Se muestran los artículos pertenecientes al tema Cultura.
Jorge Luis Borges: la palabra universal. ¿Un ciego con luz, o un lúcido enceguecido?

Cristina Castello (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)
«Sentí en el pecho un doloroso latido, sentí que me abrazaba la sed»
J. L. Borges, de «El Inmortal»
Jorge Luis Borges es una metáfora de sí mismo. Es uno de los escritores más destacados del siglo XX y un emblema de su patria argentina, donde todos lo nombran pero pocos lo leyeron. Niño prodigio, vivió su infancia vestido de niña por su madre, quien lo llamaba «inútil» e «infeliz».
Su erudición tiene pocos parangones. ¿Fue tan lúcido para descubrir la sacralidad de la vida, como para escribir? ¿O la lucidez dañó esa parte del espíritu donde está escrito que nada de lo humano debería ser extraño?
Pocos artistas son tan amados y aborrecidos. Y se comprende: los versos de Borges son sagrados, pero su boca fue incontinente. Calificó a Federico García Lorca, como un «poeta menor», y de la misma forma honró a los vates de la Generación del XXVII española; no se privó de críticas a Julio Cortázar; de Cien años de soledad, de García Márquez dijo: «Lindo título, ¿no?». Fue implacable con Charles Baudelaire, se ensañó con Pierre Corneille –autor de «El Cid»– y con Isidore Ducasse (el Comte de Lautréamont).
Más: al ritmo de cada sorbo de su té inglés calificó a Arthur Rimbaud como «un artista en busca de experiencias que nunca logró», y criticó salvajemente a André Breton, potencia de imaginación y poesía; y, aunque nacido en las pampas, su anglofilia era tan fuerte como su franco fobia (Juan José Saer dixit). Demasiado, Mister George.
Su sed, su sed eterna. Este 24 de agosto, se cumplen 110 años de su nacimiento, y la pregunta de siempre sigue en pie: ¿Tuvo sed de poesía, o, también –y sobre todo– de sentirse amado por una mujer? Él, la pluma universal, tuvo amores imposibles y sufrió como los personajes de las novelas más vulgares, que despreciaba. Hasta que llegó su cauce: María Kodama, con quien tuvo una unión en el misterio.
Mente prodigiosa, en «El jardín de los senderos que se bifurcan», propuso –sin saberlo– una repuesta a un problema de la física cuántica. Y toda su vasta obra fue un hito, como disparador de la fantasía de lectores y gentes de letras.
A la par, si bien en su momento condenó a Adolfo Hitler y a Benito Mussolini, después hizo loas de autores de crímenes de lesa humanidad: Francisco Franco, Jorge Rafael Videla y Pinochet, entre otros. Asesinos, condenados en tal condición por la Justicia.
Más que por otros poetas, se sintió marcado por el enorme Walt Whitman. Pero, ¿qué asimiló de él? La palabra de Whitman se batía por la libertad de los pueblos y la dignidad humana; la palabra hablada de Borges defendía –también– la invasión-masacre norteamericana en Vietnam.
Su obra de ficción, plena de ironía, es sobria y precisa pero, en general, tiene una gran distancia con la vida viviente, como si lo que escribía hubiera pasado por su cerebro y no por su sangre; está plena de símbolos, de metáforas tan ricas como poco comprensibles para la mayoría; tiene un sentido metafísico, y muchas veces intensamente lúdico. «Historia universal de la infamia» y «El Aleph», entre otras, son piezas maestras del siglo XX.
Borges fue uno de sus espejos de tinta. Un acertijo. Una suerte de estatua de sí mismo, un monumento, un ser sin piel, por cuyos poros asomaba su inteligencia. Pero en la poesía que escribió asoman sus venas terrenales, irremediablemente: [...] Sin que nadie lo supiera, ni el espejo, /ha llorado unas lágrimas humanas. /No puede sospechar que conmemoran /todas las cosas que merecen lágrimas (de «La cifra»).
La poesía es una voz: la vida viva. Ni siquiera este hombre de la esquina rosada, pudo esconderse tras los muros de cristal del poema. El poema no tiene tapias: es revelador.
La hora de la espada: Borges, Pinochet y Videla
Amaba la música de Pink Floyd, de Los Beatles, de los Rolling Stones y de Brahms. Adoraba a «Bepo», su gato. Mientras, aplaudía al gobierno que hizo desaparecer a 30.000 personas –luego de torturas satánicas–, durante el golpe de Estado de 1976 en Argentina. Abrazado a su gato, Borges reclamó públicamente «cien años de dictadura militar».
