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T r i b u n a c h i l e n a

Hugo Chávez, Hasta la Victoria Siempre

Hugo Chávez, Hasta la Victoria Siempre

Por Gustavo Robles 

Hugo Chávez ha muerto. Estaba intentando escribir algo al respecto, pero no sabía muy bien por dónde empezar. Lo primero que tengo que decir es que estoy conmovido, más allá del desenlace previsible y temido, y de las críticas que pueda hacerle desde mi postura ideológica. Es que con el Comandante bolivariano no cabían medias tintas: podemos decir sin temor a equivocarnos que la realidad política de América Latina desde 1998 lo tiene como ineludible referencia, y aún la del mundo entero.

El desdén hacia el marxismo y el leninismo, la instalación a nivel mundial de esa rara acepción "del siglo 21" al socialismo, pero sobre todo casos como el del compañero Julián Conrado y la intromisión en la lucha de clases de nuestro país a favor del proyecto kirchnerista que claramente nada tiene que ver con el socialismo sino todo lo contrario, hacía que todo marxista con coherencia ideológica se incomodara ante esas posturas de Chávez.

Pero hay que saber leer los procesos. También hay que tomar en cuenta el tremendo huracán de sentimiento antiimperialista que desató y encausó la irrupción del líder venezolano, aún en los tiempos en que el neoliberalismo se pavoneaba soberbiamente en nuestro continente. Chávez fue el emergente del enorme descontento popular después de décadas de sufrimiento por la aplicación a rajatabla de las políticas del Consenso de Washington en los países de la región. Y lo hizo desde un discurso que asumía nada menos que a la Cuba Revolucionaria como guía continental para esa lucha, tal vez más en el plano de lo simbólico que en el ideológico, pero suponía un tremendo golpe a la comodidad de los “señores” que se creen los dueños de la Tierra. Hay que rescatarle la capacidad para construir poder y ponerse a la vanguardia de los sectores más humildes, para colocarse en el centro de la discusión política mundial desde un país subdesarrollado, para ubicarse a la cabeza de la resistencia latinoamericana al neoliberalismo, y para ganar todas las elecciones en las que se presentó, a pesar de lo cual la burguesía internacional lo tildó temerariamente de “dictador”.

Chávez marcó una huella indeleble en la historia de Nuestramérica. Hay un antes y un después de su figura. Sin él, las corrientes antiimperialistas que hoy se desarrollan en estas tierras sureñas marginadas de los placeres del Norte poderoso, no hubiesen sido posibles. Habrá que cuidar estos procesos de soberanía de los pueblos y radicalizarlos, porque cualquier paso atrás sería catastrófico para los que soñamos con un mundo diferente al desigual que hoy vivimos.

Sin temor a avergonzarme, puedo decir que, después de la desazón por la caída de la Unión Soviética, hubo dos hechos que yo sentí como aire fresco cuando parecía que todo estaba perdido: uno, la irrupción en la Selva Lacandona del Ejército Zapatista. La otra, en 2005 en Mar del Plata, cuando en medio de la lucha contra el ALCA, rodeado de mandatarios que se oponían al acuerdo continental propuesto por Bush desde identidades no definidas y pacatas, hubo alguien que desde las tribunas del estadio mundialista se atrevió a gritar una palabra que el establishment quiso borrar de la consciencia mundial: “Socialismo”, dijo Hugo Chávez.

Nunca me voy a olvidar de aquél momento histórico. Como tampoco de los discursos memorables en las Naciones Unidas, denunciando el “olor a azufre” que había dejado Bush a su paso. Aire fresco. Y eso merece el máximo de los respetos, al menos de mi parte

Hugo Chávez estaba ubicado claramente del lado de la lucha de los pueblos por su liberación. Era un compañero con el cual podía no compartirse sus políticas y hasta discutir su postura ideológica, pero los que hoy festejan su muerte están en las metrópolis imperiales y los que lloran son los más humildes de estas tierras

Compañero Chávez, Hasta la Victoria Siempre.

Hugo Chávez. El que abrió la cancha

Hugo Chávez. El que abrió la cancha

Por Juan Francisco Coloane 

Los procesos políticos en cualquier nación de América Latina han estado históricamente distorsionados por la intervención extranjera. Es así que uno de los grandes logros de Hugo Chávez como presidente de Venezuela fue haber abierto la cancha en la región del predominio casi absoluto de Estados Unidos. El concepto de que “Chávez abrió la cancha” es del sociólogo y político argentino Eduardo Bustelo Grafigna.

Pocas veces en el contexto de la región, la preocupación de Estados Unidos había estado más centrada en el fenómeno de la revolución bolivariana que encabezó Hugo Chávez. Para Estados Unidos representó el epítome del llamado peligro populista que antecede a la insurgencia. Según el SSI (Strategic Studies Institute. Pentágono), Venezuela es central en el control estratégico de América del Sur y el sur del Caribe. Desde su última reelección, el punto rojo en el mapa insurreccional del Pentágono se puso más reluciente aún y comenzó a titilar como si fuera una alerta roja permanente.

Más allá del petróleo, su ubicación geográfica privilegiada la convierte en enclave estratégico. También es conocida la trayectoria europea para tener influencia en ésta zona. El cruce de intereses europeos se observó nítidamente en las editoriales y columnas de opinión del diario El País de España que estuvo en la vanguardia mediática para contener la llamada influencia chavista en la región.

Consolida su ideario por la revolución bolivariana, cuando vence en la elección presidencial de 2006, con un 63.8 %, contra un 36.9 % del opositor Manuel Rosales. Aún así, los medios de oposición descalificaron la aplastante victoria a que se habrían distribuido listas de personas que perderían sus privilegios si no votaban por Chávez.

Sin embargo, pasó más que eso. Venezuela comienza a crecer económicamente con una tasa bordeando el 10%. El país es reconocido internacionalmente no sólo por su riqueza petrolera, sino por su capacidad de negociar y establecer proyectos de integración.

Hubo costos también. En función de la actividad económica, Venezuela optó por destinar una parte importante de su copiosa liquidez al capital financiero, a la inversión externa y a estimular el consumo suntuario desactivando en parte la manufactura local. Esta política generó desequilibrios que derivaron en disminución de empleos y un mayor gasto social para amortiguar. En todo caso fue la ruta elegida por la mayor parte de las economías que acumulaban volúmenes importantes de liquidez y que por las tendencias del mercado mundial no podían transformarse bruscamente en economías manufactureras. Después vino la crisis de 2008, que también Venezuela la sufrió aunque pudo absorberla por su petróleo.

