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Debate

Abusos sexuales en la Iglesia y su sistema de protección

Abusos sexuales en la Iglesia y su sistema de protección Carlos Lombardi (MDZOL)


Un reconocido experto mendocino en derecho constitucional, especializado en asuntos religiosos, da su extensa opinión sobre los abusos de menores cometidos por miembros de la Iglesia. Y se pregunta: ¿En Mendoza no hay registros de abusos de este tipo, como los que surgen a diario en el mundo?.

Los abusos sexuales de parte de miembros del clero católico nuevamente tomaron estado público ante otra oleada de casos, que en esta oportunidad comprende a países como Irlanda, Alemania, Holanda, Italia y Suiza.


El escándalo que tomara estado público en EE.UU. en el año 2000, devenido ahora en bochorno, ha merecido de la jerarquía eclesiástica no sólo explicaciones sino justificaciones diversas. Agrupemos algunas por su principal característica:


a) Ensañamiento contra la Iglesia Católica: manía persecutoria reflejada en declaraciones que ponen énfasis en supuestas campañas de descrédito de la Iglesia, que intentan minar su credibilidad, eventuales complots laicistas, ataques a la institución y al Papa. Ejemplo, las declaraciones del arzobispo de La Plata Héctor Aguer: “En estos últimos días los ataques a la figura del papa Benedicto XVI, a su persona y a su acción, han sido tan feroces y tan conectados globalmente que merecen una reflexión y una respuesta” (Cf. “Claves para un Mundo Mejor”, América TV). En la misma línea, las palabras de Giuseppe Versaldi, obispo de Alessandria, Italia (Cf. “El escándalo de los abusos sexuales de menores”).


b) Minimizar el problema: son sólo algunos sacerdotes los abusadores y un porcentaje mínimo de delitos. Como si uno, cien o mil abusos sexuales cambiaran la situación. Un solo caso de abuso sexual contra un niño, no denunciado, ni sancionado, convierte al autor, y los cobardes que omitieron la denuncia, en criminales. Sólo en Irlanda fueron miles los menores abusados: “Tras nueve años de pesquisas y más de 2.000 testimonios, una investigación ha concluido que la cúpula de la Iglesia católica irlandesa conocía el abuso "endémico" al que eran sometidos los 35.000 niños que entre los años cincuenta y los ochenta se acogieron a sus instituciones” (Cf. “La Iglesia católica irlandesa conocía el abuso "endémico" de 35.000 niños”, en www.elpais.com, 14/04/2010). La investigación a la que alude la nota es el informe Murphy, que fuera precedido por el informe Ryan.


c) La generalización: no sólo en la iglesia se producen casos de abusos sexuales, sino en otras instituciones como en escuelas y religiones no católicas. Por lo tanto es injusto hacer hincapié sólo en la Iglesia Católica. Ejemplos: las declaraciones del portavoz de la Santa Sede: “Ciertamente, los errores cometidos en las instituciones y por responsables eclesiales son particularmente reprobables, dada la responsabilidad educativa y moral de la Iglesia”. “Pero todas las personas objetivas e informadas saben que la cuestión es mucho más amplia, y concentrar las acusaciones sólo en la Iglesia lleva a falsear la perspectiva” (en www.zenit.org/article-34573?l=spanish).


d) Pedidos de perdón: contenidos en discursos vacíos, por parte de aquellos obispos que han tenido responsabilidad por no haber denunciado oportunamente a las autoridades civiles los abusos, incluido Benedicto XVI con su carta a los católicos de Irlanda.


e) Gestos y discursos infames y grotescos: como el del primado irlandés, Séan Brady, quien entregara en mano a un niño la carta del Papa a los católicos de ese país (ver foto que acompaña la nota titulada “El Papa indigna a las víctimas de abusos en Irlanda”, en www.publico.es); o el discurso del predicador papal Raniero Cantalamessa quien el pasado viernes santo comparó los “ataques” al Papa con el antisemitismo; o las declaraciones del cardenal colombiano Darío Castrillón Hoyos quien envió en 2001 a un obispo francés una carta donde lo felicitaba por no haber denunciado ante las autoridades civiles a uno de los curas de su diócesis, que había abusado sexualmente de nueve menores (Cf. www.elpais.com/.../cardenal/felicito/prelado/encubrir/abusos/menores/).


f) Hipocresía y cinismo: como las declaraciones de Ratzinger: “Comparto la desazón y el sentimiento de traición"... "He decidido escribir esta carta pastoral para expresaros mi cercanía, y proponeros un camino de curación, renovación y reparación" (Carta pastoral de Benedicto XVI a los católicos de Irlanda). Cabe recordar que este señor fue quien firmó en 2001 las “Normas para los Delitos más graves”, cuando era prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, donde se ordenaba a los obispos a someter las causas de abusos sexuales al secreto pontificio.


g) Nueva defensa del celibato: como las declaraciones del presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de los Cristianos, el cardenal alemán Walter Kasper, quien afirmó que “el celibato no tiene relación con los abusos sexuales de menores cometidos por sacerdotes” (fuente AFP). Sin embargo, se pregunta el teólogo disidente Hans Küng “¿Pero por qué de manera masiva en la Iglesia católica, dirigida por célibes? Evidentemente, el celibato no es la única razón que explica estos errores. Pero es la expresión estructural más importante de una postura tensa de la Iglesia católica respecto a la sexualidad, que se refleja también en el tema de los anticonceptivos” (¡Abolid la ley del celibato!, en www.redescristianas.net).


h) Responsabilizar a los propios niños y jóvenes de “tentar” a los sacerdotes: como fue la vergonzosa expresión del obispo de Tenerife: "Puede haber menores que sí lo consientan -refiriéndose a los abusos- y, de hecho, los hay. Hay adolescentes de 13 años que son menores y están perfectamente de acuerdo y, además, deseándolo. Incluso si te descuidas te provocan" (en www.elmundo.es, 27/12/2007).


i) Faltas de ética: según el vocero papal, “ni Crimen sollicitationis ni el Código de Derecho Canónico han prohibido nunca informar sobre los casos de abuso sexual de niños a las autoridades judiciales competentes”. Sin embargo, los hechos que tomaron estado público reconocen una constante: la imposición del silencio a las víctimas y la falta de colaboración de la Iglesia para con las autoridades civiles.


j) Obstaculizar la actividad de los órganos del Estado: como fue la negativa de Giuseppe Leanza - Nuncio de la Santa Sede en Irlanda -, quien fue convocado a testificar ante una “comisión parlamentaria que investigaba la cooperación de la iglesia con las investigaciones del encubrimiento. Leanza, les dijo a los legisladores en una carta publicada por la prensa, que no respondería a las preguntas de la comisión de Relaciones Exteriores del Parlamento irlandés: "Quiero informarles que no es práctica de la Santa Sede que los nuncios apostólicos comparezcan ante comisiones parlamentarias" (Fuente AP).


k) El ya clásico “somos todos pecadores”: “Siempre hubo problemas porque somos todos pecadores, pero en este tiempo han sido señalados hechos realmente muy graves” (Claudio Hummes, prefecto de la Congregación para el Clero, en www.lanacion.com.ar/nota, 07/01/2008).


l) Respuestas corporativas: las diversas declaraciones de las conferencias episcopales respaldando la figura del papa; la invitación efectuada por el cardenal Claudio Hummes a los sacerdotes de todo el mundo a expresarle su apoyo.


Es lógico que ante el fenomenal bochorno se hayan brindado las explicaciones y justificaciones que en muy breve síntesis se han agrupado. Los obispos han razonado conforme a la impresión que el suceso causó en sus mentes; no sobre el hecho y las causas del mismo. Las opiniones pueden ser correctas respecto a la impresión, pero no respecto al fenómeno o hecho generador de esa impresión.


En ninguno de los argumentos mencionados surge un real abordaje de las causas de un fenómeno histórico, de antigua data, como es el de los abusos sexuales. El catolicismo oficial actual (de corte integrista y neoconservador), mira para otro lado al momento de analizar públicamente las causas de los abusos sexuales.


Las raíces del problema no son externas, sino institucionales. Se extienden desde la malsana y patológica visión que de la sexualidad tienen los obispos (de donde surgen, no sólo la epidemia de abusos sexuales, sino una serie de fenómenos que conforman la “cuestión sexual” dentro de la Iglesia); la forma de ejercer el poder dentro de la institución; y una estructura y organización excluyentes que no ofrecen ámbitos ni instancias de contención a las víctimas.


A esas causas se le suma la garantía de protección para los curas pedófilos: un orden jurídico diseñado de tal forma que en vez de asegurar la tutela de los derechos y garantías de las víctimas, ha contribuido en la práctica a encubrir a los sacerdotes delincuentes y dejar impunes miles de casos de abuso sexual. Estas son las claves del asunto que las autoridades eclesiásticas omiten analizar y que convierten en vacías e hipócritas sus declaraciones. Veamos algunos detalles y proyecciones:


a) La visión de la sexualidad de los obispos católicos: de características malsana y patológica está plasmada en la doctrina que ellos mismos elaboran. Visión de “expertos” que es causa no sólo de la pedofilia y los abusos sexuales, sino de otros fenómenos casualmente relacionados con el ejercicio de la sexualidad, a saber: 1. El problema del celibato y continencia sexual, los efectos psicológicos en el clero con el consiguiente daño psíquico al propio clero, y patrimonial a terceros involucrados (ejemplo, mujeres e hijos que se mantienen en la clandestinidad). Doble vida de los sacerdotes; 2. Represión de la homosexualidad, tanto de seminaristas, curas y obispos para poder ejercer el ministerio sacerdotal; 3. Purga en los seminarios y discriminación por razones sexuales. Daño moral, por cuanto la institución se entromete ilegalmente en una manifestación del derecho a la intimidad de los sacerdotes, como es su sexualidad; 4. La educación sexual que los jóvenes reciben en el seminario. Posibilidad de los padres de poder controlar los planes y currícula sobre la materia; 5. Los ascensos dentro de la institución debidos a favores sexuales, sobre todo en el Vaticano (Cf. David Yallop, El Poder y La Gloria, Planeta, 2007); 6 La discriminación a las mujeres católicas, violación de la igualdad de oportunidades para acceder a cargos directivos; 7. Discriminación de los sacerdotes casados con hijos, a quienes se los somete a un proceso judicial vejatorio y humillante, considerándose el matrimonio que contraen como un “delito”; 8. El problema de los curas misioneros violadores de monjas en diversos países, mayoritariamente en África, que fuera informado por la revista National Catholic Reporter en el año 2001 y planteado en el Congreso de abades, priores y abadesas de la orden benedictina celebrado en Roma en septiembre de 2000; 9. La injerencia de la institución en las políticas públicas de los Estados, obstrucción de la legislación relativa a los planes relacionados con la salud reproductiva y comienzo y fin de la vida; 10. La obstrucción de la Santa Sede a las políticas emanadas de organismos internacionales como la O.N.U. en materia de derechos de género, salud sexual y reproductiva. Su oposición a la despenalización de la homosexualidad. Asimismo, el incumplimiento de resoluciones emanadas del Parlamento europeo, por ejemplo, la referida a la violencia sexual contra las mujeres y en particular contra religiosas católicas, aprobada en Estrasburgo el 5 de abril de 2001. Esta fenomenología puede encuadrarse bajo el rótulo de “cuestión sexual” dentro de la institución.


b) La forma de gobierno monárquica: donde el ejercicio abusivo y arbitrario del poder por parte de los obispos ha permitido la no reparación del daño ocasionado a las víctimas de abusos sexuales. Forma de gobierno anacrónica en una época donde la consolidación de derechos humanos como la participación de los individuos, la igualdad, la publicidad de actos de gobierno, la democracia, la responsabilidad de los funcionarios y el pluralismo ético caracteriza las relaciones entre el poder y las personas. Forma de gobierno que tampoco tiene sustento evangélico sino político.


c) Una estructura excluyente: donde la organización y el funcionamiento grupal no brindan espacios ni instancias de inclusión sino al revés, de exclusión. Lo sufren no sólo las víctimas de los abusos sexuales, sino también otros colectivos que integran la institución: por ejemplo, los divorciados vueltos a casar; comunidades homosexuales, mujeres, curas casados con hijos, teólogos que investigan libremente, políticos que no adhieren al pensamiento del magisterio ordinario, auditorías en congregaciones de religiosas.


Es claro que la estructura de la institución resulta no sólo excluyente y discriminatoria sino, en muchos aspectos, obsoleta. Las planificaciones pastorales resultan ineficaces. El laicado constituye un subgrupo social, “el rebaño”, la clase discente que es gobernada por la clase docente (el clero), y se la mantiene en la ignorancia. En esta estructura arcaica el catolicismo oficial ha fomentado entre el laicado la “obediencia de cadáver” y “el ejercicio del mal banal, concepto arendtiano que describe el mal producido por la completa incapacidad de pensar”… “la genuina idiotez de quienes no cuestionan las órdenes, y consideran que “se encuentran protegidos moralmente por ese blindaje que permite la obediencia” (Cf. Gonzalo Gamio Gehri, Autonomía moral, mal banal y catolicismo retro: comentarios a un texto de R. Carvallo, en www.gonzalogamio.blogspot.com). Comenta el autor citado: “Ellos cumplen y se sienten buenos y se declaran católicos porque la moral no se funda en la autonomía sino en la sujeción jerárquica a la autoridad. En este sentido, obedecer significa renunciar a la libertad, una paradoja macabra para el ser humano”. El concepto de mal banal puede aplicarse al desempeño institucional y personal de todos aquellos que callaron por obediencia durante decenas de años los abusos sexuales contra niños y niñas.


d) El ordenamiento jurídico: convertido en herramienta para proteger a los sacerdotes abusadores al contener numerosas normas violatorias de principios, derechos y garantías reconocidas en ordenamientos jurídicos nacionales e instrumentos internacionales de derechos humanos. El propio sistema jurídico ha contribuido a la impunidad de miles de casos y es la garantía de impunidad.


Conforme sostuvo Sandra Buxaderas (“El Papa indigna a las víctimas de abusos en Irlanda” (20/03/2010 www.publico.es), “El sumo pontífice no aclara si los obispos deberán tomar la iniciativa y denunciar en los tribunales a presuntos pederastas. Se limita a decir: "Seguid cooperando con las autoridades civiles". Tampoco especifica si se debe expulsar a los pederastas. Sólo habla de "aplicar plenamente el derecho canónico".


“Aplicar plenamente el derecho canónico” ¿significa que en el mismo existen derechos y garantías suficientes para reparar los daños a los niños y niñas que fueron abusados sexualmente?


2. Planteo del problema


El común denominador que surge de las declaraciones de las víctimas y las denuncias ante la justicia civil, está compuesto por hechos que de ningún modo traslucen justicia ni reparación del daño, a saber: el transcurso del tiempo que permitió la prescripción de miles de abusos sexuales (disfrazado de “tiempo prudencial”, para que el cura delincuente repare el escándalo); el silencio de obispos y cardenales (disfrazado de discreción y cautela); la omisión de denunciar a las autoridades públicas los delitos (disfrazada con el argumento que el sistema canónico no prohíbe a las víctimas hacer denuncias ante las autoridades públicas); todos hechos que permitieron que en la práctica surgiera la figura del encubrimiento y protección de los sacerdotes delincuentes.


Aquellos hechos fueron reconocidos por la jerarquía tanto expresamente, como de manera implícita no sólo en los vacíos pedidos de perdón sino en la carta pastoral que Benedicto XVI envió a los católicos de Irlanda.


Ahora bien. Si la institución contaba con documentos que abordaban el fenómeno de los abusos sexuales, instrucciones sobre cómo proceder cuando se detectaban dichos casos, cánones relativos al proceso judicial, al delito propiamente dicho y sus sanciones, era de esperar que todos esos elementos y herramientas conformaran un sistema jurídico aceitado donde los derechos y garantías de las víctimas fuesen tutelados.


Sin embargo, del análisis del plexo de documentos, normas y procesos, nos encontramos con un ordenamiento jurídico que ha servido (y sirve), para proteger a los sacerdotes delincuentes y que, además, es violatorio de principios y garantías constitucionales, reconocidas también en tratados internacionales sobre derechos humanos (recordemos que la Declaración Universal de los Derechos del Hombre es de 1948).


El análisis que proponemos importa una aproximación a las siguientes cuestiones: a) facultad de la Iglesia de juzgar al clero; b) grave error en dar preeminencia al pecado sobre el delito; c) el tratamiento de los casos de abuso sexual dentro del marco de los documentos y cánones aplicables al tema; d) una relación del documento no oficial denominado “guía sobre el procedimiento en casos de abusos sexuales”, con los instrumentos y normas referidos; d) principios generales del derecho y garantías procesales que se violan; e) derechos humanos de los niños abusados y su ausencia en el ordenamiento canónico; f) medidas tardías tomadas por conferencias episcopales; g) posibles casos en la Arquidiócesis de Mendoza.


3. La facultad de la Iglesia de juzgar


¿Tiene la institución facultad para juzgar a sus miembros, en nuestro caso, al clero? Sí la tiene.


El canon 1401 establece que “La Iglesia juzga con derecho propio y exclusivo: 1. las causas que se refieren a cosas espirituales o anejas a ellas; 2. La violación de las leyes eclesiásticas y de todo aquello que contenga razón de pecado, por lo que se refiere a la determinación de la culpa y a la imposición de penas eclesiásticas” (Cf. Código de Derecho Canónico, Dir. A. Benlloch Poveda, 8ª edición, Madrid, Edicep, 1994).


Juzgar con “derecho propio y exclusivo”, quiere decir que la Iglesia tiene fuero judicial propio, es lo que en derecho constitucional se denomina “fuero real o de causa”. Los fueron reales “son concedidos por la naturaleza de los actos o de las cosas y no de las personas. Se establecen en beneficio y consideración de una institución o de un interés institucional, con efectos limitados a la causa de su implantación” … “y a raíz de actos que, por su naturaleza, están relacionados con el normal funcionamiento de tales instituciones” (Cf. Badeni, Gregorio, Tratado de Derecho Constitucional, 1º edición, Bs. As., La Ley, 2004).


Es el poder disciplinario que tiene un organismo o persona jurídica para juzgar a sus miembros por los hechos antijurídicos cometidos, que en el caso de la iglesia reconoce como fuente el medieval “privilegium fori”, el derecho que los clérigos gozaban de estar exentos de la jurisdicción laica o civil.


¿Cómo hace la Iglesia Católica para aplicar normas propias y poner en funcionamiento sus tribunales en diversos Estados? Lo hace por medio de la política concordataria o de acuerdos internacionales.


Tiene como objetivo que los Estados le reconozcan su propia “jurisdicción”. Es el caso de la Argentina donde el acuerdo firmado entre nuestro país y la Santa Sede en 1966 establece en su art. 1: “El Estado Argentino reconoce y garantiza a la Iglesia Católica Apostólica Romana el libre y pleno ejercicio de su poder espiritual, el libre y público ejercicio de su culto, así como la de su jurisdicción en el ámbito de su competencia, para la realización de sus fines específicos”.


La expresión “jurisdicción en el ámbito de su competencia, para la realización de sus fines específicos”, es clave para entender los abusos y violación de derechos fundamentales que se cometen en la institución.


En su comentario al fallo “Rybar Antonio c/ García Rómulo y/u Obispado de Mar del Plata”, el jurista Germán Bidart Campos decía: “No hay que vislumbrar en esta exención total de jurisdicción estatal una especie de curioso islote enquistado dentro de la comunidad política, como si los clérigos, los religiosos, los superiores eclesiásticos, o los ordinarios del lugar pudieran vivir al margen del orden jurídico estatal. No son extraterrestres con inmunidad privilegiada en materias y cuestiones del orden temporal” (El Derecho, Tomo 135).


Nunca mejor descripta la situación que impera en la realidad, aunque esa no fuera la intención del ilustre jurista. Y nunca mejor explotada esa situación jurídica por la Iglesia, ya que bajo ese paraguas pueden esconderse (y de hecho, se esconden), actos violatorios de derechos humanos que muy pocos investigan, entre ellos, los abusos sexuales del clero.


La citada frase (“para la realización de sus fines específicos”), es en muchas materias la garantía máxima para que las autoridades de la Iglesia lleven a cabo actos jurídicos como administrativos reñidos con elementales principios generales del derecho, y los mismos queden impunes, ya que con la excusa de que se persiguen “fines específicos”, “fines espirituales” se corre el riesgo de cometer actos ilegales.


Debe quedar claro que: 1) la existencia del fuero real no ofrece objeciones, en tanto y en cuanto “no suscite cuestiones que interesen al orden público nacional o que lesionen principios consagrados en la Constitución Nacional…” (Fallo Rybar, E.D. 15/09/92). Es decir, el fuero real no debe ser violatorio de las garantías del debido proceso y defensa en juicio; 2) su regulación es siempre de interpretación restrictiva y “nunca extensiva a situaciones no previstas” por las Constituciones de los Estados; 3) es concedido por las Constituciones nacionales a la Iglesia, de acuerdo al principio de supremacía constitucional y normas de tratados internacionales. Lo contrario indicaría que en un Estado existirían dos ordenamientos jurídicos: el del Estado propiamente dicho, y el de la Iglesia Católica, paralelo al estatal o de naturaleza parasitaria.


4. Grave error en dar preeminencia al pecado sobre el delito


Una de las respuestas a la falta de justicia para con las víctimas pasa por la doble consideración que el abuso sexual tiene para la normativa eclesiástica: es a la vez, pecado y delito. E aquí un problema ya que, en la práctica, la institución le da preeminencia al primero, dejando impune al segundo en la mayoría de los casos, salvo cuando haya tomado estado público. Un problema y un error a la vez.


Citamos nuevamente el canon 1401: “La Iglesia juzga con derecho propio y exclusivo: 1. las causas que se refieren a cosas espirituales o anejas a ellas; 2. La violación de las leyes eclesiásticas y de todo aquello que contenga razón de pecado, por lo que se refiere a la determinación de la culpa y a la imposición de penas eclesiásticas”.


Los abusos sexuales forman parte de “aquello que contenga razón de pecado”, y las autoridades proceden en consecuencia. Es decir, detectado el abuso, si el cura pecador se arrepiente, pide perdón y promete no pecar más, se le perdona la falta. Punto. Esto explica – aunque no en su totalidad - el por qué se los traslada de una parroquia a otra, secretamente, sin iniciar proceso judicial canónico alguno, dejando impune el delito.


“En la Iglesia el delito no es sólo una perturbación del orden jurídico vigente, sino también una ruina espiritual del delincuente, ya que todo delito canónico comporta un pecado. Por eso, al superior eclesiástico pertenece no sólo mantener el orden público de la Iglesia por el medio social que es la ley penal, sino también procurar el bien espiritual del súbdito por medios individuales, conteniendo su propensión al mal a través del precepto particular, el cual, cuando va acompañado de conminación de pena, se llama precepto penal” (www.canalsocial.net).


Se comete un grueso error al mezclar lo religioso y moral con el derecho, justificado en el tradicional argumento que “la naturaleza y la misión de la Iglesia” no es similar a la del Estado. Se da preeminencia a la “salvación” de quien ha delinquido por sobre la justicia y reparación del daño producido por el abuso sexual.


Corrobora lo expuesto las manifestaciones de Charles J. Scicluna, promotor de justicia del ex Santo Oficio, quien “se pone a la defensiva y explica que la prudencia extrema preside los procesos canónicos. "El sistema canónico es muy garantista, protege al máximo los derechos y la intimidad de los acusados. Cuando un culpable se arrepiente de sus actos, se le absuelve de forma automática; si no conoce la pena que le espera, no puede incurrir en esa pena.... Pero eso no significa que hayamos evitado que en los casos más graves actuara la justicia civil, no sería justo decir eso" (“Ratzinger calló ante las denuncias contra el abusador de 200 niños”, 26/03/2010, en www.elpais.com/.../abusador/200/ninos/).


En la misma línea, el papa Juan Pablo II en su discurso pronunciado en un encuentro con los cardenales norteamericanos el 23 de abril de 2002: “Al mismo tiempo… no podemos olvidar el poder de la conversión cristiana, la decisión radical de apartarse del pecado y de acercarse a Dios, que llega a las profundidades del alma humana y que puede obrar un cambio extraordinario”.