«Le agradecí personalmente el golpe del 24 de marzo, que salvó al país de la ignominia, y le manifesté mi simpatía por haber enfrentado las responsabilidades del gobierno», dijo en mayo de aquel año. Se refería a la reunión que mantuvo con el genocida Jorge Rafael Videla, primer presidente de facto de aquella etapa; había asistido, presuroso, con Ernesto Sábato, quien fue después defensor de los derechos humanos: los rictus de la vida.
El tiempo hizo su juego y en1980, con o sin el gato «Bepo», recibió a las Madres y a las Abuelas de Plaza de Mayo, gesto en el cual –aunque ella lo niega, discreta– hay una influencia evidente de María Kodama. Entonces se mostró conmovido, y hasta indignado con los militares asesinos; y reiteró esa conducta cuando, ya en democracia, se juzgó a los desaparecedores de seres humanos: recién en ese momento quiso enterarse de los suplicios y muertes sufridos por sus congéneres, y escribió una crónica para la agencia EFE. ¿Había despertado por fin su lucidez para la fraternidad? Ojalá.
Pero las palabras son una suelta de pájaros: imposible remontarlas cuando vuelan a voluntad del viento. ¿En cuántas personas influyeron sus primeras declaraciones? ¿Cuántas, sin pensamiento propio, repitieron los conceptos del poeta sólo porque «lo dijo Borges»?
Paseó entre laberintos, espejos, libros de arena, ruinas circulares y bibliotecas de Babel. Cultivadísimo –es una de las más grandes glorias mundiales de la literatura– se fue de este planeta el 14 de junio de 1986, siempre en espera del Nobel. La condecoración que, orgulloso, había recibido de las manos con sangre de Augusto Pinochet, fue un escollo insalvable para el premio. Aquel día se alborozó con su flamante doctorado Honoris Causa de la Universidad de Chile, y enarboló la hora de la espada. La hora de la espada, el discurso reaccionario de Leopoldo Lugones, quien –con esas palabras– avalaba la siembra de muerte de los futuros golpes de Estado.
Borges fue Borges, ni más ni menos, a pesar de haberse definido como anarquista. A los 17 había sido tildado de comunista, con la prohibición de entrar a Norteamérica. En realidad, sólo había tenido un enamoramiento adolescente de la Revolución Rusa, fuente de inspiración para el poemario «Los salmos rojos», que destruyó tres años después. Sólo se publicaron los versos de la poesía que da título al libro, en la revista «Grecia», en un periódico de España y en otro de Ginebra.
De su pecado de juventud sólo queda esa huella, y las cenizas de tantas estrofas incendiadas.
En 1983 anunció su suicidio en el diario La Nación, en el relato «Agosto 25, 1983». Por cierto que no se quitó la vida; y justificó haber jugado con las palabras y con la opinión pública, en su cobardía para auto inmolarse. ¿Buscaba con sus actitudes, la fama y el espacio que su país le negaba como escritor? ¿Era un exquisito provocador?
Lúdico, me dijo en una entrevista que el deporte que más le gustaba era la riña de gallos; y con su proverbial ironía bajo el aspecto de ingenuidad, se preguntaba por qué en el fútbol 22 hombres corren detrás de una pelota, en lugar de comprar 22 pelotas.
Se jactaba de haber tomado mescalina y cocaína en su juventud. Pero aquello no duró más que un instante: su droga dura fueron los caramelos de menta, y su devoción, la merluza hervida.
Travieso, guardaba billetes de 10, 50 y 100 dólares entre los libros de su Paraíso: la biblioteca. A pesar de no haber creído en ningún dios, antes de morir rezó el «Padre Nuestro», porque así lo había dictaminado muchos años antes, su madre. Doña Leonor Acevedo seguía rigiendo el destino del hijo –el «inútil» e «infeliz»–, obediente hasta el último soplo, que exhaló el 14 de junio del ’86.
«Me duele una mujer en todo el cuerpo»
Su padre lo llevó a un prostíbulo en Ginebra, para que ejerciera por primera vez como varón; y desde entonces, el amor le fue una frustración. Muy amigo de Adolfo Bioy Casares, escritor y caballero excelso y de una personalidad fuertemente seductora, Borges vivía a través suyo, lo que la vida no le daba: la pasión de una dama. Se sentía el patito feo.
El nombre de una mujer recorrió el mundo en los versos borgianos: «Yo que he sido todos los hombres, no he sido aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach». Matilde no existió jamás: era el personaje de una novela ignota y de baja calidad, a quien él dio entidad universal con su estrofa.