El país no obstante estuvo siempre en la mira de la seguridad estratégica de Estados Unidos en el hemisferio occidental. Desde la batalla contra España (1898), para obtener la posesión de Cuba, Estados Unidos ha querido echar mano de Venezuela. Juan Vicente Gómez, comandante general del Ejército permanece en el poder 25 años (1908-1933) es el que coloca a Venezuela finalmente en una posición de dependencia de Estados Unidos.

Aunque nunca ocupada territorialmente por Estados Unidos, como República Dominicana en distintos períodos, o Cuba 1898-1908), Venezuela a partir de la explotación petrolera, comienza a ser invadida en todos los sectores de su economía y tejido social. Recibe una gran cantidad de inmigrantes de Europa, Estados Unidos y América Latina que se integran a la industria petrolera y ramas subsidiarias. Venezuela crece y se hace más cosmopolita convirtiéndose en uno de los países más complejos de la región.

Sobre Hugo Chávez se dijo de todo. Que fue un factor de desestabilización en la región fue lo más suave. Que tenía conexiones con el terrorismo internacional ha sido la más grave, como fueron los argumentos de los políticos de la derecha chilena contra la candidatura de Venezuela para ocupar una posición en el Consejo de Seguridad de la ONU

Internamente los detractores lo acusaron de haber polarizado el país. Teodoro Petkoff, miembro de la ultra izquierda de los años 60, era un furibundo anti Chávez como muchos otros miembros de la ultra izquierda venezolana. Con todo, la “vía de Chávez” nunca fue la “vía de Cuba”. Alberto Garrido un analista político venezolano la descartaba: “Chávez es un pragmático. Si ve que lo de Cuba no funciona para Venezuela, el no lo aplica. No tiene nada que ver con que admire a Fidel Castro”.

El gran legado de Hugo Chávez es como reformador político. Su mayor aporte es haber quebrado el sistema de los dos partidos que marginaba a gran parte de la población y aceleró el proceso de empobrecimiento. En este sentido abre el verdadero proceso democrático quizás como en ningún otro país de la región. Las afirmaciones del encargado regional de la agencia estadounidense Human Rights Watch, José Vivanco, en cuanto a que Venezuela no es democracia se desacreditan por el propio proceso democrático bolivariano abierto y discursivo. Vivanco, un abogado chileno, se resiste a reconocerlo por un subjetivismo propio de un anti reformista (o anticomunista), que distorsiona su racionalidad y no tolera una contestación al modelo existente.

Los partidarios señalarán que su mayor contribución fue hacer sentir a la gente más excluida que participaba en las decisiones. Claramente, la mayoría que apoya a Chávez piensan “que es su gobierno”. A pesar de que algunos analistas digan que Chávez polarizó, es claro que el fenómeno se debe más a la frigidez política de la social democracia convencional y la derecha para solucionar problemas políticos y sociales que ellos mismos fabricaron vía corrupción e incapacidad de generar mayor equidad y participación política efectiva, no de papel.

Hugo Chávez desordenó y reordenó “la cancha” de la política internacional en la región como nadie lo había hecho desde la década de 1960. En gravitación quizás solo comparable a Fidel Castro y su equipo con su revolución. Partidario o no de sus políticas, el que analiza debe reconocer esa nueva realidad que dejó Chávez.

¡Hasta siempre, Comandante!

¡Hasta siempre, Comandante!

Por Homar Garcés 

Es difícil resignarse ante la muerte de un líder que despertó pasiones, emociones y conciencias entre millones de personas como nunca había ocurrido antes, tanto en Venezuela y en nuestra América como en el resto del mundo. Un líder que supo interpretar las necesidades, el sentimiento y las esperanzas de un pueblo que fuera engañado, humillado, marginado y masacrado a lo largo de cuarenta años por las elites gobernantes.

Un líder que reavivó la confianza en el socialismo como alternativa revolucionaria frente a la depredación, el intervencionismo militar, las injusticias y las desigualdades generadas por el capitalismo cuando muchos aceptaron sin chistar el veredicto de sus apologistas al desmoronarse la Unión Soviética. Un líder, en fin, que supo comprender la trascendencia de su papel histórico y lo asumió a plenitud -sin mezquindad y a tiempo completo- en beneficio de aquellos que jamás perdieron la fe respecto a que él sabría y haría mucho por dignificar sus condiciones de vida. Por eso, decir que Hugo Chávez Frías ha muerto es una mala jugada de quienes, de una u otra forma, le acompañamos en este arduo camino de construir la patria nueva y la revolución bolivariana socialista. Sería concederles la razón a aquellos que, enceguecidos por sus apetencias personales de poder, mantuvieron posiciones de evidente lacayismo, subordinados siempre a los intereses del imperialismo gringo, con la vana ilusión de parecerse a sus amos capitalistas.

En retribución a esa dedicación de Chávez en hacer realidad los anhelos republicanos, independentistas, igualitarios, integracionistas, ciudadanos y democráticos de Francisco de Miranda, Simón Bolívar, Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora, además de otros próceres de la amplia geografía latinoamericana y caribeña, a los cuales se sumaran (sin contradicción) los contenidos en el socialismo revolucionario; los chavistas tienen ante sí el reto de mantener, profundizar y consolidar los cambios necesarios para que la revolución bolivariana socialista no naufrague y no se pierda ese gran esfuerzo hecho por el Presidente. Para ello es fundamental que se alcance la unidad orgánica de los revolucionarios sobre un programa común, sin los sectarismos partidistas que desde siempre han obstaculizado este propósito que -ahora más que nunca- es harto necesario para la continuidad del proceso revolucionario bolivariano. Dicho propósito, sin embargo, no podrá cumplirse sin que exista sinceridad de parte de todas las organizaciones sociales y políticas que respaldaron a Chávez en cuanto a la promoción, activación, formación teórica y organización autónoma del poder popular, con énfasis especial respecto al pleno ejercicio de la democracia participativa y protagónica, en una primera fase, para luego convertirse, en una fase posterior, en democracia directa, transformando radicalmente todas las estructuras de la sociedad existente.

Ahora sólo nos resta exclamar ¡Hasta siempre, Comandante!, reafirmando con ello el compromiso revolucionario que debe caracterizarnos a quienes hemos luchado por forjar una sociedad de nuevo tipo bajo los ideales del socialismo revolucionario, poniendo todo nuestro empeño en que dicha sociedad (incluyente, de unidad en la diversidad e internacionalista) sea algo posible y no simple discurso de demagogos y oportunistas.