Se debe tener en cuenta que el abuso sexual está dentro de la categoría de los pecados contra el sexto mandamiento del Decálogo que se refieren a las ofensas contra la castidad. Por eso en el Código de Derecho Canónico no se habla de “abuso sexual”, sino de “pecados contra el sexto mandamiento del Decálogo”.


De manera que el sistema jurídico canónico pone su acento en la redención de la persona, su conversión, su salvación. Está bien desde el punto de vista moral y religioso, pero es improcedente y erróneo desde el punto de vista jurídico por cuanto un sacerdote abusador debe reparar siempre el daño físico y psicológico que infringe a un niño. Si se dan los presupuestos de la responsabilidad civil, debe reparar el daño. Asimismo, si se prueba su culpabilidad penal, debe ser expulsado del estado clerical y denunciado a las autoridades civiles para que también se lo juzgue. Los miles de abusos que integran la nueva oleada de casos se dieron dentro de este marco de impunidad. El punto de partida al analizar las sanciones no debe ser el pecado, o la “naturaleza” de la Iglesia, sino el delito y su reparación por cuanto el fenómeno involucra a terceros a quienes se ha dañado física y psicológicamente: niños y niñas abusados.


Lo manifestado por el prelado confirma nuestro argumento: se da prioridad a la visión de pecado, no a su carácter de delito. Si el sacerdote se arrepintió y pidió perdón, ya está. La única sanción será una amonestación. La víctima, el daño físico y moral que padeció y su reparación pasan a un segundo plano.


5. El tratamiento de los casos


El tratamiento de los casos de abusos sexuales se enmarca en una serie de documentos, instrucciones y cánones contenidos en el Código de Derecho Canónico de 1983. Asimismo se deben relacionar con una “guía” - dada a conocer súbitamente -, sobre el procedimiento en casos de abusos sexuales redactada en 2003 e informada a la opinión pública el pasado 12 de abril. Esta “guía” no deroga cláusula alguna de los instrumentos ya analizados.


Nuestra aproximación se hará partiendo de un documento – Crimen sollicitacionis –, que sirvió de fundamento a la política de encubrimientos, para luego pasar al abordaje jurídico y procesal en dos partes: primero, los cánones contenidos en el Código de Derecho Canónico y las Normas de los Delitos más graves; segundo, la referida guía para entender los procedimientos llevados a cabo por la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF).


“Crimen sollicitacionis” (Delito de solicitación), es un documento referido a los abusos sexuales que los sacerdotes podían cometer en el sacramento de la confesión. “Emitido en 1962 por la Congregación para la Doctrina de la Fe, dispuso que no se diera aviso a las autoridades civiles de las denuncias por abusos sexuales y que los acusados fueran traslados a otra diócesis. Escrito en latín, impone la obligación de guardar secreto al sacerdote señalado, a cualquier testigo y a la propia víctima, bajo pena de excomunión. Su objetivo manifiesto era proteger la reputación del sacerdote mientras se investigaba, pero en la práctica se utilizó para silenciar todos los casos” (Cf. Verbitsky, Horacio, “Las babas del diablo”, www.pagina12.com.ar/diario/elpais).


“La norma bajo comentario prescribía textualmente el cumplimiento del absoluto silencio por parte de la víctima, del sacerdote que cometía el acto y de cualquier otro testigo; por lo que quebrantar el secreto de confesión traería consigo la Excomunión” (Cf. “El delito de solicitación encubrimiento institucional”, en www.dlr.com.ar, 27/08/2008).


Para destacar del referido documento no sólo la obligación de guardar secreto, sino que hubo otro documento anterior a este emitido en el año 1962. Surge de las manifestaciones del promotor de justicia Charles J. Scicluna. En sus declaraciones sostuvo que “la famosa instrucción “Crimen Sollicitationes” tuvo una primera edición en 1922: “… la primera edición se remonta al pontificado de Pío XI. Más tarde con el beato Juan XXIII el Santo Oficio se ocupó de una nueva edición para los padres conciliares, pero la tirada fue solo de dos mil copias que no bastaron para la distribución, aplazada sine die. De todas formas, se trataba de normas de procedimiento en los casos de solicitudes durante la confesión y de otros delitos más graves de tipo sexual como el abuso sexual de menores”. En el mismo reportaje y para justificar el ocultamiento, este señor confundió el secreto sumarial (de naturaleza temporal), con el secreto pontificio que era lo que ordenaba la instrucción.


Este documento secreto estuvo en vigencia hasta el año 2001 cuando Ratzinger emitió las “Normas para los delitos más graves”: “Casi al mismo tiempo la Congregación para la Doctrina de la Fe daba obra, mediante una Comisión constituida a este efecto a un diligente estudio de los cánones de los delitos, tanto en el Código de derecho canónico, como en el Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, para determinar «los delitos más graves tanto contra las costumbres como contra la celebración de los sacramentos» para adecuar también normas procesales especiales «para declarar o irrogar sanciones canónicas», porque la Instrucción Crimen sollicitationis hasta ahora en vigor…”.


Vayamos a lo procedimental. Pueden distinguirse dos fases: una administrativa, otra judicial. Siempre se inician cada vez que existe “noticia verosímil” de que ocurrió un abuso sexual. Veamos cómo se procede.


a) Anoticiado de manera verosímil de la comisión de un delito de abuso sexual, el obispo tiene obligación de iniciar una investigación. El canon 1717 dice: “Siempre que el Ordinario tenga noticia, al menos verosímil, de un delito, debe investigar con cautela, personalmente o por medio de una persona idónea, sobre los hechos y sus circunstancias así como sobre la imputabilidad, a no ser que esta investigación parezca del todo superflua”.


No sólo la comisión de delito obliga a la investigación. El canon 1339 § 1 dispone: “Puede el Ordinario, personalmente o por medio de otro, amonestar a aquel que se encuentra en ocasión próxima de delinquir, o sobre el cual, después de realizar una investigación, recae grave sospecha de que ha cometido un delito”. Es decir, las circunstancias a investigar son: comisión del delito, ocasión próxima de delinquir, grave sospecha de que ha cometido un delito. Cabe aclarar que en el caso de los abusos sexuales no sólo implica acceso carnal sino que se proyecta hacia otras manifestaciones de índole sexual.


b) Debe comunicar el hecho a la Congregación de la Doctrina de la Fe (ex Inquisición). En la Carta de los Delitos más graves, sancionada en el año 2001 y firmada por Ratzinger, se exige: “Cada vez que un Ordinario o Superior tenga noticia al menos verosímil de un delito reservado, una vez realizada una investigación previa, comuníquelo a la Congregación para la Doctrina de la Fe…”.


c) Producido el abuso sexual, el obispo sólo puede “amonestar” (retar al cura delincuente). El canon 1347 dispone: “1. No puede imponerse válidamente una censura [una sanción] si antes no se ha amonestado al menos una vez al reo para que cese en su contumacia, dándole un tiempo prudencial para la enmienda. 2. Se considera que ha cesado en su contumacia el reo que se haya arrepentido verdaderamente del delito, y además haya reparado conveniente los daños y el escándalo o, al menos, haya prometido seriamente hacerlo”.


Asimismo el canon 1341 establece: “Cuide el Ordinario de promover el procedimiento judicial o administrativo para imponer o declarar penas, sólo cuando haya visto que la corrección fraterna, la reprensión u otros medios de la solicitud pastoral no bastan para reparar el escándalo, restablecer la justicia y conseguir la enmienda del reo”.


Del juego armónico de las disposiciones comentadas brevemente, surge que:


Luego de la noticia del delito, su investigación, la corrección fraterna, reprensión u otros medios de la solicitud pastoral que debe efectuar el obispo, al abusador se le da un tiempo prudencial para reparar el escándalo, restablecer la justicia y conseguir su enmienda.


Si se dan las circunstancias mencionadas, no hay proceso judicial, y el abusador sólo recibió un reto de parte del obispo (c. 1347 “No puede imponerse válidamente una censura [una sanción] si antes no se ha amonestado al menos una vez al reo para que cese en su contumacia…”).


En cuanto a la corrección fraterna y la reprensión, son similares y se toman de los evangelios (Mateo 18, 15-17, Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, 1998): “Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano”. La realidad indica que los obispos han priorizado la reprensión “a solas” de los abusadores, que en la práctica no ha servido para reparar el daño a las víctimas sino para profundizar el encubrimiento y secreto del delito.


Respecto al “tiempo prudencial para reparar el escándalo” exigido por el canon, ha sido la causa para que miles de abusos sexuales prescribieran, dado que ese tiempo ha sido arbitrario y abusivo. El tiempo prudencial y el silencio han dado forma al encubrimiento.


“Tiempo prudencial” fue lo pidió Ratzinger, cuando era Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, para apartar del sacerdocio a un cura abusador: “La petición llegó hasta Ratzinger, que en los años 80 era el cardenal prefecto de Congregación para la Doctrina de la Fe, quien después de calificar los hechos como "de gran significancia" estimó que había que tener también en consideración "el bien de la Iglesia Universal".


"(Esta Corte) es incapaz de tomar a la ligera el perjuicio que puede provocar garantizar la dispensa (a Kiesle) en la comunidad de fieles de Cristo", declaró Ratzinger en una carta con su firma que ha sido autentificada por el Vaticano, según la prensa de EE.UU.


Después, el entonces cardenal requirió "más tiempo" para tomar estos incidentes a una "muy cuidadosa consideración" y pidió al obispo Cummins que proveyera a Kiesle con el "mayor cuidado paternal como fuera posible" y le explicara el razonamiento del tribunal de la fe (caso del religioso Stephen Kiesle, en “La polémica por los curas abusadores de niños no encuentra un freno: más datos”, www.mdzol.com).


Todo queda bajo el secreto pontificio. El c. 1339 § 3 dispone: “Debe quedar siempre constancia de la amonestación y de la reprensión, al menos por algún documento que se conserve en el archivo secreto de la curia”.


El secreto pontificio fue abordado por el filósofo Paolo Flores D’Arcais en un artículo publicado el 14/04/2010 en un medio español. Permítasenos la transcripción de una sus partes por lo esclarecedora. Se pregunta el autor citado “¿En qué consiste éste?


Hallamos la explicación en un documento vaticano de marzo de 1974, una “Instrucción” emanada por el entonces secretario de Estado, el cardenal Jean Villot, siguiendo la voluntad de Pablo VI. “En determinados asuntos de mayor importancia se requiere un particular secreto, que viene a ser llamado secreto pontificio y que ha de ser guardado con obligación grave…


Quedan cubiertos por el secreto pontificio…”. Y se enumeran a continuación numerosísimos casos, entre ellos la pedofilia eclesiástica. Más interesante aún resulta la minuciosa lista de personas que “tienen obligación de guardar el secreto pontificio”: “Los cardenales, los obispos, los prelados superiores, los oficiales mayores y menores, los consultores, los expertos y el personal de rango inferior, los legados de la Santa Sede y sus subalternos”, etcétera.


En definitiva, de forma exhaustiva, todo el mundo. La “suciedad” debe quedar en los “sótanos del Vaticano”, inaccesible a la curiosidad excesivamente seglar de policías y jueces. La impunidad penal de los sacerdotes pedófilos queda garantizada. Es más, para alcanzar tal objetivo se exige un juramento de una solemnidad sobrecogedora. Reza la instrucción: “Aquellos que entren en posesión del secreto pontificio deberán prestar juramento con la siguiente fórmula: ‘Yo… en presencia de…, tocando con mi propia mano los sacrosantos evangelios de Dios, prometo guardar fielmente el secreto pontificio… de manera que en modo alguno, bajo ningún pretexto, sea por un bien mayor, sea por motivo urgentísimo y gravísimo, me sea lícito violar el mencionado secreto… Que Dios me ayude y me ayuden estos santos evangelios suyos que toco con mi propia mano”. Fórmula solemne y terrible, que nos exime de todo comentario” (Cf. “El Vaticano y la pedofilia”, en www.elpais.com/articulo/opinion/Vaticano/pedofilia/).


Por su parte, el c. 1719 dispone: “Si no se requieren para el proceso penal, deben guardarse en el archivo secreto de la curia las actas de la investigación y los decretos del Ordinario con los que se inicia o concluye la investigación, así como todo aquello que precede a la investigación”. Y la Carta sobre los Delitos más graves, firmada por Ratzinger cuando era Prefecto de la C.D.F.: “Todas estas causas están sometidas al secreto pontificio”. Se prohíbe denunciar a las autoridades públicas la comisión del delito. Cabe aclarar que una cosa es el secreto del sumario (elemento típico del derecho penal, de naturaleza temporal), y otra el referido secreto pontificio que en la práctica ha contribuido al encubrimiento de los delitos por parte de los obispos respectivos. Asimismo, es imposible saber si la institución ha cumplido con la obligación de dejar constancia en los archivos secretos.


Como se habrá observado, en esta fase de naturaleza administrativa, no hay garantías para las víctimas, ya que todo depende de la discrecionalidad del obispo (para nosotros, facultades abusivas), de la celeridad que imprima a su investigación, de su imparcialidad, de su pericia.


Los miles de casos de abusos sexuales perpetrados décadas pasadas y prescriptos (hay denuncias que datan de 1950), son prueba irrefutable del encubrimiento, silencio y ocultamiento llevado a cabo por los obispos y garantizado por un sistema diseñado a tal fin.


Nótese que la sanción ante las circunstancias mencionadas (ocasión próxima, sospecha grave, comisión del delito), es una amonestación, reprimenda o advertencia. Nada más. Siempre en secreto. Lo exige el canon 1340 § 2: “Nunca se imponga una penitencia pública por una transgresión oculta”.


Hasta acá se observa: la ausencia de justicia para con las víctimas; la protección y complicidad de las autoridades para con los abusadores, y paradójicamente el amparo de los delitos por un procedimiento arbitrario, violatorio de principios jurídicos elementales.


6. Violación de principios generales del derecho en esta etapa administrativa.


En esta etapa se violan el principio de razonabilidad de las normas jurídicas y la garantía del juicio previo:


a) Principio de razonabilidad de las normas jurídicas: jurídicamente surge una manifiesta arbitrariedad de los cánones aplicables a los abusos sexuales en la etapa de naturaleza administrativa. Un delito gravísimo como es el abuso sexual de un menor (por ejemplo, manosearlo, u obligarlo a practicar sexo oral al sacerdote, o el propio acceso carnal), sólo tiene una retribución hacia el delincuente: una “amonestación”, un reto. Palabras huecas, vacías. Nada más. Y avalado por las propias normas.


No sólo se configura negligencia, dejadez e impericia, sino que surge claramente la violación de principios generales del derecho elementales, permitida por el ordenamiento jurídico canónico. Se viola un principio básico que debe contener toda norma jurídica: el principio de razonabilidad de las leyes.


En todo ordenamiento jurídico – incluido el canónico - las normas jurídicas deben respetar dos principios: el de legalidad y el de razonabilidad. El primero, implica formalidad, ya que exige que la norma tenga “forma” de ley para mandar o prohibir. Pero con eso no alcanza.


El jurista Bidart Campos lo planteó con un interrogante “¿basta que la ley mande o prohíba, para que sin más lo mandado o lo impedido sea constitucional?” (Manual de la Constitución Reformada, Tomo I, Ediar, Bs. As., 2005). Su respuesta es contundente: “de ninguna manera”.


Surge, entonces, el principio de razonabilidad de la ley. Dice el autor citado: “no basta la formalidad de la ley: es menester que el contenido de esa ley responda a ciertas pautas de valor suficientes. Por eso es menester dar contenido material de justicia al principio formal de legalidad. Para ello, acudimos al valor justicia, que constitucionalmente se traduce en la regla o el principio de razonabilidad”.


“El principio de razonabilidad tiene como finalidad preservar el valor justicia en el contenido de todo acto de poder e, incluso, de los particulares”.


“Fundamentalmente, la razonabilidad exige que el “medio” escogido para alcanzar un “fin” válido guarde proporción y aptitud suficientes con ese fin: o que haya “razón” valedera para fundar tal o cual acto de poder” (Bidart Campos, Germán, obra citada, p. 517).


Surge de lo examinado que los cánones tienen un “fin”: dar garantías sólo al sacerdote abusador, no a las víctimas. Se ha alterado el mencionado principio. Los “medios” legislados son arbitrarios. Miles de abusos sexuales prescriptos, sin justicia ni reparación del daño lo demuestran.


b) Juicio previo: al no haber obligación para el obispo de iniciar un proceso judicial, ya que luego de la investigación sólo debe amonestarse al abusador, se priva a la víctima de esta garantía. “La garantía del juicio previo se traduce en el derecho a la jurisdicción o el derecho a la tutela judicial efectiva. Consiste en la potestad inviolable que tiene toda persona para acudir ante un tribunal judicial para que, mediante la aplicación de la ley, resuelva el conflicto que afecta sus derechos” (Badeni, Gregorio, Tratado de Derecho Constitucional, 1ª edición, Bs. As., La Ley, 2004). Como se habrá observado, no hay plena vigencia de esta garantía en el ordenamiento canónico.


La no obligación del juicio previo en caso de abuso sexual, explica los miles de casos que quedaron sin sanción ni reparación del daño.


7. El proceso judicial canónico contra el sacerdote abusador sexual


¿Cuándo procede iniciar el proceso judicial contra un sacerdote abusador?


a) Lo establece el canon 1718:


“§ 1. Cuando se estime que ya se han reunido elementos suficientes, determine el Ordinario: 1. si puede ponerse en marcha el proceso para infligir o declarar una pena; 2. si conviene hacerlo así, teniendo presente el c. 1341; 3. si debe utilizarse el proceso judicial o, cuando la ley no lo prohíbe, se ha de proceder por decreto extrajudicial.


§ 2. El Ordinario ha de revocar o modificar el decreto a que se refiere el § 1, siempre que, por surgir elementos nuevos, le parezca que debe decidir otra cosa.


§ 3. Al dar los decretos a que se refieren los §§ 1 y 2, conviene que el Ordinario, según su prudencia, oiga a dos jueces o a otros jurisperitos.


§ 4. Antes de tomar una determinación de acuerdo con el § 1, debe considerar el Ordinario si, para evitar juicios inútiles, es conveniente que, con el consentimiento de las partes, él mismo o el investigador dirima lo referente a los daños de acuerdo con la equidad”.


Adviértase las exageradas y abusivas facultades otorgadas al obispo (fundadas en al discrecionalidad). Si decide iniciar el proceso judicial, debe actuar con su propio Tribunal. Es lo que dispone la Carta sobre los Delitos más graves: “Cada vez que un Ordinario o Superior tenga noticia al menos verosímil de un delito reservado, una vez realizada una investigación previa, comuníquelo a la Congregación para la Doctrina de la Fe, la cual, a no ser que por las peculiares circunstancias de la causa avoque a sí, ordena al Ordinario o Superior a proceder mediante el propio Tribunal…”.


En similares términos los cánones 1721 y 1722: “§ 1. Si el Ordinario decretara que ha de iniciarse un proceso judicial penal, entregará al promotor de justicia las actas de la investigación, para que éste presente al juez el escrito acusatorio, de acuerdo con los cc. 1502 y 1504. § 2. Ante el tribunal superior desempeña la función de actor el promotor de justicia de ese mismo tribunal”.


“Para evitar escándalos, defender la libertad de los testigos y garantizar el curso de la justicia, puede el Ordinario, después de oír al promotor de justicia y habiendo citado al acusado, apartar a éste, en cualquier fase del proceso, del ejercicio del ministerio sagrado o de un oficio o cargo eclesiástico, imponerle o prohibirle la residencia en un lugar o territorio, o también prohibirle que reciba públicamente la santísima Eucaristía, pero todas estas provisiones deben revocarse al cesar la causa que las motivó, y dejan ipso iure de tener vigor al terminar el proceso penal”.


Este último canon establece una medida precautoria: apartar al acusado “del ejercicio del ministerio sagrado o de un oficio o cargo eclesiástico, imponerle o prohibirle la residencia en un lugar o territorio, o también prohibirle que reciba públicamente la santísima Eucaristía”.


Nótese que es facultativo (“puede”), no es obligatorio. Asimismo, “… todas estas provisiones deben revocarse al cesar la causa que las motivó, y dejan ipso iure de tener vigor al terminar el proceso penal”. Al ser discrecional, no hay garantías para las víctimas ni para el resto de los laicos que realizan sus tareas en el mismo lugar donde está el delincuente, de que este sea separado de sus funciones.


El obispo debe proceder con su propio Tribunal, el que estará integrado sólo por sacerdotes. La Carta sobre los Delitos más graves dispone: “En los Tribunales constituidos ante los Ordinarios o Superiores, solamente sacerdotes pueden cumplir válidamente para estas causas el oficio de Juez, de Promotor de justicia, de Notario y de Patrono”.


b) Se inicia la instrucción de la causa, es decir, recepción de testimonios, recolección de pruebas, confección del expediente (actas). Está regulada en los cánones 1723 a 1728, remitimos a los mismos.


c) Terminada la instrucción de la causa, deben remitirse las actas a la Congregación de la Doctrina de la Fe, cuyo Tribunal sustanciará la misma y dictará sentencia. “Terminada la instancia de cualquier modo en el Tribunal, todas las actas de la causa se deben transmitir de oficio cuanto antes a la Congregación para la Doctrina de la Fe” (Cf. Carta sobre los Delitos más graves).


d) En el caso que se aplique una sanción al sacerdote culpable, tampoco hay plenas garantías. El canon 1395 § 2 dispone: “El clérigo que cometa de otro modo un delito contra el sexto mandamiento del Decálogo, cuando este delito haya sido cometido con violencia o amenazas, o públicamente o con un menor que no haya cumplido dieciséis años de edad, debe ser castigado con penas justas, sin excluir la expulsión del estado clerical cuando el caso lo requiera”. En el supuesto caso que se pruebe la culpabilidad del sacerdote abusador, la pena de exclusión del estado clerical es discrecional.


8. Violación de principios generales del derecho y garantías del debido proceso legal en la etapa judicial


En el proceso judicial, también se observan violaciones a garantías del debido proceso legal:


a) Indeterminación de las penas: es un principio general del derecho la determinación de la pena para cada delito. Viola este principio el canon 1395 § 2 en cuanto dispone que “El clérigo que cometa de otro modo un delito contra el sexto mandamiento del Decálogo… con un menor que no haya cumplido dieciséis años de edad, debe ser castigado con penas justas, sin excluir la expulsión del estado clerical cuando el caso lo requiera”.


¿Cuáles podrían ser las “penas justas” para un sacerdote que violó a un niño? Ya se dijo que ante la primera violación o acceso carnal, el obispo sólo “amonesta”. Mientras que si se dicta sentencia determinando la culpabilidad del sacerdote lo esperan “penas justas” y, si el caso lo requiere, la exclusión. Doble ultraje a las víctimas. Doble vejación. Mientras, la reparación del grave daño físico y psicológico sufridos por los menores, brillan por su ausencia.


b) La independencia de los jueces: eliminada de un plumazo, por cuanto la propia Carta sobre los Delitos más graves establece que “En los Tribunales constituidos ante los Ordinarios o Superiores, solamente sacerdotes pueden cumplir válidamente para estas causas el oficio de Juez, de Promotor de justicia, de Notario y de Patrono”. No sólo se viola el principio de independencia de los magistrados, sino que también se puede cuestionar su imparcialidad ¿Qué garantías tienen las víctimas?


c) Publicidad del proceso judicial: no existe esta garantía en el proceso que comentamos. No obstante que se reconoce como excepción los actos útiles que se cumplen durante la etapa instructoria – que también está regulada en el ordenamiento canónico -, “las sentencias finales de cualquier instancia, todas ellas deben ser públicas, aunque no medie un interés institucional”. (Badeni, obra citada). Podría alegarse que, tratándose de menores (la mayoría de víctimas de abusos sexuales son niños), no se puede violar su intimidad. Esto se puede salvar no dando a conocer sus nombres.


d) Libre acceso a la justicia: dado que el proceso judicial tiene, en materia de abusos sexuales, la intervención de dos tribunales (el que inicia la instrucción y el de la C.D.F.), no se especifica si las víctimas pueden verse exentas de pagar las tasas judiciales. No se aclara ni el Código de Derecho Canónico ni el la Carta sobre los Delitos más graves si el proceso es gratuito u oneroso, y en este último caso, a cuánto ascienden las tasas y en qué moneda se pagan.


e) Elección del abogado patrocinante: la libre elección del abogado por parte de la víctima es libre conforme el canon 1481 § 1. “La parte puede designar libremente su abogado y procurador; pero, salvo en los casos indicados en los § 2-3, puede también demandar y contestar personalmente, a no ser que el juez considere necesaria la ayuda del procurador o del abogado. § 2. En el juicio penal, el acusado debe tener siempre un abogado, elegido por él mismo o nombrado por el juez”.


