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¡Por fin en casa!

por tribunachilena el 24/07/2006 17:00, en sin tema

20060724210049-foto17120060723215309.jpgEl Boeing 707 –enviado por la Presidenta Bachelet a Damasco- tocó la losa del aeropuerto capitalino alrededor de las 17:45 horas, con 50 chilenos y un grupo de latinoamericanos a bordo. La emoción desbordó el ambiente. Los familiares los recibieron con aplausos, gritos, lágrimas y agradecimientos al Gobierno. Pero sólo después de los abrazos pudieron respiraron tranquilos.



La Nación

Dalia Rojas

“Le doy gracias a la Presidenta, al Gobierno de Chile, a la Fuerza Aérea, al cónsul, al Ministerio de Relaciones Exteriores, a todos, porque sino fuese por ellos no estaríamos aquí. Les agradezco además porque no nos cobraron nada, a diferencia de otros países que cobraron por el vuelo, lo que impidió que mucha gente saliera. Chile es el único país que hizo lo que hizo y por eso le agradezco a la Presidenta”, dijo tras llegar a Chile, una emocionada Lilian Pizarro, cuyo caso reveló la dramática situación que vivían decenas de compatriotas que residían o estaban de visita en Líbano, cuando se produjeron los enfrentamientos entre Israel y el movimiento chiita Hezbollah.

Los agradecimientos se mezclaron con la ansiedad, la emoción y la alegría que se desató en los familiares de los pasajeros, luego que el Boeing 707 “Águila” aterrizara ayer cerca de las 18 horas en el Grupo 10 de la FACH, tras un periplo que se inició el sábado en Damasco -con 113 pasajeros- y que tuvo como escalas Madrid, Recife, Buenos Aires y Santiago.

Apenas arribado el avión -que trajo 89 pasajeros, 50 de ellos chilenos- los parientes de los chilenos comenzaron a aplaudir y llorar. Varios, incluso, intentaron romper las barreras de seguridad para abrazar a los suyos, pero tuvieron que esperar -cerca de una hora- para que éstos efectuaran sus trámites de ingreso al país. Mientras tanto, gritos como ¡te amamos!, besos al aire y manos que intentaban tocarse entre los vidrios de los ventanales de Policía Internacional fueron recurrentes. Después, abrazos efusivos y alegría desatada.

Hasta el terminal aéreo llegaron también el subsecretario de Relaciones Exteriores Alberto Van Klaveren, el embajador de Líbano en Chile, Mourad Jammal, y el ministro secretario general de Gobierno, Ricardo Lagos Weber, quien informó que en algunos casos, se extenderá un permiso especial para aquellos ciudadanos que no cuenten con visa para entrar al país, hasta que regularicen su situación.

También extranjeros

Muchos dejaron a sus familiares en la zona de conflicto. Por eso, aseguran que volverán a la vida que allá dejaron.

Además de los chilenos, llegó a Chile un ciudadano sirio, diez cubanos, cinco libaneses, once peruanos, un boliviano, ocho venezolanos, un salvadoreño y dos colombianos.

En las escalas que hizo la nave descendieron otros pasajeros. Dos bajaron en España, seis en Brasil y 16 en Argentina.

Erika Bucareno Gómez, ciudadana peruana, con cinco meses de embarazo, agradeció a Chile la posibilidad de salir de la zona de conflicto, donde aún permanece su esposo. Ahora sólo quiere ver a su familia en Perú, abrazarlos y comer algo.

Estaba exhausta, al igual que los demás pasajeros tras 48 horas de viaje.

Los momentos de mayor peligro, según el cónsul chileno en Líbano, Roberto Abu-Eid Ayub, se vivieron en el viaje en los buses. “Habían estado bombardeando algunos convoy y las carreteras no tenían garantías de seguridad, pero habíamos dado los avisos correspondientes, tanto al Ministerio de Relaciones Exteriores como al de Defensa de Israel sobre la ruta exacta y el horario de nuestros viajes. No podíamos atrasarnos. Después nos fuimos enterando que cada vez que pasada un convoy había bombardeos una hora después en la zona. Cuando cruzamos frontera de Siria, todos comenzaron a aplaudir y cantar el himno de Líbano. Fue emocionante. La gente ya se sentía a salvo”, comentó el cónsul.

Y es que para muchos se trató ni más ni menos que de eso: sobrevivir. “Pensé que me iba a morir en cualquier momento, porque no sabíamos si las bombas iban a caer en mi casa o al lado. Guardábamos a los niños donde podíamos, pero sabíamos que si caía una bomba íbamos a morir todos igual. Las calles cercanas a nuestras casas estaban todas negras por los estallidos. Fue terrible, terrible”, recordaba Lilian, mientras su madre no deja de besarla. LN



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