Argentina, ojos de papel

Argentina, ojos de papel

Por Andrés Figueroa Cornejo 

 

1. El 22 de febrero de 2012, en la estación Once de Septiembre de ferrocarriles de Buenos Aires, a las 8:32 de la mañana, se hizo trizas una formación de trenes llena de trabajadores, estudiantes, pobres. 51 muertos, una mujer embarazada, más de 700 heridos. El accidente pre anunciado por la Auditoría Nacional, pasajeros y por los propios asalariados del tren, descubrió con el hueso desintegrado de inocentes lo sabido. Que la colusión negra entre la alta administración del Estado, el Grupo Cirigliano y la superestructura sindical construyeron las condiciones para el desastre. Un tren subsidiado por el pueblo, un subsidio convertido en ganancia para la empresa amiga de los intereses de funcionarios gubernamentales y de sindicalistas de espina y timo. El capitalismo argentino en sus manifestaciones más decadentes: corrupción, indolencia, negocio y crimen. Cada administración política de turno de un Estado orientado por el programa ultraliberal tiene forma nacional y contenido internacional. Si en Chile se impuso con metralla, en Argentina se privilegia ‘el arreglo’, la manipulación, el soborno, el silencio, la amenaza, el asesinato preciso.

Miles llenaron la Plaza de Mayo después de un año del espanto, reunidos en torno al clamor multiplicado por justicia y reestatización del servicio. Quien escribe también estuvo escuchando los martillazos testimoniales de los familiares de las víctimas. Muy cerca, a pocos metros, la Casa Rosada quedó teñida de sangre y vergüenza, de látigo popular e indignación demoledora que repitió durante horas ‘no los quiero de embajadores, tampoco en sus casas tranquilos; los quiero ver aquí juzgados. En esta plaza, en este sitio’.   

 

2. El deterioro del capitalismo argentino sólo es ralentizado por el coyuntural buen precio de la soja y la producción cerealera. La estanflación, de su realidad aplanadora, pasó a convertirse en diagnóstico consensuado de los especialistas y de los no tanto (un misterio dialéctico). Es por ello que los inquilinos de turno de la Casa Rosada -concesionistas de medidas pirotécnicas y  cortoplacistas a fuerza de un año electoral que determina la posibilidad de una tercera repostulación de la Presidenta Cristina Fernández-, más que mejorar salarios y condiciones laborales, propician una potente propaganda pro empleo, pero del peor pagado, del que causa mayores accidentes, y sin contrato de ningún tipo. La casta política y de intereses comunes, hegemónica aún y sin pueblo -en cualquiera de sus versiones, bloques y alianzas-, sabe perfectamente que en las condiciones actuales, el avance de la cesantía es seguro caldo de cultivo para un eventual ciclo abierto de lucha de clases (los jubilados sufren su calvario propio, casi a solas). Entonces de la crisis de representatividad y credibilidad de los gobiernos nacional y provinciales, del sistema de partidos políticos (incluidos y excluidos, blancos, amarillos y rojizos),  se pasa a  una crisis institucional, volviendo más próxima una crisis de gobernabilidad.

 

3. Más allá de la situación geopolítico económica de Argentina como territorio  primario exportador  agroextractivo -dependiente de los Estados corporativos centrales, la bolsa y los organismos del crédito imperialistas regentados por el momento financiero del capital-, las vacilaciones e improvisaciones del Ejecutivo nacional incrementan tanto la objetiva, como la denominada  ‘sensación térmica’ de las mayorías de sobrevivir al día y no saber cómo llegar a fin de mes. La única ’solución’ a mano hasta ahora para grandes sectores de trabajadores ha sido la proliferación de créditos de consumo mediante el plástico del comercio minorista, el retailer, el almacén del barrio, todos ellos, altamente especulativos y pro inflacionarios (consumo y gasto del salario diferidos y en creciente devaluación). La mayoría laboral que se desempeña informalmente, ’en negro’ o ‘en gris’, indocumentadamente, está condenada a la confianza del almacenero.

 

4. La última iniciativa del gobierno nacional -que primero se anuncia con fuegos de artificio y en el camino se va modificando de acuerdo a los grupos de interés y presión- fue el congelamiento de los precios de las mercancías de los supermercados por dos meses para paliar malamente los efectos de la inflación. De inmediato se revelaron, por lo menos,  cuatro dificultades y trampas. Los supermercados subieron sus precios antes de que la medida se pusiera en ejercicio;  quienes fijan los precios son los grandes proveedores y no el momento de la venta a boca de consumidor; luego del tiempo de congelamiento de precios se estima que subirán de golpe las mercancías; y los dos meses coinciden con las negociaciones salariales de los trabajadores, por lo cual el congelamiento funciona como argumento empresarial para evitar los reajustes. Flor de política.

 

5. Mientras la administración del Estado continúa pagando religiosamente la deuda externa, tomando deuda interna de los ahorros previsionales de los trabajadores concentrados en la Administración Nacional de la Seguridad Social (Anses), del Banco Central, emisión de bonos soberanos y el control de la compra de dólares para ’hacer caja’; el promedio del salario de los funcionarios públicos es de 3 mil pesos mensuales y la canasta mínima familiar se encuentra en 7 mil pesos.  El dólar oficial está en 5 pesos y el paralelo en casi 8 pesos; en tanto, la inflación estructural se encuentra en alrededor de un 30 a un 35 % anual (según cuentas conservadores).

Pese a que las empresas inmobiliarias exponen una venta de departamentos un 85 % menor en enero de 2013 respecto del mismo mes del año anterior, en el país carecen de soluciones habitacionales 3 millones de personas. Así y todo, continúan vendiéndose predios públicos ligados a ferrocarriles y al puerto, entre otros, para continuar edificando viviendas de lujo. La sobreproducción en particular beneficiaría a la empresa Inversiones y Representaciones S.A. (IRSA), en sus cálculos, para vender eventual refugio sólo para millonarios. Los pocos que pueden ahorrar y no son grandes accionistas de nada, lo hacen en dólares, oro, compra de inmuebles y hasta en botellas de whisky. La credibilidad bancaria todavía se resiente del ‘corralito’ de 2001.