Sin embargo, surge una contradicción con el canon 1483 que prescribe: “El procurador y el abogado han de ser mayores de edad y de buena fama; además, el abogado debe ser católico, a no ser que el Obispo diocesano permita otra cosa, y doctor, o, al menos, verdaderamente perito en derecho canónico, y contar con la aprobación del mismo Obispo”.


En el canon precedente, se establecen los requisitos para poder litigar en los tribunales eclesiásticos. Conforme el canon es el obispo quien tiene la última palabra respecto al ejercicio profesional en su tribunal (“contar con la aprobación del mismo Obispo”). A ese arbitraria atribución se le suman los requisitos: ser mayor de edad, de buena fama, ser católico (“a no ser que el Obispo diocesano permita otra cosa”, nótese la discrecionalidad), doctor, o, al menos, verdaderamente perito en derecho canónico”.


Se consagra el principio del “numerus clausus” (número limitado) para ejercer la profesión de abogado en un tribunal eclesiástico. Se viola de esa manera el libre ejercicio profesional y la independencia de criterio de los abogados. Se elimina también la libertad de elección por parte de las víctimas. La práctica de los tribunales eclesiásticos hace que se confeccione una lista con los abogados autorizados por el obispo para litigar y que las personas deben elegir uno de ellos. Una auténtica aberración jurídica.


El canon 1490 contempla otra posibilidad similar. Que existan “patronos estables”. Es decir, abogados a sueldo del tribunal. Dispone: “En la medida de lo posible, en todo tribunal ha de haber patronos estables, que reciban sus honorarios del mismo tribunal, y que ejerzan la función de abogado o de procurador, sobre todo en las causas matrimoniales, en favor de las partes que libremente prefieran designarlos”.


Este muy breve análisis de la normativa que aplica la Iglesia ha dejado ver la violación a principios, derechos y garantías contenidos en los ordenamientos constitucionales y tratados de derechos humanos.


El Código de Derecho Canónico y las disposiciones e instrumentos concordantes atentan contra la seguridad jurídica que deben disponer las víctimas de los abusos sexuales.


“La seguridad jurídica implica la supremacía de la ley frente a la conducta de los individuos y a la actuación de los gobernantes, descartando su sometimiento a la voluntad discrecional de los individuos y gobernantes” (Badeni, obra citada).


Esto es, justamente, lo que pasa en todo el procedimiento canónico, que comenzó con la investigación previa: hay un sometimiento a la voluntad discrecional de los obispos. La seguridad jurídica queda reducida a nada. Se han violado y subvertido los principios y garantías del debido proceso legal. La protección de los abusadores es obvia.


9. El documento redactado en 2003: “Guía sobre procedimiento en casos de Abusos Sexuales”.


Como mencionáramos, el pasado 12 de abril la Santa Sede publicó una “guía” para entender los procedimientos llevados a cabo por la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF) en los “supuestos” casos de abusos sexuales de menores. Es una guía introductoria para “laicos y no canonistas”.


Primer problema: no es un documento oficial; no se les explica a los laicos, sobre todo a los padres de familia que siguen enviando a sus hijos a la Iglesia, el procedimiento en detalle. Continúan las burlas al laicado de parte del clero.


Segundo problema: el documento es del año 2003, lo que representa una prueba irrefutable de la responsabilidad por encubrimiento de los abusos en que incurrieron tanto Juan Pablo II, Benedicto XVI, como los obispos involucrados en el tema.


“¿Cómo explicar el silencio que han mantenido el Papa, los obispos responsables de las diócesis, los vicarios y los párrocos en todos los casos de abusos sexuales que han sido denunciados desde esa fecha?


¿Cómo explicar las actuaciones de encubrimiento, de ocultación de casos que han sido juzgados y que han merecido condena por parte de los Tribunales ordinarios de justicia de muchos países?” (Comunicado del colectivo “Iglesia sin abusos”, en www.redescristianas.com).


Vayamos a la “guía” a fin de determinar si guarda concordancia con las disposiciones analizadas precedentemente.


“A) Procedimiento Previo


La diócesis local investiga todas las denuncias de abuso sexual de un menor por parte de un clérigo. Si la acusación es plausible, el caso se remite a la CDF. El obispo local transmite toda la información necesaria a la CDF y expresa su opinión sobre los procedimientos que hay que seguir y las medidas que se adoptarán a corto y a largo plazo”.


El párrafo guarda concordancia con la “investigación previa” ordenada tanto en el Código de Derecho Canónico, como en las Normas sobre los delitos más graves”, ya analizados. También se insiste el las desmesuradas y abusivas facultades de los obispos. No hay garantías para las víctimas.


“Debe seguirse siempre el derecho civil en materia de información de los delitos a las autoridades competentes”. Esta es la novedad; también la prueba de la responsabilidad por omisión de la jerarquía en no haber efectuado las denuncias respectivas ante las autoridades civiles.


“Si la guía manda denunciar los casos a la justicia ordinaria, ¿por qué casi nunca se hace tal cosa? ¿Y por qué el Papa, en el poder desde 2005 y hasta ese momento al frente del ex Santo Oficio, no controló el cumplimiento de esa recomendación, ni la convirtió en ley ni sancionó a ningún obispo por encubrir abusos?” (Cf. “El Vaticano promete cumplir la ley y llevar a los pederastas a la justicia”, Miguel Mora, El País, en www.redescristianas.com).


El portavoz del papa ha respondido aquel planteo: “hay países donde la justicia obliga a denunciar los delitos a la justicia civil y otros en los que no”. Y admite: “La denuncia a la justicia civil es una práctica recomendada en este instrumento de trabajo, pero no es una ley de la Iglesia”.


“Práctica recomendada”, no obligatoria… curiosa pauta ética de señores que se jactan de ser “autoridades” morales.


“Durante la etapa preliminar y hasta que el caso se concluya, el obispo puede imponer medidas cautelares para salvaguardar a la comunidad, incluyendo a las víctimas. De hecho, el obispo local siempre tiene el poder de proteger a los niños mediante la restricción de las actividades de cualquier sacerdote de su diócesis. Esto forma parte de su autoridad ordinaria, que le lleva a ejercer cualquier medida necesaria para asegurar que no se haga daño a los niños y este poder puede ser ejercido a discreción del obispo antes, durante y después de cualquier procedimiento canónico”.


Se reitera en el párrafo lo advertido por nosotros arriba: las medidas cautelares son facultativas, discrecionales, dependen del obispo. Así como puede restringir las actividades del cura delincuente, también puede trasladarlo a otra parroquia o institución con el riesgo de que siga cometiendo abusos. No hay garantías para las víctimas.


“B) Procedimientos autorizados por la CDF.


La CDF estudia el caso presentado por el obispo local y también pide información complementaria cuando sea necesario. La CDF tiene una serie de opciones:


B1) Procesos Penales: La CDF puede autorizar al obispo local para llevar a cabo un proceso penal judicial ante un tribunal local de la Iglesia. Todo recurso en estos casos ese sometería a un tribunal de la CDF.


La CDF puede autorizar al obispo local para llevar a cabo un proceso penal administrativo ante un delegado del obispo local con la asistencia de dos asesores. El sacerdote acusado está llamado a responder a las acusaciones y a revisar las pruebas. El acusado tiene derecho a presentar recurso a la CDF contra el decreto que lo condene a una pena canónica. La decisión de los cardenales miembros de la CDF es definitiva.


En caso de que el clérigo sea juzgado culpable, tanto los procesos penales judiciales como administrativos pueden condenarlo a una serie de penas canónicas, la más grave de las cuales es la expulsión del estado clerical. La cuestión de los daños también se puede tratar directamente durante estos procedimientos.


B2) Casos referidos directamente al Santo Padre: En casos muy graves en que el juicio penal civil haya declarado culpable al clérigo de abuso sexual de menores de edad o cuando las pruebas son abrumadoras, la CDF puede optar por llevar el caso directamente al Santo Padre con la petición de que el Papa promulgue con un decreto "ex officio" la expulsión del estado clerical. No hay remedio canónico en contra de tal decisión pontificia.


La CDF también presenta al Santo Padre solicitudes por los sacerdotes acusados que, habiendo reconocido sus delitos, piden la dispensa de la obligación del sacerdocio y desean volver al estado laical. El Santo Padre concede estas peticiones por el bien de la Iglesia ("pro bono Ecclesiae").


B3) Medidas disciplinarias: En los casos en que el sacerdote acusado haya admitido sus delitos y aceptado vivir una vida de oración y penitencia, la CDF autoriza al obispo local a emitir un decreto que prohíba o restrinja el ministerio público de dicho sacerdote. Dichos decretos se imponen a través de un precepto penal que implica una pena canónica en caso de violación de las condiciones del decreto, sin excluir la expulsión del estado clerical. El recurso administrativo ante la CDF es posible con tales decretos. La decisión de la CDF es definitiva”.


Cuestiones a puntualizar en los párrafos transcriptos:


1. Facultad de la CDF: quien puede autorizar al obispo local para llevar a cabo un proceso penal judicial ante un tribunal local de la Iglesia. Es facultativo; no obligatorio (“puede autorizar”).


2. Las opciones de la CDF: puede optar por procesos penales (judicial o administrativo), casos referidos directamente al Papa o medidas disciplinarias. Sin embargo, no se precisa el criterio que se sigue para elegir tal o cual procedimiento. Sólo en los casos referidos directamente al Papa se hace la justificación: son los casos “muy graves” en que el juicio penal civil haya declarado culpable al clérigo de abuso sexual de menores de edad o cuando las pruebas son abrumadoras.


3. La indeterminación de las penas: concuerda con nuestra crítica; no se sabe qué penas corresponden a las diversas manifestaciones de un abuso sexual. Ya se aclaró que el mismo no implica sólo acceso carnal. En este aspecto, no hay garantías para las víctimas. Se viola el principio penal de determinación de la pena.


4. Los casos referidos directamente al Papa: justificados por la gravedad, declaración de culpabilidad en sede penal del Estado, o cuando las pruebas sean “abrumadoras”. No hay proceso judicial. Implica una excepción a la presunción de inocencia del imputado.


La guía se enmarca en las normas establecidas en el motu proprio promulgado por Juan Pablo II denominado Sacramentorum sanctitatis tutela (Defensa de la Santidad del Sacramento), que contiene las Normas de los Delitos más graves y en el Código Canónico de 1983, ya comentados. La “novedad” es que se incorporan algunas facultades especiales concedidas a la CDF y que “debe seguirse siempre el derecho civil en materia de información de los delitos a las autoridades competentes”.


No obstante las “novedades”, lo cierto es que la guía publicada nunca fue operativa. Tampoco se ha derogado ninguna de las disposiciones comentadas y que conforman el sistema de protección de los abusadores sexuales.


Finaliza Paolo Flores D’Arcais el artículo citado con un Post scriptum: “Tras la redacción de este artículo, la oficina de prensa vaticana ha dado a conocer que desde el año 2003 existen nuevos procedimientos operativos, nunca hechos públicos y atribuibles al entonces cardenal Ratzinger, que se resumen en un texto de “líneas maestras” colgado en la página web de la Santa Sede, según el cual “siempre debe seguirse la ley civil en lo que atañe a la denuncia de los delitos ante las autoridades apropiadas”. Estas “líneas maestras” son el texto más extravagante que ha producido nunca la Santa Sede. Texto anónimo y carente de fecha.


Y sobre todo: no se ha presentado nunca denuncia alguna. Si ese documento hubiera estado realmente operativo, la verdadera noticia sería que desde hace siete años todos los obispos del mundo desobedecen al Papa y a su Prefecto para la Congregación de la Defensa de la Fe. Una revelación digna del Premio Pulitzer” (artículo citado).


10. Derechos humanos de los niños abusados. Ausencia de regulación en el ordenamiento jurídico de la Iglesia.


A un sistema jurídico arbitrario, con graves falencias, que viola no sólo derechos sino garantías procesales reconocidas internacionalmente, se le suma un serio agravante: la Santa Sede no ha firmado la Declaración Universal de los Derechos del Hombre de 1948, como tampoco ha incorporado plenamente a su sistema jurídico los lineamientos de la Declaración sobre los Derechos del Niño, adoptada por la Asamblea general de las Naciones Unidas el 20 de noviembre de 1989.


Dice el teólogo José María Castillo que de los “103 convenios internacionales sobre derechos humanos, la Santa Sede ha suscrito solamente 10. Esto quiere decir que la Santa Sede, en cuanto se refiere a compromisos públicos de carácter internacional por la defensa y promoción de los derechos humanos, está en los últimos lugares de la lista de Estados a nivel mundial, más abajo que Cuba, China, Irán o Ruanda, por citar algunos ejemplos. Esto no significa que en Cuba o China se respeten los derechos humanos mejor que en el Vaticano. Se trata de que la Santa Sede es uno de los Estados que menos se han comprometido, a nivel internacional y mediante la firma de documentos públicos, en la defensa de los derechos humanos.


Más en concreto, la Santa Sede no ha ratificado ninguna de las convenciones sobre la supresión de las discriminaciones basadas en la sexualidad, la enseñanza, el empleo y la profesión. Tampoco las relativas a la protección de los pueblos indígenas, los derechos de los trabajadores, los derechos de las mujeres, la defensa de la familia y el matrimonio. Como tampoco las convenciones que se han firmado contra los genocidios, los crímenes de guerra, los crímenes contra la humanidad o contra el apartheid. Ni las que se refieren a la supresión de la esclavitud o los trabajos forzados. Ni las que prohíben la tortura y la pena de muerte” (Iglesia y Derechos Humanos en www.sintapujos.org/iglesia).


Y esa política o práctica diplomática del Vaticano, de no reconocimiento de derechos humanos, repercute en el tratamiento de los abusos sexuales hacia niños y niñas y su impunidad.


En esta materia, muchos son los problemas que se hubiera ahorrado la Iglesia de haber implementado los derechos contenidos en la citada Declaración en su ordenamiento jurídico, sobre todo la cláusula referida al “interés superior del niño”.


Pueden destacarse: Artículo 3: “En todas las medidas concernientes a los niños que tomen las instituciones públicas o privadas de bienestar social, los tribunales, las autoridades administrativas o los órganos legislativos, una consideración primordial a que se atenderá será el interés superior del niño”.


Artículo 16: “1.Ningún niño será objeto de injerencias arbitrarias o ilegales en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia ni de ataques ilegales a su honra y a su reputación. 2. El niño tiene derecho a la protección de la ley contra esas injerencias o ataques”.


Artículo 19: “1. Los Estados Partes adoptarán todas las medidas legislativas, administrativas, sociales y educativas apropiadas para proteger al niño contra toda forma de perjuicio o abuso físico o mental, descuido o trato negligente, malos tratos o explotación, incluido el abuso sexual, mientras el niño se encuentre bajo la custodia de los padres, de un representante legal o de cualquier otra persona que lo tenga a su cargo. 2. Esas medidas de protección deberían comprender, según corresponda, procedimientos eficaces para el establecimiento de programas sociales con objeto de proporcionar la asistencia necesaria al niño y a quienes cuidan de él, así como para otras formas de prevención y para la identificación, notificación, remisión a una institución, investigación, tratamiento y observación ulterior de los casos antes descritos de malos tratos al niño y, según corresponda, la intervención judicial”.


Ante esta realidad suenan ridículas y repugnantes las declaraciones de monseñor Silvano Tomasi, observador permanente de la Santa Sede ante la Oficina de las Naciones Unidas, quien el pasado 10 de marzo durante la XIII Sesión Ordinaria del Consejo de los Derechos del Hombre, que se celebra en Ginebra, sostuvo: “La prevención es la mejor medicina, y esta comienza con la educación y la promoción de una cultura de respeto de los derechos humanos y de la dignidad humana de cada niño, y especialmente a través de la aplicación de métodos eficaces para la contratación de personal escolar” (“La persecución de la pederastia, prioridad en la agenda de la Iglesia”. Intervención de monseñor Tomasi ante la ONU GINEBRA, martes 16 de marzo de 2010 en www.zenit.org).


La no suscripción por parte de la Santa Sede de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y la no incorporación plena a su orden jurídico de los derechos de la niñez deja ver: su desprecio por derechos inalienables que hacen a la dignidad humana; las carencias y antijuricidad de su sistema normativo, cuyas disposiciones comentadas violan derechos y garantías de las víctimas; y la hipocresía de todas las declaraciones, tanto del papa como del representante de la Santa Sede en la Organización de Naciones Unidas (O.N.U.), relativas a la defensa de derechos humanos.


11. Reparación del daño: medidas tardías. Reconocimiento de la negligencia y encubrimiento.


Tardíamente, tras años de no hacer nada, y sólo por la magnitud de la presión social, de los medios de comunicación y los tribunales ordinarios - producto de miles de denuncias -, a partir de 2002 en EE.UU. se sancionaron disposiciones para combatir la plaga de los abusos sexuales del clero.


Es el caso del “Estatuto para la Protección de Niños y Jóvenes”, elaborado por un Comité Ad Hoc sobre Abuso Sexual de la Conferencia de Obispos de Estados Unidos (United States Conferencia of Catholic Bishosps – USCCH), y aprobado en junio de 2005. Y las “Normas básicas para las reglas diocesanas/eparquiales que traten de alegaciones de abuso sexual de menores por sacerdotes y diáconos” del año 2002.


La efectividad de las medidas reparatorias está sujeta a evaluación. Los datos oficiales son relativos respecto a: la reparación del daño físico y psicológico sufridos por las víctimas, número de denuncias falsas, cifras de las indemnizaciones pagadas, número de curas y diáconos abusadores, número de víctimas, períodos en que se cometieron los delitos, organismos de control, libre acceso a los archivos secretos, miembros del clero procesados y condenados, número de expulsados, atribuciones de los laicos que integran las comisiones de investigación, denuncias efectuadas en la justicia civil, nivel de colaboración de las autoridades eclesiásticas con los tribunales ordinarios, supervisión y control por parte de los familiares de las víctimas, número de clínicas dedicadas al tratamiento de los abusadores, entre otras pautas de evaluación. Cabe aclarar que la Santa Sede reconoció las Normas Esenciales solamente por un período de dos años a partir de su promulgación (12 de diciembre de 2002). Algunos de los resultados de las medidas pueden consultarse en http://bishopaccountability.org/, página de la Conferencia de Obispos de Estados Unidos.


Ante el bochorno reciente, diversas conferencias episcopales en Europa, también tomaron medidas tardías. Ejemplo: los obispos alemanes habilitaron una línea telefónica donde en pocos días se recibieron más de 13 mil denuncias.


Mientras, Benedicto XVI ha propuesto a los católicos irlandeses las siguientes “medidas” para reparar el daño a las víctimas:


"Os invito a todos a ofrecer durante un año, desde ahora hasta la Pascua de 2011, la penitencia de los viernes para este fin. Os pido que ofrezcáis el ayuno, las oraciones, la lectura de la Sagrada Escritura y las obras de misericordia por la gracia de la curación y la renovación de la Iglesia en Irlanda".


"Os animo a redescubrir el sacramento de la Reconciliación y a utilizar con más frecuencia el poder transformador de su gracia".


"Hay que prestar también especial atención a la adoración eucarística, y en cada diócesis debe haber iglesias o capillas específicamente dedicadas a ello".


"Tengo la intención de convocar una Visita Apostólica en algunas diócesis de Irlanda, así como en los seminarios y congregaciones religiosas".


"Propongo que se convoque una misión a nivel nacional para todos los obispos, sacerdotes y religiosos" para llegar "a una valoración más profunda de vuestras vocaciones respectivas, a fin de redescubrir las raíces de vuestra fe en Jesucristo".


Sigue prevaleciendo la visión del pecado por sobre el delito. El contenido transcripto mereció el repudio por parte de las agrupaciones de víctimas en Irlanda.


En cuanto a la reparación del daño desde el punto de vista económico se ha manifestado en el pago de miles de millones de dólares (sólo en diócesis de EE.UU.), y movidas por la intención de “comprar” el silencio de las víctimas, y no sentar en el banquillo de los acusados a los sacerdotes delincuentes, que por un honesta voluntad de resarcimiento.


12. ¿Casos en la Arquidiócesis de Mendoza?


Ante el silencio de las autoridades eclesiásticas locales, podría pensarse que no han existido casos de abusos sexuales en Mendoza. Permítasenos la duda.


Nuestro escepticismo se funda en un hecho de censura acaecido en el blog del obispo auxiliar de Mendoza. El post titulado “Abusos” publicado el 13 de marzo de 2010, registra siete comentarios de los cuales dos están eliminados.


En efecto, a fin que las autoridades informaran sobre la existencia de casos en Mendoza se formularon preguntas al respecto. Lamentablemente, las dos últimas respuestas que se dieron a las preguntas fueron eliminadas, censuradas. La censura figura así: “Anónimo dijo... Un administrador del blog ha eliminado esta entrada, 17 de marzo de 2010 13:34. Anónimo dijo... Un administrador del blog ha eliminado esta entrada, 17 de marzo de 2010 13:38”. Asimismo, un “administrador” cambió la configuración del blog para limitar la libertad de expresión de los bloggers. Sólo los miembros de ese sitio pueden publicar comentarios.


Por lo tanto, sería importante que el titular del blog esclareciera no sólo la irregularidad sino que informe si alguna vez existieron casos de abusos sexuales en Mendoza, y en caso afirmativo, qué procedimientos se siguieron.


Otra referencia tiene que ver con un hecho que involucró a la iglesia local con un sacerdote abusador sexual. Nos referimos a las gestiones que el obispado de Mendoza realizó ante la Santa Sede para que se le otorgara un título honorífico (“Prelado de honor de su Santidad”), a un sacerdote que había sido expulsado del ejército español por abusador sexual y con antecedentes de pedofilia en Puerto Rico (Cf. “Un cura expulsado del Ejército por acoso logra el título de prelado de honor del Papa” en www.levante-emv.com/comunitat-valenciana/2008/.../469422.html).


Las explicaciones que dio el obispo local fue que había sido engañado en su buena fe. Las respuestas que nunca brindó fueron si se había pedido la nulidad del acto ante el Vaticano (se supone que si hubo engaño, el acto estaba viciado), si se solicitó una sanción al sacerdote por el acto doloso cometido, y si en el informe presentado a Benedicto XVI - por la visita ad limina Apostolorum que se efectuó en 2009 junto con el obispo auxiliar -, constaba el “engaño” sufrido.


Tampoco se supo si el sacerdote en cuestión había incurrido en el delito de simonía – con la coautoría de los funcionaros eclesiásticos locales -, quiénes intervinieron en las gestiones, qué investigación se llevó a cabo, si se aplicaron sanciones al clero local y si el abusador continúa siendo “Prelado de Honor” de Benedicto XVI.


13. Epílogo


El jurista Joaquín Navarro Esteban sostuvo que “El Derecho sigue siendo tres preceptos: vivir dignamente, no hacer daño a otro y dar a cada uno lo suyo. Así de sencillo y difícil” (Cf. Rodríguez P., La vida sexual del clero, ediciones B, Bs. As., 2002).


Se ha demostrado que el orden jurídico de la Iglesia – en materia de abusos sexuales - no contiene garantías ni derechos que permitan cumplir con aquellos tres preceptos respecto a las víctimas. El sistema diseñado ha contribuido a la protección de los delincuentes mediante la violación de los referidos principios y garantías reconocidas tanto por ordenamientos jurídicos nacionales como por tratados internacionales sobre derechos humanos. Un sistema garante de la impunidad.


