de seguro de deuda griega se encuentra Goldman Sachs – el mismo banco que ‘asesoró’ el endeudamiento de Grecia durante más de una década (mientras alentaba la especulación contra la deuda pública helena) y que hoy enfrenta una denuncia civil por haber operado de la misma manera, a partir de 2006, contra el mercado de títulos hipotecarios de Estados Unidos que desató el derrumbe financiero internacional. La compra de contratos de seguros, que garantiza al inversor el cobro de la totalidad de la suma asegurada en caso de quiebra, significa una apuesta al default. ¡Los compradores de estos contratos no tienen siquiera en su poder los bonos del Estado que son objeto de la protección del seguro – o sea que no protegen ni aseguran nada sino que operan contra las finanzas del país! Aunque en el curso de la presente crisis, ya Dubai e Islandia declararon el cese del pago de su deuda, Grecia sería el primero que lo haga de la zona del euro. Va tomando forma, de es! te modo, la perspectiva de una desintegración monetaria de la Unión Europea, que señaláramos ya en junio de 2007.


En estas condiciones, un rescate financiero de Grecia luce irrealizable. Significaría entablar una puja entre fondos públicos, que aportarían los países de la UE y el FMI, contra los especuladores internacionales, que están buscando el default. Los poco menos de 60 mil millones de dólares que anuncian los promotores del rescate, serían una gota en el océano para un país que enfrenta pagos de 250 mil millones de dólares hasta 2014; los fondos ‘buitres’ que operan por el ‘default’, en cambio, gozan de una caja inagotable como consecuencia de los enormes subsidios que le ha prodigado la Reserva Federal de Estados Unidos. Al comprar bonos respaldados por hipotecas, por la descomunal suma de 1.25 billones de dólares, la Reserva Federal ‘liberó’ una liquidez enorme, que ha ido a fogonear la especulación en las Bolsas, con las monedas de los países emergentes y con la deuda pública. Como el rescate viene acompañado de un plan de austeridad que provocaría una colosal recesión, incrementaría el déficit fiscal y la bancarrota, pues provocaría una menor recaudación de impuestos y tasas. Fue lo que le ocurrió a De la Rua-Cavallo en 2001.


El problema de Grecia tampoco es exactamente el déficit fiscal, pues el pago de intereses de la deuda le absorbe menos del 15% del presupuesto; el problema es la amortización del capital de la deuda, que los banqueros no quieren aplazar debido a sus propios problemas de endeudamiento. Esto es particularmente acentuado para la banca griega, en cuyo capital dominan participaciones francesas y alemanas. La expansión financiera de los bancos griegos a los Balcanes fue financiada, antes de la bancarrota capitalista, con deuda internacional, que ahora no pueden pagar por la crisis que afecta a los países de la ex Yugoslavia; se ha pinchado el ‘subimperialismo’ griego en la región (Stratfor, 23.2). Los bancos griegos ya han perdido 17 mil millones de euros de los 22 mil millones que recibieron en garantías estatales (Cronista, 8.4). E! s decir que mientras todo el mundo habla de la bancarrota de Grecia y de la necesidad de rescatarla – el gobierno griego estaba rescatando a la banca de su país, que en realidad está controlada por bancos alemanes y franceses.


De Dubai a España...


En síntesis, se viene desarrollando en Grecia, desde febrero, una corrida bancaria y una fuga de capitales que simplemente hace caso omiso del supuesto respaldo que los países del euro tendrían del Banco Central Europeo. La dificultad insuperable de un rescate explica porqué el FMI ha dejado trascender que acompañaría un aporte de fondos con una suspensión inmediata del pago de la deuda para proceder a su reestructuración.
Hace un par de semanas, el emirato de Dubai, cuyo default fue subestimado como “síntoma” de la crisis financiera de los Estados, impuso a sus acreedores una quita del 40% de su deuda. Grecia va por el mismo camino, pero la diferencia de lugar y de tamaño importa. De Dubai a Grecia, y de ésta a Portugal y España, se perfilan los contornos de una catástrofe para la UE. De acuerdo a un blog especializado (Seeking Alpha, 10.2) los “dos principales bancos de España – BBVA y Santander – tienen enormes intereses en Grecia, y una larga lista de otros bancos españoles tienen el 100% de sus intereses en Grecia. Estos incluyen al Bankinter, Banco Español de Crédito, Banco Pastor, Banco Popular Español y Banco Sabadell. De acuerdo a Goldman Sachs, un incremento de 500 puntos de la brecha de la deuda g! riega reduciría en un tercio la valuación de esos bancos” – o sea que los obligaría a tirar la toalla. El BBVA es el 6º acreedor de Grecia" (El País, 12.2). La deuda externa de España alcanza la friolera de 1.7 billones de euros (¡170% del PBI!) (El País, 29.2) – la mayor parte es deuda privada, en un país donde el monto total del endeudamiento es de 4.2 billones de euros o un 400% del PBI (Cronista, 18.3). Más aún que en Grecia, la bancarrota en España es de la banca y especuladores: los préstamos incobrables de la banca han llegado al 9.6% de los activos (y en fuerte ascenso) y los llamados dudosos se encuentran en el 14% (idem) Con estos ‘ratios’, la banca española se encuentra formalmente en quiebra
Rescatar al rescatista