La soledad puede ser una telaraña.
A Elsa Astete Millán, su primera esposa, la conoció en 1931, cuando él tenía 32. La relación fue terrible: sin amor, sin pasión, sin interés de ninguno de los dos por el otro. Ella se enamoró de Ricardo Albarracín Sarmiento, dejó al poeta ciego y amante de las espadas, y se casó con el candidato nuevo. Sólo después de decenios, Elsa relató aquel fracaso, sin mucha elocuencia:
―«No se dio», contó, apenas.
―«Sólo la esperaba a ella», gimió el poeta a modo de narración.
Para mitigar la espera, Borges se enamoró de Estela Canto –quien jamás lo amó–, de Silvina Bullrich, de María Esther Vásquez, y más.
Y llegó 1965 –habían pasado más de treinta años– y el reencuentro con Elsa. Él ya estaba casi ciego, tenía 68 años y ella 57. Sin que le importara su agnosticismo, se casaron por iglesia: por amor, todo podía sacrificarse. Al menos eso creyó.
Doña Leonor Acevedo había influido una vez más: ―«¿Cada noche de su vida, antes de acostarse, miraba tu foto», dijo a su futura nuera.
El matrimonio se terminó después de tres años, en 1970. Georgie se cansó: sin una palabra, salió de la casa conyugal y no volvió jamás. Unos meses después, mientras paseaba con su sobrino por la calle Florida de Buenos Aires, Elsa Astete Millán se cruzó con el escritor y lo saludó:
―«¿Quién es? », preguntó el poeta, ya totalmente ciego. ―«Es Elsa, tío», fue la respuesta
―«¿Y quién es Elsa?», repreguntó Borges.
Enterraba el amor, ¿el amor? ¿Fue Millán la pasión que le hizo escribir me duele una mujer en todo el cuerpo? Todo hace pensar que no, pero... Qui sait?
Alcanzó la fama recién en la antesala de la vejez, a pesar de haber comenzado su vida literaria como un superdotado. A los siete años había escrito en inglés un resumen de la mitología griega; a los ocho, el cuento «La visera fatal», inspirado en un episodio del Quijote; y a los nueve tradujo del inglés «El príncipe feliz» de Oscar Wilde.
Su obra incluye cuentos, ensayos y poesía. Fue un innovador, abrió senderos. No hay que olvidar que dos de las grandes revoluciones de la lengua castellana, tuvieron su origen en la América morena: una fue la de Rubén Darío y el modernismo; y la otra, la de Borges, a partir del cambio que impuso a la narrativa. Además, hizo guiones de cine, crítica literaria y prólogos; escribió en colaboración con otros escritores, y tradujo obras del inglés, francés, alemán, anglosajón y escandinavo antiguo.
Era como Leonardo da Vinci, complejísimo y lleno de matices, con inteligencia fascinante e imaginación enorme. ¿Era como el genio da Vinci? Así lo siente María Kodama. Cultivadísima, escritora e incansable cancerbero de la obra del Maestro, ella amaba tanto «su rostro de conejo» como verlo reír tal «un cachorro de tigre al sol».
«Ulrica», según él la llamaba –nombre nórdico que quiere decir «Osita»–, escuchó por primera vez un poema del que sería su esposo, cuando tenía cinco años; lo conoció a los 12 y la relación amorosa empezó a finales de los’60, pero se hizo exclusiva, desde el adiós a Elsa. «Osita» fue también un gran soporte de la actividad literaria y personal de Borges, lo ayudó en la dirección de su colección «Biblioteca personal»; y escribieron juntos, en colaboración, «Breve antología anglosajona» y «Atlas».
Fue desenfadada, fresca y espontánea con el Maestro: a pesar de su juventud, le discutía cosas que podrían haber parecido una insolencia y que, sin embargo, a Georgie le gustaban y divertían. Y así la disfrutó: libre como un animal en la selva, según ella se define, a costa de ser prisionera de su libertad.
María fue los ojos a través de los cuales Borges descubrió geografías, amaneceres y obras de arte presentidas pero vedadas para sus pupilas en penumbras. Hoy, el poeta descansa –por su elección– en el cementerio Plainpalais (Ginebra), cerca de donde había tenido su primera experiencia sexual, en aquel prostíbulo. Vaya coincidencia.
Y tantos amores frustrados, y tantos versos, y dos esposas, tan diferentes.