Ha quedado claro el ejercicio abusivo del poder por parte de los obispos, su incompetencia e ineptitud para tratar temas de carácter jurídico y procesal, el error en dar preeminencia a la visión de pecado sobre el delito, la complicidad de la jerarquía en el encubrimiento, silencio y ocultamiento de los abusos; el silencio impuesto a las víctimas. Asimismo, se demostró que la seguridad jurídica dentro de la institución está reducida a su mínima expresión, y en muchos aspectos, tergiversada y manipulada.


Justificar la existencia de un sistema como el católico, antijurídico y lleno de carencias, bajo el pretexto que la Iglesia tiene un fin sobrenatural no sólo implica subvertir principios, derechos y garantías reconocidos universalmente sino que deja bastante mal parado el supuesto “reino” sobrenatural.


“En la Iglesia cuando ocurrían estos casos de abusos sexuales por parte de un sacerdote, la prioridad era el "bien de la Iglesia" para lo cual se buscaba evitar el escándalo” (Cf. “Pedofilia en la Iglesia: nuevos datos comprometen al Papa”, en www.clarin.com/diario/2010/04/18/).


Se leyó bien: El “bien de la Iglesia” sobre el bien de los niños y niñas abusados; el silencio y encubrimiento de los abusadores sobre la contención, reparación del daño y la justicia. Lo perverso sobre lo humano.


Dice Eugen Drewermann “… la Iglesia no sólo no puede ayudar al hombre, sino que, por su constitución clerical, no muestra el más mínimo interés por los verdaderos problemas humanos; sólo está interesada en ella misma. El egocentrismo clerical es el canto del cisne de la religión” (Clérigos, psicograma de un ideal, Madrid, Ed. Trotta, 2005).


Miles de abusos sexuales impunes, prescriptos y sin reparación del daño, cometidos por sacerdotes durante decenas de años contra niños y niñas que les fueran confiados ratifican aquella aseveración.


Carlos Lombardi es constitucionalista UNCuyo.

¿Quién es la “nueva” derecha?

¿Quién es la “nueva” derecha? Nils Castro (Argenpress)

Sería ingenuo esperar que los éxitos electorales alcanzados por partidos y movimientos de izquierda en varios países latinoamericanos, y la correspondiente instalación de gobiernos progresistas, se repetiría sin suscitar una contraofensiva de las derechas y de los intereses imperiales o transnacionales vinculados con ellas. Pero ahora esta contraofensiva no es una mera reedición voluntariosa de las derechas que conocíamos, sino que se acompaña de novedades que será preciso evaluar.


Los logros que dichas izquierdas obtuvieron desde finales de los años 90 expresaron respuestas populares tanto al deterioro de la situación material y de las expectativas de grandes masas de latinoamericanos, como al correspondiente cambio de su estado de ánimo en el momento de ampliarse sus posibilidades de reacción política. Sin embargo, con los matices propios de sus respectivas circunstancias nacionales, tales éxitos fueron victorias conseguidas específicamente en el campo político, sin que, hasta ahora, esas victorias contaran con las condiciones requeridas para remecer otros planos sociales.
Aún así, estas izquierdas han probado que, hasta el actual nivel del desarrollo e inquietud sociopolítica de sus países y de la región, ellas no solo son capaces de administrar al régimen capitalista mejor que las propias derechas, sino que también pueden hacerlo de formas que han mejorado significativamente las condiciones de vida de millones de latinoamericanos. Aunque, asimismo han mostrado que todavía no pueden remplazar, por esta vía, al régimen existente por otra formación histórica más avanzada. (1)


La contraofensiva
Si bien en el terreno político el gran capital y sus políticos, partidos y medios de comunicación sufrieron un importante revés en esos países latinoamericanos, los núcleos principales de la derecha conservaron sus instrumentos básicos de actuación, penetración y poder. Pese al inicial desconcierto que hayan padecido en el plano subjetivo, en lo esencial salvaron los instrumentos básicos del sistema político previamente establecido, así como el control de los medios periodísticos más poderosos. Es decir, en estos años las izquierdas vencieron políticamente a las formas tradicionales de las derechas, pero no derrotaron a la derecha como tal.
Al cabo, tras una gradual revisión de estas experiencias, los talentos y medios de comunicación de las derechas, hegemonizados ahora por el capital financiero, decantaron y renovaron sus opciones estratégicas y reactualizaron sus opciones políticas. Desde entonces, su contraofensiva ha venido articulándose tanto en los países donde alguna corriente de la izquierda les ganó elecciones, o estuvo cerca de ganárselas, como también donde eso no ocurrió.
El clima propicio para que esa contraofensiva pueda incidir en las capas sociales subalternas se benefició con el ambiente de confusión ideológico cultural que vino tras el reflujo de los proyectos revolucionarios de los años 60 y 70, el colapso del Campo Socialista y la URSS, la ofensiva neoconservadora y el “pensamiento único” de los 80 y 90, junto con la falta de alternativas políticas que darle a los malestares e inconformidades sociales desatados tras los subsiguientes “reajustes” neoliberales, con sus abusivos y desoladores efectos.
En ese ambiente, la ofensiva político cultural de la derecha neoliberal encontró más críticas que contrapropuestas de la izquierda y, por consiguiente, una oportunidad de recoger y abanderar en su provecho parte de los disgustos y frustraciones sociales característicos de aquel período.
A la postre, hemos presenciado una metamorfosis de la derecha que, a su vez, adicionalmente busca inducirle a las izquierdas una metamorfosis paralela, moldeada a la medida del interés estratégico de esa “nueva” derecha. (2)
Para tales propósitos, la participación de agencias oficiales, fundaciones privadas e intereses empresariales de Estados Unidos y de algunos países europeos no se ha ocultado.
Ejemplo ostensible es lo que en Panamá el sarcasmo local llamó “el pacto de la Embajada” cuando, durante la campaña electoral del 2009, la embajadora norteamericana invitó a las personalidades políticas locales a presenciar desde su residencia la toma de posesión del presidente Barack Obama. Durante la velada, mientras los demás invitados miraban la pantalla, sin disimular apariencias los auxiliares de la anfitriona llevaron a la sala contigua a los dos principales contrincantes de derecha, los cuales allí acordaran la alianza que poco después permitiría derrotar al gobernante partido socialdemócrata e instaurar un régimen de “nueva” derecha. Una batería de fotógrafos de prensa, citados de antemano, cubrió esa reunión paralela, sin ocuparse de Obama.


Se articula otro modelo
Al hablar de la emersión de una “nueva” derecha en América Latina no suponemos que ella sea una corriente política e ideológica homogénea en toda esa diversidad de países, ni que la misma exprese un modo de pensar y de actuar que pueda considerarse inédito. En realidad, se trata de un conglomerado donde coinciden múltiples intereses, cuyos objetivos medulares, métodos y discurso tienen antiguos precedentes en la reacción chovinista que en Europa se opuso a aceptar la liberación de las colonias en África y Asia y, de forma más ostensible y reciente, en la versión estadunidense de Revolución Conservadora angloamericana de los años 80.
Las derechas tradicionales latinoamericanas como expresión política de las élites socioeconómicas u “oligarquías” asociadas a una hegemonía foránea estuvieron íntimamente asociadas a los regímenes de democracia restringida y de dictadura militar que predominaron en los años de la Guerra Fría, en dos sentidos. El primero porque en época de las movilizaciones democráticas, nacionalistas y progresistas de los años 60, tocaron a las puertas de los cuarteles para solicitar la represión e instaurar gobiernos autoritarios. El segundo porque, al amparo de los consiguientes regímenes dictatoriales, no solo salvaron sus antiguos intereses sino que incursionaron en las nuevas oportunidades del capitalismo dependiente, como las del sector servicios, tanto más prometedoras en tiempos de globalización.
No obstante, en los 80 ya era inocultable que las sociedades latinoamericanas así como el propio capitalismo no solo habían crecido sino que se habían vuelto mucho más diversificadas y complejas, experimentaban nuevas necesidades y demandaban formas de gestión más avanzadas. Como asimismo requerían otro género de gobiernos, capaces de infundir esperanza en las reformas neoliberales, coordinar su aplicación y administrar políticamente su implantación y consecuencias.
Para ello se requerían transiciones controladas dirigidas a constituir regímenes más legitimados y eficientes, con renovados espacios para la distensión social, la circulación de ideas y la innovación. La disyuntiva quedó entre propiciar una democratización dosificada o atenerse a las opciones de desorden o revolución que ya empezaban a incubarse. Eso implicó que la propia élite socioeconómica y sus formas de expresión política también debieron llevar a cabo sus respectivas transiciones a nuevas formas de gobernar. Donde la oligarquía local fue renuente, sus poderosos asociados foráneos debieron intervenir más directamente en la tarea de empujar esa evolución. (3)
En la necesidad de disponer de nuevas alternativas políticas, ese fue un período de “modernización y mundialización política” propicio para las performances de la democracia cristiana. Como asimismo la de partidos y dirigentes tímidamente socialdemócratas, salidos unos de la reconversión de personalidades liberales y otros de la asimilación de ex socialistas reblandecidos por los rigores de la Guerra Fría. A la postre unos y otros a veces en remplazo de los antiguos partidos liberales y conservadores serían los beneficiarios políticos visibles de los pactos de transición previamente negociados con los altos mandos militares y sus entornos civiles empresariales. (4)
Pero tarde o temprano cualquier transición al final se agota. Los nuevos regímenes de democracia pactada y restringida, casi siempre uncidos sin remedio a la misión de administrar las reformas neoliberales las aperturas y privatizaciones, así como la reducción y desmantelamiento de las facultades y los poderes del Estado , poco más tarde debieron asumir la responsabilidad por las trágicas secuelas sociales y los descontentos que esas reformas precipitaron, y sus altos costos políticos. Regímenes que por un tiempo gozaron de buen nombre y cierta autoridad cívica unos años después fueron desbordados por la inconformidad popular. (5)
Al cierre de ese período, lo que quedó fue una extendida percepción no solo del descalabro económico, sino también del agotamiento del sistema político instaurado tras la “oleada” democrática, incluido el agotamiento de sus partidos y liderazgos más representativos. Se generalizó la tendencia igualmente instigada por los grandes medios de comunicación a responsabilizar al sistema institucional, a los partidos y estilos políticos, y a los parlamentos, por las consecuencias de la gestión neoliberal: la fragilidad del empleo, la degradación de los servicios y la seguridad sociales, el individualismo insolidario, la corrupción, la inseguridad en las calles, la angustia de las clases medias, etc.
Desde luego, si al Estado se le quitaron las facultades y medios necesarios para regular la economía e intervenir en su curso, eso dio ilimitadas libertades a los inversionistas y especuladores para ampliar los negocios lícitos y también los ilícitos. Con esa liberación de las actividades económicas y financieras también vino su desmoralización, con sus conocidas consecuencias en el campo de la seguridad ciudadana y la seguridad pública.
¿A quién culpar, después, por estos los nuevos males? ¿Qué hacer para acabar con ellos, y de una vez por todas? Para la derecha, los males que ella previamente causó a través de la desregulación ahora deberán remediarse por medio de la “mano dura”. Porque para la crónica desaprensiva o intencionalmente superficial la culpa está en las malas costumbres y los individuos, ya sea porque es más difícil desentrañar las estructuras y procesos sociales o, antes bien, porque se quiere evitar que se las cuestione. Mientras los medios académicos y los líderes de izquierda investigan, explican y comparan opciones y propuestas, a la “nueva” derecha le basta una argumentación más cosmética y expedita, exenta de mayores fatigas intelectuales.
Porque esa derecha viene a salvar el fondo y los afanes del sistema socioeconómico vigente, buscando no apenas preservarlo sino “liberarlo” del fárrago de restricciones que el humanismo, la tradición liberal y las conquistas del movimiento popular le habían impuesto en anteriores tiempos, y reinstaurar las formas de hegemonía y de gestión de clase que más le convienen. Esta derecha busca desnudar la economía capitalista para restablecer las reglas del capitalismo salvaje y viene determinada a tomar un atajo para ejecutar ese propósito sin lastarlo con pudores, antes de que alguien más se adelante a levantar otra alternativa. De allí el estilo macho propio de tal misión reaccionaria, que no acepta perder tiempo en escrúpulos ni disquisiciones.
Con lo cual esa derecha es “nueva” por sus métodos, formas y procedimientos, mientras que sus intenciones y contenidos son más retrógrados que conservadores. Sin viejos disimulos, sus objetivos vienen de época anterior al desarrollismo de tiempos de la postguerra.


Nueva derecha y racismo postmoderno
En la Europa de los años 80, bajo la ofensiva neoconservadora de la premier Margaret Tatcher y el presidente Ronald Reagan asociada a su vez a la implantación del neoliberalismo , algunas de las categorías conceptuales que caracterizaron al quehacer político y cultural de la postguerra cambiaron de preeminencia. Con el impacto de los cambios tecnológicos, los imponderables de la globalización, las crisis económica y sociocultural, el cuestionamiento de los sistemas políticos y de representación, el crecimiento de la inmigración, el miedo al desempleo y a la pérdida del status social, se incrementaron las fobias xenofóbicas y racistas en detrimento de las diversas manifestaciones de la lucha de clases.
Entró en escena una derecha postindustrial que ya no invocaba la tradición fascista, sino que postuló la defensa de la identidad nacional amenazada por la globalización cultural, criticó el desmantelamiento de los beneficios del Estado de Bienestar, reivindicó la preferencia por los connacionales sobre los inmigrantes, y repudió la renuncia a las cuotas de soberanía cedidas en los procesos de integración a asociaciones supranacionales como la OTAN y la Unión Europea.
El rechazo a los inmigrantes encabezó las consignas de los nuevos partidos de extrema derecha. El dilema entre el nacionalismo y el cosmopolitismo, la preferencia por el mestizaje, que desde los años 60 había prevalecido como expresión positiva de la internacionalización de la cultura, en los 80 perdió terreno frente a la opción excluyente que salió a exigir que se erigieran entidades nacionales más cerradas y fuertes.
Como expresión teórica de esa alternativa destacó la llamada Nueva Derecha francesa. Su vocero más notorio, Alain de Benoist, ya en los años 60 había militado en el nacionalismo colonialista que rechazó el diálogo y la paz en la guerra de Argelia. Esta derecha reivindicó que Francia se constituyera en baluarte de la preeminencia europea y defensora de la superioridad del hombre blanco respecto a los pueblos “inferiores”, lo que conllevaba demandar un Estado fuerte, autoritario y corporativo. Pero no lo hizo blandiendo meras consignas, sino procurando sustentar esas ideas como partes de una concepción más abarcadora y sistematizada.
Tras la derrota en Argelia, la derecha tradicional francesa quedó subsumida por el gaullismo. En los años 80 esa Nueva Derecha elaboró una propuesta doctrinal dirigida a devolverle independencia y discurso a ese sector. Como movimiento intelectual “metapolítico”, trabajó al margen de los partidos y desarrolló un corpus doctrinal con el que fundamentar una “verdadera cultura de derecha” el cual, además del tema migratorio, también abarcó otros asuntos polémicos, como los de la irrupción del tercer mundo, el aborto, la revisión crítica del cristianismo, del liberalismo y del marxismo, el cuestionamiento de la Unión Europea y el del imperialismo norteamericano.
Ese movimiento se reconoció influido por la “Revolución Conservadora” alemana de tiempos de la República de Weimar, nutrida por Nietzsche, Mohler, Jünger, Heidegger, Spengler y otros, que en su época rechazó los legados de la Revolución Francesa y del liberalismo decimonónico. Alegó asimismo que el factor cultural en particular las creencias y representaciones simbólicas es quien condiciona la voluntad y la acción humanas y que, por ende, las ideas dominantes son el eje del devenir de la historia, antes que cualquier otro factor, como la economía.
Ese movimiento también postuló una concepción biológico cultural que exaltaba la raíz indoeuropea de dicho “pueblo europeo”, cuya identidad defendió frente a la colonización cultural angloamericana y la penetración de inmigrantes de otras regiones, especialmente del tercer mundo.
Por otra parte, denunció la presunta hipertrofia del igualitarismo y el universalismo derivados del cristianismo y de las ideas del siglo XVIII y emprendió una crítica general de la cultura occidental y la modernidad, en sus aspectos tanto religiosos como seculares, junto con una crítica de la sociedad mercantilista y de consumo. (6)
En los años de la Guerra Fría, Benoist sostuvo que Europa debía resurgir “frente a la dictadura del Gulag y la del Bienestar”. Tras el derrumbe del llamado Campo Socialista, sostuvo que el principal enemigo era el liberalismo atlántico americano u “occidental”, así como sus “sucedáneos” la socialdemocracia y el modelo de democracia basado en un consenso pasivo subordinado al egoísmo del interés económico. A la vez, negó que sobre la diversidad de los pueblos pudiera implantarse un modelo único de democracia, y postuló una democracia orgánica que, fundada en la soberanía nacional y popular, no sería antagónica a un poder fuerte porque plasmaría las nociones de autoridad, de selección y de élite.
En ese contexto, Benoist señaló un conjunto de otros problemas contemporáneos. Con la premisa de que hoy por hoy los conocimientos se multiplican aceleradamente sin que el conjunto de sus consecuencias llegue a comprenderse, y que a la par el mundo integrado por conjuntos cerrados es remplazado por uno constituido por redes interconectadas, argumentó que es indispensable revisar las ideas y la institucionalidad vigentes.
En particular, destacó la impotencia de los partidos, los sindicatos, los gobiernos y las demás formas establecidas para la conquista y el ejercicio del poder. A lo que añadió la obsolescencia de los campos y delimitaciones que tradicionalmente habían caracterizado a la modernidad, tales como el caso de la distinción política entre la derecha e la izquierda, que la Nueva Derecha remplazaría. (7)
En el plano moral, Benoist criticó a la sociedad contemporánea que, por demasiado permisiva, propicia la pérdida de los valores morales, y señaló un conjunto de males que afectan a millones de personas, como la inseguridad en las calles, la violencia generalizada, la precariedad de la vida, la “barbarización” de las relaciones sociales y la pérdida de la cultura del respeto, etc.
En contrapartida, abogó por fortalecer la familia y los signos de la identidad nacional, que el pensamiento neoconservador cree fundamentales para recuperar la cohesión y disciplina sociales frente a las amenazas de la multiculturalidad social. Asuntos que, recalcó, exigen un claro establecimiento de las jerarquías, una mayor preeminencia de las obligaciones frente a los derechos y, desde luego, fortalecer la autoridad.
Con la diversidad de matices que caracterice a cada tiempo y circunstancia locales, los postulados de Benoist aún expresan a gran parte de la extrema derecha y, bajo el centelleo de los estilos y recursos actuales, el de la “nueva” derecha.


Antecedente político
Unos años después, a comienzos del siglo XXI era evidente que los principales referentes de la derecha europea los De Gaulle, Andreotti, Tatcher, Kohl o Chirac aún correspondían al estado de cosas que reinaba cuando esa región se dividía en dos bloques, el Oriental y el Occidental, respectivamente sujetos a las hegemonías soviética y estadunidense (8). Mas la perspectiva principal de los europeos había pasado a ser otra: construir una Europa unitaria capaz de congregar un gran espacio económico y político emancipado de la tutela norteamericana.
En su etapa inicial, el motor de las transiciones que permitieron avanzar en el proyecto de la Unión Europea fue la fogosa socialdemocracia de aquel entonces, que todavía no daba signos de abandonar el proyecto social ni la identidad política que históricamente la habían caracterizado, los cuales más tarde perdería junto con buena parte de su credibilidad y electores tras su conciliar sus propuestas con las del neoliberalismo, bajo el influjo oportunista de la “tercera vía”.
A la sazón, los personajes más encumbrados de la derecha europea eran José María Aznar y Silvio Berlusconi, ninguno capaz de liderar un nuevo proyecto regional para esa vertiente política. Aznar, por su incapacidad para trascender su formación franquista. Berlusconi, por su catadura moral, subordinada a su avidez empresarial. Ambos, aferrados a sus respectivos localismos políticos que, lejos de entender la globalización como una oportunidad a escala europea, se reducían a tomar sus respectivos países como cotos donde fortalecer sus intereses partidistas, con el control y hasta la apropiación de los medios de comunicación y de las empresas por privatizar. (9)
Así las cosas, tras la desaparición de la URSS, los cambios en China y el aceleramiento de la globalización, al acercarse el siglo XXI en Europa la derecha aún carecía de un proyecto y un liderazgo actualizados, mientras que la socialdemocracia antes unos que otros había iniciado la degradación de su consistencia programática y política, lo que ahora todavía busca cómo remediar. El liderazgo desempeñado por el Gerhard Schroeder de los primeros tiempos y por Leonel Jospin en la construcción del proyecto europeo aún demoraría en ser remplazado por el de los derechistas Ángela Merkel y Nicolás Sarkozy.
En esa coyuntura, la formación de una “nueva” derecha ajustada a las expectativas posteriores a la Guerra Fría encontró dos posibles vertientes: por un lado la legada por la revolución conservadora que los gobiernos de Reagan y Tatcher impulsaron en los años 80 y, especialmente, los respaldados por los neoconservadores o neocons que en los 90 dominaron ambos períodos de George W. Bush. Por el otro, la versión europea, crítica de la hegemonía angloamericana, sostenida por la Nueva Derecha francesa.


La Revolución Conservadora
En Estados Unidos, la revolución conservadora se empeñó en acabar con los frutos de medio siglo del New Deal de Franklin D. Roosvelt y los de la Gran Sociedad de Lyndon B. Johnson, que constituían el núcleo de las herencias del movimiento liberal estadunidense como, por ejemplo, la política fiscal dirigida a garantizar la adecuación de la demanda social, el esfuerzo por redistribuir el ingreso a favor de los ciudadanos de menores ingresos mediante instrumentos como la seguridad social, y la creciente regulación pública de ciertos sectores estratégicos como el complejo militar industrial. Luego de que por varios decenios los estadunidenses habían percibido al Gobierno como un amigo paternal, el mandato de Reagan se inició con el slogan de que “el Gobierno es el problema, no la solución”, y se orientó a un brusco recorte de las facultades y servicios del sector público.
Esa ofensiva conservadora buscó eliminar las políticas de acuerdo social instauradas desde la postguerra, cónsonas con la ampliación de las libertades públicas, los derechos sociales, la orientación keynesiana de la economía y el Estado de Bienestar, que ya eran parte del patrimonio sociocultural de la población. De esta forma, se limitó la participación del Estado en la economía a través de la desregulación y las privatizaciones, se redujeron los impuestos a la minoría más adinerada y se incrementaron los gastos militares.
A la vez, como expresión de una política muy ideologizada, se marginó a los sindicatos y demás organizaciones sociales de la toma de decisiones y se insistió en que sus demandas eran incompatibles con la racionalidad económica y el interés nacional. Quienes no comulgaban con las tesis neoliberales de desregulación de los mercados, eliminación del sector público empresarial y equilibrio presupuestario más allá de los ciclos económicos, fueron sistemáticamente marginados de los medios académicos, servicios de consultoría, organismos multilaterales y grandes medios de comunicación. Al avanzar los años 80, el predominio de esas tesis fue tan asfixiante que se impusieron como pensamiento único.
No obstante, la revolución conservadora al cabo perdió aliento, luego de sumir a Estados Unidos en el mayor déficit fiscal de la historia, generar un aumento exponencial de la desigualdad y la exclusión sociales, y provocar una cadena de crisis financieras que tuvieron crecientes efectos internacionales a consecuencia de la globalización. El desencanto social decidió las siguientes elecciones.
Sin embargo, el regreso al Gobierno de los demócratas estadunidenses y de los laboristas británicos dejó a la vista que la revolución conservadora ya había arraigado en la cultura política de ambos países. Los gobiernos de Tony Blair y Bill Clinton respetaron las tesis básicas del conservadurismo, conformándose con implantar lo que Joaquín Estefanía denominó “un tetcherismo y un reaganismo de rostro humano”. (10)


Los neocons
Mientras gobernó el Partido Demócrata, los técnicos norteamericanos de la revolución conservadora permanecieron atrincherados en una amplia diversidad de fundaciones y think tanks financiados por poderosas transnacionales. Y durante ese lapso elaboraron el llamado Proyecto para un nuevo siglo americano, su propuesta doctrinaria para el lanzamiento de una gran ofensiva neoconservadora para el siglo XXI de donde les viene el apelativo de neocons .
Personajes como Cheney, Wolfowitz, Perle, Rumsfeld, Rice, Ashcroft, Kristoll y Kagan, entre otros, como continuadores reciclados del conservadurismo de los años 80, adoptaron a Geoge W. Bush como candidato, fusionaron al “partido de las ideas” con el “partido de los negocios” y contribuyeron denodadamente a derrotar la candidatura demócrata de All Gore. Entendieron su misión como una cruzada destinada a implantar una época conservadora en el plano cultural y moral, a erradicar la concepción laica de la vida desde la obligatoriedad del rezo en las escuelas públicas hasta la proscripción de la teoría de Darwin , a combatir al igualitarismo, el ecologismo, al feminismo y la tolerancia sexual, así como a entronizar la preeminencia de la seguridad sobre las libertades cívicas.
Para imponer esa nueva época, los neocons se figuraron tal cruzada como una contrarrevolución permanente con objetivos de mediano y largo plazos para maximizar sus realizaciones y consolidar su perduración. (11)
Obsesiones suyas son hacerle frente al debilitamiento de la hegemonía estadunidense y a la decadencia de su concepción de la democracia occidental, para “restaurar” un cuerpo social debidamente ordenado, disciplinado y jerarquizado. De allí su apremio por convertir la percepción de incertidumbre provocada por la globalización y por la crisis en un temor social por la seguridad, en transformar las controversias políticas y socioeconómicas en conflictos etnoculturales y religiosos, en crear y señalar “enemigos” y amenazas que justifican generalizar medidas de excepción, y descalificar a todo crítico y alternativa política.
Su objetivo es barrer las limitaciones dejadas por las pasadas reformas liberales y movimientos cívicos. Manifestaciones suyas son tanto las políticas directamente dirigidas a beneficiar a las grandes corporaciones como la defensa del fundamentalismo cristiano, así como entronizar la noción norteamericana de civilización y democracia occidentales por cualquier medio, incluso el militar. El apogeo de su influencia se desató con el máximo aprovechamiento de la oportunidad que les fue deparada por los brutales atentados del 11 de Septiembre, ocasión que les permitió ampliar su incidencia sobre los mayores medios de comunicación, acotar y retrotraer libertades públicas y derechos ciudadanos, así como desatar las guerras más empresariales que punitivas y culturales de Irak y de Afganistán.