 

6. La crisis y el hambre ganancial del capital en Argentina también se manifiesta en el aumento de la violencia contra la mujer; en la escolaridad primaria pública reducida adrede a comedores infantiles para beneficio de la privada; en la secundaria del Continente que más consume marihuana; en la delincuencia principiante. La salud pública ofrece turnos atemporales incluso en casos de alto riesgo vital; en muchos hospitales los enfermos deben llevar  sus propios materiales sanitarios y, por ejemplo, en la provincia de Córdoba, ya existen casos de dengue mortales, mientras las vacunaciones infantiles son parciales e insuficientes contra la meningitis, la TBC y la hepatitis B. Los seguros de salud privatizada –inaccesibles para la gran mayoría- por lo menos han duplicado su precio por similar cobertura. Los trabajadores ‘en blanco’ acceden a una obra social según el precio de su salario, y los mejor pagados suelen combinar ambos sistemas. Sin embargo, se trata únicamente de una franja de los trabajadores. Los jóvenes, los precarizados, los subempleados, los desempleados, los migrantes y los trabajadores ‘en negro’ –la mayoría de la fuerza laboral- solamente pueden optar a la salud pública en bancarrota.

 

7. En total, la mayor cantidad de huelgas y negociaciones paritarias el 2012 se concentró en los funcionarios del Estado (considerando docentes y trabajadores de la salud), y una minoría en la empresa privada (grande, mediana, pequeña o pequeñísima). Como en otros países, la organización sindical de los empleados públicos es históricamente superior a la de los trabajadores de empresas privadas, lo que facilita a los primeros contar con una mejor ubicación en las relaciones de fuerza para pactar. De hecho, los profesores agrupados en la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE) ya están en huelga porque la propuesta gubernativa a sus demandas salariales está muy por debajo de la inflación. Todo lo contrario ocurre en el área privada. Al respecto, la llamada ‘inseguridad ciudadana’ está mucho más vinculada al temor de perder el empleo que a la delincuencia común.

 

8. No importa que las izquierdas todavía sean incapaces de constelarse. No importan sus razones abundantemente impresas y las inconfesables –que en caso alguno son sinónimo de comprensibles y comprendidas, aceptadas o siquiera algo interesantes para la gente de a pie-. No importa que las izquierdas se cobren cuentas absurdas, confundan al hermano de lucha con uno de los adversarios principales, intenten obtener más suscriptores mediante la apropiación obscena, uso y abuso de los mártires del pueblo. No importa que se autoproclamen ‘fuerzas nuevas’, cuando su conducta, discurso y procedimientos sean fotos en sepia y sin contexto, y reproduzcan los modos del sistema de partidos políticos en crisis. No importa que sean pura táctica confusa y proyecto abstracto, maximalista, descoyuntado de la realidad concreta. No importa que sus direcciones consideren que los fines no tengan ninguna relación con los medios. No importa. El movimiento real de los trabajadores y los pueblos  y las contradicciones sociales se encargarán de parir los instrumentos de su propia emancipación. Con nuevos y  no tan nuevos, pero rehabilitados militantes populares. De no ser así, la próxima oportunidad histórica para cuestionar materialmente los fundamentos de un capitalismo sin respuestas -imposible de emparchar o reformar significativamente, agonizante hasta que la voluntad de las mujeres y los hombres hagan estallar sus respiradores artificiales-, simplemente ofrecerá  más tiempo a los contados enemigos de la humanidad y sus intereses nativos en terreno argentino.

Trabajadores y pueblos porque hay indígenas también en Argentina y migrantes fronterizos por doquier, aunque no aparezcan en los órganos oficiales de las izquierdas, esas versiones marchitas y autoreferentes, descontextualizadas y mal editadas de las relaciones sociales concretas del país actual.

 

9. Cuando termina este pobre fresco sobre la contingencia argentina, llegan noticias del asesinato del sindicalista chileno Juan Pablo Jiménez. En Chile es más fácil formar un grupo anticapitalista que un sindicato de lucha. Juan Pablo tenía 34 años y era Presidente del Sindicato Nº 1 de la Empresa Azeta, corporación subcontratista de Chilectra (propiedad de Endesa España, a su vez, propiedad de la transnacional italiana Enel). Fue asesinado a bala exacta y fría al interior de la propia empresa. Juan Pablo venía del futuro y había nacido para luchar y luchado para vencer. De esta memoria, emputecidos y armados con todas las razones, los desheredados batallan con la mira en  el poder.  Honor y gloria a Juan Pablo.     

La crisis ¿terminal? de la Concertación

Por Ivan Vitta

 

 

La Concertación se encuentra en medio de una de sus cada vez más recurrentes crisis políticas. En este nuevo episodio, el detonante ha sido la lista conjunta PPD-PRSD-PC para la elección de concejales, pacto que amenaza el espacio protegido que el “progresismo” ha construido para la sobrevivencia política de la Democracia Cristiana. La incorporación de hecho del PC a la Concertación ha alterado los equilibrios de la coalición de la oposición burguesa.

Una de las características más destacadas de esta crisis es que no hay en ella propuestas ni ideas programáticas que apunten a un cambio de fondo en el modelo capitalista neoliberal que impera en Chile. Los partidos de la oposición burguesa pelean por lo único que pueden pelear: por la repartición de los cargos de poder, encubiertos con los slogans y frases vacías de siempre. No hay en esas cuchilladas nada que interese a los trabajadores y al pueblo de Chile.

Agotamiento histórico de la burguesía

La esterilidad política de la Concertación se debe al agotamiento histórico de la burguesía como fuerza de cambio social.

Tras la reforma agraria de fines de los años 60, en la que fue liquidado el latifundio, desaparecieron todas las condiciones sociales que impulsaron a ciertos sectores “democráticos” de la burguesía chilena a realizar algunas reformas progresivas, siempre acotadas y a medias tintas, y que tuvieron siempre su contraparte reaccionaria, como la Ley Maldita o el apoyo de la DC al golpe de 1973.

Esta situación quedó velada durante la dictadura tanto por la violencia y brutalidad de la represión como por la radicalidad de la contrarrevolución capitalista, que tuvo el carácter de verdadero schock, expresado en dos profundas recesiones económicas en 1975 y 1982 y en una suerte de reconstrucción institucional desde cero del Estado chileno.

Pero ya en 1985, bajo la cobertura política del “realismo”, la Democracia Cristiana empezó a considerar con otros ojos los profundos cambios llevados adelante por la dictadura. Se dio cuenta de que, tras la violencia institucionalizada contra los trabajadores y el pueblo, en Chile se habían llevado a cabo las transformaciones económicas que la DC buscó siempre como proyecto histórico: la erradicación de los rasgos precapitalistas heredados por el capitalismo chileno y el desmantelamiento del movimiento obrero como fuerza social y política independiente.