Elsa le había dicho:
-«Georgie, aprovecha tu cuarto de hora; hoy estás en el candelero, pero dentro de dos o tres años nadie se acordará de vos».
María lo acompañó hasta el final y hoy recorre el mundo, para mantener vigente y hacer crecer la obra del poeta. Y no le debe de ser fácil: no es sencillo tener talento y ser la viuda de un grande, en un país como Argentina, donde tantos quieren apropiarse del alma del Maestro. ¿La amó? Nadie puede saberlo, el corazón del hombre es insondable, aún para sí mismo.
«Yo pronuncio ahora su nombre, María Kodama. / Cuántas mañanas, cuántos mares, cuántos jardines de Oriente y de Occidente, cuánto Virgilio», le escribió, entre tantos versos. Es como el ojo del huracán: serenidad y silencio cuando todo se arremolina a su alrededor, dijo de su mujer.
«Y que nadie temiera», está grabado en la tumba de Jorge Luis Borges, un grande de las letras y un poeta sin compromiso con la vida humana. Sediento, lúdico, incontinente verbal, brillante, desamparado, a veces un niño. En los días anteriores a su muerte, contaba a su esposa de los caramelos «toffie» que le compraba su abuela, hablaban de literatura y estudiaban árabe.
¿Fue un hombre ciego pero con la lucidez a flor de alma, o la luz del conocimiento lo encegueció? «Debo justificar lo que me hiere. /No importa mi ventura o mi desventura. /Soy el poeta», había escrito.
Quizás sea la mejor sentencia y la única conclusión.
Cristina Castello es poeta y periodista, bilingüe (español-francés) y vive entre Buenos Aires y París.
Chile en el corazón
Presentación de: Mario Amorós, Compañero Presidente. Salvador Allende, una vida por la democracia y el socialismo. PUV, Valencia 2008. 372 págs. Prólogo de Óscar Soto Guzmán.
Barcelona, 7 de mayo de 2009. Librería La Central del Raval.
Gràcies per la seva presència. Gracias a Mario Amorós por haberme invitado a la presentación de su -ya les anuncio de entrada mi opinión y mi recomendación implícita- magnífico ensayo, imprescindible libro.
Probablemente fuera el 12 de septiembre de 1973 por la noche, o tal vez al día siguiente. Un grupo de ciudadanos caminaban, caminábamos, por las Ramblas barcelonesas, muy cerca de esta librería, entristecidos, enrabiados, golpeados por una desgracia anunciaba, en absoluto deseada. Triunfo acababa de aparecer en los kioscos. Sobre un fondo negro, negrísimo, en letras grandes y blancas: CHILE. CHILE en el corazón y en el alma agrietada de aquel grupo barcelonés, y de tantos otros seres humanos. CHILE en el corazón insumiso de la ciudadanía democrática y rebelde de todos los pueblos del mundo.
La multitud, déjenme robar esta mal concepto de Negri, miraba, y se miraba a sí misma, con ojos de indignación, con rabia apenas controlada, con lágrimas de rebeldía, con desesperación incluso. Su caminar sin rumbo desembocó en una manifestación espontánea. Fue al final de las Ramblas, muy cerca del puerto barcelonés. Nos manifestamos -saltamos, decíamos entonces- por la avenida del Paral.lel, por la arteria central de aquel antiguo barrio de cenetistas.
No puedo precisarles la duración del salto. La policía armada nacional, los bien llamados “hombres grises del viejo orden negro”, hicieron inmediato acto de presencia [1] . Sin haberles llamado desde luego. No creo exagerar si les digo que ha sido una de las manifestaciones más emotivas en las que yo he participado, no muy distante, en fuerza sosegada, en razón socialista rebelde, en gritos al cielo que quieren ser actos en tierra de explotados pero no sumisos, de la que celebramos también aquí en Barcelona, en aquella Gran Vía que jamás fue para nosotros avenida José Antonio Primo de Rivera, contra el proceso 1.001 unos dos meses más tarde. La referencia no está demás. Bien pensado, ustedes aceptarán la conjetura seguramente, existe más de una vinculación entre ambos actos ciudadanos. No es necesario que les recuerde que Marcelino Camacho, el gran líder obrero español, entonces encarcelado, siempre mostró la máxima admiración por el Presidente caído, por el Presidente asaltado.