La “nueva” derecha española
Por su parte, la “nueva” derecha española, en tanto que movimiento, es una mezcla de innovación y conservadurismo, y de agresividad rupturista con apelación a los valores de la época franquista. Su agresividad apabulla las posiciones de la derecha centrista y democristiana aparecidas durante la transición postfranquista, que respetaron la institucionalidad democrática. En contraste, esta derecha no solo llama a quebrar las restricciones que la democratización le impuso a la clase dominante, sino a plasmar la “imagen invertida de la revolución permanente”, dándose el papel de “fuerza ordenadora de un mundo inestable y amenazado, sometido a terrorismos de enorme ubicuidad y fuerzas morales perversas”. (12)
Como cabeza, pues, de una contrarrevolución permanente destinada a restaurar el orden que la transición democrática y la renovación capitalista “corrompieron” en los últimos lustros, esta “nueva” derecha demanda acciones tan extremas como la guerra. Pero ya no contra el terrorismo, la delincuencia y las drogas, sino contra cualquier elemento susceptible de convertirse en “enemigo interno”. Asimismo, reclama instaurar la “autodefensa preventiva”, que implica no solo hacer a un lado el orden jurídico que ampara los derechos ciudadanos, sino entronizar las políticas de excepción y los métodos policiales como pauta de gobierno, sin esperar a que el presunto enemigo cometa los actos que se le presuponen.
Tales argumentos, más que representar un corpus intelectual a la usanza de la Nueva Derecha francesa, exhiben un discurso que reacomoda reminiscencias de la ideología franquista con planteamientos del reaganismo norteamericano de los años 80. Pero coinciden en idéntico afán por desterrar los valores de la Revolución Francesa, el liberalismo y las conquistas de las revoluciones europeas de 1968, a lo que se agregan las obsesiones reaganistas contra la equidad social y etnocultural, el sindicalismo, el feminismo, la tolerancia sexual, el ecologismo y demás conquistas de la democracia avanzada, y contra los pueblos y personas de fe islámica.
Por otra parte, frente a los síntomas de esclerotización y pérdida de eficacia del sistema político establecido, de sus partidos y sus instituciones parlamentarias, así como ante la insensibilidad de los medios de comunicación frente a las nuevas necesidades y demandas sociales, esta derecha procura presentarse a sí misma como una opción antipolítica crítica del sistema establecido y como la opción extrasistémica capaz de cambiarlo. Por consiguiente, pretende ser la nueva vocera y alternativa del olvidado hombre común, de sus miedos y sueños frente a un sistema político insensible y agotado.
De este modo asume un acentuado perfil populista, que constituye una de sus características más notorias. Perfil a su vez reforzado por la sagacidad de la “nueva” derecha para asumir a los medios y las técnicas de comunicación y publicidad masivas como el instrumento político capaz de servirle como alternativa frente a la decadencia de los instrumentos tradicionales de organización y acción político electorales. Y, además, de traducirlo en una resuelta disposición para explotar el campo mediático al mejor estilo norteamericano.
En América Latina, la “nueva” derecha se apoya medularmente en este recurso, al que prioriza a cualquier costo, nutriéndolo con las mejores asesorías, tanto norteamericanas como de latinoamericanos formados en la escuela estadunidense de estudio y manipulación de la opinión pública.


Retóricas por realidades
Hoy vivimos y se compite políticamente en medio de demandas y tensiones sociales más complejas y dinámicas que aquellas en las cuales se fundaron los actuales sistemas de representación y gestión política. Las normas y organizaciones sociopolíticas tradicionales han perdido confianza pública, mientras que los medios de comunicación más poderosos superan la capacidad de los partidos tradicionales para contactar y orientar a una masa plural de fracciones sociales que carecen de otras vías para percibir e interpretar la realidad. En estas circunstancias, el populismo de derecha adopta la industria de la comunicación como vehículo de performance que remplazando a la vieja propaganda entroniza una retórica destinada a suplantar la realidad, a la vez que alinea a los medios más penetrantes como instrumentos de poder político.
Las retóricas mediáticas se explotan como un sucedáneo que acomoda y remplaza la realidad efectiva para un público económica, social, cultural y demográficamente segmentado, que tiene limitadas posibilidades de percibir y entender al conjunto de la situación, y de compartir sus interpretaciones.
Quien domina los medios está en ventaja para imponer la agenda temática alrededor de la cual se enfoca el interés y el consiguiente debate de la mayor parte de la sociedad, así como para calificar a sus actores y argumentos. El predominio mediático permite destruir o construir reputaciones tanto de ideas y personas como de proyectos y propuestas, lo mismo que tergiversar unas opciones o relegarlas al anonimato o la marginalidad, y de ayudar a que otras puedan prevalecer.
Con ese respaldo, el populismo de derecha puede convertir esa nueva forma de presentar la opción reaccionaria en una alternativa más generalizada y “popular” que la izquierda; sobre todo cuando ésta última no ha sabido renovar y promover sus propuestas a través de lenguajes y métodos más frescos, accesibles y persuasivos.
Como observa Emmanuel Rodríguez (13), en esa explotación del modelo que articula dichos moralismo, radicalidad, populismo y estrategia mediática igualmente coinciden tanto los neocons norteamericanos como Silvio Berlusconi. Aparte de que dichos medios de comunicación “normalmente” son propiedad o están bajo control de intereses social, económica e ideológicamente afines a los patrocinadores de las campañas neoconservadoras, finalmente constituyen un conglomerado capaz de encumbrar la iniciativa neoconservadora por encima de los correspondientes partidos conservadores. En no pocas oportunidades el “estado mayor” del conglomerado mediático el “partido” mediático le fija la agenda al partido tradicional, invirtiendo los términos entre el manipulador informativo y la organización política que da la cara por él.


Parecidos de familia
Así pues, cabe reconocer un conjunto de características que las diversas modalidades de la “nueva” derecha comparten en uno u otro grado en Estados Unidos y América Latina. Sin agotar la lista, ni suponer que todos estos rasgos invariablemente deben aparecer en cada uno de los casos, sobresalen los siguientes:
1. La pretensión y el discurso mesiánicos, según los cuales la perduración del orden sociocultural y económico “occidental y cristiano” o alguna noción equivalente está amenazado por los excesos del legado liberal, la permisividad, la decadencia del sistema político tradicional o las ideas revolucionarias o socialistas, amenazas que hacen necesario anticipar una enérgica cruzada correctiva para restaurar los valores morales tradicionales, reinstaurar el orden, la disciplina y las jerarquías sociales, restablecer la seguridad pública y garantizar el buen gobierno y mejorar la rentabilidad del capital.
Esa intención correctiva, y la demagogia que la proclama, idealizan un orden político y moral históricamente ya pasado, y aspira a retrollevar la sociedad nacional a ese estado anterior, lo que identifica literalmente el propósito retrógrado o reaccionario de ese movimiento, pese a la novedad “revolucionaria” de sus formas y métodos.
2. La invasión del campo clásico de la política por un conspicuo personaje de determinada fracción o grupo de la élite empresarial y de sus operadores directos. Ello se justifica con la presunción de que el estilo de decisión y mando característico de la gestión empresarial es supuestamente superior y que se puede trasplantar sin más a la gestión pública. Esta invasión se excusa en el supuesto de que ese modo de dirigir hará menos deliberativa y más eficaz la administración del Estado, como si los procesos y confrontaciones sociales y las opciones para darles solución política se pudieran decidir por decreto.
Cuando el liderazgo político, o en su caso el gubernamental, se ejerce por interpuesta persona un dirigente que no es gran empresario , éste asimismo adopta un amaneramiento “ejecutivo”, que también busca descalificar al político profesional como ineficaz y prescindible. Ese manierismo retórico procura sugerir más eficacia pragmática que valores sociopolíticos, con la intención de mostrar a esos “nuevos” líderes y candidatos como si fueran actores dotados de exitosa experiencia empresarial o similares a quienes sí la poseen , esto es, como la oportunidad que el burgués competente le ofrece al país para implantar un nuevo tipo de gestión pública u “otra forma de gobernar”, para decirlo en palabras de Sebastián Piñera.
3. Sin embargo, el grupo económico que abandera la “nueva” derecha no ejerce su poder político para gobernar conforme al interés del conjunto de su clase, sino que conquista el poder público para coaccionar a los demás sectores de la burguesía y subordinarlos a sus intereses de grupo hegemónico, tal como lo hace Ricardo Martinelli. Y de idéntica forma, usa ese poder para castigar y someter a las organizaciones y personalidades representativas de las demás clases o grupos sociopolíticos y neutralizar todo foco de crítica o resistencia. El cumplimiento de estos propósitos no elude apelar sistemáticamente a prácticas como la intimidación, las penalizaciones extrajudiciales y el soborno, que se aplican de formas más o menos selectivas, discretas o públicas según las conveniencias coyunturales del momento en que se ejecuten.
4. Se adopta una retórica y actuación agresivas que introducen en el debate público determinado paquete de advertencias morales y un estilo cesarista y mesiánico, para instrumentar la exigencia de aplicar acciones extremas y medidas de excepción y adoptarlas como norma de gobierno. Por ejemplo, la reiterada apelación que George W. Bush hacía de citas bíblicas como argumento para imponer políticas de excepción, con las cuales su gobierno cercenó importantes derechos ciudadanos con el alegado fin de combatir espantajos externos como el terrorismo internacional, y espantajos internos como el narcotráfico, la inmigración o la pornografía.
En definitiva, lo que se combate no es el mal que se señala, sino el espectro construido a colación suya, con lo cual el tema se aprovecha para golpear a terceros, incluso más que a los propios causantes o actores reales del mal que se dice querer atacar.
Queda descartado, así, el discurso presidencial clásico, moderado y paternalista, que de esta forma se pierde ante un estilo rupturista, cuyo lenguaje mesiánico justifica destruir los consensos y acuerdos sociales, y eludir la legalidad, que antes dieron base a derechos ciudadanos básicos en materia de seguridad social, pensiones, educación, función representativa y negociadora de los sindicatos y organizaciones sociales, desde tiempos del New Deal y de la segunda postguerra mundial.
5. Para implementar ese cesarismo, destaca el afán obsesivo y apremiante por controlar y someter a los otros Órganos del Estado y demás instancias de la gestión pública, y de imponer una rápida concentración del poder en manos del Ejecutivo. Se adopta un estilo vertical de mando que reduce y estrecha los ámbitos de consulta y deliberación, que margina las organizaciones de la sociedad civil y pronto pone en crisis la institucionalidad democrática, desconoce sus campos de autonomía y normas de funcionamiento, anula la seguridad jurídica y desvanece los límites entre lo público y lo privado.
La “nueva” derecha, como la extrema derecha, no reconoce la legalidad como tal sino como obstáculo por eludir o remover.
Parte sustantiva del apremio por controlar o someter a los demás órganos del Estado tiene objetivos muy específicos: el Poder Judicial y el Ministerio Público para hacerlos de la vista gorda o para interpretar las normas según el interés político, económico o personal de la nueva autoridad, y para judicializar la represión a los críticos de las acciones gubernamentales. La del Poder Legislativo para modificar o remplazar las normas legales, y agregar las que vengan al caso para imponer como regla las decisiones de la nueva autoridad sin darse la molestia de consensuarlas.
6. A la vez, se entroniza una forma populista de mandar que, con masivo respaldo mediático, se apropia de los temas, estilos y rostros de mayor rating y se arroga la representación de la masa de los ciudadanos modestos y anónimos, prodigando promesas de ocasión para complacer sus demandas y anhelos, sin consideración por la factibilidad, la prioridad y la sostenibilidad de tales ofrecimientos, ni de su pertinencia respecto a una estrategia de desarrollo socioeconómico de mediano y largo plazos.
Como parte del charm populista buscado, la “nueva” derecha hace una prolija exhibición de actitudes, modos de vestir, procedimientos y prácticas que la hagan verse como “antipolítica”, contrariando las formas habituales de la política para pintarse con los rasgos de un género atípico de liderazgo presuntamente antisistémico o outsider que se suponga crítico del orden existente, a la vez que ajeno y contrapuesto a las opciones ofrecidas por las instituciones y dirigentes políticos ya conocidos, y al tiempo capaz de enderezarlas o remplazarlas sin demora. (14)
7. Redirigir los disgustos sociales sobre otros blancos, escogidos al efecto, lo que incluye desplegar una permanente ofensiva mediática en torno a determinadas ideas fuerza (seleccionadas conforme a los objetivos de la “nueva” derecha, la coyuntura política por sortear y las características y vulnerabilidades de los adversarios que se quiere descalificar). Por medio del énfasis reiterativo sobre ese núcleo temático se selecciona y caracteriza al enemigo a batir, ya sea la izquierda, los corruptos, los negros, los judíos, los inmigrantes, la delincuencia o el terrorismo (o alguna combinación de dos o más de ellos), para justificar medidas de excepción o represión que en la práctica afectarán a la mayoría de la gente.
Para esto, la “nueva” derecha escoge, atiza y teledirige malestares reales existentes en la población y los alinea contra los blancos que su campaña selecciona al efecto, para dirigir sobre ellos el disgusto colectivo. (15) Como, a la vez, construye metódicamente la imagen de un liderazgo y un propósito deseables, tales como “el cambio”, la seguridad en las calles o la cárcel para anteriores dignatarios. Quien domina los medios no necesita identificar la naturaleza del “cambio”, como tampoco probar la culpabilidad de los acusados, ya que el linchamiento mediático no lo requiere.
8. A menudo, en ese contexto la democracia real es remplazada por una simulación plebiscitaria, que lleva a votación ciudadana determinados temas que real o supuestamente son de interés público, “para que sea el pueblo quien decida”. Sin embargo, se retiene la selección y la formulación de tales temas, cuyo control permanece en manos del Ejecutivo, quien dedica al proceso una masiva campaña publicitaria que, con recursos públicos, apoya las opciones que le interesan.
Este procedimiento que fue uno de los predilectos de Benito Mussolini facilita que el gobierno eluda consultar y consensuar con otros sectores sociopolíticos las medidas que quiere adoptar, a fin de imponerlas con la excusa de que éstas se asumen por decisión “del soberano”. Lo que permite ocultar los planes efectivos que el gobierno se guarda para el mediano y largo plazos, que solo se revelan a medida en que el régimen convoca a nuevos plebiscitos.
9. Con frecuencia, a todo lo anterior se agrega un persistente afán por anunciar e inaugurar obras o acciones monumentales, no necesariamente imprescindibles pero siempre de gran impacto escénico y un costo muy elevado. Estas lo mismo podrán ser grandes edificios o remodelaciones urbanas, o también enormes movilizaciones militares de talla extracontinental, como las dos invasiones a Irak.


El clima y la ocasión oportunos
¿Cuál es el trasfondo motivador de la “nueva” derecha en las Américas de nuestros días? La universalización de la crisis que emergió en el 2008 que no solo es mundial sino que tiene ominosa presencia en múltiples instancias de la realidad (16) , la que exacerba las incertidumbres y frustraciones propias de la declinación del capitalismo, por lo menos la del capitalismo que conocemos.
Sumándose a la falta o insuficiencia de proyectos alternativos, la crisis acelera los sentimientos generalizados de inseguridad, no apenas por carencia de protección policial suficiente, sino por precariedad del trabajo, de la vivienda, del estatus social, así como pérdida de previsibilidad y de confianza en las expectativas. En Europa y Estados Unidos, tensa la relación con personas y colectividades de otras etnias y culturas.
En un ambiente de fluctuaciones económicas, políticas y culturales impredecibles, una plebe extraviada, ahora herida y furiosa por los efectos de la recesión, se mueve a la deriva por todo el espectro político, de forma que un día elige a Obama y otro lo repudia. (17) Por eso, al explicar la derrota sufrida en Massachusetts en febrero del 2010, el propio Barack Obama señaló: “La misma cosa que propulsó a Scott Brown (18) al cargo, me propulsó a mí a la presidencia. La gente está enojada, y está frustrada”.
Circunstancia que, precisamente, depara el ambiente psicológico proclive al discurso mesiánico de la “nueva” derecha, demagógicamente prometedor de correcciones, “cambios” y certezas eficaces a corto plazo, con líderes machos que dicen saber lo que hacen y tener el coraje o la falta de inhibiciones necesarios para hacerlo. E igualmente, con adversarios convenientemente escogidos y abatibles (19), para asegurar un pronto regreso a la situación y las reglas de antaño, ya sabidas, donde superar tales incertidumbres con las ventajas de quien retorna al pasado con todos los saberes del futuro.
Pero, más concretamente, el auténtico motor del asunto está en el objetivo de garantizar la seguridad y la mayor rentabilidad del capital, amenazado no solo por la crisis económica sino por la eventualidad política de que la inconformidad social se traduzca en desbordamientos y rebeliones, ya sea como caos o como revolución. Esto es, para proteger al capital adelantándose a restablecer las condiciones de orden, disciplina y jerarquización sociales requeridas no solo para salvaguardar al régimen preexistente, sino para quitarle del camino las restricciones y la cultura igualitarista que en el último siglo le han mermado la tasa de ganancias: las de protección y solidaridad sindicales, redistribución del ingreso, seguridad laboral, prestaciones sociales, de derecho a informar, organizarse y rebelarse, etc.
En la intimidad se trata, por consiguiente, de un programa neofascista, aunque evada confesarlo. La “nueva” derecha no es conservadora sino extrema derecha, tanto por su plataforma económica como por su fundamentación ideológica y política. Aunque se trata de un fascismo civil envuelto en prendas más coloridas.
Para cumplir ese programa se requiere una notable concentración del poder; para lograrla, todo evento es aprovechable. En el caso norteamericano, antes recordamos cómo el 11 de septiembre de 2001 la falange de neocons que rodeaba a George W. Bush se apresuró en sacarle partido a esos brutales atentados para promover la campaña que justificaría recortar derechos civiles e invadir a Irak, manipulando la desazón ciudadana, aun a sabiendas de que el régimen de Hussein no era parte del asunto.
En América Latina, Sebastián Piñera reveló ese oportunismo con un singular aprovechamiento del terremoto de febrero de 2010. Al anunciar que esa tragedia implicaba reformar su programa de gobierno, antes de reconocer la prioridad de atender a las víctimas y reconstruir las infraestructuras dañadas, destacó los saqueos suscitados en Concepción para afirmar que “se está perdiendo el sentido del orden público” y que “la gente necesita tranquilidad y orden público”, así que en el programa se recurrirá a todos los medios que los garanticen, algo para lo cual “nuestras Fuerzas Armadas están preparadas”. (20)
La capacidad de reprimir precede a la obligación de abastecer. Así, aunque después supo matizar lo dicho, la nuez del asunto quedó debidamente esclarecida.


La perspectiva de la derecha norteamericana
Las limitaciones del presidente Obama para actuar a la altura de sus promesas, y su temprana vuelta a varias políticas del gobierno anterior, no serían óbice para que, sin mayor espera, la derecha norteamericana saliera a cobrarle el mayor precio por el revés electoral que les había infligido. Organizándose para tomar la ofensiva en las elecciones parlamentarias de medio período, en febrero de 2010 se celebraron, por separado, sendos cónclaves del Tea Party Movement la rama más tosca y populachera del fundamentalismo conservador y del llamado Conservadurismo Constitucional la derecha elegante .
Ambas ramas coincidieron, en sus respectivos lenguajes, en la finalidad de desarrollar “la más implacable campaña de descrédito y desgaste contra un gobierno electo de que se tenga memoria en la política norteamericana” (21), gobierno que desde temprana fecha acusaron de “socialista”. Dichos cónclaves hicieron ver que los neoconservadores no se conformarán con recuperar el control de Congreso y enseguida el de la Casa Blanca el de la Corte Suprema ya lo mantuvieron (22) , sino que se dirigen a eliminar definitivamente los contrapesos institucionales y legales que antes le han cerrado el camino al neofascismo en ese país; es decir, a cambiar todo el sistema.
Bajo la rectoría del presidente de la Fundación Heritage, el Conservadurismo Constitucional proclamó la Declaración de Mount Vernon, que recuperó lo esencial del Proyecto para un nuevo siglo americano, de finales de los años 90, que los neoconservadores redactaron luego del revés sufrido ante Bill Clinton.
Dicha Declaración vuelve al clásico recurso de invocar, a su manera, los principios de la Declaración de Independencia y de la Constitución, y de usarlos para alegar que en las últimas décadas éstos fueron minados y redefinidos por reiterados extravíos radicales y multiculturalistas en la política, las universidades y la cultura norteamericanas. Esto de por sí manifiesta un claro repudio a las conquistas cívicas obtenidas en los años 60 y 70 del siglo pasado, y no solo a las iniciativas que eventualmente la administración Obama pueda agregar.
En consecuencia, alega que urge un “cambio” que vuelva a poner al país en la senda de tales principios. Y para eso pregona un conservatismo constitucional consagrado a sostener un gobierno de salvación nacional “que garantice estabilidad interna y nuestro liderazgo global”. Entre esos principios destacan, desde luego, no solo los de libertad y la iniciativa individuales, sino los de libre empresa y reformas económicas basadas en las relaciones de mercado, además de la tradicional defensa de la familia, la comunidad y la fe religiosa.
Estamos, pues, ante un nuevo llamado a la contrarreforma antes bien, a la contrarrevolución preventiva no solo a escala norteamericana sino con proyección global, tanto por la argumentación en que se apoya y el destino que este movimiento se arroga, como por la naturaleza de la potencia en cuyo nombre se proclama esa intención.


