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T r i b u n a c h i l e n a

“EL FIN DE LAS IDEOLOGÍAS”

Por: Jorge Luis Cerletti.

Luego de la caída del muro de Berlín y el derrumbe de la ex URSS., cobró vida y creciente fuerza la consigna del “fin de las ideologías”. La misma, inducida por el discurso político que responde al gran capital, fue instalado en el imaginario colectivo por los grandes medios de difusión que forman parte de su poder. Vino a simbolizar el “réquiem” al imaginario socialista que prendiera masivamente a partir de las grandes revoluciones del siglo XX y de las ideas que alimentaron las luchas de liberación nacional en el tercer mundo.

Esta mención viene a cuento de la discusión política que hoy se libra donde las palabras por ahora y por suerte, reemplazan a la pólvora de otros tiempos. Los mentores del fin de las ideologías, contradiciendo su propia consigna, han exhumado el término “populismo”  que comprende a toda manifestación que contraríe, siquiera en parte, la domesticación política que exige el gran capital. Claro, ya no los asusta el “fantasma del comunismo” ni los “opositores” mientras no hagan peligrar su dominación real. Éstos pueden molestar en tanto aminoren algunos efectos del llamado capitalismo salvaje, hasta que sus representantes más conspicuos lleguen a recuperar en plenitud el control político que les brinda el desgaste de las gestiones opositoras atadas al orden existente.

Pues bien, en estos días vivimos en Argentina un rebrote de “ideologías” que según las voces que decretaron su “fin” debieran estar bien muertas. Es que a raíz del “conflicto del campo” renació con fuerza inusitada la vieja antinomia de “gorilismo” versus peronismo. Esto a pesar de los profundos cambios producidos en nuestro país y de la trama de intereses que no se corresponden cabalmente con semejante antinomia. No obstante, emergió porque en la subjetividad colectiva subyacían en estado latente.

La remozada versión del polo “liberal” fluyó de su entraña discriminatoria y se anida en la gran dosis de egoísmo que nutre al sector alto de nuestra fragmentada clase media. Visión que, según los momentos, se extiende al espectro social más vulnerable a las manipulaciones de los representantes del establishment. Pero lo que nos interesa enfocar ahora son los alcances del resurgimiento de consignas y añejas reivindicaciones propias de la tradición peronista y su resonancia popular en las actuales circunstancias.

Lo primero que surge es destacar el sentimiento peronista que perdura, sobre todo, en los vastos sectores empobrecidos de nuestra sociedad. Fenómeno que no fue capaz de generar la izquierda tradicional que siempre subestimó la fuerza de dicho sentimiento mientras que la derecha peronista lo supo utilizar a favor de sus propios intereses. Y esto trasciende el rol histórico que cumplió Perón, herencia que también incluye el pragmatismo de su liderazgo que barajó con las dos manos los naipes que movilizaron a grupos antagónicos según la ocasión. Prueba de ello resultaron los agudos y violentos enfrentamientos internos que convivieron a su sombra y que hoy asumen otras formas.

Pero los sentimientos arraigados en el imaginario colectivo generan más energía que las razones que muchas veces los contradicen y desvirtúan.

Cómo explicarse si no el reinado de Carlos Saúl Iº que en nombre del peronismo y haciendo uso de su tradicional liturgia, produjo la espantosa y retrógrada década de los noventa. Período en el que la Argentina mutó su rostro social generando una pobreza e indigencia sin precedentes. Pero atribuirle sólo a Menem tamaño viraje es tan falso como ignorar que la gran mayoría de la dirigencia peronista, por adhesión u omisión, fue cómplice de semejante proceso.

Y buena parte de ella integra el actual gobierno y ni qué decir del reconstituido P.J. Sólo una franca minoría alejada de las mieles del poder mantuvo su dignidad y fidelidad al legado histórico que vio nacer al movimiento y que por ello fue marginada y zaherida por no saber “adecuarse a los tiempos”.

Entonces, ¿qué alcances tiene hoy el rebrote de la mencionada antinomia? Por más que las apelaciones al peronismo no sean del agrado del establishment, son las tibias medidas de contenido popular del kirchnerismo, su política de derechos humanos y su alineación con algunos gobiernos “díscolos” latinoamericanos, lo que encrespa su oposición. Por cierto que la gestión gubernamental no altera las bases del poder real ni sus privilegios. No obstante, las retenciones que les recortan un poquito sus superganancias fue el disparador que desató la feroz ofensiva actual que encabeza la derecha. Reaccionan así ante el gobierno que intenta recuperar algunos resortes del Estado para fortalecer su gestión y retacearles su rol de rectores de la política nacional. Y esto es lo que no le perdonan curándose en salud.

Mas, desde el campo popular, ¿debemos sujetarnos a una antinomia que enfrenta el discurso del establishment a un “peronismo” plagado de personajes que juegan para el otro bando disimulados bajo esa camiseta? Pensamos que prestarse al juego de las camisetas y los clishés  “no deja ver el bosque” donde prospera la dominación. Porque una cosa es omitir la energía que subyace en la memoria colectiva de las mejores conquistas del peronismo y muy otra es agitar su nombre para negociar lo contrario o para encubrir ambiciones personales. Hoy ya no sirve resucitar las nostalgias del pasado si se piensa en ir construyendo, desde el presente, un futuro que exige superar la experiencia vivida.

Esta exigencia política tampoco se aviene a delegarla en un gobierno sujeto a la hegemonía del capitalismo en su etapa de mayor concentración e internacionalización y que pretende “humanizarlo” sin alterar las bases de su poder. Luego, reconocer sus medidas positivas no significa borrar la emancipación del horizonte político. Horizonte que no asume el gobierno ni cabe esperar que alumbre su gestión, pero que sí convoca a la praxis de quienes, con ese fin, promueven la construcción de un auténtico protagonismo popular.

Por lo tanto, reaccionar frente a los designios del establishment apenas es una señal del necesario olfato político que plantea la actual coyuntura. Pero si no se construyen opciones  nuevas, desde abajo, seguiremos contribuyendo, voluntariamente o no, a la reproducción de los vicios de este sistema político “corporativo” que convoca al voto de la población mientras los aparatos sustituyen su participación real. Donde, en la mayoría de los casos, las representaciones se han ido transformando en una mercadotecnia de intereses personales y/o de grupos que se ocultan tras las imágenes de la TV. Y este fenómeno ligado al formidable poder de compra alcanzado por el gran capital, le ha servido a éste para desacreditar a la misma política que indujo para que su poder económico evite intermediaciones y pueda apropiársela directamente empleando a los “tecnócratas” de turno. En esos términos, será una cuestión de tiempo que dicho poder se rehaga políticamente del desastre económico social que le produjo a nuestra sociedad y que termine barriendo lo positivo que, a pesar de sus limitaciones, pueda generar el kirchnerismo.

No se trata de plantear en esta situación líneas de máxima ni de pedirle peras al olmo. Pero sí consideramos imprescindible debatir en profundidad las proyecciones esperables del sistema capitalista imperante y la construcción de un movimiento popular capaz de gestar un proceso de emancipación que tenga la necesaria inventiva como para no reincidir en la praxis que abortó las mejores experiencias liberadoras. Para lo cual, el primer y mínimo requisito es alentar un pensamiento crítico libre de prejuicios y dogmatismos. Porque “el fin de las ideologías” significa matar las ideas que propician la emancipación antes de que germinen o fomentar la esclerosis mental de quienes las toman prestadas del pasado esterilizando lo mejor de ellas, su creatividad.---

 

Jorge Luis Cerletti    (03/07/08)

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