Chile, la experiencia socialista chilena, en definitiva, iba con nosotros. No estábamos equivocados. Chomsky, en una reciente entrevista -http://www.rebelion.org/noticia.php?id=84945-, recordaba aquella afirmación del doctor Strangelove, perdón, del doctor Kissinger, sobre los virus contagiosos. El Premio Nobel de la Paz (¡) se refería abiertamente al Chile de Allende. Otros países pensarían que también para ellos sería posible intentarlo. Allende era un virus que podía propagarse no sólo en Latinoamérica sino también en el Sur de Europa. Si la democracia política chilena conllevaba reformas socialistas, las conquistas populares podrían fortalecer a grupos afines en Italia y en España que se encaminaban en esta misma dirección. Había que atajarlo desde la raíz. Tenía razón el doctor Muerte en su diagnóstico, tuvieron éxito en su intervención criminal.
Comprenderán, por tanto, que yo pertenezca a una generación marcada por Chile. Salvador Allende, Neruda, Víctor Jara y tantos otros, aquel proceso chileno de transformación socialista no ficticia, estuvo y seguirá estando en nuestra alma. Für ewig, para siempre. Nunca permitiremos que el olvido habite en ese amado espacio. Y, precisamente, para evitar ese olvido desde hace años esperábamos que alguien escribiera un libro sobre aquel presidente, sobre aquel rebelde socialista que no quiso permitir que la noria de la Historia girase ensangrentada al ritmo al que nos tiene acostumbrados.
Mario Amorós, un joven historiador, ha satisfecho nuestro deseo. No es la primera vez desde luego. Han habido otras ocasiones y tan importantes como ésta. Mario es licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y licenciado y doctor en Historia por la UB. Autor de numerosos artículos de investigación y de divulgación, ha participado en obras colectivas –la última o una de las últimas: Cuando hicimos historia. La experiencia de la Unidad Popular (2005)- y es autor, tomen nota, no crean que estoy errado a pesar de su juventud, de Chile, la herida abierta (2001), Después de la lluvia. Chile, la memoria herida (2004), Antonio Llidó, un sacerdote revolucionario (2007), La memoria rebelde (2008) y el libro que hoy presentamos Compañero Presidente. Salvador Allende, una vida por la democracia y el socialismo, un ensayo, como les decía, excelente, imprescindible, magníficamente escrito, sobre la vida y obra política de aquel gran presidente chileno, un referente inolvidable para todo ciudadano que no quiera olvidar la Historia ni su historia [2] .
Además de todo ello, Amorós ha dictado conferencias en diversas universidades de España y América, es miembro del consejo de redacción de Mundo Obrero, y junto con Franck Gaudichaud, coordina desde su creación la sección de Chile de www.rebelion.org . Se nota su trabajo, se nota su coordinación. Por lo demás, alguno de los ensayos que les acabo de citar figura en el apartado “Libros libres” de la página que les he indicado.
Del talante, del sentimiento y compromiso del historiador Amorós, que desde luego no está reñido con su excelente hacer y su cuidadoso trabajo de documentación, déjenme que les recuerde una pregunta y su respuesta.
La pregunta: qué sientes cuando lees las últimas palabras del compañero Presidente, se le preguntó, que sentía cuando leía o escuchaba:
Trabajadores de mi patria: tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que mucho más temprano que tarde de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre parta construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores! Estas son mis últimas palabras. Tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que por lo menos será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”.
Esta fue su respuesta, esta fue la respuesta de un historiador que estima la palabra “fraternidad” y el concepto que le es anejo:
Una profunda emoción. Muchas personas se sorprenden de mi gran interés por Chile, piensan que soy chileno, pero quienes somos comunistas o quienes nos sentimos internacionalistas conocemos el sentido de la palabra “fraternidad”. Mis compañeros chilenos me han acogido siempre como a un hermano, con el mismo calor y afecto con que recibieron a los refugiados del Winnipeg en 1939 o en España la izquierda ayudó a los exiliados chilenos. Allende, Neruda o Víctor Jara son tan nuestros como Pasionaria, Miguel Hernández o Machado.
Aquellas palabras de Allende, añadía Amorós, llenas de reconocimiento y afecto hacia su pueblo, eran, son, seguirán siendo, de una belleza poética,
[…] una de las piezas oratorias imprescindibles para nuestra memoria, como el discurso de Dolores Ibárruri con motivo de la despedida de las Brigadas Internacionales, en la Diagonal barcelonesa en noviembre de 1938.
No se equivocaba Mario. Ni en lo primero ni en el segundo.
Me centro, ahora, en el libro que hoy presentamos. Un libro cuyo título contiene lo esencial de su contenido: la narración de una vida dedicada al socialismo -escribir socialismo democrático, lo sabemos bien, es redundante-, un homenaje al que fue, es y será siempre “el Compañero Presidente”.