América Latina en disputa
En gran parte de América Latina las agrupaciones progresistas mantienen la iniciativa política, pero ya está en curso una importante contraofensiva de la “nueva” derecha. Nos encontramos ante un anchuroso mosaico social que está en disputa y como corresponde a tiempos de transición donde hay diversas opciones abiertas. Por un lado, esa “nueva” derecha tiende a prevalecer sobre las formaciones conservadoras tradicionales, pero sin marginarlas. Por el otro, el panorama de las izquierdas es más heterogéneo, como es natural a su naturaleza cuestionadora y creativa, que explora diversidad de caminos.
En nuestra América las incertidumbres y precariedades, agravadas por las políticas neoliberales y su fracaso, concurren con el anterior abandono de los referentes y proyectos desarrollistas y revolucionarios de los años 60 y 70, y con la insuficiencia de otras propuestas más eficaces para los tiempos que corren. La crisis social está más avanzada que el desarrollo de nuevas alternativas político ideológicas.
Tras tantos años de insatisfacciones la gente está harta, sin que eso signifique que ya es consciente de sus posibles alternativas históricas. Así las cosas, ese difuso y multiforme malestar social ha contribuido a fortalecer el apoyo electoral a opciones de izquierda, pero no necesariamente a aceptar alternativas más radicales. El dolor y la irritación por las consecuencias de la desigualdad extrema, el empleo precario y la miseria conviven con el descrédito de los sistemas políticos conocidos y, a la vez, con una extendida sensación de temor que viene de la falta de seguridades y la frustración de expectativas.
Es en ese contexto que ahora toca medir fuerzas con una derecha renovada y mejor articulada que viene a disputar el campo político. Y que viene a hacerlo con los recursos que ya sabemos: el predominio mediático, una orquestación continental y unas consignas populistas que tienen la fuerza de una brutal simplificación de los problemas y expectativas populares, que no necesita mayores esfuerzos explicativos. La naturaleza elemental y retrógrada de esas consignas facilita su asimilación. (23)
En períodos así el piso político es movedizo: abundan los realineamientos tácticos, programáticos e ideológicos de las dirigencias de los partidos políticos y organizaciones, como también de los sectores sociales que ellos pretenden representar. Esto es un espacio propicio para cualquier género de aventureros, como Fujimori. Pero si bien es cierto que la crisis económica, sociopolítica e ideológico cultural propicia confusiones y recomposiciones, no por eso conlleva el supuesto “retorno a la derecha” que hoy predicen determinados “analistas” (24). Al contrario, en ningún país latinoamericano hay un movimiento de masas en apoyo de proyectos contrarrevolucionarios.
Aunque aquí o acullá la izquierda política no ha renovado sus propuestas, la vida le da arraigo a una izquierda social que se extiende aunque todavía no esté conceptual ni organizativamente desarrollada. Si en vez de preguntar por las siglas partidistas se cuestionan los problemas diarios tema por tema, se comprueba que es falso que nuestros pueblos deriven hacia la derecha, pese a “la rémora histórica de confusión, desideologización y desorganización” que los deja inermes por obra del oportunismo de algunos liderazgos inescrupulosos. Por eso, las campañas de la “nueva” derecha se ven tan necesitadas de remedar discursos progresistas. (25)
Lo que pasó en Chile en las elecciones del 2009 no prueba otra cosa. La Concertación por la Democracia, que gobernó a ese país por 20 años, no fue un ejemplo de la reactivación que las izquierdas latinoamericanas experimentaron desde finales de los años 90 en rechazo a las tesis y secuelas del neoliberalismo. La Concertación fue producto de la etapa previa, de transición pactada de la dictadura a la democracia neoliberal (que tuvo lugar paralelamente a la conciliación de la socialdemocracia europea con el neoliberalismo). La subsistencia del modelo pinochetista de Constitución, institucionalidad pública, sistema electoral y economía de mercado así lo recuerda, a la vez que es huella de una transición democrática que quedó inconclusa.
El hecho de que esta subsistencia se instrumentara con participación de una parte de la izquierda debe evaluarse vis a vis con las importantes conquistas en materia de libertades públicas y derechos humanos que eso inicialmente facilitó, en su primera etapa. Mas no será sino ahora paradójicamente, bajo un gobierno de la “nueva” derecha cuando el pueblo chileno tendrá oportunidad de luchar para que la transición democrática se complete y por incorporarse al proceso de renovación del papel y la naturaleza de las izquierdas latinoamericanas. (26)


Una ofensiva articulada
Aunque en la tradición de las izquierdas el internacionalismo y la solidaridad ocupan un lugar relevante, en la actualidad la mayor parte de sus organizaciones latinoamericanas consume sus escasos recursos en las tareas nacionales. En los últimos lustros, tras la ofensiva neoconservadora de los años 90, lo demás no suele trascender el plano declarativo. Los foros internacionales son más ocasión de breves ejercicios de reflexión, que oportunidades para concertar cooperaciones de mayor plazo y alcances.
Es en la derecha donde sucede lo contrario. Hoy por hoy el sostenimiento de escenarios y actividades de instrucción y colaboración política internacional es mucho más constante y activo para sus organizaciones. Para esto hay un polo articulador: en América Latina todos los partidos reaccionarios de alguna importancia tienen vinculaciones con el Partido Republicano y con fundaciones y universidades conservadoras de Estados Unidos, lo mismo que con el Partido Popular español y fundaciones cercanas al mismo.
Los cuadros jóvenes de los partidos de derecha frecuentan cursos auspiciados por fundaciones y universidades conservadoras, particularmente en el área relacionada con el marketing político, con énfasis en la investigación y manejo de la opinión pública, y las técnicas para dirigir las comunicaciones sociales. Miami ya es un gran conglomerado de instituciones y cursos de formación en esas especialidades para los nuevos cuadros latinoamericanos de derecha.
Aparte de que, por supuesto, esas jóvenes promesas político empresariales acuden a las mismas universidades norteamericanas. Una notable proporción de los dirigentes político empresariales latinoamericanos son ex condiscípulos de cursos y postgrados en esas universidades.
Proliferan asimismo los eventos breves y conferencias de capacitación político ideológica que propician encuentros de las jóvenes promesas de la derecha con sus veteranos referentes europeos, latinoamericanos y estadunidenses. José María Aznar, por ejemplo, sin ser un intelectual de mediano brillo, se la pasa volando, en el literal sentido de la palabra. (27)
Por su parte, los mayores no solo asisten a las mismas conferencias en Estados Unidos, o las impartidas por gurúes norteamericanos en ciudades latinoamericanas sino que, de manera más específica, se encuentran en las juntas directivas y las reuniones de accionistas de las mismas empresas. Las que, además, cada día operan en mayor cantidad de países de la región y fusionan sus respetivos intereses.
No es de extrañar, en consecuencia, que unos y otros piensen a nuestra América con los mismos parámetros, cultiven proyectos políticos similares, y se pongan de acuerdo en los mismos términos, para organizar sus actividades políticas solidariamente.
Aparte de la enorme diferencia que hay en la disponibilidad de recursos económicos, se puede decir que la derecha continental aventaja en este campo a las izquierdas también porque está en mejores condiciones intelectuales para aprovechar a favor suyo las ventajas de la globalización que, de paso, en ausencia de competidores de izquierda, es su globalización.
Pero más allá de eso, la piedra de toque del asunto está en que el núcleo político ideológico de la derecha norteamericana sigue activo y no le faltan organización, poder, recursos ni iniciativa, no solo para amarrarle las manos al Presidente Obama, sino para orquestar esta nueva contraofensiva de las derechas latinoamericanas.
Globalización, recursos y orquestación que, sin embargo, no constituyen un escollo al que las izquierdas deban resignarse, sino un reto que ahora les toca superar con los recursos de su creatividad e imaginación. En el actual mundo de las comunicaciones virtuales, cuando los pueblos de la región tienen muy buenas razones para desplazarse a la izquierda, ese tampoco será un reto demasiado difícil de remontar, una vez que somos conscientes de su trascendencia.


Contrahegemonía
En tiempos de la Guerra Fría, para que la derecha oligárquica pudiera imponer “cambios” dirigidos a rehacer al sistema y derogar las conquistas sociales, democráticas y progresistas ya institucionalizadas, fue necesario infligirle derrotas aplastantes y duraderas a la resistencia popular, instaurando las dictaduras de seguridad nacional y el terrorismo de Estado. Pero de entonces acá, las circunstancias regionales y mundiales, así como el desarrollo político alcanzado por una parte significativa de nuestros pueblos, hoy ese camino y sus eventuales alcances resultan más difíciles, como en 2009 lo reiteró el caso de Honduras. (28)
Para derogar esas conquistas sociales ahora la derecha tiene que apelar a otros medios. Y lo puede hacer en la medida en que la reacción aprovechando para esto los recursos que le dan ventajas logre explotar en su beneficio los malestares y confusiones sociales ya existentes, y organizar agrupaciones de miles “de seres humanos arrojados a la marginalidad, la ignorancia y la desesperación, para intentar hacer de ellos una fuerza de choque salvaje” contra los sectores ciudadanos más conscientes(29), no solo en el plano electoral. Esa convocatoria a la coacción y la violencia es, precisamente, botón de muestra de la conducta fascista, arquetipo de la estrategia de contrarrevolución preventiva.
Captar esos malestares y desviarlos contra un blanco seleccionado al efecto permite distraer masas populares, e instrumentarlas al servicio de fines contrarios al interés popular de largo plazo. Para eso hay una demagogia consustancial al género de liderazgo vertical y mediático que la “nueva” derecha puede ofrecer.
Como bien anotó Gramsci en sus largos años de prisionero político del fascismo, demagogia significa “servirse de las masas populares, de sus pasiones sabiamente excitadas y nutridas, para los propios fines particulares” y las ambiciones de un Jefe. A lo que él enseguida añadió que el demagogo se presenta a sí mismo como insustituible, elimina a sus posibles competidores y apela a “entrar en relación con las masas directamente (plebiscito, etcétera, gran oratoria, golpes de escena, aparato coreográfico fantasmagórico)” (30).
La magnitud de las amenazas que esa “nueva” derecha representa hoy resalta el valor que para las izquierdas siempre ha tenido y la urgencia que ahora demanda la tarea de formar conciencia y organización popular y clasista. Si las armas de esa derecha prosperan precisamente al incidir sobre una masa ignorante, afligida y desarticulada, superar esa debilidad popular es nuestra prioridad. El campo popular y latinoamericano es nuestro campo y en él nos toca derrotar a este invasor.
Frente a la ofensiva que la reacción arroja sobre esa masa para impregnarla con una subcultura de la derecha, es prioritario construir y movilizar en su seno una contracultura fundada en las necesidades, reivindicaciones y expectativas populares. Es con base en esa contracultura que se puede reivindicar la independencia del pensamiento popular y relanzar su solidaridad de clase. Una contracultura capaz de crecer como el cemento aglutinador y orientador de organizaciones donde la solidaridad de clase vuelva a primar sobre la atomización de las salvaciones individuales místico religiosas, delincuenciales o neofascistas que el neoliberalismo antes propició.
Solo la organización popular y plural tanto barrial y comunitaria como laboral, gremial, cívica y política puede convertir las ideas y aspiraciones de esa contracultura en una fuerza material, esto es, en una fuerza capaz de buscar y acumular su propio poder. Por consiguiente, en una contrahegemonía, una opción de poder que oponerle a los recursos y los fines de todas las derechas y del capital que las amamanta, como fuerza social y política que sí puede contenerlos y derrotarlos.
Lo que en igual medida prioriza el imperativo de articular frentes amplios donde articular la diversidad de las izquierdas sociales y políticas y cerrar los vacíos donde pululan los aventuraros de todo tipo , con base en lo que en cada caso ellas tienen de común, a la vez que respetando sus respectivas personalidades y diferencias.


Notas:
1) No es el caso discutir aquí a qué se ha debido esta limitación, pues no es el tema a tratar en esta oportunidad, ni disponemos del espacio necesario para ello. De esa cuestión ya me he ocupado en otras páginas, como en Una coyuntura liberadora…¿y después?, en Rebelión del 23 de julio del 2009, y en La brecha por llenar, premio Pensar a Contracorriente, La Habana, 2010.
2) Ver Kintto Lucas en Barómetro Internacional del 17 de diciembre de 2009.
3) Los resultados de ese empeño fueron valorados periodísticamente como una “oleada democratizadora” continental, presuntamente capaz de resolver por varios lustros los fenómenos de contracción económica, inflación y desempleo que ya venían creciendo. Pero pocos años después la aplicación de las políticas neoliberales que esas democracias legitimaron se tradujo en una “oleada” de frustraciones e ingobernabilidad que, aún antes de poner en entredicho al neoliberalismo, las puso en peligro a ellas mismas.
4) Eso coincidió con otros importantes acontecimientos a escala mundial, que igualmente contribuyeron a que este fuera un período de gradual degradación de los procesos nacional revolucionarios y sobre todo tras el desmoronamiento de la URSS de repliegue y posterior reformulación de muchos proyectos y organizaciones de izquierda.
5) Los casos más notorios fueron el Caracazo y las sublevaciones urbanas de Quito, el Alto, la Paz y Buenos Aires, que constituyeron claros presagios de lo que estaba por suceder en varias otras ciudades y países latinoamericanos.
6) La crítica del legado cristiano lo llevó a exaltar el paganismo originario de los pueblos europeos.
7) Ver José Pérez i Granados, Alain Benoist y la Nueva Derecha francesa, en Stormfront.org, 4 de julio de 2006.
8) Ver Jordi Solé Tura, La nueva derecha europea, en El País, Madrid, 18 de junio de 2001.
9) Los principales medios de comunicación quedaron en manos de Berlusconi. Las principales empresas privatizadas, en manos de allegados de Aznar. Lo que significa que al dejar el gobierno ambos seguirán reteniendo grandes cuotas de poder.
10) Ver Joaquín Estefanía, Los neocons, profetas del pasado, en El País, 14 de junio de 2004. La frase remeda la consigna de la “primavera de Praga”, en 1968, de instaurar en Checoslovaquia un “socialismo con rostro humano”.
11) Tanto en Estados Unidos como en Europa se ha señalado la “reconversión” de activistas de extrema izquierda en intelectuales neoconservadores, por efecto de la ofensiva neoconservadora y del desmoronamiento de la URSS. Esto explicaría el reiterado uso de categorías procedentes de León Trotsky (como la de revolución permanente) y de Antonio Gramsci (como la de la construcción de hegemonía cultural).
12) Emmanuel Rodríguez e Hibai Arbide, en ¿Nueva derecha? O la reivindicación del populismo frente al vacío de la izquierda, en Cuadernos Archipiélago, Barcelona, 2006.
13) Op. cit.
14) Las prácticas populistas se manifestarán asimismo en la explotación de formas de conducta y de lenguaje corporal y verbal que se le atribuyen al gusto popular, según la respectiva idiosincrasia nacional y de época. Se apela a imitar conductas machistas, estilos informales o “de trabajo”, etc., que son parte sustancias de una nueva demagogia que más alude a la imitación populachera que sobrio al estilo popular.
15) Según la tesis de que, anger is an energy, el disgusto o el odio son una energía que se puede recoger, agitar y canalizar contra el blanco elegido sin considerar si este es responsable por el disgusto social que se le achaca.
16) Como crisis económica, financiera, alimentaria, energética, moral, del clima, de la seguridad ciudadana, del sistema político global, etc.
17) Ver Immanuel Wallerstein, El caos como cosa cotidiana, en La Jornada de 2º de febrero de 2010.
18) El reaccionario republicano que se alzó con la plaza de senador por Massachusetts que por varios períodos había retenido el demócrata liberal Tedd Kennedy.
19) El presidente Ricardo Martinelli, de Panamá, los identifica como “los políticos de siempre, los malos empresarios y la izquierda”. Alocución televisiva reiterada durente finales de febrero e inicios de marzo de 2010.
20) De esa preparación el pinochetismo dejó larga constancia. Ver “Piñera dice que el terremoto provocará cambios en su programa de gobierno”, en Argenpress del 1 de marzo de 2010.
21) Ver Obama entre el Tea Party y el conservatismo constitucional (I), en Cubadebate del 22 de febrero de 2010.
22) Así lo demostró su resolución de legalizar que las grandes corporaciones privadas inviertan sin limitaciones cuantitativas en las campañas electorales estadunidenses, en apoyo a los candidatos de sus preferencias, lo que acentúa el proceso de paulatina “privatización” del Congreso (y el menos gradual del Ejecutivo).
23) Ver Massimo D’Alema, La via progresista contro la destra que cavalca le paure, en Il Sole, 23 de febrero de 2010.
24) En particular lo predican, como hoja de parra, quienes antes desertaron de la izquierda cuando la ofensiva neoconservadora que siguió a “la caída del muro”.
25) Ver Luis Bilbao, América Latina no gira a la derecha, en ALAI, América latina en movimiento, 11 de febrero de 2010.
26) Argentina, Brasil y Uruguay, que empezaron más tarde a restablecer la democracia formal, completaron ese proceso antes de elegir gobiernos progresistas, mientras que en Chile esa etapa previa se estancó antes de concluir. Ese estancamiento propició el ambiente de inmovilismo que, a su vez, predispuso a votar por otras opciones, incluida la de la “nueva” derecha.
27) Las izquierdas latinoamericanas no disponen de nada similar. Si bien sus encuentros pueden dar ocasión a meritorios ejercicios reflexivos, no cubren ese ambicioso espectro de homologación estratégica, formación de cuadros y coordinación operativa.
28) Dante Caputo calificó ese evento como un golpe “correctivo”: los militares intervinieron para devolver el gobierno a la oligarquía tradicional, sin quedarse en el poder. Aún así, la comunidad internacional sancionó el golpe de formas que también perjudicaron los intereses de esa oligarquía; los golpistas de uniforme después fueron destituidos y el golpe, a la postre, no diluyó sino que levantó un movimiento de resistencia social capaz de defender las modestas conquistas sociales antes obtenidas por el pueblo hondureño.
29) Ver Luis Bilbao, América Latina no gira a la derecha, cit.
30) Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, edición crítica del Instituto Gramsci, a cargo de Valentino Gerratana, Era, México, t. III, p. 82-83. Gramsci, por supuesto, debe haber escrito estas líneas teniendo en mente a Benito Mussolini, como nosotros las releemos teniendo a la vista a Berlusconi y a sus caricaturas de ultramar, como Martinelli. ¿No decía Marx que en la historia estas cosas ocurren una vez como tragedia pero si luego se repiten lo hacen como farsa? Si bien Piñera declara que no es ese su modelo sino el de Sarkozy, cabe que lo haga para guardar las apariencias, ya que el francés goza de mejor aceptación en otros lares.

Chile: La gran minería se resiste al alza de impuestos

El gobierno de Sebastián Piñera no ha definido totalmente cómo financiará la reconstrucción de las zonas afectadas por el terremoto del pasado 27 de febrero y la oposición insiste en la conveniencia de modificar la carga impositiva a la gran minería privada de Chile.


El actual debate fue generado por los partidos de la opositora Concertación (Democracia Cristiana, Socialista, Por la Democracia y Radical), al proponer que se eleve el 5 por ciento del impuesto específico a ese sector o royalty, el cual fue introducido en 2006.


Sin embargo, las empresas argumentan que han tributado más de 27.000 millones de dólares en los últimos cuatro años.


Al mismo tiempo, el Consejo Minero, que agrupa a las mineras, reconoció que éstas han reportado ganancias por cerca de 57.000 millones de dólares desde que quedaron afectas al pago de royalty las compañías cuyas ventas anuales superaran los 80 millones.


En 2009, las grandes empresas, que producen las dos terceras partes del cobre chileno, registraron ganancias por sobre los 9.300 millones de dólares, mientras el promedio anual desde 2006 alcanza a los 14.427 millones.


Para este año, se prevén ganancias sustancialmente superiores, considerando que el 2009 fueron generadas con un precio promedio del cobre que apenas llegó a los 2,34 dólares la libra, mientras que en 2010 el promedio se sitúa en los 3,29 la libra, y con una tendencia alcista.


En el alza de la cotización del metal influye la gran demanda de China, India y varios países árabes.


Recientemente el economista oficialista Paul Fontaine propuso subir el impuesto a la renta operacional imponible desde el 5 al 8 por ciento, y extenderlo a compañías con ventas desde los 50 millones, lo que generaría una recaudación adicional al fisco de unos 500 millones de dólares.


Ello significaría que, aproximadamente, un 10 por ciento de esa cifra se originaría en empresas que actualmente no pagan royalty.


Pero el Consejo Minero rechaza esta opción, argumentando que "las empresas de la gran minería pagan impuestos a la renta que ascienden a una tasa entre 38 y 42 por ciento, como carga tributaria total, que es considerable y razonable en cualquier parte del mundo".


Explicó que, además, las empresas de la gran minería están afectas a un Impuesto Específico a la Minería (Royalty), que es excepcional y se aplica únicamente al sector minero, lo que puede considerarse como una discriminación frente al resto de los sectores".


También señala que el royalty grava actualmente las utilidades operacionales de las compañías con una tasa de 5 por ciento, la que por ser un porcentaje, genera mayores ingresos al Estado cuando el precio del cobre sube y las utilidades de las empresas aumentan.


Al respecto, recuerda que por concepto de royalty las mineras han aportado al Fisco más de 3.300 millones de dólares, mientras que las estimaciones iniciales apuntaban a unos "100 millones de dólares anuales, que correspondía a la cifra anual que el país estimaba necesario invertir en innovación".


Los que apoyan una modificación tributaria a la gran minería argumentan que como el royalty grava las utilidades operacionales, éstas son influidas significativamente por los costos, variable que no puede ser efectivamente fiscalizada por el Estado.


Por eso, plantean que el impuesto debería aplicarse a las ventas, es decir, al valor bruto de la producción, tal como sucede en la gran mayoría de los países, lo que incrementaría significativamente la recaudación fiscal.


Sin embargo, el Consejo Minero recuerda que la mayoría de las mineras privadas suscribieron en 2005 y 2006, contratos de Inversión Extranjera con el Estado de Chile, en los cuales se les aseguró que no se les cambiarían los impuestos vigentes, garantía que se extiende por plazos de 12 y 15 años (2017 y 2019).


Además, las empresarios argumentan que del total que ha reportado al Estado el royalty sólo se ha utilizado para el cual se estableció este tributo la suma total de 516 millones de dólares. Es decir, solamente un 16,7 por ciento ha sido utilizado, quedando un remanente de 2.562 millones.


Pero aunque este acuerdo de invariabilidad tributaria haría inviable un aumento de royalty, por otro lado se argumenta que algunas mineras podrían estar dispuestas a negociar voluntariamente cambios, considerando que sus inversiones son de largo plazo y, una vez vencidos los contratos, podría venir una fuerte alza en sus tributos.


El presidente Piñera ha dicho que respetará el acuerdo suscrito con las mineras, pero ante la gran destrucción dejada por el terremoto la oposición continuará insistiendo en que el royalty sea elevado, aunque sea de manera transitoria.