El Partido Socialista se encontraba dividido entonces entre un sector que ya había dado un giro significativo a la derecha, abandonando las posturas más radicales de los años 60 y otro que mantenía dichas posturas. La fracción derechista también nucleaba a sectores afines que habían surgido en el MAPU y la Izquierda Cristiana. Este grupo se sumó a la DC en 1985 en el llamado Acuerdo Nacional y en la Alianza Democrática, antecesora de la Concertación.

El plan de la burguesía opositora a la dictadura consistía en desplazar a Pinochet para permitir que su modelo económico, político y social pudiera legitimarse, y lograr el aislamiento del PC, que entonces sostenía, empujado por la creciente rebeldía popular contra la dictadura y el aislamiento de sus dirigentes reformistas en el exilio,  posiciones políticas radicales. Tras la derrota de la estrategia insurreccional de la izquierda revolucionaria, quedó el camino pavimentado para que la estrategia de la burguesía opositora -ya agrupada en la Concertación de Partidos por la Democracia- avanzara con el apoyo de EEUU.

Por eso la “transición a la democracia” tuvo el carácter que tuvo, de consolidación, legitimación y profundización del capitalismo neoliberal edificado por la dictadura. No fue nunca un acto de cobardía ni de pusilanimidad, sino un proyecto político llevado a cabo concientemente en la dirección que tomó, fundado en los intereses de clase burgueses que estaban detrás de la Concertación.

Para el “progresismo”, el ala izquierda Concertacionista, la participación en el aparato estatal se convirtió en el trampolín que le permitió legitimarse como alternativa política para el gran empresariado. Dicha legitimación fue paralela con la creciente incorporación de cuadros “progresistas” en puestos de confianza del mundo empresarial (directorios, asesorías, consultorías, etc.).

La Concertación contó con un alto respaldo electoral en los inicios de sus gobiernos, respaldo que comenzó a declinar tras la elección de Eduardo Frei en 1993, debido a que poco a poco fue aumentando la frustración popular por las promesas incumplidas. Las ilusiones populares se mantuvieron todavía con la elección de Ricardo Lagos y de Michelle Bachelet. Pero los gobiernos “progresistas” resultaron ser tan proempresariales como los gobiernos DC.

Las sucesivas crisis y la derrota electoral del año 2010

La derrota electoral de 2010 detonó una seria crisis política al interior de la Concertación, pero ésta no fue la primera.

Ya desde fines de los años 90, con la polémica entre “autocomplacientes” y “autoflagelantes”, la coalición empezó a experimentar un agotamiento político, en la medida que iba quedando de manifiesto cada vez con mayor fuerza la distancia entre las promesas y los resultados. El agotamiento fue también electoral, produciéndose una sostenida merma de votos que ya en las elecciones de Lagos y Bachelet obligaron a una segunda vuelta. 

A fines del gobierno de Bachelet, las discrepancias se tradujeron en abiertos quiebres, el más significativo el de Marco Enríquez-Ominami, que iba a arrebatarle una buena cantida de votos, sobre el 20%, al candidato oficialista Eduardo Frei. Pero no fue el único: ya habían abandonado la coalición, al menos formalmente, los dirigentes DC que formarían el PRI y dirigentes y militantes socialistas como Jorge Arrate y Alejandro Navarro.

La Concertación también sufrió una progresiva fuga de fuerzas políticas desde sus inicios (como el Partido Humanista, que se marginó en 1993), que la redujeron finalmente a los cuatro partidos actuales. Ya a fines del gobierno de Bachelet, ele eje DC-PS se había transformado en hegemónico y había desplazado al PPD y al PRSD a la “mesa del pellejo”.

El carácter de la actual crisis concertacionista y la izquierda

La crisis concertacionista es, antes que todo, una disputa por la repartición del poder que ha sobrepasado los canales institucionales destinados para ello. La Concertación se sabe rechazada por la ciudadanía, pero ese dato recibe lecturas distintas según la fuerza relativa de cada bloque en el conglomerado.

Para el eje DC-PS, se trata, ante todo, de conservar su fortaleza al interior de la coalición, de cara a las próximas elecciones parlamentarias y a un eventual retorno a La Moneda de la mano de Michelle Bachelet. Para el eje PPD-PRSD, se trata de buscar la oportunidad de sumar a otras fuerzas para participar en una forma menos desmedrada de dicha repartición.

Por ello no ha habido en esta crisis ni en los ya largos dos años de “procesión” tras la derrota presidencial ni una sóla propuesta política que vaya en un sentido de transformación de fondo del capitalismo neoliberal. La oposición burguesa está estructuralmente imposibilitada para adoptar ningún cambio en dicha dirección.

La incorporación oficiosa y no reconocida del PC a la Concertación, junto a fuerzas que no podemos decir con plena certeza de que hayan nunca abandonado la coalición, como el MAS o el MAIZ, ha rebarajado el naipe político y provocado una redistribución de fuerzas que amenaza la hegemonía DC-PS, pero nada más.

No cabe hacerse ninguna ilusión sobre un eventual “giro a la izquierda” dentro de la Concertación. El PC ve en el pacto con el PPD y el PRSD un giro a la izquierda de éstos por la misma razón que un pasajero en un vehículo que avanza hacia adelante ve los postes desplazarse hacia atrás: porque el PC se mueve en sentido contrario, hacia la derecha.

La declaraciones de Teillier no pueden, por más que intente cabriolas retóricas, dotar de ningún espesor político a ese supuesto “giro a la izquierda”. Los acuerdos programáticos que Teillier aduce no pasan de ser las promesas y frases grandilocuentes de siempre y los solemnes compromisos que terminan arrojados por la borda una vez que la Concertación ha conseguido los votos (y los que, los sabemos por la experiencia de los “Cinco puntos” comprometidos con Bachelet, el PC tampoco tendrá demasiado interés en exigir).

Se trata sólo, por parte del PC, de su estrategia de seguir ganando espacios al interior del Estado capitalista neoliberal, con la ilusión -enteramente infundada- de lograr hacer trabajar el Estado contra el Estado. Es el mismo género de ilusiones que llevaron a la derrota de 1973. No importa si manda a sus caras bonitas a sacarse fotos junto a Fidel: la suya es una estrategia reformista que subordina los intereses de los trabajadores a los de la gobernabilidad capitalista.