Pocas biografías pueden emocionar e interesar tanto a un socialista no meramente nominal, al lector/a en general, como este bello ensayo de nuestro joven y prolífico amigo historiador. Todo en su libro, incluido su título como les decía, destila atención, aproximación rigurosa, interés real por el biografiado, equilibrio, documentación, análisis construidos desde diferentes atalayas y también, y no en menor importancia, excelente escritura.
El volumen de Amorós, si de mi dependiera -lo escribí cuando lo reseñé, vuelvo hacerlo ahora si cabe aún más convencido-, sería motivo de estudio voluntario, y disfrute, en todos los centros de educación preuniversitaria y universitaria, además, por supuesto, de material de análisis de las organizaciones sindicales, políticas y asociaciones vecinales de inspiración crítica. También, sin duda concebible, de todos los movimientos altermundistas que quieran atender a la historia reciente de la tradición emancipatoria.
Como ya demostrara en Chile, la herida abierta; Después de la lluvia. Chile la memoria herida; Antonio Llidó, un sacerdote revolucionario, y La memoria rebelde, Amorós es un gran conocedor de la historia reciente de Chile, un historiador que suele indagar sobre aspectos poco transitados, con excelentes instrumentos historiográficos, con sensibilidad y con una documentación apabullante. Las diez páginas de bibliografía anexas a Compañero presidente contienen, además de frecuentes detalles e informaciones dados en notas a pie de página, más de doscientas referencias. Insisto: ¡más de 200 referencias! Años de esfuerzo, de dedicación, de estudio, con resultados excelentes.
Además del prólogo de Soto Guzmán y de una interesante y útil cronología de la vida de Salvador Allende, el volumen se divide en tres partes que el mismo Amorós ha resumido en su introducción. Las siguientes:
En la primera parte se analiza la etapa anterior a la investidura de Allende como presidente de la República (1908-1970); la segunda se centra en los dos primeros años de su gobierno, etapa en la que se aplicó de inmediato el programa de la Unidad Popular y se procedió a la construcción del Área Social, el embrión de la futura economía socialista; la tercera analiza el último año de su gobernación. Desde comienzos de 1972, recuerda Amorós, se apreció una crisis en la Unidad Popular originada por las contradicciones y disensos ante la construcción del socialismo. La polémica no enfrentó solo, como es sabido, al PC de Chile con el MIR, fuerza no integrada en la Unidad Popular, sino que desde junio de 1972, desde el cónclave de Lo Curro,
[…] se expresaron con claridad las dos visiones de la política económica, y del proceso revolucionario en general, que se articulaban en torno a Salvador Allende y el Partido Comunista, por una parte, y el Partido Socialista, por otra (p. 23).
Todos los interrogantes que surgieron en el proceso chileno son tratados con documentación y equilibrio en el estudio que comentamos: el apoyo ciudadano a la apuesta de Allende y la Unidad Popular; la actitud del ejército chileno; los apoyos internacionales; las críticas razonable (o acaso no tanto en algunas ocasiones) del MIR (por cierto, no se pierdan la magnífica película “Calle 42”); las posibilidades reales de una mayor intervención popular y obrera, incluyendo la entrega de armas a la ciudadanía resistente; el proceso de nacionalizaciones; la lucha contra los latifundios; los disensos interiores; la actitud del PC chileno; el control obrero; el realismo político de algunas fuerzas y la ensoñación no siempre controlada de otras; la firmeza y realismo de Allende; la supuesta inexorabilidad del golpe fascista de 1973; las otras intentonas militares; el viaje de Fidel Castro a Chile; el claro compromiso revolucionario de Allende siendo miembro de un PS que en absoluto había renunciado al combate contra el capitalismo; la posición del general Prats y otros militares constitucionalistas; los últimos momentos de Allende; las resistencias ciudadanas al golpe.
Ninguno de los grandes temas ha sido olvidados por el autor.
El cardiólogo Óscar Soto Guzmán, el médico personal de Allende, cierra la semblanza (pp. 13-17) que ha escrito para el libro de Amorós con estas palabras:
Su suicidio, tan incomprendido por algunos sectores, fue un ejemplo de consecuencia política y personal, fue su entrega a la libertad, a la defensa de la Constitución, y el postrer homenaje al cargo de Presidente de la República que el pueblo chileno, democráticamente, le había otorgado.