La Tricontinental del Socialismo del Siglo XXI

La Tricontinental del Socialismo del Siglo XXI por Heinz Dieterich

1. La crisis de la Izquierda y de los Foros Sociales
Los foros globales de la Centroizquierda social y liberal-cultural como el Foro Social Mundial (FSM), Attac y En Defensa de la Humanidad están perdiendo cada vez más audiencia e importancia. Tres factores explican su agotamiento: 1. la crisis económica capitalista no se ha convertido en crisis política y, en consecuencia, las masas no han acudido a ella; 2. los intelectuales liberales, socialdemócratas y cristianos que dominan esos Foros, no tienen un Proyecto Histórico antisistémico para ofrecerle a las masas una alternativa cualitativamente diferente; siguen siendo, en las palabras afirmativas del intelectual español Ignacio Ramonet, „Escuelas de Verano“; 3. sus demandas originales de reforma hoy día son parte del debate general (mainstream) de los gobiernos capitalistas y del capital financiero. Hemos „dejado de ser vanguardia“, dice uno de los fundadores de Attac Alemania, Sven Giegold, citado por el Financial Times.
Se evidencia, una vez más que sin un Proyecto Histórico que tenga carácter de vanguardia no puede haber un movimiento de transición civilizatorio. El peligro emergente es que las masas se desplazarán hacia la derecha ---el fascismo perfumado de los Berlusconi, Aznar, Westerwelle, Palin y Piñera--- cuando la crisis mundial arrecia.
2. Nace el Movimiento mundial del Socialismo del Siglo XXI
Un elemento de esperanza ante esta amenaza es que durante los años 2008/9/10 hemos logrado dar un salto cualitativo en la construcción mundial del Socialismo del Siglo XXI. Tal avance se manifiesta en tres aspectos: los Programas Regionales de Transición postcapitalista; el progreso de la teoría científica del SXXI y la constitución de la Tricontinental del Socialismo del Siglo XXI, con la integración de nuevos científicos y nuevas alianzas políticas.
3. Vehículos de transformación: Programas Regionales hacia el Socialismo XXI
Carente de una propuesta antisistémica y cegada por su carácter de clase y estadista-clientelar ---tanto burgués como del Socialismo del Siglo XX--- esa izquierda no encuentra los vehículos de movilización social, pese a que están delante de sus ojos: Programas de Transición Regional y Nacional hacia la Economía Política y Democracia Participativa postcapitalista. La conjugación de las condiciones nacionales-regionales con los principios institucionales de la nueva civilización en un programa de transición, permite concentrar las energías y conocimientos de las víctimas de la crisis y de los ciudadanos en una perspectiva de praxis política inmediata, concreta y verdadera. Con esa lógica el BRPP-SSPE dio a conocer en octubre del 2008 en Caracas el programa de transición de economía política para América Latina y en febrero del 2010, en Berlin, el respectivo programa para la Unión Europea. Y sigue trabajando en esta línea programática.
4. El progreso teórico y social: la base del avance
El progreso del paradigma científico del Socialismo del Siglo XXI, junto con el desamparo teórico de la Izquierda liberal y clientelista ---que hacen nacer fantasmas y propuestas irrisorias como la „V. Internacional“--- han llevado a la dramática ampliación de nuestro trabajo, tal como hemos informado en múltiples portales (www.socialismoxxi.org, www.puk.de). Mientras los trabajos de nuestros investigadores en micro y macroeconomía política siguen avanzando estamos preparando un ensayo sobre un tema que ha causado (injustificadamente) mucha polémica: La pregunta, si en la economía de equivalencias y su transición un neurocirujano debe ganar lo mismo que un barrendero.
Esta problemática (trabajo complejo y simple en Marx) no presenta dificultades científicas ni didácticas, hecho por el cual la aclararemos pronto en estas páginas.
5. La nueva Tricontinental
La creciente configuración tricontinental del Movimiento Mundial por el Socialismo del Siglo XXI se manifestó en la capital alemana, Berlín, el 19 de febrero, cuando tres organizaciones internacionales presentaron el programa político-económico de Transición al SXXI para Europa: el Bloque Regional de Poder Popular/ Scientists for a Socialist Political Economy (SSPE); la Asociación Mundial de Economía Política (WAPE), con sede en Hongkong, y la organización mundial Transcend Internacional – A Network for Peace and Development, encabezada por el Profesor Johan Galtung.
Esas actividades tricontinentales continúan en abril en Uruguay (Frente Amplio) y Brasil; en el mismo mes en un Congreso Internacional en Moscú sobre los temas "Reactualización de la Economía Política” y "Lenin On Line. Towards the 140´s anniversary of Vladimir Ulianov", organizado por el Profesor Alexander Buzgalin; en mayo en el Congreso Mundial de WAPE, “La crisis del capitalismo y su solución: el Socialismo del Siglo XXI”, en Suzhou/Shanghai; en junio en un Congreso Internacional de la Fundación Rosa Luxemburg, en Berlin, y en agosto en El Salvador, organizado por el BRPP regional.
6. La doble transición hacia la emancipación de la humanidad
Estamos viviendo el fin de dos grandes ciclos históricos: la crematística y el capitalismo. Fue hace 2700 años cuando el virus de la crematística ---la economía mercantil de explotación, guerra y rapiña--- infectó el genoma de la evolución social de la especie, destruyendo las pequeñas comunidades agrarias de equivalencia en Grecia y Asia Menor, en un proceso descrito y condenado por Sócrates, Platón y Aristóteles.
Posteriormente, la patología produjo el esclavismo, la explotación centralizada de las comunidades agrarias, el feudalismo y el capitalismo. Hoy día vivimos su última fase, el capitalismo cibernético. La antítesis de esa patología de 2700 años es el Socialismo del Siglo XXI. Decir que el Socialismo del Siglo XXI es la alternativa del capitalismo es, por lo tanto, correcto, pero reduccionista. El Socialismo del Siglo XXI es la antítesis a la economía crematística de mercado, cuya última fase es el capitalismo.
Debido a que el capitalismo es un sistema universal, su antítesis también lo tiene que ser. La tricontinentalización del SXXI es un paso fundamental en esa dirección. Y en el desarrollo de su paradigma científico-ético ha encontrado el principio activo para la destrucción del virus de la crematística. Esa es su misión histórica.


Maldito socialismo, ¡cómo te echamos de menos!

Maldito socialismo, ¡cómo te echamos de menos! Higinio Polo
El Viejo Topo

Hace unas semanas, en Berlín, mientras los beneficiarios del cambio político en la Europa del Este celebraban la desaparición del muro (y, sobre todo, del “socialismo real”) hace veinte años, como prueba manifiesta de la superioridad social del capitalismo, la prensa internacional conservadora lanzó una de sus habituales campañas propagandísticas para vender de nuevo la mentira del supuesto éxito conseguido por el cambio político y económico en los antiguos países socialistas europeos. La escenificación de una alegría impostada en ceremonias de auto alabanza (con evidentes concesiones al nacionalismo alemán) y la presencia, y, después, las imágenes difundidas por el mundo de Gorbachov, George Bush, Kohl, Merkel, Wałesa y otros (incluso Medveded) celebrando la “victoria sobre el comunismo”, escondían el sufrimiento social causado por el retroceso hacia el capitalismo en toda la Europa oriental, y se revelaban como la gran mentira de los festejos de Berlín.
Hace un año, en enero de 2009, haciéndose eco de un estudio de la Universidad de Oxford, el diario italiano Il Manifesto publicaba un artículo sobre las consecuencias de las privatizaciones y de las reformas de la llamada terapia de choque de Yeltsin y Gaidar en Rusia. El trabajo que citaba el diario italiano había sido publicado en la revista médica Lancet y llevado a cabo por David Stuckler, de la Universidad de Oxford, Lawrence King, de la Universidad de Cambridge, y Martin McKee, de la London School of Hygiene and Tropical Medicine, utilizando datos de organismos de la ONU, como la UNICEF, después de una investigación de cuatro años. Un millón de muertos. Ese era el resultado de la investigación que concretaba el aumento de la mortalidad (casi un trece por ciento, durante los años noventa) a consecuencia del desempleo, las privatizaciones y la aplicación de las recetas liberales que extendieron el hambre, la miseria y causaron la destrucción de la economía rusa. Debe hacerse la precisión de que el estudio abarcó la mayor y más poblada república soviética, pero que, de hecho, Rusia representa sólo la mitad de la población que componían las quince repúblicas soviéticas, y tampoco abordaba lo sucedido en el resto de países socialistas, que, juntos, sumaban otros cien millones de habitantes. Ese estudio publicado en Lancet , por tanto, sólo habla de la mortandad causada entre ciento cincuenta millones de habitantes, mientras que el conjunto de la población de la Europa socialista alcanzaba los cuatrocientos millones. No debe olvidarse, además, que esas cifras son estimaciones, puesto que otros estudios elevan mucho más el número de víctimas: piénsese en el aumento de la mortalidad infantil, en el retroceso de la natalidad, en el descenso de la población (a veces, por la emigración; en otras, por causas distintas, que no siempre es fácil clasificar). Ucrania, por ejemplo, ha descendido desde los 52 millones de habitantes que tenía en el socialismo, en 1991, a los actuales 46 millones, dieciocho años después.

Por supuesto, nada de eso se vio reflejado en los festejos de Berlín, ni el gobierno pronorteamericano de Yushenko y Timoshenko, ni los países capitalistas occidentales se han preguntado hasta ahora por la causa de un desastre demográfico de tal magnitud. Y es sólo un ejemplo, aunque sea de los más dramáticos. La antigua RDA, que contaba con dieciséis millones de habitantes, ha perdido dos, sobre todo por la emigración, y muchas ciudades se están despoblando. Incluso el International Herald Tribune (en su edición del 15 de enero de 2009) se hacía eco de la muerte prematura de unos tres millones de personas en el conjunto de los antiguos países socialistas europeos, según datos de los organismos de la ONU, y de la pérdida de unos diez millones de personas en esos territorios. Ante el horror y la contundencia de las cifras, Jeffrey Sachs (uno de los principales asesores de la terapia de choque capitalista en Rusia y otros países) intentó descalificar esas estimaciones y, en una carta a The Financial Times, consideró un éxito la reforma en Polonia, Chequia y Eslovenia, al tiempo que achacaba la mortandad en la antigua URSS a una evolución que se inició en la década de los sesenta del siglo XX, y a “la pobre dieta alimenticia soviética” (afirmaciones que la excelente investigación de Serguei Anatolevich Batchikov, Serguei Iurevich Glasev y Serguei Georguevich Kara-Murza, en El libro blanco de Rusia. Las reformas neoliberales (1991-2004), deja por completo en evidencia). Refutando a Sachs en esas mismas fechas, en una entrevista en The Times, el premio Nobel Joseph Stiglitz afirmó que la terapia de choque fue “una política económica desastrosa”. El capitalismo ha llevado a la muerte a millones de personas, y no sólo en anteriores etapas históricas, sino en estos últimos años. La desaparición del socialismo europeo no fue un éxito, sino una catástrofe, y centenares de miles de personas vivirían aún de no haber mediado ese desastre que celebraban en Berlín.

* * *

Bajo el socialismo, con el trabajo, asegurado para toda la vida para cualquier ciudadano, se disponía de casa, de asistencia médica, vacaciones y jubilación. Nadie pensaba en el desempleo, ni en los desahucios y la falta de techo, ni en las abusivas hipotecas de por vida, ni esperaba con temor una vejez desamparada y pobre. La privatización trajo consigo la pérdida de millones de puestos de trabajo, el desmantelamiento de buena parte de la industria, creó una espantosa corrupción, y. además, desató la miseria, la desesperación, el aumento del alcoholismo, de los suicidios, el abandono de niños, las pensiones de miseria, la introducción de ciegos criterios de mercado por encima del interés social, mientras se enriquecía una minoría.

El desastre en las instituciones científicas, el retroceso en la investigación, la ruina de la cultura, la introducción desde el Occidente capitalista de los más banales y zafios recursos de entretenimiento y alienamiento popular, la planificada destrucción de las costumbres sociales de ayuda mutua y solidaridad, fue acompañada por la exaltación del egoísmo personal y la búsqueda del bien privado, porque lo común pasó a ser considerado sospechoso por el nuevo poder capitalista. El desmantelamiento de la sanidad pública, el aumento de los precios de las medicinas, la reducción de la esperanza de vida, afectaron de manera determinante a la población. Todavía desconocemos las cifras de suicidios, las muertes causadas por el alcoholismo de quienes habían caído en la desesperación; la mortalidad debida a la proliferación de enfermedades como la tuberculosis, que afectan ahora a millones de personas, el destino de muchos de los centenares de miles de vagabundos y de niños abandonados que llenaron toda la geografía de la Europa oriental, y que siguen viéndose hoy, que fueron consecuencia directa de la salvaje implantación del capitalismo. Si hace dos décadas el hambre era desconocido en toda la Europa oriental, hoy afecta a millones de personas. Se dispone de algunas estadísticas parciales: en Ucrania, hoy, por ejemplo, un millón y medio de personas pasa hambre.

Esa política, impulsada en Rusia por el sanguinario Yeltsin, y por personajes como Gaidar y Chubais, tenía detrás a académicos norteamericanos neoliberales como el citado Jeffrey Sachs, y suecos como Anders Åslund (ayer, asesor económico en Rusia y Ucrania, y hoy responsable del programa ruso y euroasiático de Carnegie Endowment for International Peace de Washington), y sus ideas recibieron el apoyo entusiasta de Estados Unidos, con Clinton al frente (el presidente a quien tanta risa daban las ocurrencias del alcoholizado Yeltsin); tenían el sostén de Alemania, con Helmut Kohl; de Gran Bretaña, bajo John Major; y de Francia, con Mitterrand, y, después, Chirac.

Con apoyo occidental se produjo el mayor robo de la historia de la humanidad, en la Unión Soviética y en el resto de países socialistas europeos. No hubo frenos al latrocinio. Incluso, como ocurrió en Bulgaria, llegaron a devolver al rey Simeón ¡más tierras de las que poseía antes de la nacionalización decretada al finalizar la Segunda Guerra Mundial! Solamente en la RDA, aunque suele alegarse el gran volumen de las “ayudas” desde la RFA a las nuevas regiones del Este, se oculta que Bonn se apoderó de todo el patrimonio nacional de la RDA, que tenía un valor calculado en el doble de los desembolsos realizados por Bonn: la deliberada destrucción de la industria del Este alemán, exigida por los empresarios y aplicada por el gobierno occidental, forzó a la emigración de centenares de miles de ciudadanos y aceleró el envejecimiento de todo el territorio oriental. También las mujeres perdieron: en la RDA, trabajaban el 92 % de ellas; hoy, apenas el 69 %. Libertad… para emigrar, y para morir.

Esa realidad es conocida por los investigadores y por los gobiernos, pero no por ello se sienten aludidos los liberales: algunos, aunque no pueden dejar de reconocer el desastre, insisten en las ventajas a largo plazo de la implantación del capitalismo en la Europa del Este. Veinte años después de la desaparición de los sistemas socialistas que gobernaban la Europa del Este, la bien engrasada maquinaria propagandística de los medios de comunicación sigue remachando el clavo de la interpretación sobre aquellos hechos: manejando ideas simples para asuntos complejos, liquidan el expediente evocando la supuesta “rebelión popular contra el socialismo”, para terminar felicitándose, interesadamente, por la “muerte del comunismo” y el “triunfo de la libertad”. Además del recurso a la deshonesta y falsa equivalencia entre nazismo y comunismo, los defensores del capitalismo utilizan otros argumentos. La equiparación entre democracia y capitalismo fue sólo una de las muchas astucias de tramposos que los laboratorios ideológicos del liberalismo desarrollaron con éxito en la Europa del Este, pese a la evidencia de que el capitalismo no trae consigo la democracia: de hecho, ha convivido y convive con regímenes dictatoriales, monarquías autoritarias, estados expansionistas y belicistas, democracias tuteladas, y, también, con el nazismo y el fascismo. Porque la actual democracia liberal (corrompida por el poder del dinero) es sólo una de las formas políticas que ha adoptado el capitalismo. Otra de las trampas que utilizan los liberales es la condena universal del socialismo por los excesos y crímenes del pasado, mientras que el capitalismo es presentado como carente de historia: parecería que ni el colonialismo, el imperialismo, las matanzas y la represión en todos los países, existieron nunca, y, si se recuerdan, son para considerarlos fenómenos históricos que no tienen nada que ver con el capitalismo actual, pese a las guerras que mantiene. Para la propaganda liberal, ese capitalismo está representado apenas por los países más desarrollados, no por los más pobres: es Francia, no Egipto; es Alemania, pero no Indonesia; es Estados Unidos, pero no Haití. El entusiasmo liberal por la revisión de la historia llega al extremo de querer equiparar comunismo y nazismo por el procedimiento de negar la evidente filiación del fascismo con el capitalismo, y con la abusiva utilización del término “totalitario” que permite crear el espejismo de un capitalismo “democrático” que se habría opuesto al totalitarismo de nazis y comunistas, idea que no resiste la menor comprobación empírica, porque el nazismo y el fascismo no fueron derrotados por las potencias capitalistas sino por el socialismo soviético.

Nikolái Rizhkov, que fue, desde 1985 hasta 1990, presidente del gobierno soviético con Gorbachov, y que hoy, como senador, defiende la política de Putin, considera que “la desaparición de la URSS fue una tragedia”, y todos los indicadores sociales y económicos lo confirman. No sólo en lo económico: Rizkhov cree que Gorbachov negoció mal el “asunto alemán” y que nunca debió aceptar que la Alemania unificada permaneciese en la OTAN. Esa imposición estimuló la voracidad y la ampliación posterior de esa alianza, que ha llegado a engullir incluso a tres antiguas repúblicas soviéticas, y a establecer cuarteles norteamericanos en las puertas de Rusia. El Pacto de Varsovia fue desmantelado; la OTAN sigue planificando guerras. Se seguirá discutiendo durante mucho tiempo sobre esa catástrofe. Hoy, las diversas explicaciones llegan desde la indigencia intelectual y la deshonestidad política de los medios liberales, pasando por la severidad de un sector de la izquierda (socialdemócrata, trotskista, anarquista) que condena, a veces sin matices, la experiencia del socialismo real , y terminando con la hagiografía de otro sector de la izquierda (comunista) que rechaza cualquier análisis crítico de la realidad de los antiguos países socialistas europeos. También, figuran las de quienes intentan ser equilibrados y honestos a la hora de juzgar lo que fue el “socialismo real” y, sobre todo, lo que ha supuesto para la población el retorno al capitalismo.

Desde la Polonia que acaba de prohibir la bandera roja y los símbolos comunistas (igual que hicieron Hitler, o Franco, o Mussolini), desde la Chequia que intenta prohibir ahora el partido comunista; desde los países bálticos, que con su feroz falsificación histórica relegan a los comunistas a la clandestinidad y absuelven a los nazis locales de su complicidad con el Reich hitleriano; desde la Alemania unida que persigue el recuerdo de la RDA, o desde la Rusia que quiere destruir al partido comunista, todos esos países, unidos al gran altavoz de la propaganda liberal que tiene su centro en Estados Unidos, se agrupan tras Washington en una poderosa coalición que sigue saludando como una gran victoria de la libertad el vendaval que se inició en 1989 y culminó, primero, en 1991, con la desaparición de la URSS, y finalmente, en 1993, con el golpe de Estado de Yeltsin en Rusia, que consolidó la vía golpista al capitalismo.

La política de Gorbachov segó la hierba bajo los pies de los dirigentes comunistas europeos, porque estimuló las protestas y anunció tácitamente que Moscú no movería un dedo para sostener a la Europa oriental. Incluso se estimularon las protestas: los gobiernos se vieron abocados a iniciar improvisadamente reformas, a entablar procesos de negociación con la oposición y, en última instancia, a ceder el poder. No obstante, pese al análisis predominante que hoy se hace en Occidente (sostenido con entusiasmo por los beneficiarios del cambio de régimen: una mezcla, según los países, de antiguos disidentes, viejos “comunistas” reconvertidos al capitalismo y nuevos burgueses surgidos de la rapiña y el caos), que puede resumirse en la falsa foto fija de una “rebelión contra el socialismo”, lo cierto es que las manifestaciones de 1989 en la Europa del Este no reclamaban nunca el capitalismo: querían reformar el socialismo, acabar con el autoritarismo y los abusos del poder comunista, conquistar la libertad y acabar con el temor reverencial al poder, conservando las estructuras económicas del socialismo. Sin embargo, las explicaciones no son sencillas, y aunque desconocemos todavía buena parte de las complicidades y de la acción que desarrollaron las grandes potencias, no se sostiene la interpretación liberal de un hartazgo popular, porque buena parte de la población permaneció a la expectativa. La supuesta rebelión popular en Rumania contra Ceaucescu, por ejemplo, nunca existió: hubo importantes y nutridas manifestaciones, sí, pero el general Stanculescu ha revelado recientemente que el golpe de 1989 que terminó con la sentencia a muerte del presidente del país contó con la complicidad soviética y norteamericana. Al margen del turbio carácter del personaje, y de su afán por justificar su papel, lo cierto es que seguimos desconociendo muchos aspectos de los acontecimientos de ese año, y no sólo en Rumania, aunque no todos obedecen a causas conspiratorias. Es cierto que las maniobras y operaciones planificadas operaron sobre un descontento popular que se manifestaba en la población católica polaca, en la insatisfacción por la limitación de movimientos en la RDA, Hungría o Checoslovaquia, en la escasez de abastecimientos en Rumania, Bulgaria o la URSS, y en la aspiración a la libertad, pero la clave está en la pasividad del Moscú de Gorbachov y en la incapacidad de los gobiernos comunistas para afrontar y canalizar unas protestas pacíficas que, en su origen, no iban masivamente contra el socialismo: ni siquiera tras el hundimiento de la Europa socialista en 1989, en la URSS que veía crecer la demagogia de Yeltsin y que le llevó a ganar las elecciones rusas y a disolver la Unión Soviética en 1991, nunca su gobierno se atrevió a explicar a la población que su propósito era implantar el capitalismo.

Uno de los mecanismos de robo impuestos a la población fueron las altas tasas de inflación en toda la zona (¡que llegaron a superar los tres dígitos!) a causa de la decretada liberalización de precios, lo que supuso una brutal devaluación de los ahorros de la población. Junto a ello, la masiva desindustrialización, que llevó a caídas de la producción superiores al 50 % en muchos países, y la consiguiente introducción de capital, tecnología y empresas occidentales que se apoderaron de la estructura productiva en Checoslovaquia, Hungría, Polonia y otros países. El aumento de los precios no fue equilibrado con un aumento de los salarios, y esa fue una de las vías para favorecer la acumulación de los nuevos capitalistas y para desarmar cualquier conato de protesta, porque la población debía emplear toda su energía en asegurarse el sustento diario, siempre por debajo de la dieta alimenticia habitual que tenía en el socialismo. Los salarios continúan siendo hoy mucho más bajos que en el occidente europeo, y eso explica la instalación de empresas occidentales para explotar una mano de obra barata, pero educada y con gran capacidad técnica. La privatización de los bienes del Estado (a través de ventas amañadas, subastas falseadas o “reparto” de participaciones que, inevitablemente, acabaron en manos de los nuevos capitalistas) trajo consigo un cambio total de propiedad, de la que se aprovechó la gran empresa occidental. Los nuevos bancos que operan en la Europa oriental, por ejemplo, son controlados casi en su totalidad por capital extranjero, y la introducción de las empresas capitalistas europeas buscó desde el principio apoderarse de buena parte de los sectores económicos de cada país, junto a la explotación de mano de obra y la especulación financiera y urbanística, y, en ocasiones, a la creación de “industrias” tan repulsivas como la que se dedica a la pornografía en Budapest, convertida en el mayor centro europeo de ese negocio.

La deuda externa combinada de los países europeos orientales en 2008, excluida Rusia, superaba con mucho (en casi 200.000 millones de euros) el monto total de las inversiones extranjeras (que han sido de unos 450.000 millones) acumuladas en los casi veinte años anteriores: un mal negocio, desde cualquier punto de vista. La emigración ha supuesto un golpe demoledor para la mayoría de los países, y, al tiempo, un recurso inevitable para la subsistencia de muchas familias. Aunque las estadísticas son precarias e incompletas, sabemos que más de un millón de polacos han emigrado a Gran Bretaña, y contingentes numerosos a otros países, y el gobierno de Bucarest considera que tres millones de rumanos han abandonado el país. También, sabemos que casi cuatrocientos mil moldavos han emigrado, casi el diez por ciento de la población. Centenares de miles de niños han sido abandonados por sus padres, o han quedado al cuidado de otros familiares. En Polonia, unos quince mil niños han terminado en orfanatos. El fenómeno es particularmente grave en Ucrania, Moldavia, Rumania y Bulgaria. Solamente en Rumania, según la Fundación Soros (que no es sospechosa, precisamente, de tener simpatías por el viejo socialismo real), hay trescientos cincuenta mil niños abandonados. El corolario de todo ello es el aumento de la delincuencia, de la explotación sexual de muchos de esos niños, del tráfico de personas. La caída de la esperanza de vida ha sido también constante y documentada por entidades locales e internacionales. Agrupando a todos los antiguos países socialistas europeos y las dos mayores repúblicas soviéticas, Rusia y Ucrania, en 1993 hubo casi 700.000 muertes más que en 1989. En un solo año. El fenómeno, aunque con altibajos, fue constante durante toda la década final del siglo XX. Esa terrible mortandad debe tenerse en cuenta al hablar del supuesto “éxito” de la transición del socialismo al capitalismo.