En el futuro inmediato, mientras exista el sistema binominal, la Concertación se mantendrá unida –incluyendo a su nuevo miembro, el PC–   pese a sus desaveniencias. Los intereses electorales y las perspectivas de una nueva repartición del aparato estatal son más fuertes. Las próximas elecciones municipales serán la medición de fuerzas que finalmente rebarajará el naipe. La DC, con toda su molestia, no tiene espacio político en este momento fuera de la Concertación y sus socios saben que deberán darle compensaciones políticas.

El giro hacia la izquierda –puramente discursivo–  puede tener el efecto de embaucar a parte del electorado. Las recientes elecciones presidenciales francesas y la primera mayoría relativa del candidato social liberal Francois Hollande son una muestra en ese sentido. Pero nadie puede llamarse a engaño: la Concertación fue y será, por su carácter de clase, por la red infinita de capilares que unen sus intereses a los del gran empresariado, una coalición política burguesa cuyo propósito es dar gobernabilidad al capitalismo neoliberal.

La única forma de ser consecuentemente antineoliberal es siendo consecuentemente anticapitalista. Para la izquierda revolucionaria, la crisis concertacionista no representa ninguna buena señal, sino, por el contrario, es una nueva amenaza de un renovado travestismo político por parte de la oposición burguesa. No puede bajarse la guardia en la lucha ideológica total contra las mentiras y engaños de todas las fracciones de la burguesía, tanto de la Alianza como de la Concertación, y contra el reformismo del PC, que desarma políticamente al pueblo y los trabajadores con sus ilusiones socialdemócratas y frentepopulistas.

Es necesario que la izquierda revolucionaria dispute y desplace tanto a las fuerzas burguesas como a sus lugartenientes reformistas de la dirección de los movimientos sociales. Se hace imprescindible también el no dejarles el espacio libre en el terreno electoral, que inevitablemente van a utilizar como parte de sus operaciones de camaleonismo.

Por ello debemos continuar con la acumulación independiente de fuerzas también en el terreno electoral. Ello significa hoy empujar con fuerza la inscripción legal del Partido Igualdad, instrumento electoral que un importante sector de los movimientos sociales ha puesto a disposición del conjunto de los trabajadores y el pueblo, para disputar cada concejalía y cada alcaldía a la burguesía y usar esos espacios como palancas que apoyen el desarrollo de la organización popular autónoma, la construcción de un camino popular a la Asamblea Constituyente y la construcción de poder desde la base social, en disputa con el poder del Estado.

La posición derrotista de algunos sectores y personalidades de izquierda –por ejemplo la posición de Manuel Cabieses en la última editorial de Punto Final, donde llama a la abstención– no da cuenta ni de las necesidades políticas del momento ni de las potencialidades que la nueva situación política abren para la izquierda revolucionaria y los movimientos sociales. El llamado de Cabieses es, en estos momentos, querer refugiarse en la noche en que todos los gatos son negros y apostar en forma oportunista a apropiarse de la abstención electoral, como si ella fuera homogénea y constituyera implíctamente una posición de rechazo al capitalismo neoliberal.

Por el contrario, es momento de pasar a la ofensiva. La irrupción impetuosa de la lucha popular, incluyendo también hitos electorales como el triunfo de los movimientos sociales en el plebiscito de Peñalolén , muestran que hay condiciones políticas para este salto. Nada está asegurado a priori, salvo la derrota si se renuncia a la lucha.

Los trabajadores están de vuelta

Por  Ivan Vitta  

En los últimos años hemos asistido a un sostenido aumento de la lucha reivindicativa de los trabajadores chilenos. En los seis años transcurridos desde el 2006, ha habido un crecimiento constante de las huelgas, tanto legales como ilegales, por mejoras salariales y de las condiciones laborales. Este es un hecho de importancia capital, pues la lucha reivindicativa es la base para el paso a formas de lucha de mayor calado estratégico e histórico, que instalen a los trabajadores en la disputa política primero y permitan pensar en la construcción de una alternativa social al capitalismo posteriormente. 

El nuevo período fue abierto por las grandes luchas de los trabajadores subcontratistas del cobre y forestales, quienes sobrepasaron la legalidad del código del trabajo pinochetista, nunca modificado por los gobiernos de la Concertación, e impusieron en los hechos la negociación inter empresa. La represión del “gobierno ciudadano” de Michelle Bachelet cobró la vida del obrero forestal Rodrigo Cisternas en mayo del 2007.

Este período de alza de la lucha sindical sucede a un período de depresión de las luchas. En el período 1998-2005, considerando sólo las huelgas legales, hubo un promedio anual de 12 mil trabajadores en huelga; en el período 2006-2011, dicha cifra se elevó a 21 mil trabajadores por año. El número de huelgas pasó de un promedio de 109 por año en el período 1998-2005 a 161 en el período 2006-2011.

Dicho período de depresión sucedió a su vez a un período de alta pero declinante movilización de los trabajadores. Las grandes luchas populares contra la dictadura prosiguieron a principios de los 90 tras la instalación del régimen civil contemplado en la Constitución de 1980. Pero el compromiso de las principales fuerzas políticas sindicales y de su organización, la CUT, con los gobiernos concertacionistas fue mermando la lucha, en la medida que los dirigentes iban comprometiéndose cada vez más con la mantención de la gobernabilidad.

Este nuevo período de alza de la lucha reivindicativa se produce fundamentalmente por la continuada profundización de las contradicciones del capitalismo neoliberal chileno. En los años 90, las altas tasas de crecimiento del producto permitieron simular esas contradicciones, expresadas fundamentalmente como un crecimiento de la desigualdad social, fenómeno que a su vez es la expresión del crecimiento de la explotación de los trabajadores.

Sin embargo, las motivaciones económicas no bastan para explicar este resurgimiento de la lucha sindical, pues si así fuera éste habría comenzado mucho antes. La explicación está en la interacción del sindicalismo con el sistema político a partir de 1990.

El sindicalismo en los 90 y hasta el 2005

Desde el inicio de los gobiernos civiles el grueso del sindicalismo, agrupado en la CUT, se subordinó al proyecto político de la Concertación y aportó en forma decisiva a la desmovilización de los trabajadores para asegurar la gobernabilidad del capitalismo neoliberal, ahora administrado por la oposición burguesa a la dictadura. A cambio, los gobiernos concertacionistas otorgaron una serie de prebendas a los dirigentes de la CUT, desde el ser reconocidos como únicos interlocutores válidos del mundo sindical hasta cargos remunerados en distintas comisiones creadas como parte de normativas laborales. En la práctica, la CUT se transformó en sindicalismo oficial, una mera extensión del Ministerio del Trabajo en el mundo sindical.