Muchos sectores del pueblo chileno, muchos ciudadanos del mundo, no han olvidado, no hemos olvidado su entrega y su ejemplo. Mario Amorós, que nació precisamente el año en el que se produjo uno de los actos de ignominia más abyectos que podemos recordar y que difícilmente olvidaremos, ha escrito una biografía que sin duda será un clásico de la historia de Chile y lectura obligada de todo ciudadano que se identifique con la tradición socialista republicana-revolucionaria y que piense, con Allende, que la historia no se detiene ni con la represión ni con el crimen.
En una entrevista con Kenneth Whyte [3] , la autora de No logo lo ha expresado con claridad, en clara sintonía con las palabras de Noam Chomsky:
El libro [La doctrina del choque] concluye con una cita de una carta desclasificada de Kissinger a Nixon donde le dice que la amenaza de Allende no era sobre nada de lo que decían públicamente en esa época (que se estaba arrimando demasiado a la Unión Soviética, que sólo hacía ver que era un demócrata y que iba a convertir a Chile en un sistema totalitario). Según escribe Kissinger la verdadera amenaza era que se propagase la democracia social. La Unión Soviética fue el hombre del saco oportuno. Era fácil odiar a Stalin, pero lo que siempre fue una amenaza era la idea del socialismo democrático…
En la mañana de un 11 de septiembre, de otro 11 de septiembre, Salvador Allende, la izquierda no entregada, perdieron la batalla, una batalla para ser más precisos. La traición, la violencia feroz de unas Fuerzas Armadas, con resistencias de soldados en algunos regimientos, teledirigidas o apoyadas por los insistentes y conocidos servicios de inteligencia, y por el Imperio del capital, acabaron con un proceso de transición democrática al socialismo. Sin embargo, apunta Amorós,
[…] hoy renace la esperanza en América Latina y las grandes alamedas del socialismo vuelven a surgir en el horizonte: se trata de la lucha por una profunda y radical democratización de la sociedad, en todas las esferas, incluida la económica. En este camino nos acompañará “el metal tranquilo” de su voz, el ejemplo inolvidable del Compañero Presidente” (p. 27).
Tiene razón. Que así sea y que tampoco en esto yerre el buen sentido y la intuición histórica del autor de esta biografía imprescindible. Para él, como agradecimiento de lector entusiasta, y, desde luego, para el presidente no olvidado, me gustaría recitar los versos finales de un poema no menos inolvidable de Luis Cernuda, “1936”. Pero, por favor, no aplaudan, si así lo estimaran. Las palabras del autor de La realidad y el deseo son el preámbulo. El final propiamente viene luego.
El fragmento cernudiano de agradecimiento y reconocimiento:
[…] Que aquella causa aparezca perdida,
nada importa;
Que tantos otros, pretendiendo fe en ella
sólo atendieran a ellos mismos,
importa menos.
Lo que importa y nos basta es la fe de uno.
Por eso otra vez hoy la causa te aparece
como en aquellos días:
noble y tan digna de luchar por ella.
Y su fe, la fe aquella, él la ha mantenido
a través de los años, la derrota,
cuando todo parece traicionarla.
Mas esa fe, te dices, es lo que sólo importa.
Gracias, compañero, gracias
por el ejemplo. Gracias por que me dices
que el hombre es noble.
Nada importa que tan pocos lo sean:
Uno, uno tan sólo basta
como testigo irrefutable
de toda la nobleza humana.
El final que les anunciaba. Si hubiéramos tenido posibilidad de ello, hubiera cerrado mi intervención con las palabras del presidente Allende en el foro mundial de la ONU, en diciembre de 1972, con una filmación que da (parcial) cuenta de su discurso, unas palabras que, no es casualidad, han sido resaltadas en diversas ocasiones por Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero.
La intervención es larga, pero no pesada; profunda pero sin retórica vacía, y tan actual y verdadera hoy como lo era entonces [4] . No se la puedo leer toda aunque quizá debiera, sería una magnífica lección para mi y acaso para ustedes. Les leo algunos pasos, casi los mismos que ustedes pueden oír en las grabaciones de youtube o en lugares afines. No lo haré, no puedo hacerlo, como lo hizo Allende, con su digna, magnífica, solidaria y reposada voz. Pero, eso sí, ustedes al final no se corten: aplaudan si así lo desean, con un aplauso sin fin, con un aullido interminable como quería José Agustín Goytisolo, como el que dispensaron los asistentes al presidente golpeado, asesinado. No me aplauden a mi, claro está, aplauden al presidente resistente y, a un tiempo, a un historiador sensible, documentado, riguroso, que como Cernuda, y no es insignificante la compañía, tampoco está dispuesto a que habite el olvido en pasajes admirables, en territorios modélicos llenos de dignidad, coraje, solidaridad y rebeldía.