Ahora, tras veinte años de capitalismo, las recetas que gobiernos, e instituciones como el FMI, aplican contra la crisis en que se encuentran los países del Este europeo son las tradicionales del más feroz liberalismo: nuevas reducciones salariales, aumento de impuestos a la población, recortes sociales, reducción de pensiones, desmantelamiento de servicios, con el aumento consiguiente de la pobreza. La omnipresente corrupción, con raíces propias pero también instigada por la actuación de los empresarios occidentales; la degradación cultural, con dramáticas caídas de los índices de lectura y la desaparición o emigración de buena parte de los científicos y de las instituciones dedicadas a la investigación y la cultura; la destrucción de los valores de solidaridad, que ha sido constante y sistemática, sustituyéndolos por la noción del éxito y del enriquecimiento rápido, definen un amenazador futuro inmediato.

Junto a ello, los rasgos populistas, nacionalistas e incluso racistas (cuando no directamente fascistas, como se ha visto en la rehabilitación de los nazis locales en los países bálticos) han impregnado el discurso político de las nuevas élites, que, además, juzgan razonable acompañar en aventuras militares exteriores a Washington, como ha ocurrido en Iraq y Afganistán. La sumisión de las nuevas élites gobernantes de los países de la Europa del Este a los Estados Unidos se constata en la humillante carta suscrita, con ocasión de la agresión de Georgia a Osetia del Sur en el verano de 2008, por antiguos presidentes de algunos países, como el polaco Lech Wałesa, el checo Vaclav Havel, la letona Vaira Vike-Freiberga, el lituano Valdas Adamkus, entre otros (todos, anteriores cómplices de las sanguinarias aventuras bélicas de Bush), donde se alarmaban por el descenso del atractivo de Estados Unidos entre la población de sus países, se declaraban decididos “atlantistas”, y llamaban a “defender a Georgia” y a incluir a este país y a Ucrania en la OTAN, además de a evitar la influencia de Rusia en la Europa oriental y a limitar la capacidad de exportación de hidrocarburos rusos hacia el resto del continente: sin percatarse, esos aplicados discípulos de Washington, definían un completo programa de expansión para Washington en la zona… firmado por quienes ayer se proclamaban celosos defensores de la libertad y la independencia de sus países.

La agencia Reuters informaba recientemente de la nostalgia del socialismo entre la población de la Europa del Este: apenas el treinta por ciento de los ucranianos es partidario del cambio producido (en 1991, un 72 % llegó a creer que la conversión sería positiva), en Lituania y Bulgaria ya son mayoría quienes rechazan el cambio; y en Hungría, el 70 % de quienes eran adultos en 1989, confiesa su decepción por el capitalismo y por el abandono del socialismo. Algo similar ocurre en los países que formaron la antigua Yugoslavia. En Alemania del Este apenas una cuarta parte de la población se siente ciudadana plena de la nueva Alemania. Y en Rusia todas las encuestas siguen recogiendo que la mayoría de la población considera una tragedia la desaparición de la URSS. Lo mismo ocurre en las otras repúblicas soviéticas.

Es cierto que muchos aspectos negativos del socialismo real han sido olvidados por la población, sin duda porque el hecho incontestable es que la libertad no existe con la precariedad, el desempleo, la incertidumbre, la corrupción, el miedo al futuro. No obstante, aunque no sea el objeto de estas líneas, la aspiración a la libertad y a formas de participación reales en la antigua Europa socialista eran cuestiones de máxima relevancia que fueron ignoradas en los países del socialismo real, como los serios desajustes de su economía que se pusieron de manifiesto a lo largo de la década de los años ochenta. La constatación del desastre social de la restauración capitalista hace aumentar la nostalgia en toda la antigua Europa socialista, pero no resuelve los problemas actuales de la población, porque la reconstrucción de los instrumentos de oposición capaces de proponer opciones socialistas viables no será sencilla: la mayoría de los partidos comunistas fueron destruidos, sus miembros, perseguidos, la ideología comunista sistemáticamente difamada, y los gobiernos y partidos liberales mantienen un control absoluto de los medios de comunicación. Los comunistas rusos hablan de la naturaleza criminal del actual régimen ruso, pero la clase obrera soviética ha sido en gran parte destruida por el proceso de desmantelamiento industrial, y eso limita su capacidad de lucha. Pese a ello, subsisten importantes partidos comunistas en Rusia, República Checa y Ucrania, y se ha creado un nuevo referente en Alemania.

A la vista del sufrimiento social causado en estas dos décadas, debemos concluir que no había nada que celebrar en Berlín, aunque los muros nunca sean una apuesta por el futuro. La terapia de choque fue un experimento social, del cual el capitalismo no se hace ahora responsable, que se convirtió en una verdadera matanza de dimensiones aterradoras. En toda la Europa oriental, la muerte cabalgó sobre la privatización y el capitalismo. Veinte años después, los ciudadanos de esos países recuerdan las insuficiencias del socialismo real, el autoritarismo, la represión de toda disidencia, el obsesivo control, pero cultivan también la nostalgia de un pasado cercano donde, a pesar de todo, la vida era más humana que ahora, y, por eso, parecen decirnos: Maldito socialismo, cómo te echamos de menos.

Referencia:
http://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140-6736%2809%2960005-2/abstract

Fuente: Publicado en el nº 265 de El Viejo Topo, febrero de 2010.

Las precauciones del anticapitalismo en Chile

Las precauciones del anticapitalismo en Chile Andrés Figueroa Cornejo

La versión mecánica de que bajo un gobierno como el de Piñera, automáticamente los trabajadores y el pueblo se tomarán las calles y le “quitarán la sal y el agua” al multimillonario en el Ejecutivo, corresponde a una lectura más que discutible. Ello es como creer que los asalariados y los pobres estaban simplemente acuartelados durante estas últimas dos décadas y que ahora, frente al establecimiento de un gobierno de la vieja derecha, se levantarán mágicamente.


El pacto de gobernabilidad capitalista sellado entre la Concertación y el pinochetismo en el último tercio de los 80 del siglo pasado, contempla la posibilidad de que la derecha antigua también llegue a La Moneda. Y mientras esté garantizada la consecución del modo primario exportador, la preeminencia ordenadora del capital financiero y especulativo sobre el conjunto de momentos del capital, la democracia sin pueblo, los ajustes estructurales demandados por el crédito imperialista, la contención y control social, y la alienación ampliada, en rigor, no hay problemas. Salvo, claro, para los funcionarios de confianza política de la Concertación que tendrán que buscar trabajo en otro lugar, menos aquellos que hayan tomado las previsiones del caso y ya sean accionistas de empresas, dueños de ONG’s, consultoras, etc.
La “unidad nacional” y el “consenso” entre la vieja y la nueva derecha también era la forma predominante de dotar de gobernabilidad a los gobiernos de la Concertación. Lo que ocurre es que ahora es el turno de Piñera. Y eso es lo que recuerda permanentemente “Berlusconi chico” a través de los medios de comunicación. Tanto él, como miembros de la propia Concertación.
Piñera no es Pinochet, ni Bachelet, Allende. El actual período corresponde a la democracia burguesa, restringida, tutelada, encorsetada por los intereses de la clase propietaria y sus instituciones, y coronada jurídicamente por la Constitución del 80. Y la contradicción actual no es dictadura / democracia; sino hegemonía de los intereses de la burguesía versus las tareas necesarias para imponer con lucha multidimensional, de menos a más, la hegemonía de los intereses de los trabajadores y los pueblos. Lo demás es propaganda.
La Concertación, durante 20 años, cumplió como alumno mejor el compromiso considerado en el contrato con la derecha vieja de despolitizar al pueblo y hacer trizas las expresiones de la autoorganización popular que en la dictadura, decisivamente, apresuraron y justificaron el propio pacto de gobernabilidad por arriba.
Por ello, y debido a las debilidades y descomposición de las fuerzas anticapitalistas de Chile –golpeadas por las relaciones de fuerza internacionales, cooptadas por la Concertación, en crisis de sentido y en tránsito entre la resignación y el acomodo-, la actual Central Unitaria de Trabajadores, por ejemplo, con fortuna representa una fracción de los empleados públicos, mientras las mayorías empobrecidas se rebuscan la vida en jornadas de trabajo infinitas, bregando contra el narcotráfico, gastando parte del ingreso en tragamonedas, víctimas de una organización del trabajo impuesta por el capital caracterizada por el subcontratismo, la fragmentación, el cuentapropismo, el emprendimiento imposible.
Efectivamente, hoy existen destellos esperanzadores de reagrupación anticapitalista. Pero, no hay duda de que la construcción de la alternativa política e independiente de la Concertación –con ese u otro nombre- de un socialismo de los pueblos y los trabajadores recién comienza su derrotero necesario.
El horizonte estratégico de la recomposición de la fuerza y el proyecto –condicionada por la propia lucha de clases en una relación simbiótica e interdependiente- es la construcción ampliada del poder del pueblo en clave contrahegemónica para hacerse del gobierno y garantizar su sobrevivencia. Ese es un punto de llegada, que inmediatamente se vuelve punto de partida en cuanto se realice.
La creación heroica, la lucha permanente, la vista fija puesta en la formación del estado mayor de la emancipación social; la imaginación, la generosidad que no hipoteca principios, pero que no se corta las piernas por faltar a manuales producidos en contextos bien diferentes al presente; el trabajo colectivo, el análisis concreto de la realidad concreta, la convicción de mayorías y poder, son algunas pistas que deben regir la táctica (que es como el habla de la lengua, es decir, la actualización política de acuerdo a las condiciones concretas de las fuerzas populares, respecto de la estrategia) de las agrupaciones de inspiración revolucionaria y anticapitalista.
Nunca hay que olvidar que la Concertación le teme al pueblo y a la pobreza. Que es parte del problema y no de la solución. Por eso sus próximos pasos en relación a alentar la movilización social serán limitados y siempre subordinados al objetivo de retornar al Ejecutivo en 4 años más. Por tanto, la táctica del anticapitalismo es disputar la conducción participativa y sus contenidos en todo momento. De lo contrario la unidad emancipatoria de los intereses de los pueblos y los trabajadores será simplemente utilizada con mano ajena –como ha ocurrido frecuentemente en la historia de Chile y el mundo- y otra vez traicionada.

Entrevista con Héctor Kol, activista central contra la privatización del mar chileno: “La lucha por la naturaleza es una lucha estratégica”

Entrevista con Héctor Kol, activista central contra la privatización del mar chileno: “La lucha por la naturaleza es una lucha estratégica” Andrés Figueroa Cornejo

Héctor Kol es encargado del Programa Salmonicultura de la AGO-Pescadores Artesanales de Aysén, desde febrero del 2008. Fue responsable del Programa Salmonicultura de la Confederación Nacional de Pesqueros Artesanales en 2007, durante la presidencia de Cosme Caracciolo. Sin militancia política, pero profundamente anticapitalista, es “un convencido de que el capitalismo es incompatible con la vida y el principal problema a resolver desde todos los ámbitos”.


¿Por qué se habla de la privatización del mar?


“Porque estamos en un proceso de reformas a la Ley General de Pesca y Acuicultura (LGPA) que introduce cambios en el régimen de las concesiones acuícolas, permitiendo que estas sean objeto de empeño o hipotecas por parte de las empresas que las operan. En este caso, se trata de reformar la ley para que las empresas salmoneras puedan ser hipotecadas ante la banca privada, con la que mantienen deudas por unos US$ 4.000 millones, una deuda equivalente a dos años de exportaciones salmoneras en su mejor momento. Es decir, ante la nula posibilidad de que esta industria tóxica se recupere, los bancos se van a quedar con el mar chileno austral.


Estas reformas fueron introducidas por la Presidenta Bachelet en enero de 2009, en el marco de un plan de salvataje a la arruinada industria salmonera y el 20 de mayo de 2009 pasó su primer trámite legislativo, cuando la Cámara de Diputados, por 92 votos contra 1, aprobó ese paquete de reformas. Sólo votó en contra el diputado René Alinco de Aysén.


El 19 de Enero del 2010, el Senado aprobó esta Ley “progresista” de Privatización del Mar y se dio por resuelto el asunto. Pero 24 horas más tarde la Cámara de Diputados paralizó el proceso….lo que habían votado 92 a 1 en mayo de 2009, ahora fue votando en contra por 46 votos a 43…Un “milagro” marítimo."


La industria tóxica


¿Cuáles son las características centrales de la explotación salmonera en Chile?


“Una especie de minería acuática. Destrucción localizada de la naturaleza y traslado a zonas aún por destruir. En Chile, la empresa noruega MARINE HARVEST llegó a ocupar hasta 36.600 veces más antibióticos que los que usaba Noruega. Por eso hablamos de una “industria tóxica”, por el peligro que representa su operación en el territorio marítimo donde trabaja la pesca artesanal que cubre el 70% de la demanda de productos del mar en el mercado chileno.


En lo laboral, sobre explotación de sus trabajadores hasta niveles que rayan con la esclavitud y bajo una campaña de alienación constante y de violación de los mínimos derechos laborales que contiene la normativa vigente. Además de ser inviable en lo social y en lo ambiental, la salmonicultura chilena es inviable en lo económico: depende exclusivamente de los subsidios estatales para sobrevivir. Esta farra de 20 años que duró este mito chilote, la pagamos todos los chilenos…y la seguimos pagando.”


¿A cuánto asciende en kilómetros, el litoral involucrado?


“El proceso de privatización del mar que inició el gobierno de la Concertación involucra a las tres regiones australes del país, unos 2.500 kilómetros lineales de territorio marítimo chileno y más del 90% del borde costero nacional. Es un asalto al patrimonio natural de todos los chilenos y a la soberanía nacional. La industria salmonera está dominada por capitales noruegos, españoles y japoneses. Ellos son los que se quedarán con nuestro mar para finalmente entregárselo a los bancos Santander (español) y Rabobank (holandés), entre otros.”


¿Qué responsabilidad le cabe a la Concertación en esta situación?


“La industria salmonera es como la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (LOCE) que liquidaron los “pingüinos”. Es una industria creada por Pinochet, pero operada exclusivamente por la Concertación. Ella le facilitó todo, le regaló miles de millones de pesos de todos los chilenos, le promulgó normas ambientales absurdas para reducirles los costos y además desfinanció a los servicios públicos con competencia fiscalizadora para que, más encima, nadie pudiera fiscalizar esas insuficientes normas. SERNAPESCA, por ejemplo, no tiene una sola lancha para salir a inspeccionar. Deben llamar a las empresas para que les faciliten una lancha…y con 24 horas de anticipación. Ahora, para salvar a su “industria estrella”, llena de piojos y de enfermedades, la Concertación le quiere pasar el mar para que los “exitosos” lo empeñen como si fuera un refrigerador o una plancha.


La industria salmonera fue el niño símbolo de esta “teletón” para beneficio de los empresarios que levantó la Concertación durante los 20 años que gobernó.”


Hasta ahora, ¿Cómo se ha manifestado la resistencia de la sociedad frente a la privatización?


“Lo primero fue romper el círculo de la desinformación que encubre a la industria salmonera. Desde El Mercurio hasta la Estrella de Chiloé no se ha hecho más que repetir las mentiras que genera la agencia publicitaria Salmón-Chile. Eso lo hicimos pedazos en las regiones intervenidas por la industria tóxica y en la comunidad internacional. Ahora aspiramos a transformar esta pelea en algo nacional, para sacudirnos del último resabio de la incapacidad de la Concertación.


Hemos salido a la calle a juntar firmas y volantear con dípticos que muestran una realidad que la Bancada Salmonera que dirige el “patriota” Senador Horvath en el Congreso, quiere ocultar. Hemos publicado videos en Youtube; yo mismo he dado más de 100 conferencias y charlas en los últimos 3 años. Creo que he publicado unos 50 artículos sobre Salmonicultura y Pesca Artesanal, que rebotan en los medios de comunicación de contra-información y expanden no sólo la realidad de la salmonicultura chilena, sino la realidad de lo que es el “Progresismo” en Chile.


Creo que hemos contribuido a esclarecer que la imagen-país que proyecta Chile no es distinta a las mayores farsas que se han sostenido sobre la Tierra. Chile era tan “progresista” y “democrático” como plana era la Tierra. Esa es la razón del montaje que el Gobierno agónico y la industria salmonera (igualmente agónica) han armado en mi contra para sacarme de esta lucha.”


¿Cuáles son las medidas movilizadoras urgentes para encarar desde los trabajadores y el pueblo el flagelo privatizador?


“Salir a la calle a informar a la gente y a comprometer su voluntad contra este asalto al Patrimonio Natural de los chilenos y de toda la Humanidad, como es la privatización del 91% del borde costero nacional Ese compromiso de oponerse al asalto debe expresarse inmediatamente mediante su firma en las planillas contra la Privatización del Mar. Tenemos sólo 6 semanas para informar y aumentar la recaudación de firmas, ambas cosas simultáneamente, pues en marzo volverán al ataque los Parlamentarios Salmoneros, incluidos Escalona y Frei.


Hay que transformar esta lucha en una lucha política potente frente al nuevo gobierno: si usted señor Piñera pretende hacer lo mismo, en 4 años más tendrá que salir a buscar pega en otra cosa, tal como los “progresistas”. Pero también hay que hacer entender a la gente que esta situación no es sino un síntoma más del capitalismo que profundizó la Concertación en sus 20 años de gobiernos desastrosos. Y hay que hacer entender a los partidos y movimientos anticapitalistas, de una vez por todas, que la lucha por la Naturaleza es una lucha estratégica, que no se puede sólo tener la voluntad de alcanzar el poder, sino que debe haber un Planeta vivo donde ejercer ese poder alcanzado.”


Foto: Chile - Héctor Kol, activista central contra la privatización del mar chileno. / Autor: REPUERTERO

Chile: Los 'progres' lo hicieron: volvió el pinochetismo

Chile: Los 'progres' lo hicieron: volvió el pinochetismo Entre los ‘progres’ sigue vigente la tesis de que Allende fue derrocado por una provocación de ‘la ultraizquierda’, hoy ya no tienen ese pretexto. Un balance necesario del triunfo derechista en Chile.


por Jorge Altamira

Lo más importante del retorno electoral del pinochetismo a Chile ha sido el caradurismo político con que fue recibido por los ‘demócratas' y ‘nacionales' del continente. ‘Tudo bem', coincidieron: Chile es una democracia, Piñera ganó limpio; dentro de cuatro años se vota de nuevo. Los mismos ‘progres' y ‘nacionales' que hostigan, desde su monopolio de los medios, a la izquierda revolucionaria porque no sabría distinguir entre ‘restauración conservadora' y ‘revolución nacional', o entre ‘progres' y derechistas; esta misma gente reacciona con espléndida indiferencia ante el retorno nada menos que del pinochetismo, luego de dos décadas de gobierno centro-izquierdista. Piñera no ganó por una complicidad de extremismos con la izquierda revolucionaria (que en Chile simplemente no existe), sino por el servicio que le han prestado estos mismos ‘progresistas' con una gestión de gobierno reaccionaria. La indiferencia ‘nacional y popular' ante la victoria pinochetista pone de manifiesto los vínculos de clase que existen entre ellos -no en vano dominan, en ambas partes, los banqueros, los explotadores, los especuladores, que se han servido tanto de las dictaduras militares como de las democracias. La Concertación gozó del apoyo inamovible de la burocracia sindical de la CUT, incluso cuando el régimen electoral chileno excluía al partido comunista del parlamento.

Entre los ‘progres' y ‘nacionales' aún está vigente la tesis de que Allende fue derrocado por una provocación de ‘la ultraizquierda', pero hoy ya no tienen ese pretexto. Al igual que en el pasado, la reacción derechista triunfó por la incapacidad del ‘progresismo' para movilizar a las masas y por sus propios lazos: en 1973 con el golpismo, ahora con la derecha. La caída de Allende no fue responsabilidad de ‘la ultraizquierda', que no fue la que nombró al Pinocho como ministro de Defensa y comandante en jefe, sino por el desarme compulsivo, ejecutado por la Unidad Popular, de los trabajadores dispuestos a defender el gobierno que habían elegido. En lugar de mirar para otro lado, los bolivarianos y nac & pop de América del Sur deberían convocarse en una asamblea general de emergencia.

Los pinochos volvieron al gobierno porque nunca fueron desalojados de las estructuras sociales y políticas dejadas por la dictadura pinochetista. Esto en primer lugar, como se acostumbra a decir en Estados Unidos. Piñera empezó robando en los desfalcos de los ‘80, pero llegó a los mil y pico de millones de dólares de patrimonio y al control de empresas claves bajo la ‘democracia'. El pinochetismo, como en España el franquismo, dejó bien atada su continuidad con una Constitución que los concertadores no quisieron anular -porque prometieron ser los continuadores del régimen. En este marco se desarrolló el entrelazamiento social y económico entre ‘progres' y pinochos: el asesor económico del ‘concertador' disidente, Enriquez Ominani (que sacó el 20% de los votos en la primera vuelta), se pasó en el segundo turno a Piñera, porque gran parte de los planteos económicos de uno y otro son similares. Ahora Piñera promete hacer ‘la gran Sarkozy', o sea llevarse como ministros a figuras destacadas de la Concertación. Como dijo Piñera, "la guerra fría quedó atrás" -las víctimas del pinochetismo fueron sus ‘daños colaterales'. La Concertación, ciertamente, entrará en una licuadora, pero el mismo Partido Socialista ingresará ahora en un período de crisis, como le ocurría en los viejos buenos tiempos. En Chile no se desarrolló una oposición política de contenido revolucionario; aún domina la tesis de apoyar el mal menor, que plantea el partido comunista y su coalición Podemos. Para las elecciones recientes negoció, con la Concertación, el desistimiento de algunos candidatos del PS para poder introducir parlamentarios propios.

No conocemos todavía la discriminación social y política de la votación, pero es seguro que el margen de votos que dio la victoria a Piñera salió del electorado democristiano. La DC se encuentra en un proceso de disgregación que es anterior a la derrota de su candidata ante Bachelet en las internas de la Concertación hace cuatro años. Un ala importante de la Democracia Cristiana propugnaba la alianza con el sector menos recalcitrante del pinochetismo -como se le atribuye a Piñera, quizá porque apoya el matrimonio gay (como Macri). Esta tendencia disolvente se profundizó a pesar de que, en esta ocasión, la Concertación sí llevaba a un candidato de su partido, Frei -un compromiso que no conformó a nadie. En resumen, la Concertación prefirió consumirse en su propia descomposición, incluso si esto aumentaba las chances de la derecha; esto vale en especial para el PS. Después de todo, los Piñera son un mal menor para ellos.

Una noticia muy difundida, el éxito económico de Chile y su capacidad para enfrentar la crisis mundial, oscurece la interpretación del resultado electoral. La cosa cambia cuando se ponen los datos al derecho: Chile fue el país más golpeado por la crisis, después de México, con una caída del 5% del PBI y una tasa de desocupación y subocupación del 15 al 20%. La derrota del gobierno es una expresión de esta realidad económica.

‘Empresario exitoso', Piñera viene con un paquete de privatizaciones ‘grosso'; en primer lugar, de la estatal Codelco. El argumento es terminar con la corrupción; la realidad es que el desarrollo impresionante de los monopolios mineros, debido a la demanda de China, ha dejado a Codelco en inferioridad de condiciones para renovarse. La minera estatal brasileña Vale do Rio Doce ya ingresó en las mieles privatizadoras. La exigencia de China de que se bajen los precios de los minerales mete presión. Junto a la privatización de Codelco, Piñera promete aumentar las regalías que se cobran a los privados: un palazo de cal y una cucharita de arena.

La privatización de Codelco deberá superar la resistencia de las fuerzas armadas, que tienen una caja legal en la empresa y, por sobre todo, de los obreros mineros.

Bien entendida, la victoria de los pinochetistas no es el retorno del pinochetismo. La diferencia es de régimen político. La misma crisis mundial que los puso arriba, en poco tiempo los empujará abajo. Pero esto no exime de responsabilidad a los ‘progres' y sus corifeos. El apoyo al mal menor conduce siempre, en última instancia, a la victoria del mal mayor. Es necesario construir una oposición socialista y revolucionaria sistemática.

Jorge Altamira