Los gobiernos de la concertación, actuando en coordinación con la CUT, se encargaron de reprimir, dividir o cooptar, según fuera necesario, cualquier brote de sindicalismo independiente o, por lo menos, más activo en la defensa de los intereses de los trabajadores. Los dineros del Ministerio del Interior y de la Secretaría General de Gobierno estuvieron siempre disponibles para comprar dirigentes; los dirigentes sindicales de la Concertación, a su vez, siempre estuvieron disponibles para venderse.

Lo anterior, más la clara opción política de la Concertación por los intereses empresariales, fue poco a poco desmovilizando y desmoralizando a los trabajadores organizados. Considerando sólo huelgas legales, en el período 1990-1993 hubo un promedio de 31 mil trabajadores en huelga al año; en el período 1994-1997 la cifra bajó a 21 mil;  en el período 1998-2001, llegó a 12 mil trabajadores, que se mantuvo en el período 2002-2005.

Esta fuerte tendencia a la disminución de la lucha reivindicativa de los trabajadores organizados tenía también componentes estructurales. Desde fines de los años 80 y durante los 90 se producen fuertes cambios en el trabajo asalariado, que se expresan en: a) cambios en la actividad económica,  disminuyendo algunas ramas, como la industria, y creciendo otras, como los servicios b) cambios en la relación laboral de los trabajadores con las empresas, creciendo el subcontrato c) precarización laboral.

Con el gobierno de Ricardo Lagos, empiezan a echarse las bases del resurgimiento de la lucha reivindicativa de los trabajadores. En primer lugar, porque las organizaciones sindicales empiezan a asimilar los cambios estructurales en el trabajo asalariado (p. e. organización de contratistas, de trabajadores de servicios y comercio, etc.); segundo, porque queda demostrado que el ala “progresista” de la Concertación es tan neoliberal como su ala demócratacristiana, lo que marca la distancia política entre sectores sindicales emergentes y la Concertación. De ahora en adelante, las fuerzas más dinámicas de los trabajadores organizados pueden avanzar sin el lastre político de las lealtades partidarias que amarraron al sindicalismo de la transición.

La recuperación de la lucha reivindicativa y organización de los trabajadores

En enero del año 2006 se efectúa la primera gran paralización de trabajadores contratistas del cobre, marcando el nuevo período de ascenso de la lucha económica de los trabajadores. Se trató de una paralización fuera del marco legal del código laboral de la dictadura y se logró imponer en los hechos la negociación multiempresa a CODELCO. Marchas masivas por las calles de las ciudades mineras, en especial Rancagua, epicentro del conflicto, cortes de rutas, tomas de recintos, incluyendo la Catedral de Rancagua, e incluso el descarrilamiento de trenes mostraron un grado de combatividad pocas veces visto durante la mal llamada “transición a la democracia”.  El mismo año se produce el estallido de la “Rebelión de los pingüinos”, lo que indicaba claramente que se estaba ante un nuevo período de la lucha popular.

El año 2007 fue el turno de los trabajadores forestales, en un conflicto que le costaría la vida al trabajador Rodrigo Cisternas, asesinado por carabineros. El año 2008, los subcontratistas del cobre vuelven a la carga. En esa ocasión, la CUT jugó un rol claramente anti trabajadores, mostrando su careta como organización de defensa del statu quo y la gobernabilidad capitalista. El paro fue derrotado, pero constituyó un parte aguas entre las nuevas organizaciones de trabajadores y las organizaciones burocráticas a la cabeza de la cuales se encuentra la CUT.

La CUT, Central Unitaria de Trabajadores, no tiene ninguna relación con la antigua Central Única de trabajadores fundada por Clotario Blest en 1953. Esta CUT nace en 1988 a partir de un acuerdo político entre los principales partidos de oposición a la dictadura, la DC, el PS y el PC; desde el comienzo fue una mesa político-sindical donde las decisiones finales se acordaban entre los partidos de acuerdo a sus propios intereses políticos, que cada vez más empezaron a estar en contradicción con los intereses de los trabajadores.

Por ese carácter de mesa político-sindical, la CUT jamás contó con un sistema democrático de elección de sus dirigentes. El sistema electoral indirecto está diseñado para favorecer el fraude masivo, la sobrerrepresentación artificial y las organizaciones fantasmas. Por eso jamás la CUT tuvo ninguna convocatoria real entre los trabajadores, como quedó lastimosamente demostrado este año 2012 con una marcha convocada contra el salario mínimo a la que llegaron apenas 500 personas. En las elecciones de este año de la CUT, los dirigentes sindicales “votaron” por cuenta de 700 mil trabajadores, cuando los cálculos estiman que la central no tiene una afiliación superior a los 250 mil trabajadores. Como reconoció el dirigente PC Cristián Cuevas, las elecciones de la CUT son un gigantesco “fraude”.

Frente a esa organización sindical burocrática, ha crecido la organización clasista de los trabajadores chilenos. Organizaciones como el Siteco, la Unión Portuaria del Bío-Bio, el SINTRAC y muchas otras han venido a sumarse en los últimos años a otras formadas durante los años 90, como la CGT.

Las organizaciones clasistas han visualizado claramente la necesidad de avanzar en un proceso de unidad de dichas fuerzas, que permita potenciar las luchas de los trabajadores y enfrentar la política de contención de las organizaciones burocráticas, pero hasta ahora los esfuerzos realizados en ese sentido no han rendido los resultados esperados. Las diferencias sobre organización y objetivos de los trabajadores han sido hasta ahora un obstáculo para la unidad; además, tras varias organizaciones hay proyectos políticos celosos de proteger su “nicho” de trabajadores, una práctica que recuerda las de los partidos de la CUT.

Avanzar hacia la presencia política de los trabajadores

La lucha reivindicativa es la base sobre la que puede levantarse la lucha política de los trabajadores. En Chile, como en casi todo el mundo capitalista, los trabajadores han sido expulsados del espacio político que ocuparon hasta los años 70 dentro de las democracias burguesas. Con ello, perdieron una importante vía de acceso a las mayorías populares y nacionales, base a su vez para la posibilidad de construir un bloque de fuerzas capaz de levantar un proyecto de superación del capitalismo.