Llegó, pues, el presidente Allende, sugirió escuchar y habló ante un foro mundial abarrotado. Estas fueron sus palabras, estas son nuestras palabras:
Señor presidente, señoras y señores delegados:
Agradezco el alto honor que se me hace al invitarme a ocupar esta tribuna, la más representativa del mundo y el foro más importante y de mayor trascendencia en todo lo que atañe a la humanidad.
[…] Vengo de Chile, un país pequeño, pero donde hoy [es decir, entonces, en 1972] cualquier ciudadano es libre de expresarse como mejor prefiera, de irrestricta tolerancia cultural, religiosa e ideológica, donde la discriminación racial no tiene cabida. Un país con una clase obrera unida en una sola organización sindical, donde el sufragio universal y secreto es el vehículo de definición de un régimen multipartidista, con un Parlamento de actividad ininterrumpida desde su creación hace 160 años, donde los tribunales de justicia son independientes del Ejecutivo, en que desde 1833 sólo una vez se ha cambiado la carta constitucional, sin que ésta prácticamente jamás haya dejado de ser aplicada. Un país donde la vida pública está organizada en instituciones civiles, que cuenta con Fuerzas Armadas de probada formación profesional y de hondo espíritu democrático [¡ay, ay, ay!]. Un país de cerca de diez millones de habitantes que en una generación ha dado dos premios Nobel de Literatura, Gabriela Mistral y Pablo Neruda, ambos hijos de modestos trabajadores. En mi patria, historia, tierra y hombre se funden en un gran sentimiento nacional.
[…] Estamos ante un verdadero conflicto frontal entre las grandes corporaciones y los Estados. Éstos aparecen interferidos en sus decisiones fundamentales -políticas, económicas y militares- por organizaciones globales que no dependen de ningún Estado y que en la suma de sus actividades no responden ni están fiscalizadas por ningún Parlamento, por ninguna institución representativa del interés colectivo. En una palabra, es toda la estructura política del mundo la que está siendo socavada.
Pero las grandes empresas transnacionales no sólo atentan contra los intereses genuinos de los países en desarrollo, sino que su acción avasalladora e incontrolada se da también en los países industrializados donde se asientan. Ello ha sido denunciado en los últimos tiempos en Europa y Estados Unidos, lo que ha originado una investigación en el propio Senado norteamericano. Ante este peligro, los pueblos desarrollados no están más seguros que los subdesarrollados. Es un fenómeno que ya ha provocado la creciente movilización de los trabajadores organizados, incluyendo a las grandes entidades sindicales que existen en el mundo. Una vez más, la actuación solidaria internacional de los trabajadores, deberá enfrentarse a un adversario común: el imperialismo.
[…] Son los pueblos, todos los pueblos al sur del río Bravo, que se yerguen para decir ¡basta!, ¡basta! a la dependencia, ¡basta! a las presiones, ¡basta! a las intervenciones; para afirmar el derecho soberano de todos los países en desarrollo a disponer libremente de sus recursos naturales.
[…] Cientos de miles y miles de chilenos me despidieron con fervor al salir de mi Patria y me entregaron el mensaje que he traído a esta Asamblea mundial. Estoy seguro que ustedes, representantes de las naciones de la tierra, sabrán comprender mis palabras. Es nuestra confianza en nosotros lo que incrementa nuestra fe en los grandes valores de la Humanidad, en la certeza de que esos valores tendrán que prevalecer, no podrán ser destruidos.
Tenía razón aquel médico socialista revolucionario: esos valores, los suyos, también los nuestros, no podrán ser destruidos. Son la sal de nuestra Tierra, son, de hecho y sin sectarismos, la sal de la Tierra. ¡Hasta la victoria siempre! Gracias por su amable atención y a Mario por su invitación y por su imprescindible regalo.
[1] Como hiciera acto de presencia, disculpen el recuerdo, aquel hombre-asesino gris llamado Augusto Pinochet dos años más tarde en la toma de posesión como Jefe del Estado de Juan Carlos I, tras las muerte del general golpista.
[2] Véase el índice, la cubierta y el capítulo introductorio de Compañero Presidente en:http://www.rebelion.org/docs/66078.pdf
[3] “Entrevista a la escritora Naomi Klein. Por qué el capitalismo necesita del terror” (www.rebelion, org).
[4] Véase este discuro íntegro en: www.archivochile.com