La inexorabilidad de un default de Grecia se hace más clara cuando se sabe que el rescate que tanto se pronostica tiene la mecha mojada. Ocurre que el Banco Central Europeo viene aceptando deuda pública de Grecia, desde hace más de un año, como colateral o garantía de sus préstamos, a pesar de que está calificada como ‘bbb’ (bajo nivel). O sea que durante todo este tiempo, las colocaciones de nueva deuda, por parte de Grecia, para amortizar la deuda que se iba venciendo, fueron financiadas con emisión de euros por el BCE – por una suma que el organismo se niega a revelar. Para evitar el derrumbe, el BCE decidió prorrogar la vigencia de esta ‘facilidad’ por otros seis meses. De manera que cuando todo el mundo habla del rescate inminente, se escamotea el agotamiento de un mecanismo de rescate que hubiera debido funcionar con mayor potencia que el que se viene anunciando. Después de todo, el BCE es el único prestamista de última instancia con que cuenta la Unión Europea. Si se observa mejor, resulta que el rescate por parte de la UE no ha sido el del Estado griego sino el de sus acreedores – que han convertido en euros los bonos potencialmente incobrables que tenían en su poder.


Hay razones más estructurales aún para advertir que un rescate no tendría posibilidades de resolver la situación. Ocurre que el epicentro de la crisis no se encuentra en Grecia, Portugal, o España, sino en el país rescatista, Alemania. La economía alemana reposa sobre su capacidad de exportación y el superávit comercial, no sobre el mercado interno, de modo que no puede ofrecer a los países endeudados un mercado para que vuelquen su producción y paguen la deuda. Alemania ha financiado los déficits dentro de la zona euro para poder colocar su producción. Esto explica que sus bancos hayan elevado su exposición en Grecia del 8 al 15% - sin contar a los bancos griegos que controlan. Alemania tiene invertidos 43 mil millones en deuda griega, 270 mil millones en deuda española y 47 mil millones en deuda portuguesa (Ámbito, 13.4).


A la luz de esto, ningún ajuste le podría ofrecer a Grecia o a España la posibilidad de exportar sus crisis al principal mercado de Europa. La zona euro se ha convertido en una colección de países deudores de Alemania, pero Alemania no puede rescatarlos por medio del único recurso genuino que corresponde: abrir su mercado a sus socios deudores. El mentado retraso de productividad de los restantes países frente a Alemania es una hechura alemana: con la burbuja hipotecaria y el turismo, en España, y con similares servicios en Grecia, la banca alemana financió el desarrollo de mercados que absorbieran su producción industrial y no le hicieran competencia en este terreno. Asistimos, por un lado, a la culminación de una crisis de sobreproducción y, del otro lado, al agotamiento de un esquema artificial y especulativo de desarrollo capitalista. La salida a la crisis no pasa por el rescate de Grecia sino por una nueva reestructuración del conjunto de la Europa capitalista. Asistimos a la bancarrota política de la Unión Europea.


Estados Unidos versus Europa


La crisis de conjunto de la UE se manifiesta claramente en el caso de Gran Bretaña – por dos razones: una, el déficit público se ha ido por las nubes, arriba de Grecia, al 15.1% del PBI; dos, la libra sufre una devaluación constante y deberá llegar a la paridad con el euro, al cual superaba hasta hace poco en más de un 50%; tres, a pesar de la devaluación las exportaciones no crecen; cuatro, hay una actividad especulativa fuerte contra la libra. Los contratos de protección con un default británico han comenzado a subir con fuerza. Estos datos ayudan a entender mejor la crisis de sus partidos tradicionales, que están disputando la campaña electoral.


Llegado a este punto, resulta claro que se encuentra en juego el destino del euro, el cual ha estado perdiendo valor y sujeto a presiones especulativas. La conducta de Alemania frente al derrumbe de Grecia está condicionada por el impacto que tenga en el euro. La posición del capital financiero germano la expresó el titular del Banco Central de Alemania, Axel Weber, que se declaró partidario del default de Grecia (Corrière Della Sera, 11.4); lo mismo dijo un ex director alemán del BCE, Otmar Issing, en el Financial Times. Contra la opinión más difundida, para estos dos banqueros centrales el riesgo para el euro sería un rescate sin fondo y sin límites, o sea inviable.