En el último período también se han desarrollado iniciativas de parte de las organizaciones clasistas que apuntan a demandas políticas hacia el Estado. La de mayor éxito organizativo hasta ahora es la coordinación por la Renacionalización del Cobre, demanda que ha sido ligada a la necesidad de financiar otras demandas que han emergido desde los movimientos sociales, como las demandas por educación gratuita o de financiamiento de la vivienda social. En Julio, dicha iniciativa convocó a marchas y actos en varias ciudades por la renacionalización del cobre.

En esta materia, no obstante, también hay profundas diferencias estratégicas y tácticas entre los distintos actores del movimiento sindical. No existe un proyecto político hegemónico que sea capaz de arrastrar a todos a un proceso unitario, por lo que las diferencias políticas no tienen hasta ahora solución. Hay fuerzas que apuestan a la acción directa y aspiran a acumular fuerza al margen del Estado, sin ni siquiera plantearse la lucha por demandas democráticas mínimas como el fin del código laboral de la dictadura; otras fuerzas no comparten esa lógica infantilizada y visualizan claramente que la potencia hegemónica del Estado capitalista no puede ser simplemente ignorada.

El movimiento sindical es uno de los componentes principales de la clase trabajadora y tiene un rol estratégico en una perspectiva anticapitalista. El ascenso de las luchas reivindicativas de los trabajadores chilenos es, aunque insuficiente aún, claro y firme; las contradicciones estructurales del modelo capitalista neoliberal en Chile, que cada vez se manifiestan con mayor fuerza, seguirán empujando a los trabajadores a la lucha. Superar la fragmentación de las organizaciones clasistas y concordar un camino de lucha y unidad es la tarea principal del momento.

Iván Vitta 





Graficos de Ivan Vitta en base a información de huelgas de la Dirección del Trabajo

Armada de Chile: Escuela de criminales

Por Alejandro Lavquén

Si algún ingenuo aún dudaba que el rol de las fuerzas armadas es el de enseñar, como práctica esencial de su funciones, el asesinato del prójimo, el video con el entrenamiento físico y concientizador de los marinos chilenos, en las calles de Viña del Mar, acompañado del cántico “argentinos mataré, bolivianos fusilaré, peruanos degollaré”, es de esperar que lo haya sacado de su candidez. Más aún cuando el diputado de la UDI Gonzalo Arenas –pinochetista recalcitrante- afirma que “estos cantos han estado siempre en todas las FFAA. Yo fui cadete hace más de veinte años y se cantaba igual”. Arenas representa a un sector de chilenos chovinistas y xenófobos que además justifican las violaciones de los derechos humanos durante la dictadura militar.

Aunque las máximas autoridades de la marina y del gobierno condenaron el video (políticamente no les quedaba otra opción), no olvidemos que la marina, encabezada por el almirante Merino, que dio un golpe interno, fue la institución que llevó el pandero en el golpe de Estado de 1973. Yo me pregunto si en aquella oportunidad, mientras los marinos chilenos torturaban a sus compatriotas a bordo del buque escuela Esmeralda, habrán entonado cantos parecidos: “socialistas mataré, miristas fusilaré, comunistas degollaré”. Recordemos que todo esto se cumplió, a cabalidad, tras el golpe militar, demostrando, al parecer, que los uniformados aprendieron muy bien la doctrina enseñada a través de sus cánticos.  

La marina chilena es una institución clasista, patriotera, pechoña, dispuesta a matar no sólo a nuestros pueblos hermanos, sino que a los propios chilenos, como quedó demostrado en 1973. Esta institución está gobernada por el sector más reaccionario de la derecha y obedece a intereses antidemocráticos, tal como el resto de las FFAA. Me parece que ya es la hora definitiva en que la educación de los integrantes de las Escuelas Militares pase al mundo civil.   

“No votaría por Bachelet, ni en segunda ni en tercera vuelta”

Por Juanita ojas


El economista asegura que su candidatura surgió de la ciudadanía y de movimientos políticos que rechazan el sistema neoliberal y no están comprometidos con el duopolio de la Concertación y la Alianza. 

Fue durante los agitados días de las movilizaciones estudiantiles del año 2011 cuando al economista y profesor universitario Marcel Claude le plantearon por primera vez la posibilidad de levantar una candidatura presidencial. 

“Fueron múltiples charlas y encuentros a lo largo del país, especialmente con estudiantes, y de ahí surgieron las primeras propuestas. Durante 2012 las propuestas llegaron desde organizaciones sociales, de trabajadores bancarios, del cobre y otras, y a fines del año hicimos una reunión para levantar una candidatura desde la ciudadanía”, recuerda Claude. 

En un contexto donde las candidaturas ya suman más de media docena, el candidato destaca que la suya tiene una diferencia sustancial: “Esto no es una autoproclamación, yo no estaría pensando en ser candidato si no me lo hubieran solicitado las bases de los movimientos sociales que hoy forman nuestra base de apoyo”, dice el economista. Claro que eso no implica rechazar el apoyo de movimientos y colectividades políticas, porque ya existen conversaciones avanzadas con varias. 

“Lo que nosotros esperamos es construir una plataforma que agrupe a organizaciones sociales y partidos que no apoyan el sistema neoliberal ni estén comprometidos con el duopolio. Hemos conversado con el MAIZ, Igualdad, Partido Humanista y parte del MAS. Lo que no vamos a hacer es negociar con los conglomerados, porque no queremos incorporarnos al sistema político actual”, afirma Marcel Claude. 

El lanzamiento de la candidatura presidencial fue con un Encuentro Ciudadano Programático, que se replicará en los próximos meses. “Iniciaremos un trabajo de discusión programático que avance en la consolidación de nuestras propuestas, que son muy consistentes con la molestia de la gente. Ese mismo proceso servirá para definir candidatos al Congreso que sean voceros de nuestros planteamientos”, señala el candidato presidencial. La principales diferencias con otras candidaturas radican en aspectos como poner fin a los sistemas de Isapre y AFPs, nacionalizar el cobre, realizar una Asamblea Constituyente de representación directa, tener educación pública gratuita, laica y de calidad; fortalecer la salud pública y terminar con la salud privada que lucra. “Apostamos a crear una tercera fuerza y en caso de segunda vuelta, no vamos a traspasar nuestro votos a nadie. Yo no votaría por Bachelet ni en segunda ni en tercera vuelta, porque la Concertación y la Alianza son dos caras de un mismo sistema” enfatiza Marcel Claude. 

Fuente:cRadio Universidad de Chile