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EL ZOOLÓGICO DE PINOCHET

EL ZOOLÓGICO DE PINOCHET Por Alvaro Ramis

Con ocasión de su fallecimiento, el general Augusto Pinochet nos ha permitido volver a ver su zoológico particular. Las más diversas especies de pinochetistas han desfilado ante las cámaras dándonos la posibilidad de volver a apreciarlas...

Las más diversas especies de pinochetistas han desfilado ante las cámaras dándonos la posibilidad de volver a apreciarlas, después de tantos años en que han permanecido guardadas, esperando la ocasión propicia para reaparecer.

Una de las especies más visibles de este ZOO son los pinochetistas desvergonzados. Constituyen el grupo más numeroso y vociferante. La característica que los distingue es su arrogancia y altanería, por lo que solo basta verlos para pensar que pertenecen a este zoológico. No ocultan su condición, sino al lo contrario, la exhiben si pudor en todos los espacios públicos en que pueden hacerlo, sin tener el menor temor, ya que se consideran (al menos en Chile) como los dueños de todo y de todos. Esta especie se autoasignó el papel de modernos patrones de fundo, y por eso sólo han cambiado sus casonas de campo en Rancagua o en San Fernando por 200 metros cuadrados en La Dehesa. Añoran el rodeo y la parada militar. Por eso sus preferencias son muy predecibles: si se ha visto a uno se los ha visto a todos y se los puede obtener fácilmente al clonar al Kike Morandé. Su pinochetismo es sincero y directo. Saben que el Tata les quería y no son mal agradecidos. No buscan popularidad y desconocen cualquier estrategia que les haga parecer “políticamente correctos”. Se identifican plenamente con la actitud del Club de la Unión, que en pleno centro de Santiago enfrentó el funeral de Pinochet con su bandera a media asta, sin importar lo que piense el “rasquerío” que deambula por Ahumada o los “upelientos” que trabajan en La Moneda.

Sin embargo, no son los únicos. También encontramos a los pinochetistas culpógenos, o también llamados “ocultos”. A diferencia de los anteriores, a esta especie cuesta asociarle con las características de los pinochetistas desvergonzados. Quitados de bulla, su pinochetismo es un secreto muy bien guardado, que aflora en circunstancias específicas. Además es una especie muy diversa. Algunos ejemplares se pinochetizaron por simple y llana conveniencia personal. Otros llegaron a este estado sin darse cuenta, absorbidos por la propaganda y el machacante aparato de prensa que repetía “Vamos bien, mañana mejor”. Otro grupo se pinochetizó por miedo: el miedo a los comunistas y terroristas que les robarían sus propiedades, aunque estas propiedades consistieran en poco más que su ropa y su salario. Otros, lo hicieron por lealtades profesionales o grupales. Por eso, esta especie suele verse afectada por problemas de conciencia recurrentes que les lleva a tener crisis de identidad. En más de una ocasión han pasado vergüenza al ir al extranjero y escuchar los adjetivos que se usa en esas latitudes para referirse al general. No es extraño que hayan incorporado a su vocabulario la palabra “desafección”, luego de escucharla en boca de Joaquín en la última elección presidencial.

Otro grupo es el pinochetismo popular. Su existencia aparece como una contradicción en si misma. Pero analizándoles de cerca no son difíciles de entender. Menos arrogantes que los pinochetistas desvergonzados, pueden ser más violentos y agresivos. Son herederos de una larga tradición que parte en los Yanaconas coloniales, y que ha evolucionado hasta convertirse en un elaborado engendro nacido de las entrañas de Cema Chile, de la Secretaría Nacional de los Gremios o de la Secretaría Nacional de la Juventud. Algunas de sus reacciones se pueden explicar como efecto de una especie de “Síndrome de Estocolmo”: la extraña patología que afecta a las víctimas de secuestro, que a lo largo del tiempo de cautiverio pueden simpatizar e identificarse con su secuestrador o tratar de protegerlo. Desconozco estudios clínicos que hayan aplicado este síndrome a esta situación, pero en este caso todo indica que victimas y victimario se han llegado a compenetrar perfectamente.

Un cuarto tipo son los pinochetistas militares. Su apariencia no engaña: de uniforme o de civil siempre se ven iguales. Los hay de diversos rangos y clases pero predomina entre ellos un estilo inimitable: parco hasta llegar ser tiesos, aburrido hasta ser graves, duro hasta dar miedo, simple hasta parecer idiotas. Algunos están activos y otros en retiro, pero sus conversaciones siempre giran en torno a palabras como limpieza, raza, orden, rancho, operativo, información y control. Y si están de ánimo, siempre pueden empezar a recordar los viejos tiempos y las anécdotas de “combate”, de esa guerra tan especial en la que los cuerpos de los derrotados siempre aparecían con balas en sus espaldas.

También existen los pinochetistas católicos, que argumentan su devoción a Pinochet debido a los buenos ejemplos que el general nos dio, como haber sido un fiel romero de la Virgen del Carmen. Para esta especie es un pecado mortal entregar píldoras anticonceptivas a las niñas de los barrios populares, pero obviamente todo vale a la hora de de defender los colegios privados y las pontificias universidades.

Por último existen los anarco-pinochetistas, que simple y pragmáticamente consideran que gracias a Pinochet hoy es más fácil ganar plata y no hay que preocuparse de sindicatos ni leyes laborales, ambientales o sociales, ni menos de un Estado que te joda y no te deje trabajar. Y se consideran “hombres inteligentes que saben aprovechar las oportunidades”, en las palabras del inefable Alvaro Bardón. Y vaya que inteligentes que fueron al embolsarse millones de dólares de dineros públicos en sus cuentas personales.

Lo que une a todas estas especies en este ZOO humano, es su miserable complicidad. Todos comparten la bajeza y la falta de escrúpulos ante el horror. Por más que traten de disfrazarse de lo que ignoran, continuarán siendo criaturas despreciables, dignas de lástima, pero en ningún caso de compasión.

Por Alvaro Ramis. El autor es Teólogo chileno y miembro del Consejo Editorial de Crónica Digital

Santiago de Chile, 12 de diciembre 2006
Crónica Digital

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