Al mismo tiempo, el Wall Street Journal (La Nación, 9.4) mostró otro hilo de la hilacha cuando anunció las “Apuestas defensivas de empresas (norteamericanas)” contra el euro. Lo de ‘defensiva’ va por cuenta de los capitales norteamericanos que buscan proteger sus ganancias industriales en Europa – pero es obvia la su secuela en la operación de banqueros y especuladores; el diario señala que también Rusia y China está retirando dinero de Europa. A través de la crisis griega se juega una pelea entre Estados Unidos y Europa: un derrumbe del euro provocaría un reflujo de capitales hacia Estados Unidos y hacia su propia deuda pública, que el gobierno norteamericano está encontrando dificultades en refinanciar. Esto es así a tal extremo que en Estados Unidos ya se registra un ‘riesgo-país’ invertido: la deuda pública rinde más que la privada, o sea que cotiza a menor valor qué ésta. La deuda pública norteamericana es inestimable, porque a los casi 14 billones de la deuda federal, hay que agregar la de los estados y municipios, y a estos la deuda del Reserva Federal ante los tenedores de dólares por la enorme emisión monetaria de los últimos tres años. El choque entre Estados Unidos y Europa es responsable por el inmovilismo frente a la bancarrota griega, que ni es rescatada ni es declarada en default.


En las vísperas del verano


¿Qué va a pasar? El ya citado Otmar Issing escribió que habría que encontrar un mecanismo para que Grecia pueda salir del euro y devaluar, sin que por ello deba retirarse de la zona monetaria. Es que Grecia no puede devaluar, porque no tiene moneda propia; no cuenta con esa salida a la crisis, si es que es una salida ¿Pero es posible estar y no estar en el euro al mismo tiempo?


El que reaccione perplejo a este enigma no conoció, obviamente, a tres ilustres argentinos – Rodríguez Saa, Capitanich y David Espósito, que en la breve semana del puntano en la Presidencia intentaron quedarse en la convertibilidad y a la vez salir de ella. Es también lo que propuso hace dos meses un ex asesor de Reagan recontratado por Obama – Martín Feldstein. Aquellos tres mosqueteros imaginaron un régimen con dos monedas: el peso de la convertibilidad, para bancos y operaciones financieras, y un patacón (1) para transacciones, como salarios y compra-ventas, que sería devaluado frente al peso, para abaratar las exportaciones, encarecer las importaciones y desvalorizar los salarios, manteniendo la paridad peso-dólar para los ahorristas y para las deudas internacionales de los bancos. Lo que preocupa es que un default de Grecia y su salida del euro, provoque una corrida bancaria en toda Europa. En primer lugar porque los bancos griegos han sido activos vendedores de seguros contra default, lo cual los convertiría en la primera víctima de una cesación de pagos, o incluso de una reestructuración de la deuda, que es interpretada legalmente como una ruptura de contratos. Pero, como se ha dicho, la banca europea está muy comprometida con la griega. El francés, Credit Agricole, controla el Emporiki Bank, y Societe Generale el Geniki Bank. Una crisis en España y Portugal afectaría a los prestamistas alemanes: los bancos germanos están expuestos ante los españoles por 240 mil millones de dólares y los franceses por 196 mil millones. Otras informaciones señalan que los bancos suizos están expuestos en Grecia por 64 mil millones de dólares, y que la exposición de los bancos de Gran Bretaña en Irlanda, otro país que camina por la cornisa, es de 195 mil millones de dólares. Incluso varios fondos mutuos de Estados Unidos tienen exposiciones de alrededor del 10% de sus activos en España, Portugal e Irlanda.


En el caso de Grecia, el patacón sería el retorno al dracma, la anterior moneda griega, lo cual permitiría imponer el ajuste salarial y fiscal que reclaman banqueros y el FMI, conservando intangible la deuda con los banqueros alemanes, suizos y franceses, principalmente, en euros. En Argentina, la burguesía con deudas bancarias impuso la devaluación del peso sin más, y esto explica la caída del puntano y la subida de Duhalde, aunque cada provincia emitió su moneda local desvalorizada para pagar los salarios. El costo fiscal del rescate argentino de la banca fue de 40 mil millones de dólares, y el costo social incalculable. Es cierto que, hace un par de años, el hermano Alberto de los Rodríguez Saa fue pillado por un ‘paparazzi’ en una isla griega con una joven dama, pero es más complejo que el patacón se imponga en Atenas. En todo caso ilustra que la bancarrota de Argentina es un caso modelo de la bancarrota del capitalismo y, a medida que se acerca en Grecia el fin de la primavera, Atenas podría ser el escenario de gigantescas marchas nocturnas para aliviar el calor del Mediterráneo.


Nota:
1) Los patacones (cuasimoneda) es una denominación que se le dio a una serie de bonos de emergencia (técnicamente llamados Letras de Tesorería para Cancelación de Obligaciones), emitidos entre el 2001 y el 2002, mediante la ley 12.727, en la Provincia de Buenos Aires, durante el gobierno de Carlos Ruckauf.